De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

No hay fórmula mágica…

Ni bala de plata, ni receta infalible, ni remedios milagrosos…
Si quieres crear campañas de comunicación y marketing exitosas, o si quieres tener éxito en cualquiera que sea la actividad que realices todos los días, solo hay una verdadera constante que está presente: siempre tienes que tomar riesgos.

Por supuesto hay metodologías de planeación estratégica que nos ayudan a entender dónde estamos parados y qué está sucediendo con nuestro consumidor y al respecto del mundo de nuestra marca y su categoría; procesos que nos ayudan a definir claramente los objetivos que queremos lograr; y modelos que nos ayudan a determinar nuestra estrategia y el plan de acción que vamos a ejecutar para lograr estos objetivos, en base al análisis de las diferentes variables que hemos tomado en cuenta.
Y claro que contamos con diversos aprendizajes previos y modelos predictivos y “benchmarks” para guiar nuestra toma decisión y elegir el que creemos que será el mejor camino para llegar al punto que queremos.
Pero seamos claros: No importa cuanto queramos curarnos en salud estudiando y replicado el pasado éxito de otros (o el propio), tenemos que estar dispuestos a arriesgarnos y abiertos a equivocarnos, pues esa es la única forma en la que en verdad podemos seguir avazando.
Hace unos días, mientras explicaba en mi clase de planeación estratégica, que quienes vivimos de la mercadotecnia y la publicidad tenemos que aprender a vivir y trabajar en “prueba y error” o mejor dicho “prueba y lección”, una alumna replicó que eso no hacía sentido, que ella se había inscrito a ese diplomado para aprender lo que sí funciona y nada más…
E inmediatamente me llevo a pensar en la cantidad de veces que, en alguno y otro foro, me han preguntado y pedido ver cuáles son los casos de éxito y la fórmula casi secreta que estos desarrollaron para lograrlo.
Y cada vez respondo, a veces con menos paciencia y otras con mayor gracia, que la única constante real que puedo ver entre todos estos “casos de éxito” no es la buena aplicación de su metodología de planeación, ni la buena y clara definición de sus objetivos o la buena creatividad y ejecución que lograron, pues todas estas pueden variar dependiendo de los ojos con que sean vistos. En realidad la única constante verdadera que veo yo es que en todos esos casos entendieron que lo que tenían que hacer era precisamente dejar de buscar fórmulas secretas y balas de plata y simplemente arriesgarse a hacer, a tomar acción, estar dispuestos a equivocarse y a aprender.
Piénsenlo, ¿podrían empresas como P&G, Unilever, Google, FaceBook, Ford, etc. haber llegado a donder están hoy sin haberse arriesgado, sin haber estado dispuestos a equivocarse y a aprender?
Después de todo, como dice Seth Godin en su último libro, Poke the Box: “Recompensamos a quienes dibujan los mapas, no a quienes los siguen”.

A pesar de tus críticos.

A pesar de tus críticos y sus semillas de duda, sigue adelante con tu plan. 

A pesar de los críticos y sus cinismo, sigue adelante con tus sueños.

A pesar de los críticos y su “mejor forma” de hacer las cosas, sigue adelante ejecutando tu plan de acción.

A pesar de los críticos y su opinión respecto a tus asociados, sigue adelante fortaleciendo tu relación con tus colaboradores.

A pesar de los críticos y su desconfianza, sigue adelante creyendo en ti.

A pesar de los críticos y sus juicios, manténte fiel a tus valores y principios.

A pesar de los críticos y sus “sugerencias”, sigue adelante con tú visión.

A pesar de los críticos y su agenda, sigue adelante con tu vocación.

Hacerse de críticos es muy sencillo. Basta hacer algo distinto, nuevo, diferente, en otro momento o con alguien más para que, casi al instante, tengamos un séquito de críticos observando e impacientemente esperando tener el más mínimo pretexto para poder obsequiarnos su crítica.

