#DLC. DESARROLLO. LIDERAZGO. COMUNICACIÓN.

Dime con quién andas y te diré…

“Dime con quién andas y te diré quién eres” reza el dicho.
Pero qué hay de: dime con quién andas y te diré que tan feliz eres o qué tan bien estás o qué tan significativo trabajo estás realizando?

Como seres sociales que somos, no podemos pasar nuestra vida solos, ni construir un proyecto por nuestra cuenta nada más. Por lo tanto necesitamos involucrarnos y asociar nuestros esfuerzos con los de otros. Es entonces cuando más cuidado debemos tener poniendo atención en a quiénes y a qué cosas estamos abriendo la puerta de nuestra vida; en qué lugares y con qué personas y organizaciones pasamos más tiempo y qué tan positiva o negativa es su influencia; en otras palabras que tan buenas o no tan buenas personas nos ayudan a ser.

Quizas nuestra inseguridad nos haga creer que decir “soy hij@ de, amig@ de, compañer@ de, vecin@ de, etc” nos da un estatus especial ante los demás, en vez del verdadero lugar que nuestro trabajo y el valor que generamos para otros nos da.

Tal vez el ego nos engañe con la idea de que tener una tarjeta de presentación que diga fundador, presidente, VP, director, CEO, CMO, CFO, COO y la C y las Os que quieran y que nos da acceso a “la suite ejecutiva”, nos hace superiores a los demás, impregnándonos de un falso sentido de orgullo que tan solo disfraza el enorme vacío e insatisfacción que la inseguridad, el miedo, la codicia, la soberbia y la ambición excesiva nos genera.

Y probablemente la sociedad y el estatus quo nos haya vendido la idea de que para avanzar en nuestra carrera tenemos que involucrarnos en algún grupo, cámara, asociación o sociedad tan solo para brillar y ser reconocido como “alguien”, en lugar de para crear oportunidades y construir posibilidades para la industria que ese grupo supone servir.

Pero en realidad, ese camino ¿hasta dónde nos puede llevar, sino es a una espiral sin fin?

Rodearse de la gente correcta, participar con la organización correcta y envolverse de los influenciadores correctos, no es una ciencia de relaciones públicas para destacar como el mejor, el más poderoso o el de mayor fama, sino un sútil arte de encontrar a aquellas personas, grupos y sitios que nos inspiran y que arrancándonos una sonrisa nos hacen sentir que en verdad podemos ser hoy mejores que ayer, elevando nuestro trabajo al siguiente nivel, al de hacerlo no solo para tener una establiidad económica y un estatus social, sino para servir a un propósito más grande que nosotros mismos, para el que no precisamente tenemos que ser alguien de gran poder político, económico o social; pero para el que, desde nuestra trinchera podemos colaborar.

Gente así existe y por fortuna son muchos más de los que pensamos que son. Pero más frecuente que no, no los vemos pues en tanto nosotros estamos pensando quiénes son, ell@s están trabajando haciendo lo que saben hacer mejor

 

(De izquierda a derecha) Ella lidera, junto con otros una organización de jóvenes que busca la seguridad en Ciudad Juárez, el organizó otro grupo de jóvenes que trabajan en pro de la legalidad y un estado de derecho en esa misma ciudad, el, hace más de 15 años, sin ser legislador creo la primera propuesta de ley de espacios libres de humo en protección al no fumador en nuestro país (ley que hoy ha sido adoptada a nivel federal) y ella creo en México uno de los movimiento más exitosos para apoyar a mujeres con cancer. Hoy todos ellos y muchos más trabajan en conjunto, celebrándose, sacando lo mejor de sí y apoyándose entre organizaciones para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir.

Y tengo que preguntar: ¿Qué has hecho tu hoy y con quién piensas colaborar?

¿Quién eres y cuál es tu historia?

Leyendo nuevamente a Robin Sharma, un líder de pensamiento que ha influido mucho en mi en los últimos años diéz años, recordé hacerme una pregunta que hace tiempo no me hacía: ¿Cuál es mi historia?

Es común responder, cuando la gente nos pregunta quiénes somos, cosas como qué hacemos, en qué trabajamos, dónde vivimos, si tenemos familia o incluso, de acuerdo a lo que muchos coaches destacados aconsejan, enlistar los roles que creemos desempeñar en nuestra vida: padre, madre, hijo, hermano, jéfe o subordinado, empresario o empleado, amigo o detractor, estudiante o hasta qué licenciatura, ingeniería o especialidad hemos estudiado, pero ¿Dice todo esto cuál es nuestra historia, en realidad?

Podrá, seguramente contar algo sobre las cosas que hemos hecho, podría incluso dejar ver algunos retos que hemos enfrentado, logros obtenidos y fracasos aprendidos.

Pero para contar nuestra verdadera historia hace falta mucho más.

