De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

10 grandes prácticas de liderazgo personal.

Los vemos todos los días destacando con su trabajo dentro y fuera de las organizaciones con las que colaboran. Vemos, incluso con cierta incredulidad, como hacen ver tan sencillo aquello que hacen con maestría y tratamos de aprender, al menos un poco de ellos.
No importa si se trata del CEO de una gran transnacional, de un coach destacado, un autor o un deportista de alto desempeño, si dedicamos un poco de tiempo a estudiar qué hacen para destacar como lo hacen, podríamos identificar al menos 10 prácticas que estos verdaderos líderes realizan, virtualmente, todos los días:

  1. Tienen claramente definida su marca personal. Y no me refiero a una marca para auto-promoverse como si fueran una lata de refresco, sino la marca que quieren dejar en la vida  de los demás.
  2. Mantienen foco en sus prioridades. Saben que no se trata de hacer lo popular sino lo correcto, poniendo así toda su atención en las actividades que realmente los llevarán a lograr las metas que se han trazado. Saben decir “no” a las peticiones que, aunque podrían hacerlos muy populares con quienes se las solicitan, solo los distraerían del valioso trabajo que saben que tienen hacer. Mantienen primero lo primero.
  3. Entienden la crucial importancia de generar un balance en su vida . Saben cuales son los distintos roles que tienen en lo personal, en lo laboral y en lo familiar y las prioridades que cada uno de estos roles implican, asegurándose de darle un lugar primordial a cada una estas.
  4. Eligen muy bien a sus influenciadores. Saben que si quieren ser los mejores en algo, deben trabajar y rodearse de personas que sean mucho mejores que ellos en eso en particular. Entienden que hoy, gracias a los medios digitales, pueden acceder a personas que, por geografía, antes no era posible contactar, los buscan, levantan la mano y se relacionan con ellos. Reconocen que muchas de las soluciones a los retos que hoy enfrentan están plasmados en miles de libros y escritos; lecturas a través de las cuales se pueden relacionar también con los autores más destacados e influyentes en los temas que les atañen.
  5. Jamás dejan de aprender. Todos los días se dan un espacio para estudiar, leer, preguntar, para meditar, analizar y reflexionar. Y continuamente se dan la oportunidad de intentar algo nuevo.
    Prueban, indagan y aprenden un poco más. Porque saben que cuando uno deja de aprender, deja de crecer y el día que dejas de crecer comienzas a morir.
  6. Practican, practican y practican. Reconocen que el éxito espontáneo no existe y que tarda, por lo menos 5 a o 8 años convertirse en un gran éxito de la noche a la mañana, así que todos los días practican su arte.
  7. Siempre van más allá del SPLAT. Cuenta la historia que un día un ejecutivo que buscaba el éxito con gran ambición se acercó a un Yogi que encontró en el camino y le pregunto: “¿Hacia dónde está el éxito?”, el yogi sin hablar señaló con el dedo en una dirección. El ejecutivo caminó hacia donde el sabio apuntó y justo tras perderse en el horizonte se escuchó un estruendoso “SPLAT”. Entonces el ejecutivo apareció con un pequeño golpe en el rostro, regresó con el yogi y le dijo: “Creo que hubo una confusión, ¿Me puede indicar hacia dónde está el éxito?”, el sabio, sin hablar, señaló en la misma dirección. El ejecutivo entonces una vez más se puso en camino, pasó del horizonte y siguió andando hasta que poco después se escuchó otro gran “SPLAT!” Esta vez el ejecutivo, realmente enojado, frustrado y golpeado, volvió con el Yogi a reclamarle: “Te he preguntado hacia dónde está el éxito y seguido exactamente tus instrucciones pero todo lo que he conseguido es que un enorme “SPLAT” me golpeé… ¡Basta! dime ya en dónde está el éxito.”, demandó. A lo que el yogi con calma respondió: “Está en esa dirección. Justo ahí después del SPLAT”.
  8. Se abren a la retroalimentación. Reconocen la crucial importancia de dar y recibir retroalimentación continua. Buscan recibirla abiertamente y la proveen de manera oportuna. No esperan a que llegue el momento de la revisión anual o trimestral, saben que la retroalimentación es crucial y no puede esperar.
  9. Cuidan y procuran a su más importante activo. Entienden que el único recurso renovable con el que realmente cuentan es su salud y energía, y comprenden que para sentirse en un óptimo nivel, tienen que procurar los cuatro niveles de energía que tenemos: la física (cantidad de energía), la emocional (la calidad de nuestra energía), la mental (como enfocamos nuestra energía en ciertas actividades) y la espiritual (como alineamos el uso de nuestra energía de acuerdo a nuestros principios y valores.
  10. Entienden la ley de la reciprocidad y olvidan el Quid Pro Quo pues comprenden que la reciprocidad no está en esperar algo a cambio por la labor que hacen, sino en realizar esas acciones a favor de otros porque así devuelven a su comunidad todas las oportunidades que han recibido. Comparten su experiencia y conocimiento, comparten su talento, sus recursos y sus relaciones. Comparten porque saben que solo así se genera valor para todos. Porque entienden que nunca se ha tratado de acumular riquezas solo para unos sino de generar abundancia para todos.

Rompiendo con el mito del balance entre la vida profesional y personal.

Si has leído este blog en los últimos años, sabrás que he dedicado muchos posts a hablar sobre temas como la definición del éxito profesional y personal, sobre el desarrollo de nuestras carreras profesionales y la realización de nuestra vida en familia, sobre crecimiento profesional y el desarrollo personal… en pocas palabras sobre el balance entre la vida profesional y la vida personal.