Pero a pesar de ellos, sigue adelante en tú camino pues al final, quien tendrá que vivir con las consecuencias de tus decisiones, con tus errores, logros y lecciones eres tú y nos tus críticos.

Equivocarse está bien, no hacerlo, no.

¿Cuándo fue la última vez que se equivocaron? ¿Cuáles fueron las consecuencias de su error? ¿Qué aprendieron entonces y cómo aplicaron su lección?

¿Cuándo fue la última vez que criticaron a alguien por el error que cometieron o peor aún lo juzgaron y condenaron, haciéndolo que “pague” por su equivocación?

Equivocarse está bien. Hacerlo muchas veces y con frecuencia ¡está muy bien! Quiere decir que seguimos intentando, que estamos aprendiendo y cada vez más acercándonos a aquello que queremos lograr.

Cometer exactamente el mismo error una y otra y otra vez, no está bien. Tenemos que aprender a reconocer con humildad cuando nos hemos equivocado y abrirnos a aprender la lección que ese difícil momento nos da.

Jamás cometer un error, está simplemente mal.  Presumir que nunca te has equivocado es confesar que nunca te has arriesgado a hacer algo nuevo y que ni siquiera lo has querido intentar.

Y criticar y condenar a quienes se equivocan una y otra vez, mientras observan seguros y cómodamente detrás de un escritorio es mucho, muchísimo, peor.

Así que si en algún momento sentimos las ganas de criticar a alguien en nuestro trabajo, en nuestra familia o en nuestro círculo social, por el error que cometieron, tomémonos un momento para preguntarnos ¿Y últimamente en qué me he equivocado yo?

 

Five in Life

Vivimos en un época en la que es casi imposible conocer a alguien quien no esté ocupado todo el tiempo y un poco más.

La mayoría de las personas que conozco están activos cada vez más horas y cada día pasan más tiempo sin descansar.

Pero la pregunta que me queda es ¿Y estamos logrando más o solo nos estamos ocupando más, perdiendo más tiempo y desgastándonos más?

Estar muy ocupados y “hacer más” no es lo mismo que lograr más.

Hay muchas razones por las que hacemos las cosas que hacemos:

Algunos porque buscan seguridad y estabilidad: “Si trabajo todos los días de 9am a 18pm cada quince días recibiré, siempre seguro, mi cheque”.

Otros por miedo: “Si no hago lo que me están pidiendo justo en este momento puedo perder mi trabajo”.

La mayoría hacemos lo que resulta fácil, rápido, divertido y poco comprometido: “Tengo mucho que hacer pero estar posteando en Twitter es más divertido”.
Y solo algunos pocos están haciendo eso que requiere de un mucho mayor esfuerzo pero que es realmente estratégico e importante para lograr aquello que quieren lograr.

Y el círculo vicioso siempre empieza igual: primero muy pocos saben con claridad a donde quieren llegar y a falta de esta visión adoptan la “certeza” como condición. Toman un trabajo estable en el que, si cumplen fielmente con sus tareas, ganarán una cantidad razonable para tener seguridad y estabilidad en su vida. Muy pronto esas tareas se van acumulando, algunas resultan placenteras y sencillas y otras más aburridas o pesadas, se convierten casi en una pesadilla.
Entonces viene ese efecto dulce y engañador en el que decidimos dejar de hacer aquello que teníamos que entregar para distraernos con actividades sin importancia, ni propósito que solo nos llevan a la procrastinación.

Muy pronto entonces, aquellas simples tareas que nos ofrecían esa estabilidad, se convierten, a falta de cumplirlas, en amenazas a esa seguridad y corremos espantados a hacer lo que podemos para evitar que el regaño o reprimenda sea mayor.

Y así muchos más de los que quisiéramos aceptar, se pasan toda una vida ocupándose mucho para no lograr llegar a ningún lugar.