Hace falta hacerse vulnerable, quitarse la máscara de lo cotidiano y la armadura del estatus para dejar de lado la simple superficie de nuestro día a día y sacar a la vista lo que a solo unos cuantos o a veces a ninguno contamos: Qué queremos de la vida en realidad. Qué nos motiva y nos llena de esa cálida sensación de flotar y simplemente ser, que llamamos, para darle un nombre entendible: realización.

Hace falta cuestionarnos con frecuencia cuál es nuestra visión de la vida, cuáles son nuestros más sólidos principios, cuáles son nuestros más anclados valores e intereses en la vida, no los que la sociedad nos dice que nos debe importar, si no las cosas que atesoramos en verdad. Qué es lo que queremos hacer de nuestra vida y cuál es nuestra misión, en otras palabras, cómo queremos que la gente recuerde haberse sentido estando con nosotros, no qué puesto teníamos ni cuánto dinero cargábamos o que auto manejábamos, sino qué, y cómo, hicímos por ellos.
Identificar con honestidad y humildad cuáles son nuestras más grandes fortalezas y más graves áreas de oportunidad, es decir, reconocer con claridad con qué herramientas contamos y de cuáles nos debemos de hacer para cumplir nuestra misión, con eso que queremos hacer por nosotros y por los demás.
Y entonces definir cuáles son las cosas a las que debemos y estamos dispuestos a darle mayor prioridad y qué estamos o no listos para sacrificar.

Y así poder con mejor atino y mayor seguridad contar quiénes somos y cuál es la historia que estamos escribiendo.

Porque si no sabemos nosotros mismos contar cuál es nuestra verdadera historia, seguramentte nuesta vida terminará relatando la historia que alguien más quería vivir.

¿Y cuál es la mía? La de un (no tan) simple hombre tratando aprender, compartir y ayudar a otros (principalmente en la industría de marketing y comunicación) a desarrollar y fortalecer nuevas y previas competencias, habilidades y conocimiento que les ayude en el desarrollo de su carrera profesional y su vida personal. En otras palabras: que les ayude a escribir su historia personal.

(Una de las fotos que más aprecio de mis viajes: aquí con Robin, después de la oportunidad de tener una buena plática, uno a uno, en el trayecto que compartimos del Aeropuerto de Guadalajara al hotel donde nos hospedamos para asistir a uno de sus seminarios).

La co-responsabilidad: enseñanza-aprendizaje.

Antes de empezar, quiero aclarar que soy Comunicólogo y Publicista de profesión y coach, conferenciante y facilitador por pasión y vocación. De mis 17 años de carrera profesional (14 en Marketing digital) solo los últimos 5 los he dedicado formal y profesionalmente a la labor de entrenamiento y desarrollo de talento, por lo que para nada me considero un experto en el tema.

Por el contrario, a penas estoy aprendiendo las bases y se que me falta muchísimo camino que recorrer.

Sin embargo una cosa que en estos últimos 5 años sí he podido apreciar es que algo que falta con gravedad en el proceso de entrenamiento y desarrollo, es la co-responsabilidad, o mejor dicho la complicidad que el estudiante (o educando como le llaman en el medio) tiene que tener con el facilitador (maestro o instructor o como prefieran llamarle).
Y es que pareciera que todo lo que muchos “estudiantes” quisieran al asistir a un curso, conferencia, taller o cualquier otro formato, es que el conocimiento les fuera transferido como descarga de software tipo The Matrix para que, en automático y al instante se conviertan en expertos en una materia; depositando así toda la responsabilidad por su aprendizaje en la persona que al frente está compartiendo su conocimiento, experiencia y puntos de vista.

Y si bien es muy cierto que quienes nos dedicamos a compartir conocimiento y apoyar el desarrollo de capacidades y habilidades profesionales de distintas personas, tenemos la crucial responsabilidad de mantenernos totalmente actualizados, con un conocimiento no solo teórico sino práctico y de desarrollar lo más que se pueda nuestras competencias y habilidades como comunicadores y docentes para poder hacer un trabajo que en verdad aporte un grano de arena al desarrollo de otros; Lo que también es igual de cierto es que todo esto cuenta tan solo como la mitad del proceso de aprendizaje de los estudiantes, pues existe una inevitable co-dependencia entre ambos procesos: enseñanza con la transmisión del conocimiento y aprendizaje con la apropiación de dicho conocimiento para provocar un cambio en el estudiante.

En otras palabras, si tú como estudiante no estás dispuesto a responsabilizarte totalmente por tú proceso de aprendizaje, no importa que tan bueno y capaz sea tu instructor, muy poco será lo que logres asimilar.