Durante al menos cinco o seis años, desde que comencé a escribir DLC, he estudiado, leído, cuestionado, investigado, preguntado, pensado y meditado al respecto. Tanto quizás que después de un tiempo, con la sensación de estar perdido, dejé de preguntar.

Pero la ventaja de perderse, es que es justo cuando uno tiende a encontrarse. O al menos eso dicen por ahí. Y es que, cierto o no el dicho, siempre habrá algo que nos ayude re-encontrar(nos) lo que estábamos buscando.

En mi caso fue ver un video en Ted.com de Nigel Marsh que mi amiga y co-autora (sí, esperen noticias muy pronto al respecto), Brigitte Seumenicht me recomendó ver, y que me hizo, no solo reconocer varias preguntas y planteamientos que por años he discutido, sino reconocer también muchas de las respuestas que hasta ahora no había querido ver que tenía ya.

Para cualquier profesional y para cualquier organización, la búsqueda de un balance entre la vida laboral y personal, es un tema de enorme relevancia sobre el que cientos o miles  de personas de múltiples empresas trabajan todos los días para encontrar la mejor, pero aparentemente, inexistente combinación.

Y, es ahí, en la combinación, en la que, desde mi punto de vista, está el error.

Pasamos años buscando la mejor combinación de tiempo y lugar como si la vida fuera una serie de sucesos cronológicamente ordenados y bien sincronizados,  aspirando a tener una utópica y balanceada agenda que nos permitirá hacerlo todo:

5:30 am Despertar
6:00 am Gimnasio
7:00 am Baño y arreglo
7:30 am Desayuno
8:00 am Lleva a los niños al colegio
8:30 am Camino a la oficina
9:00 am En la oficina.
13:30 am Por los niños a la escuela
14:00 pm Comiendo en casa
15:00 pm Camino a la oficina
15:30 pm En la oficina
18:30 pm Camino a casa
19:00 pm Juego y cena en familia
20:00 pm Baño de los niños
20:30 pm Niños a dormir
21:00 pm Tiempo de pareja
22:00 pm A dormir

Pero esto no es balance. Es tan solo el sueño de una ordenada agenda diaria que en 11 de cada 10 casos, NO SUCEDE.

Y no sucede porque el balance no está en administrar el tiempo y la geografía; querer administrar estos sería pretender administrar un recurso compartido con todos ¿y quién entonces tendría derecho por encima de otros para hacer esto?

No, el balance no se da en tiempo y lugar. Vaya, el balance ni siquiera se da ni se obtiene.

El balance se crea. Lo generamos nosotros mismos de manera consciente a través de las elecciones que tomamos, las decisiones que hacemos y las acciones que realizamos todos los días.

Elecciones entre la vida que queremos vivir y el concepto de vida que nos han querido vender; cosa que no es fácil si pensamos que gran parte del esfuerzo que hacemos típicamente es para cubrir las expectativas que otros pretenden poner sobre nosotros.

Decisiones sobre lo que vamos a hacer y a qué asuntos en nuestra vida, de acuerdo a la que hemos elegido y al periodo/etapa de vida en la que estamos, vamos a favorecer priorizándoles en nuestra agenda. Aceptando, a la vez, las consecuencias que nuestras decisiones traen consigo.

Y acciones, porque el balance no se vive en contemplación ni suposición, sino en acción. Creando, construyendo, viviendo y disfrutando desde hoy la vida que hoy y mañana queremos vivir, en lo profesional y en lo personal.

Equipo y dedicación.

Entre más grandes sean tus sueños y anhelos, más importante será tu la fortaleza e integración de tu equipo de trabajo; es sin duda una de las más grandes lecciones que he aprendido en los últimos años. Una lección, sin embargo, que tristemente veo que muchas cabezas de grupo, aún no han querido aprender.

Pero, en serio, si pretendes que tu equipo de trabajo se entregue con dedicación a tu organización, más vale que comiences tu a mostrarles la misma dedicación a ellos.

1. Demuestra tu auténtico aprecio por tu equipo. La principal razón por la que las personas abandonamos nuestro trabajo es porque no se sienten apreciados y respetados por quienes encabezan al grupo. Házle saber a cada miembro de tu equipo lo importantes que son para tu organización y déjales saber que con claridad que reconoces cada una de las fortalezas y competencias con las que contribuyen a tu empresa. Todos queremos sentirnos reconocidos.

2. Crea un sentimiento de pertenencia a una comunidad. Crea una cultura especial con la que cada integrante de tu equipo se pueda identificar y sentir orgulloso de predicar y vivir.

3. Déjales saber el tan importante impacto que su trabajo está teniendo en la vida de los demás. Comparte con ellos constantemente tu visión como líder de la organización y muéstrale a tu equipo  como con su trabajo están impactando positivamente la vida de otros dentro y fuera de la organización. A todos nos gusta sabre que hemos contribuido al bienestar de alguien más.

4. Celebra el éxito y progreso de tu equipo todos los días. Jamás los hagas esperar a que llegue la revisión trimestral o anual para proveerles de la dirección que debiste darles meses atrás.
Retroalimenta todos los días a tu equipo y ellos te lo agradecerán haciendo de tu visión la suya también

5. Pon especial atención en desarrollar el potencial de cada miembro de tu equipo. Conviértete en un generador de oportunidades y catalizador de recursos para ellos.