Pero el problema no está en no hacer lo importante y estratégico. Tampoco está en ocuparse con lo estable, distraerse con la fácil y correr por lo urgente. Jugar y distraerse no tiene nada de malo, Y casi siempre tendremos que sacar del frente a esas tareas “no tan importantes” o “urgentes para otros” para poder continuar nuestro camino hacia lo importante.

El problema es: ¿Cómo nos vamos a enfocar en hacer lo importante y estratégico para llegar a nuestro destino sino sabemos a dónde queremos llegar? Ese es, simple y corto el problema, en realidad.

Por eso la crucial importancia de identificar los básicos tres que nos llevarán a nuestros “5 in life”.

Nuestros “5 in life” o “Big 5” como los llama John Strelecky, son esas 5 cosas que, en nuestro lecho de muerte al voltear atrás pudiéramos pensar: “lo hice, mi vida tuvo un propósito cumplido y no fue solo un vacío pasear”. En otras palabras, nuestros “5 in life” son nuestra métrica de éxito personal con la que evaluaremos si hemos logrado lo que en nuestra vida queremos lograr.

Para algunos será una familia unida, para otros el más alto puesto ejecutivo a lograr y para unos más tal vez conocer algún lejano lugar y mil y un cosas más.

En mi caso mis “5 in life” son:

–       Una familia unida y un hogar lleno de luz y paz.

–       Salud física, mental y espiritual.

–       Desarrollarme como Coach, conferenciante, entrenador y consultor, ayudando a otros a desarrollar su talento y potencial.

–       Crear, escribir, producir y publicar.

–       Aprender a parar y disfrutar.

Ahora, teniendo claro cuáles son nuestros “5 in life”, fácilmente podríamos definir cuáles son, en cada nuevo día esas 3 cosas básicas que tenemos que hacer para avanzar y dar un paso más.

Puede ser que cada día tengamos que hacer muchas otras cosas más, pero jamás deberíamos de perder de vista esas 3 del día que sin duda debemos ejecutar.

Puede ser que una o dos de las tres tengan que ver con las tareas sencillas que nos dan estabilidad, y puede ser incluso que en ocasiones una de estas tenga que responder a una urgencia especial. Por supuesto, podemos dejar tiempo para hacer lo divertido y que nos distrae, pero siempre, cada día deberíamos de realizar, de entre todo lo que hacemos, esas 3 cosas básicas que si hacemos todos los 365 días de cada año nos acercarán más y más a cumplir con nuestros “5 in life”.

El precio de no atraverse

Seguramente las has sentido antes y temido tanto que las escondiste en el lugar más profundo que pudiste encontrar: las ganas de hacer ese algo que hasta ahora no te has atrevido a hacer.

Has pensado en mil y una sólidas razones para justificar tu falta de acción. Has buscado incluso la comprensión de otros para validar tu decisión (o falta de esta) de no ir adelante con ese proyecto: “No cuento con los recursos”, “Necesito mucho dinero para hacerlo”, “Me falta experiencia”, “Requeriría una red de contactos mucha más grande”, “No tengo el tiempo suficiente para hacerlo” o la mejor de todas, “¿Por qué cambiar las cosas si así funcionan bien?”
Incluso, recuerdo hace poco haber escuchado a un importante ejecutivo de un muy importante medio digital comentar que no podía imaginarse por qué habría personas que quisieran trabajar en un lugar distinto a ese que él representa, si no solo está a la cabeza de la categoría, pero también ofrece estabilidad y seguridad para sus empleados.

En tiempos como en los que estamos viviendo, una reacción así resulta hasta compresiva, es decir ¿por qué alguien querría dejar de lado todos los beneficios que trabajar en lugar así donde, a pesar de toda la innovación y cambios propios de la industria, la mayoría de los asuntos para los empleados están prácticamente solucionados?”
¿Quién querría, estando en una situación, relativamente privilegiada, romper con el estatus quo? Muy pocas personas diría yo.