Y aunque hay mucho que comentar sobre lo que cada uno de nosotros podemos hacer para mejorar como facilitadores, como parece que cada vez somos menos quienes queremos compartir y más quienes aparentan exigir aprender, prefiero en este post enfocarme en 4 simples acciones que como estudiante (así es, quienes nos dedicamos a compartir, somos los primeros también en dedicarnos a estudiar) me gusta aplicar para mejorar mi proceso de aprendizaje:

1-    Ser auto-didacta.
Jamás esto había sido tan sencillo. Con el acceso a tanta información que los medios digitales hoy nos dan, es inexcusable no tomarse el tiempo de buscar distintas fuentes de información y compararlas, descargar libros (gratis y comprados), leer blogs, escuchar podcasts, ver tutoriales en video, discutir con expertos en distintos foros y rodéarte de personas que te impulsarán a aprender y a esforzarte más.
Ser autodidacta porque hoy no aprender es una elección.

2-    Definir claramente nuestro nivel real de conocimiento y comprometernos con este para continuar elevándolo.
La semana pasada entré en una acalorada discusión con otro columnista de la revista Vuelo Digital (por cierto, debo acepar que me enganché demás en esta, aunque ya retomamos por mail una plática más amigable. Cuando terminen de leer este post, si tienen tiempo e interés, pueden leer el oso completo en: http://www.vuelodigital.com/2012/03/08/de-conferencias-tacticas-y-estrategias/) , revista para la que también escribo, pues en el artículo que esa semana publicó, sostenía la propuesta de que, por lo menos en lo que se refiere a Marketing Digital, ya no hay más conferencias o seminarios en los que se comparta nueva información, ni facilitadores profesionales capaces de subir el nivel de enseñanza de la industria en nuestro país, cosa con la que estoy en total desacuerdo.
En efecto debo admitir que, tal como menciona Alejandro en su columna, existen ya decenas o cientos de eventos que comparten los mismos mensajes, la misma agenda y los mismos conferenciantes. Pero eso para nada está mal. En un país y una industria donde (de acuerdo a un reporte de MCGraw-Hill) existen más de 193mil estudiantes de mercadotecnia que aún no están involucrados con la industria de medios digitales, no podemos darnos el lujo de no compartir una y otro y otra vez (y cuantas veces sea necesario) las bases de la industria. Por fortuna los espacios existen y hay quienes estamos dispuestos a continuar compartiendo y abriendo puertas para otros. Y por fortuna también existen otros eventos y foros de mayor calibre donde, aunque algunos de los facilitadores seamos los mismos, los temas son sin duda más avanzados y complejos.
Por lo que resulta indispensable tener muy claro cuál es nuestro verdadero nivel de conocimiento y cuáles son los siguientes pasos que tenemos que dar para continuar avanzado. ¿Estás escuchando los mismos temas una y otra vez? Tal vez llego el momento de avanzar.

3-    Proveer retroalimentación puntual, relevante, positiva y frontal.
Ningún facilitador o entrenador es perfecto ni es poseedor de la verdad universal y más frecuente que no, cometemos muchos más errores de los que quisiéramos admitir. Y la retroalimentación que podamos recibir es mucho más bienvenida de lo que creemos.
Al mismo tiempo, todo estudiante tenemos alguna opinión (buena, mala, ligera o dura) sobre nuestro instructor.
Y sin embargo, pocos somos los estudiantes que regalamos una auténtica, oportuna y bien orientada retroalimentación.
Justo en la discusión que mencionaba arriba, un “espontáneo participante” intervino para, de forma anónima, cubierto por el sobre nombre de “Chepo”, despotricar sobre los conferenciantes e instructores, incluso recitando a memoria algunos pasajes de la más básica de las conferencias que imparto. (Cosa que por un lado me da gusto porque me demuestra que compartir anécdotas, sí hace memorable el mensaje que se comparte), sin embargo, a pesar de lo interesante que pudieran haber sido sus comentarios, al hacerlo de manera anónima, burlona y tan a destiempo, su intervención pierde absolutamente toda credibilidad.

La retroalimentación, la de verdad, la positiva, la de una persona verdaderamente comprometida con su propio proceso de aprendizaje, se da de manera puntal, a tiempo y de frente.

4-    Aprender enseñando.
“Todo conocimiento no compartido pierde valor” recitan muchos por ahí. Y aunque suena a cliché es verdad. Pero tal vez algunas personas que predican este dicho, no han entendido que quiere decir en realidad o en su totalidad. Quizás piensan que el dicho se refiere solo a que si no se comparte el conocimiento de generación en generación este se pierde, pero esto es tan solo una cara da la moneda. La otra se refiere a que ninguna persona termina de aprender lo que ha estudiado hasta que no es capaz de compartir con otros ese conocimiento, enseñándolo.
De modo que si sientes que ya has aprendido lo suficiente y en verdad estás comprometido con tu proceso de aprendizaje, entonces atrévete a dar el paso y comienza tú también a enseñar lo que sabes.
Quién sabe, tal vez, como me pasó a mi, descubras tu verdadera pasión.

¿Qué otra práctica les viene a ustedes a la mente?

 

¿Qué te mueve en la vida?

Si te hiciera esta pregunta justo ahora y de frente, ¿Qué responderías?

