Ni esperar a que suceda ni hacer que suceda… sino permitir que suceda.

“Cosas buenas llegan a aquellos que saben esperar” reza el dicho. Y así muchos se sientan (in)pacientemente a esperar que por obra de un milagro su situación, profesional o personal, cambie de un momento a otro, simplemente porque en algún lugar leyeron o escucharon que, si eran pacientes y “pedían” obtener algo, así y en automático recibirían eso que habían pedido. Y Así dejan el tiempo pasar esperando día tras día que la “fé” que profesan les regale lo que están esperando. Olvidando que la espiritualidad tiene dientes y que la fé se vive más en acción que en contemplación.

Por otro lado, otros suelen decir que “solo ellos son responsables de su propio destino”, poniendo sobre sus espaldas el enorme peso de la imposible tarea de cambiar y moldear a su manera todo lo que sucede a su alrededor, si es así justificado por la meta a la que quieren llegar. Creando con frecuencia, pero siempre de manera temporal, la ilusión de que así lo están haciendo: moviendo y moldeando las cosas en la forma que ellos quieren que sean, hasta que se enfrentan, a veces de manera sutil y otras aparatosamente, a la realidad: Por más “poder” que supongan tener sobre los objetos y personas que los rodean, sobre lo único que tienen realmente poder es sobre sus reacciones y acciones personales. Y nada más.
Entonces, creyéndose todos poderosos, luchan contra lo imposible desgastando sus recursos, salud, energía y fé en una inútil pelea sin ganador.

Por fortuna también hay quienes han entendido que no se trata de “hacer que las cosas sucedan” ni de “esperar a que sucedan” sino de “permitir que sucedan”.
Es decir, han comprendido que no importa cuánto recen y pidan “con fe” que eso que quieren lograr suceda, la única manera de que eso se haga realidad es tomando acción y, con fé, con claridad, visión, resilencia y flexibilidad trabajar para que así sea.
Y sin embargo, al mismo tiempo comprenden que todos en la vida tenemos contratiempos y retos que pueden desviar con facilidad nuestra atención y esfuerzo y poner a prueba nuestra visión y fe en nuestra capacidad de alcanzar la meta que nos hemos trazado.  Entendiendo así que son esos momentos en los que uno debe actuar con flexibilidad y resilencia. Sin desgastarse en una lucha que no será ganada, para mejor dar espacio y tiempo a entender lo que está sucediendo, resolver lo que se tenga que resolver y entonces poder regresar al camino que, una vez más, habremos de recorrer para llegar ahí a donde siempre hemos querido llegar.

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