Pero la realidad es que si no existieran esas personas decididas a estudiar y entender la situacion actual, definir estrategias y tomar riesgos, algunas veces menos calculados que otras, ese estatus quo que tantas personas quieren defender y conservar no sería tan perfecto, caducaría, vencería… tarde o temprano terminaría por no funcionar.
Como dice Charlie Rose “Puedes perderlo todo si lo único que te interesa es proteger solo una cosa”.

Y es que piénsenlo un momento, no importa que tan cómodos nos sintamos con como las cosas están, ¿de qué nos sirve el estatus quo de otro?

El otro día leí una cita que, desde mi punto de vista lo resume todo muy bien: “Atreverse es perder el piso temporalmente, no hacerlo es perderse a si mismo para siempre”, Aabye Kierkegaard.

Y solo dos preguntas me quedan:
¿Qué te atreviste a hacer en 2010? y ¿Que piensas cambiar en el año que está por comenzar?

Trabajo versus Chamba

Confieso que escribir este post en Inglés tal vez hubiese sido más fácil pues la comparación habría sido Work versus Job. Aunque quizás en Español podríamos comparar entonces Trabajo versus Laboro u Ocuparse versus atarearse.

Confieso también que, dada que la mayoría de quienes leen este blog, son profesionales que actualmente se encuentran trabajando, habrá a quienes probablemente no les guste tanto como a otros… dependerá de a qué grupo consideran que pertenecen, al de quienes trabajan o al de quienes solo se atarean.

Verán, desde mi punto de vista, hoy los profesionales o miembros de cualquier gremio, oficio o industria tenemos dos opciones: llenarnos de tareas, jugar a la política y buscar como justificar nuestro trabajo en la organización a la que pertenecemos, o bien buscar realizar un trabajo que en verdad tenga un impacto en nuestra empresa, en nuestra industria y sobre todo en nuestra comunidad.

A simple vista cualquiera creería fácil y obvia la respuesta, pero en realidad no lo es tanto.

De buenas a primeras cualquier persona pensaría que están contribuyendo con su trabajo pero ¿en realidad lo están haciendo ó están solo cumpliendo con una serie de tareas para cumplir con sus labores cotidianas?

Es decir, ¿Están pensando solo en como crecer su carrera, ganar el siguiente puesto y obtener el próximo incremento salarial ó piensan en como poner su grano de arena en la organización e industria en la que trabajan?

¿Pasan el día buscando la manera de tener contentos y “apaciguados” a sus jefes ó retan al estatus quo para llevar las cosas al siguiente nivel al que saben que pueden y deben llegar?

¿Hacen solo lo que sus jefe y el jefe de su jefe esperan como mínimo necesario, incluso cuando esto vaya en contra de sus valores ó toman riesgos y hacen lo que saben que es mejor para el negocio, para sus clientes, para su industria y para su comunidad?

¿Quieren hacer lo popular y “pertenecer” al grupo ó hacen lo correcto, lo difícil, lo que otros no quieren hacer?

¿Pasan horas y hasta días creando elaborados reportes de trabajo para justificar su rol en la empresa o dedican su tiempo a crear y desarrollar proyectos que beneficiarán a su negocio y su industria, dejando que su trabajo hable por si mismo?

¿Enfocan toda su energía a llegar a la cuota del mes, del trimestre o del año, a como de lugar ó están enfocados a generar un valor real para sus clientes, para sus accionistas y sobre todo para sus empleados?

¿Buscan vender todo el tiempo ó desarrollan negocios y relaciones que crean valor para todos los involucrados?

¿Su objetivo diario es sobrevivir la semana pensando en la quincena que viene y en el bono que ganarán al final del trimestre ó empiezan cada mañana pensando en todo lo que pueden lograra ese día?

¿Pasan días buscando la manera de quitarle a otros o crean oportunidades nuevas para todos?

Ocuparse y atarearse en el trabajo es realmente fácil de hacer. Mantener contento a un pequeño grupo de personas tampoco es tan complicado. Ser uno más del grupo es realmente sencillo. Justificar nuestro trabajo lo es también.