Si estás casado, muy probablemente tu respuesta sería algo así como “mi familia y su seguridad”, si eres soltero y laboras en una gran corporación probablemente responderías “hacer una exitosa carrera” o si has tenido algunas limitaciones económicas anteriormente y hoy cuentas con mejores ingresos, tal vez responderías “darle a los tuyos lo que tu no tuviste”

Es curioso, pero en cada proceso de coaching sobre desarrollo de carrera que facilito, cuando hago la pregunta “¿Qué te mueve en la vida?” siempre recibo respuestas similares, pues son precisamente estas respuestas las que con el tiempo, nuestra sociedad nos ha enseñado a dar.

Por supuesto que todos queremos que nuestra familia esté bien, estable y segura. Claro que todos queremos tener una prolífica y exitosa carrera y contar con más recursos económicos de los que necesitamos.

Pero mucho más allá de lo obvio… ¿Qué te mueve por dentro? Es decir, ¿qué aprieta tus botones? Porque definitivamente todos tenemos distintos botones que presionados en el orden correcto pueden motivarnos, alegrarnos, enojarnos, ofendernos,  contentarnos e inspirarnos…

Y si somos capaces de entender con claridad cuáles son, para nosotros, las cosas que efectivamente activan cada uno de estos “botones”, podríamos entonces asegurarnos de presionar, al menos con mayor frecuencia, aquellos que nos ayudan a estar mejor.

No solo sabiendo que nuestra familia está segura, estable y bien cubierta.
No solo teniendo una carrera brillante.
No solo contando con dinero y bienes.
Sino estando contentos y alegres haciendo aquellas cosas que más nos gustan hacer y mejor sabemos hacer.
Y no solo estando contentos haciéndolo, sino realmente realizados porque lo hacemos en servicio y beneficio de algunos más.

El problema, sin embargo, sigue siendo que muy pocos conocen o mejor dicho admiten cuáles son las cosas que realmente aprietan sus botones. Cuáles son las situaciones en las que se sienten tensos y amenazados y que activan sus defensas; y cuáles son los momentos en que más alegres y relajados se sienten. Qué cosas despiertan su creatividad y ganas de innovar. En qué sitios se sienten más inspirados y con qué personas se sienten más seguros y contentos.

En estos procesos de coaching de desarrollo de carrera en los que tengo la fortuna de apoyar a otros, una práctica diaria que recomiendo es la de llevar una bitácora de lo sucedido cada día. Es decir, un diario en el que enlistemos los sucesos del día e indiquemos cómo estos nos hicieron sentir, para así poder identificar los momentos, las circunstancias, las personas, etc, con quienes y durante las cuales nos sentimos mejor y logramos, por lo tanto, un mejor desempeño en lo personal y en lo profesional, a la vez que identifiquemos cuándo, como y dónde nos bloqueamos más.
Para poder después usar nuestra “brújula de vida” para estimar cómo está el balance entre estas distintas situaciones en nuestra vida, para que con un poco de tiempo, podamos ir, en la medida de lo posible, alejándonos de las situaciones que no nos favorecen y vayamos rodeándonos de las personas que mejor nos hacen estar y buscando, y hasta provocando, esos momentos en los que más podemos brillar y ayudar a los demás.

Así que ahora que te vuelvo a preguntar ¿Qué te mueve en la vida? ¿Qué me responderás?

Oportunidad… es.

Cierto es que siempre tenemos que estar alertas y abiertos a las nuevas oportunidades que, en cualquier momento, se nos pueden presentar. Mucho más cierto es que más importante que saber aprovechar una buena oportunidad, es saber crear nuevas y mejores oportunidades para los demás.

Esto es, en lo personal, parte de cómo yo veo la vida.

Pero esta forma de ver las cosas tiene un pequeño pero potencialmente grave error de diseño que te puede llevar, sin darte cuenta, de querer generar o aprovechar nuevas oportunidades, a quedar perfectamente mal con todos.

Y es que con frecuencia, la urgencia por aprovechar y “sacarle jugo” a todo lo que se cruza en nuestro camino, el hambre de emprender, la adicción a aventurarse en nuevos proyectos, la incesante búsqueda de popularidad o el simple miedo al rechazo o el no saber decir no, nos pueden hacer caer en una espiral de francamente desaprovechadas y mal definidas “oportunidades”, que nos llevan a todo menos a sacar lo mejor estas.
Quedamos mal otros pues nos comprometemos a cosas que cabalmente no podremos cumplir. Fallamos en las entregas, descuidamos los proyectos en los que ya estábamos trabajando, provocamos roces innecesarios con otras personas y afectamos directamente nuestra salud física, mental y espiritual porque, prácticamente acabamos con nosotros.

En lo personal, creo que he caído en esta espiral más veces de las que quisiera contar.