6. Se un coach, se un mentor, se un líder para ellos y ayúdalos a ir de donde hoy están a donde jamás se imaginaron que podrían llegar. Y en tanto lo haces, trabajo con ellos para convertirlos en grandes líderes también.

Encabezar no es lo mismo que liderar.

Hay organizaciones líderes en su ramo y organizaciones que lideran su vertical.
Y en contadas ocasiones son las mismas. Hay personas que encabezan y administran una compañía y personas que lideran a los integrantes de dicha organización.

Apple no encabeza la venta de computadoras personales, ni teléfonos celulares en el mundo, de hecho hay muchas otras empresas por delante de esta en la categoría, y sin embargo, todos estamos constantemente pendientes de lo que Apple hará a continuación porque su pensamiento, actitud y trabajo, lidera y guía para muchos la forma de pensar respecto a la innovación en este y otros mercados.

Google no es el medio número uno en ventas en publicidad pero su trabajo y visión, sin duda han formado una nueva manera de pensar respecto a la publicidad en línea y en la tradicional.

En muchos casos el vendedor número uno de la empresa, simplemente no sabe trabajar en equipo y le es casi imposible trasladar su experiencia a otros, porque sencillamente no porta el gen de compartir.

Y a menudo alguien en el equipo se convierte en un líder de pensamiento y opinión de su grupo, por encima del director general de la organización.

¿Y dónde radica la principal diferencia entre quienes encabezan algo y los que lideran en verdad?

Me parece que esta se encuentra en la actitud.

Mientras que los primeros se enfocan en encabezar, en sobresalir del resto y glorificar su posición, los segundos ponen toda su energía y atención en el movimiento que lideran. Entienden la misión que tienen y comparten una clara visión de esto con el grupo que los sigue,  tratando a cada integrante del grupo no como un seguidor más, sino como un personaje clave, un embajador incluso, que puede llevar su mensaje y compartir su visión a muchos más.

Estos líderes, por supuesto están interesados y ocupados en generar un ingreso importante para su organización; pero no porque estén preocupados como quienes la encabezan y piensan en cómo se va a ver su reporte anual, sino porque saben que contar con esos ingresos les permitirá tener combustible para el motor económico que requieren para seguir adelante con su misión.

Pero es esta, su misión, la que guía sus esfuerzos y la que, con toda la intención de dejar un legado y hacer la vida de otros un tanto mejor, mantienen viva por encima de solamente las ganas de encabezar un grupo y nada más.

Y es que tienen claro que encabezar, para nada es lo mismo que liderar.

Redescubriendo los retos.

Retos, todos los tenemos. De mayor o menor tamaño, de menores o mayores consecuencias y casi todos los días enfrentamos al menos uno.

La cosa con los retos es que no importa cuántos hayamos conquistado en nuestra vida y qué tan frecuente los combatamos, siempre que nos enfrentamos a uno nuevo, lo sentimos como el más grande y más arriesgado de todos; como justo el reto que por fin nos doblará y vencerá.

Y sí, mientras que de muchos retos saldremos victoriosos, habrá algunos que por cualquiera que fuese la razón no libraremos de la misma manera.
Pero no importa si has “sido vencido” lo más importante es no asumirte así, no sentirte incapaz de continuar adelante sino de saberte mejor preparado para avanzar.

Algunas lecciones me han compartido y otras he aprendido sobre los retos con el tiempo:

  1. No importa que tan bueno seas para vencer los retos, nada es más inútil que vencer los retos de alguien más. Enfócate en construir tu vida y deja de querer probarle a los demás que puedes cumplir lo que ellos esperan de ti.
  2. La buena suerte tiene mucho que ver con el reto que haz de vencer y, como dicen por ahí: “entre más trabajo, mejor suerte veo que tengo”. ¿Qué más puedo decir?
  3. No importa que tan grande, mediano o pequeño sea el reto que estás enfrentando, jamás habrá un “momento ideal” para atacarlo. Comienza hoy.
  4. No todos los retos los tienes que enfrentar solo. Nadie espera en realidad que seas Súperman.  Voltea a tu alrededor con humildad y sencillez y date de cuenta de cuánta gente a tu alrededor está dispuesta a ayudar.
  5. A pesar de todo lo que te empeñes en preguntar ofendido, por qué has sido tu el merecedor de tal castigo o imposición del destino, hay cientos de miles de personas que han pasado ya por esa misma situación. Lee, estudia, investiga y busca aprender de quienes antes que tu, han enfrentado esa situación. Tal vez encuentres hasta un buen mentor.
  6. Ser víctima es una posición más lamentable pero mucho más cómoda… culpar a otros, a tu historia o la de tu país o a cualquier otra cosa es mucho más fácil que hacer algo a respecto. Así que no importa cuánto lo quieras ignorar, enfrentar ese reto es lo correcto y lo que precisamente tienes que hacer.
  7. Solo cuando corres hacía ese reto y no de este es cuando te das la oportunidad de conocerte un poco mejor y darte cuenta de todo lo que realmente eres capaz.
  8. No todos los retos los tienes que vencer de un solo salto. “El más grande de los viajes comienza con el primero de los pasos” solía decir Gandhi. Divide tu gran reto en pequeños escalones que puedas conquistar uno a uno y cuando lo hagas, regálate un pequeña celebración por cada pequeña victoria y refuerza así tu confianza en ti mismo.
  9. Solo de una cosa puedes estar seguro una vez que, por fin, hayas conquistado ese enorme reto al que tanto temías: Es momento de enfrentar uno más.