Crear valor, hacer un trabajo que realmente impacte positivamente la vida de otros, y sí  la de los accionistas también, eso es mucho más complicado de lo que cualquier puede pensar.

Por eso pregunto una vez más ¿Quién quiere seguir chambeando y quién mejor se va a poner a trabajar?

Del quisiera al quiero lograr.

“Quisiera bajar de peso”, “Me gustaría estudiar un posgrado”, “Me encantaría vivir en ______”, “Como quisiera trabajar por mi cuenta”…

Cuantas cosas nos gustaría hacer. No puedo recordar un solo día en que no haya escuchado a alguien (con cierta frecuencia a mi mismo) decir todo lo que quisiera lograr y hacer.

Pero realmente ¿Que tan comprometidos estamos con lo que queremos hacer?

Hay una gran diferencia entre un simple quisiera y un quiero de verdad.

Un simple quisiera es una respuesta casual a un difuso interés en algo que, en realidad no es de mayor importancia para nosotros. Un Simple quisiera no hace otra cosa más que reflejar algunos de nuestros gustos o fantasías:
Nos gusta una ciudad u otro país por su colorido, calidad o nivel de vida y decimos que “nos gustaría vivir ahí”, vemos el estilo de vida o de trabajo de alguien más y comentamos que “quisiéramos trabajar ahí”. Encontramos una fotografía de cuando pesábamos 20 kilos menos y pensamos “quisiera estar tan delgado como a mis 20s otra vez”. Vemos a un profesional que nos inspira con su trabajo y decimos “quisiera ser tan exitoso como él/ella”.

Pero un simple quisiera deja las cosas tal y como están, porque un simple quisiera no requiere de un compromiso de nuestra parte, no exige ni el más mínimo esfuerzo, ni mucho menos implica un riesgo para nosotros, más allá de que las cosas, por más que quisiéramos que fueran de otra forma, siempre seguirán igual.

Un quiero, en cambio, es definitivo.
Un quiero implica que sentimos algo más que un casual gusto por algo; un quiero indica pasión por aquello que queremos lograr.
Un quiero separa al amateur del profesional. Un quiero rompre records en los deportes y crea empresas que cambia la historia de los demás.
Un quiero fija objetivos, marca un rumbo e indica que estamos dispuestos a hacer grandes esfuerzos y sacrificios por aquello que queremos lograr.
Un quiero, detona la definición de un plan y su puesta en acción.
Un quiero nos impulsa a permanecer en el camino que hemos emprendido, nos hace responsables por los avances que tengamos, por los retos que enfrentemos, las desfortunas que en el camino tengamos y las lecciones que de estas aprendamos.
Un quiero nos ayuda a rodearnos de personas que comparten nuestra pasión y compromiso y que, por lo tanto, pueden ayudarnos (y nosotros a ellos) a lograr lo que queremos.
Un quiero puede cambiar vidas enteras.

Por eso hoy, dedica un buen rato a pensar y separar tus simples quisieras de tu quiero de verdad, da ese primer gran paso y arranca desde ya ese plan de acción que te llevará a donde en verdad quieres llegar.

Dos lecciones inesperadas…

No cabe duda, a veces las lecciones vienen de quien menos lo esperas.

La semana pasada estuve en Nueva York asistiendo al congreso anual de IAB Mixx y al Summit global del Interactive Advertising Bureau, organización con la que desde hace varios años tengo el honor de colaborar en su capítulo de México.

Privilegiado, pude escuchar en vivo y cara a cara a grandes, grandísimas personalidades del medio, líderes de pensamiento y de acción: Desde Seth Godin hasta Yossi Vardi, Penry Price y Chuck Porter, y muchas más personalidades del medio del marketing digital, quienes de alguna manera u otra, han cambiado el nombre del juego e inspirado a muchos a seguir sus pasos, pero…

¿Quién me iba a decir que las dos más importantes lecciones me las darían Doña Inés y Gourav?