Y precisamente buscando no caer más en errores como este es que desde hace tiempo, procuro hacerme (aunque a veces aún olvido hacerlo), cinco simples preguntas que me ayudan a definir si, la que se presenta, es o no la oportunidad que debo crear o aprovechar:

1)   ¿Soy la mejor persona (o la mejor organización) para realizar las tareas que se requieren? ¿Realmente contamos con la experiencia, herramientas y capacidad para sobre pasar las expectativas?

2)   ¿Este nuevo proyecto, responde y está alineado con mis (o de la organización) intereses, principios y valores, o solo quiero hacerlo por popularidad?

3)   ¿Podré cumplir cabalmente con este compromiso sin descuidar los que ya vengo trabajando?

4)   ¿Será divertido y disfrutaré haciendo este proyecto? ¿Me rodearé de gente talentosa, honesta y sencilla de quienes podré aprender y con quién podré compartir?

5)   ¿Este proyecto nutre e inyecta recursos al motor  económico de mi empresa, ayudándonos a continuar operando y creciendo con éxito?

Solo cinco preguntas muy fáciles y rápidas de responder, pero que al hacerlo pueden cambiar totalmente los resultados de nuestros entregables y nuestro desempeño.

Porque al algunas “oportunidades” sí se vale decirles NO.

En trance

Seguramente todos, por lo menos en una ocasión, han notado el paso que se da cuando la inercia de un enorme esfuerzo que estamos haciendo, de repente se convierte en una especie de trance del que no queremos salir. Entramos en un estado de disfrute de lo que estamos haciendo y solo queremos continuar.

Cuando hacemos ejercicio esto sucede con frecuencia: llegamos en la mañana a la pista casi obligándonos a nosotros mismos a estar ahí. Comenzamos a calentar y estirarnos a regañadientes y las primeras vueltas que le damos a la pista son cansadas y dolorosas. Por nuestra mente pasan muchas quejas y pretextos que quisiéramos usar en ese momento para regresar a descansar: “esto no me funciona, ¿por que estoy aquí?” ó  “tengo mucho trabajo no tengo tiempo de estar aquí”, entre otros. Entonces, en medio de tantas excusas, sin darnos cuenta, entramos en un estado de satisfacción, las endorfinas que con ese ejercicio estamos liberando empiezan a hacer su trabajo y comenzamos a sentirnos cada vez mejor.
Más fuertes, más ágiles y de mejor humor. Nuestro ánimo sube y ahora por nuestra mente solo pasan ideas de cosas nuevas que podemos crear o formas distintas con las que mejorar aquello que hacemos ya. Nos marcamos nuevos retos, rearmamos nuestra agenda e imaginamos lo bien que nos sentiremos dentro de unos meses cuando hagamos el doble de ejercicio que ahora hacemos (más tiempo, mayor distancia o mayor intensidad).

Ese mismo estado de trance, desde mi punto de vista, es el que con frecuencia podemos alcanzar cuando seguimos nuestra voz y trabajamos en aquello que nos apasiona, que nos llena de orgullo y que hemos descubierto como nuestra vocación.

Al principio (incluso al inicio de cada nuevo día) buscamos desesperadamente el pretexto perfecto que nos servirá para no trabajar más en “hacer nuestro propio arte” (como diría Seth Godin) y regresar al frustrante pero cómodo arreglo en el que algunos (defensores de su propio estatus quo) nos dicen qué hacer y cómo hacerlo a cambio de la falsa promesa de seguridad y estabilidad.
Pero conforme vamos empujando, siguiendo un paso con otro y con otro después y, literalmente vamos quitándonos de los ojos las vendas del miedo y la duda, vamos generando una energía tal que al poco tiempo nos ayuda a entrar en ese estado de trance el que nos damos cuenta que no solo sí podíamos hacerlo pero que además somo realmente buenos haciéndolo y lo disfrutamos muchísimo.
Entonces, precisamente, nos sentimos más fuertes, más ágiles, de mejor humor y con la certeza de que somos capaces de hacer lo que querramos. Comenzamos a planear nuestros siguiente pasos, marcamos nuevos retos y disfrutamos el momentum que hemos construido, deseando que nunca termine, pero sabiendo que mañana de nuevo tendremos que reunir el coraje para continuar generando esa inercia que nos lleva a este estado de trance en el que somos capaces de lograr lo que nos propongamos.

Make it happeners.

¿Haz tenido una idea tan brillante que la masajeas y masajeas en tu cabeza por días y días perfeccionándola, solo para ver que otra persona le echó a andar?

¿Haz pasado meses coqueteando con la idea de realizar esas increíbles vacaciones de ensueño, solo para ver las fotos de alguien más que las ha tomado ya?

¿Haz planeado por años estudiar esa gran especialidad que cambiará el curso de tu vida, solo para ver que otros de graduaron ya?

La realidad es que ni la más brillante de las ideas que tenemos vale más que una simple acción. Y aún así, la mayoría de la gente sigue así, generando ideas y más ideas, algunos esperando que con solo pensarlas puedan convertirse en realidad y otros intentando ocultarlas por temor a fallar.