¿Eres realmente responsable de ti mismo?

Y no me refiero a si eres responsable despertando temprano, presentándote a trabajar puntualmente todos los días y pagando la renta y la colegiatura a tiempo; sino a si eres verdaderamente responsable sobre tu vida.

Es relativamente sencillo, aunque para algunos no lo parezca, cumplir con las responsabilidades cotidianas que la vida en sociedad nos dicta: estudiar, no faltar al respeto a otros, conseguir un buen trabajo, cumplir con el horario, sonreír y aceptar como bueno lo que “los jefes” que pueden impulsar nuestra carrera dicen, hacerte de bienes materiales, aunque sean más de los que puedes libremente pagar, medio pagar las cuentas, casarte, criar una familia y asegurarte de que el ciclo vuelva a comenzar, ahora, para tu descendencia.
Tan sencillo que generaciones tras generaciones hemos vivido así.

Pero hay una gran diferencia entre “cumplir con nuestras responsabilidades” y ser realmente responsable de nuestra vida.

Y pensando en esta pregunta es que me hago hoy las siguientes preguntas, que aquí comparto para ayudarme a ubicar qué tan responsable de mi vida realmente soy:

1) ¿Sigues las reglas de otros, no porque estés convencido de que sean las correctas, sino porque crees que así es como tiene que ser o has creado tus propias reglas e inventado un nuevo campo de juego para ti?

2) ¿Sueles culpar a otras personas, a situaciones ajenas a ti, al tiempo pasado y futuro, a la falta recursos, etc. por aquellos desencantos que has enfrentado o tomas la decisión de levantarte de nuevo, a la vez que intentas entender que falló y que sí funcionó para volverlo a intentar?

3) ¿Te despiertas todas las mañanas quejándote porque de nuevo te tienes que presentar a trabajar ahí en donde no quieres estar, haciendo eso que no quieres hacer, o abres los ojos pensando y dando gracias porque por un día más podrás hacer eso que tanto te gusta hacer?

4) ¿Descartas la retroalimentación que otros te dan, calificándola de injusta, poco razonable e inválida o aceptas con aprecio que se tomen el tiempo de ayudarte a mejorar?

5) ¿Te detienes a esperar para saber de qué forma podrás obtener mayor ventaja del trabajo de otros o dedicas tu tiempo, trabajo y esfuerzo a generar un gran valor para los demás?

6) ¿Eliges tus relaciones laborales, comerciales y personales en base a quién podrá ofrecerte más o estableces verdaderas relaciones personales con quienes puedes colaborar a la creación de oportunidades para todos?

7) ¿Pierdes tiempo buscando excusas y pretextos para explicar por qué no cumpliste con el compromiso que hiciste con anterioridad o te enfocas en cumplir cabalmente con lo que prometiste?

8) ¿Prefieres ganar una discusión para darte el gusto de decir “tenía razón”, o mejor eliges la prudencia que te permitirá continuar construyendo tu sueño?

9) ¿Aceptas el estatus quo de quienes dictan el camino de muchos o tomas el riesgo de continuar dibujando un nuevo mapa todos los días?

10) ¿Vives con la mirada baja llena de resignación o mantienes ese destello en los ojos que acompañan al nudo en el estómago por el temor a tomar riesgos y la sonrisa en la cara por haberlo hecho?

Actuar con responsabilidad es fácil… ser verdaderamente responsable por tu vida, esa es otra historia.

¿Suficiente…?

Últimamente he inundado mi cabeza de muchas dudas, preocupaciones y angustia.

Hace muchos años, desde el 2005 aproximadamente, comencé a buscar un cambio, empecé a estudiar, investigar y adoptar nuevas prácticas en mi vida, más espirituales para unos, o intelectuales para otros.
De esta manera fue que hace poco más de tres años, tomé la decisión de dar un importante giro a mi vida para “dedicarme a hacer lo que más me gusta hacer” y así, “ser más feliz”.
Entonces comencé a prepararme, ahorré dinero, me asocie y formé una empresa que, junto con mi socio y algunos colaboradores, empezamos a operar de manera virtual y a distancia.

Pasó el tiempo y fui entendiendo, casi como despertando a una realidad distinta, que darle este giro a mi vida no solo se trataba de hacer lo que más me gusta y mejor se hacer, sino de también hacerlo con un auténtico propósito de servicio a otros a quienes puedes beneficiar haciendo eso que sabes hacer muy bien y tanto disfrutas hacer; y de no solo hacerlo, sino de crear y construir el estilo, el nivel y la calidad de vida que queremos vivir.  Es decir, crear una forma de vivir.

Al cabo de un año de haber lanzado formalmente la empresa que co-fundé, llegó el momento en el que creía estar bien preparado y listo para dejar mi “trabajo regular” y dedicarme totalmente a esta organización con la que haría realidad esa forma de vida que tanto anhelaba vivir.
Y en un inicio así fue: tiempo de calidad y en gran cantidad no solo para mi familia sino para mi también. Rendición de cuentas reducida a un par de personas que juntos vamos tomando decisiones sobre el negocio. Y además trabajando haciendo justo lo que tanto me gusta hacer.

Estaba “viviendo mis sueños” dirían por ahí.

¿Y entonces por qué digo hoy que últimamente me encontraba lleno de angustia y dudas? preguntarán algunos.