Lección número 1: Hay lugar para todos.

Imaginen la escena… 9 y pico de la noche en el metro de Nueva York , vagones saturados de gente ansiosa por llegar a su casa y que además corre para refugiarse de la lluvia que durante 2 días seguidos no había dado tregua. Entro al vagón… lleno. Yo, el único parado. En la estación siguiente se levantan 3 personas y me muevo hacia el lugar ahora libre, solo para encontrarme con un par de sujetos de mayores dimensiones que yo (cosa difícil, y quienes me conocen no me dejarán mentir) que se expanden en los asientos que, a su lado, se acababan de vaciar, mientras me observan con cara de “a ver…dinos algo”.

En eso una pequeña señora de unos 70 años de edad aproximadamente, me jala del saco y, en un Inglés forzado y acentuado, sonriente me dice “hay lugar para todos”, a la vez que se desliza dejándome ver un lugar junto a ella.
Así, Doña Inés (originaria de Costa Rica y quien lleva viviendo en EUA desde hace 20 años, donde trabaja en intendencia en oficinas corporativas), me recordó que, en efecto, siempre hay lugar para todos y que, siempre que estés dispuesto a ver y escuchar, verás muchos rostros sonrientes abriéndote un lugar a su lado.

Lección número 2: Deja de quejarte y haz lo que tienes que hacer.

Esta es la escena, el cierre de una larga semana fuera de casa. 8:30 pm tomando el taxi rumbo al aeropuerto para tomar ese vuelo que muchos llaman “Red eye” (por como se te ponen los ojos después de una noche de no dormir). Las largas filas para documentar y para pasar los puntos de seguridad y el prospecto de esperar 3 horas en uno de los aeropuertos más conflictivos del mundo, resulta muy poco alentador.
Entonces, Gourav (originario de la India y padre de 4 gemelos, sí dos pares de gemelos), como si escuchara mis pensamientos mientras conducía el taxi, me dice: “no te preocupes por la espera, solo haz lo que tienes que hacer, cumple con eso y después haz algo por ti: relájate.”

¿Por qué será que necesitamos a un perfecto extraño que venga del otro lado del mundo para recordarnos que lo mejor que podemos hacer es dejar de quejarnos, cumplir con nuestra parte, hacer lo que tenemos que hacer y después relajarnos y dejar que la vida siga su curso, sin forzarla ni frustrarnos innecesariamente?

Y así, esta semana, mis maestros, mi ejemplos a seguir, no fueron ni Seth ni Yossi ni Robin ni ninguna otra celebridad o líder de pensamiento.

Esta semana mis mejores maestros fueron Gourav y Doña Inés.

Y tengo que preguntar:

¿De qué personajes singulares han aprendido ustedes?

Seguir esperando o comenzar a avanzar…

“Quiero ser grande para hacer lo que yo quiera”, “Cuándo pase a prepa todo irá mejor y seré más popular”, “Ya en la Universidad seguro seré un mejor estudiante”, “Ahora que trabaje ya podré hacer lo que quiero”, “Una vez que me promuevan, tendré el trabajo que siempre he soñado”, “En tanto reciba ese aumento me caso”, “Ahora que tenga más tiempo empezaré a hacer ejercicio”, “Nada más me caiga un dinerito de más hago ese negocio que cambiará mi vida”, “Ahora es muy arriesgado, pero nada más que la economía mejore, me aviento”, “Si quería pero la burocracia de mi empresa no me lo permitió”, “Yo envié el mail pero mi jefe nunca me respondió”.

Si existiera un libro que hiciera un compendio de todos los pretextos absurdos que usamos todos los días para no avanzar en nuestra vida, seguro todos estos estarían ahí, justo a un lado del perro que se comió la tarea y la puerta eléctrica que no abría porque se fue la luz.