Hay un dicho de T.S. Eliot que hace poco mi amiga Brigitte Seumenicht me recordó y que dice: “Solo aquellos que se arriesgan a ir más lejos, tienen la posibilidad de saberlo lo lejos que pueden llegar”.

Y la triste realidad es que solo unos cuantos se atreven a hacer justo esto.

A ellos(as) me gusta llamarles “MakeItHappeners”.

Personas que no solo saben pero también entienden que la única manera de saber que tan lejos pueden llegar, la única forma de descubrir todo lo que pueden hacer en realidad, es dejar de planear y comenzar a ejecutar.

Gente dispuesta a equivocarse y aprender todos los días para saber, al día siguiente, que tienen que hacer mejor.

Personas que entienden que no tienen que ser grandes políticos, militares o herederos de fortunas para marcar un cambio desde su lugar y que dejan el discurso de lado y generan valor para los demás. Que dejan de estirar la mano esperando recibir de otros y que mejor dibujan su propio mapa, creando a su paso nuevas oportunidades para los demás.

Estas personas son quienes mueven nuestro mundo día con día.

Estas personas somos tu y yo.

Así que pregúntate ahora mismo: Esta semana ¿Qué harás que suceda?

Monqui-Brainland

Seguro conoces esa sensación…

Comienzas pensando algo simple como el dead line que tienes ese día para entregar un trabajo y brincas a pensar que ese día no desayunaste más que un yogurt para beber porque no tuviste tiempo de cocinar… espera! cocinar? Pagaste el gas? El recibo lo dejaste ahí junto con la receta del doctor… receta? Pero tienes que hacer los análisis … pero los cubrirá el seguro médico? Seguro médico? Lo cargas a la tarjeta de crédito? Tarjeta de crédito? Ya la pagaste? Tienes que checar el saldo el línea… Pero ya que estás en línea, por qué no dar una vuelta por FaceBook a ver qué están haciendo tus amigos?… Uf fulanito volvió a cambiar su estatus a soltero… qué habrá pasado por sutanita? Sutanita? Le tengo que entregar el trabajo! El dead line se acerca… qué va a pensar de mi? … Pero no se ni por dónde empezar, podré cumplir? Nunca he hecho esto… que estrés con este trabajo y ni siquiera me pagan seguro médico… por cierto la tarjeta! Pero que hambre, ese yogurt no me lleno, más vale que pague el gas a tiempo, lo hago de paso al doctor, pero qué hora es? Se pasó el dead line de la entrega…

Cualquier parecido con la realidad NO es coincidencia.

“Monkey brain” le llaman algunos al comportamiento que tiene nuestra mente cuando no nos podemos concentrar o enfocar en algo en específico pues nuestro agitado cerebro  brinca de un tema a otro sin reparo y sin poder concluir nada de lo que queremos hacer, tal como un chimpancé salta de un lugar a otro continuamente.

Y el problema es que en realidad no tenemos que lidiar con un solo “monkey brain” sino con muchos más. Tantos que casi podríamos crear personajes de pequeños simios, tipo Monquiquis o Cariño-Ositos (no se hagan, si tienen más de 25 años, saben quienes eran los Monquiquis) para representar a cada uno de estos “monos mentales” con los que podríamos hasta hacer una carícatura.

¿Se imaginan? Tendríamos en nuestra cabeza por lo menos a Miedito-Monqui, Ego-Monqui, Procrasti-Monqui, Monqui-Consentidor, Ambicio-Monqui. Chismo-Monqui y Envidi-Monqui, como los personajes centrales que con mayor frecuencia distraen nuestra atención y enfoque en lo que realmente es importante.

Y como en toda caricatura, siempre tendríamos al viejo y sabio chimpancé que cuente con una moraleja o lección que compartir con cada uno de estos “monquiqis mentales”

A Miedito-Monqui le diría que nunca sabrá que tan lejos puede llegar si no se atreve a dar ir tan solo un poco más lejos.

A Envidi-Monqui le enseñaría a no menospreciar sino celebrar y reconocer los logros de los demás.

A Procrasti-Monqui, le demostraría todo lo que pudiera avanzar si tan solo cerrara su sesión en Monqui-FaceBook (sí en Monqui-brainland, también tienen FB, de hecho si fuera país será el más grande de Monqui-brainland), si dejará de consultar su email cada 2 minutos y apagará el celular para tan solo concentrarse por una hora en la tarea que tiene enfrente.

A Ambicio-Monqui seguramente le daría una lección para que se diera cuenta de que nunca es suficiente hasta que descubrimos que sí lo es.

A Monqui-Consentidor le enseñaría la importancia de no sacrificar un beneficio a largo plazo a cambio de una recompensa instantánea e inmediata.

A Chismo-Monqui le diría que dejé de hablar de otros y nunca diga de ellos nada que no les diría cara a cara y mejor se enfoque en su trabajo. Porque perder el tiempo con chismes, más que hablar mal del otro, habla mal de ti.