Es que en efecto me encontraba viviendo un sueño, pero en algún momento de este permití que de nuevo las expectativas, deseos y sueños de otros comenzarán a colarse en mi visión.

Verán, para mi, mis métricas críticas de éxito desde un principio serían:
– La capacidad de dedicar mucho tiempo en cantidad y calidad a mi familia, a nuestra salud y bienestar y a mi desarrollo personal, espiritual y profesional.
– La capacidad de contar con los recursos necesarios para cubrir las necesidades de mi familia, cubrir nuestros gastos, también nuestros gustos y ¿por qué no? hasta ahorrar un poco también.
– Trabajar como coach, conferenciante, autor y facilitador, ayudando e impulsando el desarrollo personal y profesional de otras personas que, como yo, buscan hoy vivir mejor.

Sin embargo, al paso de los meses, otras subjetivas métricas de éxito de otros, comenzaron a nublar mi visión, inundando mi mente de incesantes cuestionamientos sobre lo que he estado haciendo:

– ¿Será suficiente? Soy un empresario. Necesito una gran oficina, un equipo robusto, un salario de varios ceros y muchos lujos y premios también.
– ¿Serán justos? He trabajado mucho por “x” empresa o agrupación ¿pero valorarán lo que he hecho o solo valoraban cual era mi anterior posición en la organización para la que trabajaba?
– ¿Serán parejos los esfuerzos y recursos que inyecta mi socio al proyecto?
– ¿Serán suficientes los recursos que genero hoy para pagar todo lo que tengo que pagar y comprar todos los lujos que creo merecer?
– ¿Será suficiente el éxito que proyecto a los demás, serán suficientes los halagos y los aplausos, será suficiente el respeto y la admiración que obtengo de los demás?

“¿Será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, será suficiente, será suficiente?..” preguntas que por los últimos meses han rondado como ave de rapiña a mi mente, esperando el momento en que caiga vencido para llevarme a la desesperación.

Pero fue justo en ese momento previo a la rendición, sientiéndome a punto de perder que, de nuevo casi como si despertara de un sueño, un familiar pensamiento que como hace mucho no lo hacía, cruzó por mi mente otra vez:

¿Y qué si no lo es? ¿Importa más que otros te vean exitoso bajo sus métricas, que te rodees de lujos y halagos, mientras otros compensan con su trabajo el valor que crees que con el tuyo has generado?
¿O importa más el hecho de que hoy vives precisamente como durante tanto tiempo has querido vivir? Haciendo eso que por tanto tiempo soñaste hacer, dedicando tu tiempo a las personas a las que siempre se lo has querido dedicar, ayudando a otros con el trabajo que mejor sabes y más disfruta hacer?

¿Y qué si no tienes los lujos que con otro trabajo, antes pudiste o ahora podrías tener? ¿Pesan más las cuentas de gastos, los viajes en primera, títulos nobiliarios y bonos adicionales ó  pesa más saber que has sido capaz de crear y vivir la visión de vida que por años habías querido vivir?

¿Necesitas en verdad un coche último modelo, un traje de marca y una tarjeta dorada en tu cartera?

¿O prefieres una vida próspera, sana y abundante porque tienes lo que necesitas, haces lo que te gusta y pasas tu vida con quien más quieres estar?

¿Qué métrica de éxito prefieres usar?…

… ¿Que si ya lo logre sacar todas mis dudas de mi cabeza?… Nahh… no aún, pero al menos estoy aprendiendo a hacerlo cada día mejor…

¿Y si todo es un ensayo?

Es muy fácil perderse en el hoy: los problemas que tenemos hoy, los miedos que tenemos hoy, las carencias que tenemos hoy, el mucho trabajo que tenemos hoy o en lo afortunados que también somos hoy (aunque tristemente, son muchos menos quienes piensan esto).

Es aún más fácil perderse en el ayer, lo bien que nos iba en nuestro anterior trabajo, lo divertido que la pasábamos con menos responsabilidades, lo sanos que estábamos cuando eramos mas jóvenes o las tragedias que arruinaron los planes de grandeza que algún día tuvimos.

Y cuando nos perdemos entre el ayer y el presente, continuar avanzando hacia donde queremos se torna tan difícil como “correr en el lodo”. Intentas seguir adelante pero cada paso que das es lento, torpe y pesado, porque la carga que te has impuesto es más de la que deberías tener.

Construir un futuro no es tarea fácil. Definir una meta, trazar un camino hacia esta y avanzar por el mismo, resulta por si solo un enorme reto, pero como si esto no fuera suficiente, decidimos (con frecuencia inconscientemente) llevar con nosotros todo el bagaje de nuestro pasado y los caprichos y temores de nuestro presente.
El ego, el miedo y la arrogancia nos anclan y las ganas de “tener la razón” pese a  lo que sea construyen muros a nuestro alrededor que nos encarcelan en una prisión de nuestra propia necedad, pretendiendo lograr algo nuevo, haciendo aquello que bien sabemos que simplemente, si algún día lo hizo, hoy no funciona más.

Continuamos amarrándonos a quienes sabemos que no nos están aportando nada, por temor a perder lo mucho o poco que hasta ahora hemos construido, cuando precisamente desprendernos de eso tal vez sería lo mejor que podemos hacer.

La vida es muy corta para pasarla amarrado a quienes no te ayudan a ser una persona mejor ”, dicen por ahí.
Y sin embargo, seguimos con ellos porque creemos no tener mejor opción, porque la alternativa parece demasiado difícil o simplemente porque la venda del miedo que el tiempo nos ha colocado no nos la deja ver.