Pareciera que hemos arrasado ya con todos los posible pretextos para no tomar acción y realizar nuestros sueños.

Pareciera que nos sentimos más cómodos asignando culpas y otorgándole el poder de lo que sucederá con nuestra vida a otras personas o cosas, que asumiendo la responsabilidad que por hecho y derecho nos corresponde.

Pareciera que preferimos ser víctimas de la realidad de otros, a construir nuestras propia realidad.

Pareciera pues, que preferimos la comodidad de  ser pasajeros a la responsabilidad de ser el conductor.

El problema es que así, jamás podremos llegar a donde queremos llegar. Jamás podremos hacer nuestros sueños realidad.

Y la pregunta que me queda es ¿Qué estamos dispuestos a hacer para convertir nuestros sueños en realidad?

Hoy…

Alguien está trabajando en domingo en la noche.

Alguien está viajando lejos de su familia por trabajo.

Alguien está estudiando una segunda o tercera carrera.

Alguien está dedicando 8 horas diarias de entrenamiento físico.

Alguien tiene 2 o 3 trabajos para desarrollar su proyecto personal.

Alguien está dejando de comer chatarra y aprendiendo a nutrirse mejor.

Alguien está donando su tiempo y dedicación a una causa que mejore la vida de otros.

Alguien está practicando meditación y concentrándose en mejorar su salud física y mental.

Alguien está dejando de comprar ese reloj de lujo para invertir su dinero en su nueva empresa.

Alguien está tomando la iniciativa de ejecutar un proyecto a pesar la burocracia de su organización.

Hoy alguien está haciendo que las cosas que quiere lograr: sucedan.

Hoy alguien por fin dejó de esperar y comenzó a avanzar.

¿Y qué estás haciendo tú?

Picture credit: Silvia de Luque

De títulos, cargos, tarjetas y ladrillos…

Títulos… ¿quién no le ha dedicado más del tiempo merecido a pensar respecto al título o cargo que ostenta?

Mientras que algunos viven eternamente enamorados de su título, otros se apenan de el  y juran merecer uno mejor. Otros critican el de los demás y unos cuantos más lo usan como su cobija de seguridad. También hay quienes deciden con quien sí o no hablar dependiendo del título indicado en al tarjeta de presentación de esas personas. E incluso hay hasta aquellos que portan su tarjeta cual placa de sheriff “charoleándola” ante quienes los rodean y lamentando no poder usarla también como ladrillo para pararse “en lo alto” frente a los demás.

El problema con los títulos, sin embargo, es que todos son prestados. Todos son asignados basados en la percepción de solo unos cuantos. Y todos, absolutamente todos son temporales.

Nadie es Director General, Country Manager, VP, SVP, CEO, CMO, CIO, COO, CFO (ó el CXO que quieran) vitalicio… Hoy, con tu título, serás Juan de la empresa, pero mañana serás solo Juan.
Todos tenemos que rendir cuentas a alguien y ese alguien tarde o temprano requerirá de alguien diferente para cubrir sus necesidades de acuerdo a como estas vayan evolucionando. Y cuando esto suceda, aquel apellido prestado y reputación empeñada al nombre de la organización que te otorgo dicho nombramiento, dejará de significar algo para los demás.

Y no es que no la gente no merezca tener el título. Seguro muchos méritos y logros le habrán valido llegar hasta ahí. Pero un título jamás debe ser tu cumbre, pues esas están hechas tan solo de papel.
El día de mañana, la gente no recordará que título ostentabas sino que hiciste por ellos, cómo los trataste y cómo los hiciste sentir.

Por supuesto que los organigramas y las jerarquías son necesarias para poder operar cualquier organización. Por supuesto que se requieren personas que asuman el liderazgo de un equipo, que quieran hacerse responsables por este y que rindan cuentas de las decisiones y acciones del mismo. Sin estos, ninguna operación podría avanzar.
A decir verdad, quienes toman este camino merecen todo nuestro aprecio, respeto y admiración, pero solo por lo que hacen y nunca por lo que pretenden ser.