Y a Ego-Monqui le demostraría el enorme peso que podría quitarse de encima con solo dejar de lado la imperante necesidad de demostrarse que tan valioso es, para mejor enfocarse en generar valor para si mismo y para su comunidad.

Y así el viejo y sabio chimpancé ayudaría a controlar a cada uno de los “monquiqis mentales” en nuestra cabeza…

¿Cuáles serían otros “monquiquis mentales” que habitan en su cabeza?

Un elefante y una lagartija – promoviendo el cambio sostenido.

Es un hecho, para realizar un cambio sostenido y profundo en una organización o en una persona, saber que el cambio es necesario y contar con distintos pedazos de información y conocimiento que soporten indiscutiblemente la idea del cambio, no es suficiente y necesitamos también sentir por qué es necesario cambiar.

Por eso es que tanto fumador, a pesar de contar con toda la inequívoca información sobre los fatales e irreversibles daños que les provoca (y a quienes les rodean) el cigarro, simplemente no dejan de fumar.

O porque algunas empresas, que incluso cuentan con reportes financieros, estudios y otras evidencias que demuestran la importancia de ajustar sus acciones, continúan avanzando en una dirección que evidentemente les está llevando a un sendero sin salida.

Y es que esto tiene que ver, de acuerdo a diversos estudios psicológicos y de neurociencia, con nuestro cerebro primitivo o reptílico. Es decir, esa parte emocional de nuestro cerebro que está programada, desde hace cientos de miles de años para asegurar la sobrevivencia de la especie y no exactamente para su evolución ni cambio; y que se enfoca en buscar , primero seguridad y después confort al satisfacer nuestras necesidades básicas. Fuera de esto, para nuestro “cerebro de lagartija” como bien lo llama Seth Godin, todo lo demás es una cereza en el pastel o una amenaza.

 

Y el cambio, es decir,  dejar de hacer lo que es cómodo y familiar para nosotros y comenzar a aventurarnos en lo desconocido, es para nuestra mente primitiva, una amenaza, ante la cual nuestro lado emocional del cerebro, mejor representado por los hermanos Heath en su libro “Switch” como un elefante, corre precisamente hacia el lado contrario de a donde queremos ir.

A menos que… (de acuerdo a esta metodología) le hablemos al elefante… 

Dejándole ver como serían las cosas si lleváramos a cabo ese cambio.
Piensen en Howard Behar cuando promovió el cambio de maquinas de expresso manuales de doble grupo, a las máquinas automáticas que hoy conocemos en todos los Starbucks a los que vamos. El mismo, en su libro “It`s not about the coffee” cuenta sobre la resistencia que enfrentó en un inicio al proponer “industrializar” la preparación, hasta ese momento, tradicional de café y como tuvo que demostrar que no solo la calidad de la preparación sería la misma pero que además lograría tener a muchos más clientes contentos a la vez.

Aprovechando el sentido de orgullo de quienes ya lograron el cambio.
Nada provee mejores muestras de que sí se puede lograr un cambio que aquellos quienes ya pasaron por dicho proceso de cambio.

Y finalmente, reduciendo el reto del cambio en pequeños pasos que podamos dar con cierto nivel de control y certeza para ir logrando pequeñas pero rápidas victorias que ayudarán a generar mayor inercia de dicho proceso de cambio.

El cambio es difícil al inicio y revoltoso en el medio pero  nos deja mucho mejor al final” dice Robin Sharma. Así que permitirnos diluir el proceso en pequeños pero continuos escalones, puede marcar la diferencia, después de todo, como dicen por ahí: “El más grande de los viajes comienza con el primer paso”.

Correcto vs. popular

Ser popular es muy sencillo, basta con decir lo que otros quieren escuchar o hacer lo que, a otros, más le gustará. Pero hacer lo popular no siempre es lo mejor ni para ti ni para los demás.

Hacer lo correcto, por el contrario, no siempre resulta ser lo más popular.

Cuando dejas de ir todos los jueves a “tomar” con los amigos para dedicar un poco más de tiempo a trabajar, a estudiar, a entrenar… con tus amigos, pierdes popularidad.

Cuando decides explicarle a tu jefe que no estás de acuerdo con su visión porque piensas que está partiendo de una base equivocada o está cometiendo un error… con tu jefe no eres el más popular.

Cuando en una reunión prefieres callar o no escuchar la crítica que  el resto de los ahí presentes hacen a espaldas de alguien que ahí no está… no eres el más popular.

Cuando no permites que un cliente abuse de tu posición como su proveedor y le exiges un trato de igual a igual… con ese cliente quizás, no serás más popular.

Cuando le exiges a tu equipo de trabajo que sean pacientes con sus clientes y antes de juzgarlos traten de escuchar y comprender su posición… con ellos seguramente no eres el más popular.