Pero… ¿y si todo fuera tan solo un ensayo?

¿Si cada paso que damos, cada vez que avanzamos o retrocedemos, cada logro obtenido y lección aprendida, la viéramos tan solo como lo que es en realidad: Un ensayo que nos permite avanzar al siguiente nivel?

Connect the dots” decía en el más famoso de sus discursos Steve Jobs, haciendo referencia a las diferentes experiencias que vivió en su desarrollo profesional y como después de un tiempo y visto desde otra perspectiva pudo voltear a echar un vistazo a su pasado y conectar cada vivencia que, sumadas entre sí, lo habían llevado hasta donde llegó.

Y conectar estas experiencias es lo que deberíamos hacer.

Quizas hoy no veámos como cada cosa que vivimos y aprendemos conecta con las demás, probablemente incluso pensemos que no somos merecedores de lo que nos ha sucedido o no entendamos como terminamos en la posición que nos encontramos hoy.
Pero, y si en lugar de cuestionarnos por qué nos pasó lo que nos pasó, hacemos un inventario de lo que hemos aprendido y las herramientas, habilidades, competencias y recursos de los que nos hemos hecho a través de este proceso y nos mostramos a nosotros mismos de qué somos capaces hoy que antes no podíamos hacer. Es decir, si nos demostramos lo mucho que este “ensayo” hizo en realidad por nosotros, a pesar de no haber llegado hasta donde queríamos llegar, ¿No estaríamos mucho mejor preparados para continuar?

Así que esta semana ¿en qué vas a ensayar?

 

Liderazgo: razón y emoción.

Liderazgo, palabra de moda y un concepto trillado y desgastado por tantos y tantos discursos que pretenden dictar una pretenciosa lista de pasos que si sigues, te transformarán de ser tan solo un director a un gran líder.

El problema es que no importa cuántas veces estos directores léan o sean capaces de recitar de adelante para atrás y vice versa las mejores prácticas de un lider, después de un tiempo todos se dan cuenta de que siguen teniendo muchos empleados pero ni un seguidor y que a pesar de sus esfuerzos para “dar una puntual retroalimentación”, “comunicar el estatus de la empresa a todos los empleados” y “tener una política de puertas abiertas” no son realidad el lider de la organización.

Y  estudiosos del tema como A.K. Pradeep o Simon Sinek coincidirían en explicar que esto se debe a que dichos directores solo se han dedicado a -Racionalmente- decir lo qué hacen o el cómo lo hacen pero carecen de la explicación más importante: Por qué lo hacen. Es decir, hablarle a la emoción. Y con esto no me refiero a la parte cursi-emotiva que muchos directivos tienden a confundir y descalificar, sino al origen científicamente comprobado que tiene que ver con cómo funciona el cerebro humano.

Verán, prácticamente todas las organizaciones y sus directivos saben explicar con precisión qué es lo que hacen (a qué se dedican, por ejemplo a construir hoteles) y algunos más saben explicar también cómo lo hacen (por ejemplo, construyendo grandes franquicias en distintos destinos). Y cuando somos capaces de con perfecta claridad explicar qué y cómo lo hacemos, estamos hablándole a la parte más moderna del cerebro humano: el Neo-Cortex, el lado racional del cerebro, que tiene la capacidad analítica y manejo de lenguaje que nos hace capaces de entender el qué y el cómo. Pero comprender el qué y el como no es suficiente para generar un acción e inspirar cierto comportamiento.
Y es que la parte de nuestro cerebro responsable de nuestra conducta es el cerebro límbico (o cerebro primitivo o reptílico, como muchos le llaman) que precisamente es el lado emocional del mismo, es decir, el que no maneja la capacidad del lenguaje ni de análisis, pero sí la de generar los sentimientos como el miedo y la lealtad. En otras palabras la parte del cerebro que nos dice y ayuda a entender el por qué hacemos las cosas.

Y es justo el por qué hacen las cosas que, más frecuente que no, estos directores no logran definir y mucho menos comunicar.

Más seguido de lo que quisiéramos admitir, escuchamos o leemos en distintos foros a las cabezas de grandes y no tan grandes empresas, hablar de como su objetivo es triplicar sus ingresos anuales y ser totalmente rentables para sus accionistas. Pero los ingresos y la rentabilidad son solo un resultado del qué y el cómo; y poco tienen que ver con el propósito y la razón de existir de la organización.

Generar cientos de millones de dólares en el año en ingresos es solo el resultado de negocio que una empresa como Google puede querer obtener, pero cambiar la vida de todos organizando la información del mundo y haciéndola accesible y útil para todos nosotros, ese es un propósito que hasta ahora ninguno de sus competidores, ha logrado hacer como lo han hecho ellos.  Y esa es la diferencia que convirtió a esta genial organización en el enorme líder de mercado y cuna de talento que hasta hoy ha sido.

Duplicar o triplicar la cantidad de seguidores de una organización religiosa como Vida Abundante puede ser el resultado que quieran obtener, pero proveer un espacio en el que la gente puede encontrar y desarrollar su espiritualidad y fe, es un propósito que otras organizaciones religiosas no han sabido ejercer.

(NOTA: Sí soy ex-Googler. No soy cristiano y no pertenezco pero respeto mucho a esta organización).

No es lo que haces sino por qué lo haces.

“El neo-cortex, el lado racional del cerebro, entiende lo que haces, pero la gente no compra ni sigue lo que haces. La gente compra y sigue el por qué lo haces, porque el cerebro límbico, responsable del comportamiento que tenemos, es el lado emocional que empuja nuestras acciones. Por lo tanto el objetivo de un líder no debe ser encontrar nuevos seguidores que compren sus ideas, sino personas que compartan sus creencias”, diría Simon Sinek.

Y vaya que hoy, como nunca antes, la tecnología nos permite encontrar gente que, sin importar su geografía e historia, comparte nuestra visión, se identifica con nuestro propósito y está dispuesta a apoyar nuestra misión.

Y sin embargo muchos de los grandes directores continuan haciendo caso omiso de lo que siempre nuestro instinto nos ha dicho, y con un manual que se asemeja más a un menú pre-cocinado de acciones “de liderazgo”, pretenden comportarse como “líderes” con seguidores incondicionales que, más temprano que tarde, dejan de seguirlos o tal vez nunca lo hicieron. Porque las personas no compramos y no seguimos lo que haces sino el por qué lo haces.
Nos identificamos o no con el propósito que has definido para tu organización y para tu equipo. Y cuando encuentras a gente que comparte tu visión y tu propósito y está dispuesta a actuar y caminar en el mismo sentido que tú, no importa si son cientos de miles o solo dos personas quienes, entendiendo tu propósito y han decidido seguirte, entonces sí te has convertido en el lider de esa organización.

Mañana se construye aquí y ahora.

La semana pasada parecía no cerrarla bien del todo. Un cliente que ya me había confirmado una fecha en Mayo para la contratación de una conferencia, simplemente me canceló, mientras que otro cambiaba de fechas el contrato de Mayo para Junio y el de Junio para Septiembre.

Lo primero que pasaba por mi mente: “ahí va el presupuesto de Mayo”, “¿qué pasa con este cliente que sin mayor reparo así me afectó”, “¿Ahora qué voy a hacer?”, “Ahora sí la cosa se jodió”…

Entonces, por fortuna, volteé la mirada a mi libreta de proyectos que silenciosa y paciente esperaba  en mi escritorio para recordarme las muchas cosas por las que hay que trabajar y hacer que sucedan para este y ese mes y muchísimos más.

Y es que la reacción que típiciamente adoptamos cuando algo no sale como planeábamos, incluso cuando asumimos que lo tenemos ya todo bajo control, es lamentarnos, quejarnos y preguntar qué hemos hecho para merecer semejante trato, para luego caer en el engaño de la desesperanza que, por momentos nos ahogoa, haciéndonos creer que ya no hay más solución que la resignación.

Pero lo cierto es que nada podría estás más lejos de la verdad.

Si algo no ha salido como esperábamos, si alguien ha inclumplido su parte del trato, si las circunstancias, por las razones que sean, han cambiado, lo único que NO podemos hacer es perdernos en nuestro lamento por lo que pasó y congelarnos ante el miedo de lo que podría suceder. Porque cuando lo hacemos, lejos de arreglar aquello que creemos que está muy mal, con nuestra distracción y falta de acción dañamos las demás cosas que hoy demandan nuestra atención.

Perdemos demasiado tiempo frustrándonos con lo ocurrido y temiéndole a lo que pueda pasar. Pero con lo que ya pasó, nada podemos hacer y tampoco podemos adivinar lo que probablemente, o no, ocurrirá.

Lo único que podemos hacer es aceptar (que no es lo mismo que resignarse) lo que sucedió, intentar entender por qué pasó y cuál es la lección que de ahí podemos aprender. Alejar de nuestra mente cualquier temerosa suposición de lo que esto podría, o no, implicar.

E inmediatamente poner toda nuestra atención, inteligencia, pasión y acción en lo que tenemos que lograr hoy.

Porque el pasado atrás se quedó y el mañana… el mañana se construye aquí, hoy, tomando acción.

Dime con quién andas y te diré…

“Dime con quién andas y te diré quién eres” reza el dicho.
Pero qué hay de: dime con quién andas y te diré que tan feliz eres o qué tan bien estás o qué tan significativo trabajo estás realizando?

Como seres sociales que somos, no podemos pasar nuestra vida solos, ni construir un proyecto por nuestra cuenta nada más. Por lo tanto necesitamos involucrarnos y asociar nuestros esfuerzos con los de otros. Es entonces cuando más cuidado debemos tener poniendo atención en a quiénes y a qué cosas estamos abriendo la puerta de nuestra vida; en qué lugares y con qué personas y organizaciones pasamos más tiempo y qué tan positiva o negativa es su influencia; en otras palabras que tan buenas o no tan buenas personas nos ayudan a ser.

Quizas nuestra inseguridad nos haga creer que decir “soy hij@ de, amig@ de, compañer@ de, vecin@ de, etc” nos da un estatus especial ante los demás, en vez del verdadero lugar que nuestro trabajo y el valor que generamos para otros nos da.

Tal vez el ego nos engañe con la idea de que tener una tarjeta de presentación que diga fundador, presidente, VP, director, CEO, CMO, CFO, COO y la C y las Os que quieran y que nos da acceso a “la suite ejecutiva”, nos hace superiores a los demás, impregnándonos de un falso sentido de orgullo que tan solo disfraza el enorme vacío e insatisfacción que la inseguridad, el miedo, la codicia, la soberbia y la ambición excesiva nos genera.