Cuando a recursos humanos le dices que no asistirás al “retiro” u “off-Site” que la empresa, en el fin de semana organizará, pues tienes que atender un evento aunque cotidiano, importante para tu familia… con ellos, entonces pierdes popularidad.

Cuando prefieres dejar de quejarte de lo mal que están las cosas, como lo hacen los demás, para comenzar a trabajar en lo que de alguna manera puedes aportar para mejorar… con ese grupo de personas que solo se lamentan, no serás el más popular.

Cuando dejas pasar ese “buen negocio” porque sabes que a alguien más le puede afectar… con quienes te lo propusieron, pierdes inmediatamente popularidad.

Cuando por fin te animas a cuestionar al estatus quo de algunos cuantos… con ese grupo no eres el más popular.

Cuando decides dejar de seguir el camino establecido por otros para dibujar tu propio mapa… con ellos tampoco eres popular.

Pero hacer lo correcto, jamás se ha tratado de ser popular.

 

Riqueza vs Abundancia: El pelo en la SOPA.

Me pregunto: si yo escribiera ahora mismo un post sobre la importancia de dibujar nuestro propio mapa, retar al estatus quo, desarrollar nuestro arte y convertirnos en un “linchpin”, es decir en un elemento clave de unión entre un trabajo y otro…

¿Pensaría Seth Godin autor de Linchpin  y muchos títulos más que, de acuerdo a la visión de las propuestas de ley SOPA, ACTA, etc. estoy “pirateándome” sus conceptos? ¿O pensaría que simplemente ha sembrado un pedazo de conocimiento en mi mente y ejercido una influencia tal en mi manera de pensar sobre estos temas, que me llevan ahora a compartir dichas ideas con los demás, sin intención alguna más que la de continuar compartiendo conocimiento y expandiendo la influencia positiva que tales mensajes pueden tener?

Habiendo conocido, escuchado, leído y hasta estudiado a este señor, estoy totalmente convencido de que se trata de la segunda opción.

Ahora, exactamente ¿Qué pensarían sus editores? No lo puedo asegurar.

El problema que veo con iniciativas como SOPA, ACTA, etc. (fuera del ámbito legaloide, político y hasta técnico, para lo cual estoy perfectamente mal capacitado para comentar), es que todo parece estar promovido y provocado por personas que por ambición, avaricia, miedo, etc. trabajan desde el caduco paradigma de la carencia.

Es decir, un esquema en el que para que otros obtengan algo de una organización, esta tiene que ganar de ellos, incluso si esto significa hacerlos perder, pues de lo contrario perdería la corporación; y por lo tanto quienes no forman parte de dicha organización, buscan “ganarle” a esta adueñándose lícita o ilícitamente de su propiedad, no para compartir una visión, un pensamiento o una acción que beneficie a todos, sino para ganar con aquello que le quitaron a la corporación, vendiéndolo a otros, que piensan también que esta merece perder y entonces así… todos perdemos.

Lo más grave, desde mi punto de vista, es que esa ambición, avaricia y miedos, no son exclusivos de solo unos cuantos, y más frecuente que no, podemos encontrar a muchas personas, inclusive hasta quienes se pronuncian en contra de estas prácticas, literalmente con un pelo en la sopa.

Gente, por ejemplo, que defiende a capa y espada los derechos de autor, pero que compra de la piratería otros productos que poco o nada tienen que ver con el suyo.
U organizaciones que promueven la neutralidad y la libertad de la red, pero que por cuidar de sus intereses comerciales y para que sus ganancias no corran el riesgo de verse afectadas, han tratado de detener, o por lo menos, limitar las actividades que legal, transparente y propositivamente otros emprenden.
O legisladores que, de acuerdo al momento de sus carreras políticas, con descaro se pronuncian ayer en contra y hoy a favor según les sea más conveniente.

Crear abundancia no es lo mismo que acumular riqueza.

Es justo este el principal cambio de paradigmas que propone esta nueva era del conocimiento, donde las ideas y el pensamiento son parte de un nuevo capital humano, de trabajo y desarrollo que crece, no en la medida que uno salvaguarda sus intereses personales y comerciales, sino en la manera en la que uno permite liberar su conocimiento para compartirlo con los demás, sabiendo que al conocimiento no se le puede imponer una ®.

Y con esto no pretendo decir que entonces no se deba de resarcir y pagar por el trabajo, el tiempo, la experiencia y la dedicación de quienes enseñan y comparten con otros.  Al contrario, esa es una labor de enorme importancia para cualquier comunidad y amerita ser muy bien remunerada.

Más bien quiero decir que el enfoque de este trabajo no debe estar basado en la intención de acumular riqueza vendiendo una idea, sino en crear abundancia a través de todas las oportunidades que se generan alrededor de esta idea cuando es compartida abiertamente con todos.

Así que compartes este manera de pensar… ya sabes que hacer.. Keep Sharing, keep learning & stay happy!