Y probablemente la sociedad y el estatus quo nos haya vendido la idea de que para avanzar en nuestra carrera tenemos que involucrarnos en algún grupo, cámara, asociación o sociedad tan solo para brillar y ser reconocido como “alguien”, en lugar de para crear oportunidades y construir posibilidades para la industria que ese grupo supone servir.

Pero en realidad, ese camino ¿hasta dónde nos puede llevar, sino es a una espiral sin fin?

Rodearse de la gente correcta, participar con la organización correcta y envolverse de los influenciadores correctos, no es una ciencia de relaciones públicas para destacar como el mejor, el más poderoso o el de mayor fama, sino un sútil arte de encontrar a aquellas personas, grupos y sitios que nos inspiran y que arrancándonos una sonrisa nos hacen sentir que en verdad podemos ser hoy mejores que ayer, elevando nuestro trabajo al siguiente nivel, al de hacerlo no solo para tener una establiidad económica y un estatus social, sino para servir a un propósito más grande que nosotros mismos, para el que no precisamente tenemos que ser alguien de gran poder político, económico o social; pero para el que, desde nuestra trinchera podemos colaborar.

Gente así existe y por fortuna son muchos más de los que pensamos que son. Pero más frecuente que no, no los vemos pues en tanto nosotros estamos pensando quiénes son, ell@s están trabajando haciendo lo que saben hacer mejor

 

(De izquierda a derecha) Ella lidera, junto con otros una organización de jóvenes que busca la seguridad en Ciudad Juárez, el organizó otro grupo de jóvenes que trabajan en pro de la legalidad y un estado de derecho en esa misma ciudad, el, hace más de 15 años, sin ser legislador creo la primera propuesta de ley de espacios libres de humo en protección al no fumador en nuestro país (ley que hoy ha sido adoptada a nivel federal) y ella creo en México uno de los movimiento más exitosos para apoyar a mujeres con cancer. Hoy todos ellos y muchos más trabajan en conjunto, celebrándose, sacando lo mejor de sí y apoyándose entre organizaciones para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir.

Y tengo que preguntar: ¿Qué has hecho tu hoy y con quién piensas colaborar?

¿Quién eres y cuál es tu historia?

Leyendo nuevamente a Robin Sharma, un líder de pensamiento que ha influido mucho en mi en los últimos años diéz años, recordé hacerme una pregunta que hace tiempo no me hacía: ¿Cuál es mi historia?

Es común responder, cuando la gente nos pregunta quiénes somos, cosas como qué hacemos, en qué trabajamos, dónde vivimos, si tenemos familia o incluso, de acuerdo a lo que muchos coaches destacados aconsejan, enlistar los roles que creemos desempeñar en nuestra vida: padre, madre, hijo, hermano, jéfe o subordinado, empresario o empleado, amigo o detractor, estudiante o hasta qué licenciatura, ingeniería o especialidad hemos estudiado, pero ¿Dice todo esto cuál es nuestra historia, en realidad?

Podrá, seguramente contar algo sobre las cosas que hemos hecho, podría incluso dejar ver algunos retos que hemos enfrentado, logros obtenidos y fracasos aprendidos.

Pero para contar nuestra verdadera historia hace falta mucho más.

Hace falta hacerse vulnerable, quitarse la máscara de lo cotidiano y la armadura del estatus para dejar de lado la simple superficie de nuestro día a día y sacar a la vista lo que a solo unos cuantos o a veces a ninguno contamos: Qué queremos de la vida en realidad. Qué nos motiva y nos llena de esa cálida sensación de flotar y simplemente ser, que llamamos, para darle un nombre entendible: realización.

Hace falta cuestionarnos con frecuencia cuál es nuestra visión de la vida, cuáles son nuestros más sólidos principios, cuáles son nuestros más anclados valores e intereses en la vida, no los que la sociedad nos dice que nos debe importar, si no las cosas que atesoramos en verdad. Qué es lo que queremos hacer de nuestra vida y cuál es nuestra misión, en otras palabras, cómo queremos que la gente recuerde haberse sentido estando con nosotros, no qué puesto teníamos ni cuánto dinero cargábamos o que auto manejábamos, sino qué, y cómo, hicímos por ellos.
Identificar con honestidad y humildad cuáles son nuestras más grandes fortalezas y más graves áreas de oportunidad, es decir, reconocer con claridad con qué herramientas contamos y de cuáles nos debemos de hacer para cumplir nuestra misión, con eso que queremos hacer por nosotros y por los demás.
Y entonces definir cuáles son las cosas a las que debemos y estamos dispuestos a darle mayor prioridad y qué estamos o no listos para sacrificar.

Y así poder con mejor atino y mayor seguridad contar quiénes somos y cuál es la historia que estamos escribiendo.

Porque si no sabemos nosotros mismos contar cuál es nuestra verdadera historia, seguramentte nuesta vida terminará relatando la historia que alguien más quería vivir.

¿Y cuál es la mía? La de un (no tan) simple hombre tratando aprender, compartir y ayudar a otros (principalmente en la industría de marketing y comunicación) a desarrollar y fortalecer nuevas y previas competencias, habilidades y conocimiento que les ayude en el desarrollo de su carrera profesional y su vida personal. En otras palabras: que les ayude a escribir su historia personal.

(Una de las fotos que más aprecio de mis viajes: aquí con Robin, después de la oportunidad de tener una buena plática, uno a uno, en el trayecto que compartimos del Aeropuerto de Guadalajara al hotel donde nos hospedamos para asistir a uno de sus seminarios).