Contar con una tarjeta de presentación que exponga en letras brillantes y resaltadas un título nobiliario no debería ser necesario para ejercer autoridad sobre un grupo. Hacerlo así es basarse en una “autoridad formal” y no una “moral”… pero ese es tema de otro post.

Los títulos que has ostentado o en ocasiones cargado cual lápida en la espalda, deberías guardarlos para ilustrar tu trabajo y experiencia laboral, solo ahí, en tu Curriculum Vitae.
Y en tu tarjeta de presentación mejor comparte cual es tu trabajo (contador, marketero, financiero o coach), a qué te dedicas día con día (a crear, a entretener, a escribir o a hablar) o mejor aún, dinos que es lo que haces por los demás.

A jolly good fellow, Creador de historias, Mentor y aprendíz y Thinking partner, son solo algunas de las mejores descripciones que, hasta ahora, he leido en una tarjeta de presentación.

¿Qué escribirías tú?

Picture Credit: Colin Campbell.

Compartiendo y aprendiendo de una industria.

“¿Pero por qué habría de participar en cursos para entrenar a mi competencia?”, “No me gusta enviar a mi gente a estos seminarios porque la competencia luego me los quiere piratear”, “Esta empresa no es cuna de talento”, “No capacito a mis clientes para que así siempre me necesiten”.
Son solo algunas de las más tristes excusas que he escuchado en los últimos años de parte, lamentablemente, de algunos muy destacados miembros de la industria del marketing digital.
Pretextos absurdos para esconder su miedo a no ser lo suficientemente buenos para competir. Prefieren incluso que una industria entera se quede estancada, siempre que esto les permita conservar por un rato más, eso a lo que ellos prefieren llamar ventaja competitiva.
Y entonces, un mercado que debería crecer tan rápido como la tecnología, se ve deprimido en su desarrollo, no por la poca adopción, experimentación o inversión de los anunciantes, sino porque algunos, simplemente no predican con el ejemplo.
“La información es poder” bien dice el dicho y tristemente a algunos aún les gusta creer que “quien tiene la información tiene el poder”. Sin embargo, lo cierto hoy es que la única manera de seguir creciendo y desarrollando cualquier industria, organización o mercado es compartiendo y aprendiendo.

Que a miembros de tu equipo les ofrezcan nuevas oportunidades de trabajo porque cuentan con un conocimiento y experiencia que obtuvieron colaborando contigo, no es malo, por el contrario, habla muy bien de ti. Que estos quieran explorar estas nuevas posibilidades o no, está en tus manos: ¿qué haces para desarrollarlos y retenerlos? ¿Qué te mantiene atractivo como empresa?

Ayudar a tus clientes a aprender más sobre tú trabajo y prepararlos para saber tanto o más que tú, no es para que ellos dejen de contratar tus servicios, sino para que los sepan aprovechar mejor. Ellos ya tienen muchas cosas en sus manos, y tomar tu trabajo es lo menos que quieren. ¿Cómo te mantienes vigente y a la vanguardia con tus clientes? ¿Qué haces para continuar aportándoles valor?

Participar en proyectos de capacitación y desarrollo a los que puede acceder tu competencia, no debería ser para ti una amenaza. Crear nuevos programas de desarrollo para dotar de mayor conocimiento y mejores herramientas a todos los que participamos en una industria no puede hacer otra cosa más que elevar la barra para todos y crecer el tamaño del pastel.
¿Qué haces tú para mantenerte en la punta de la ola?

En resumen, ayudar a  que todos los integrantes de la industria estén mejor preparados no te quita negocio, ni empleados ni clientes. Poner nuestro granito de arena para que todos hagan un mejor trabajo, crece, construye y refuerza la credibilidad de quienes participamos de este mercado y crea nuevas oportunidades para todos.

Por eso comparte, aprende, sueña, actúa y sé feliz.

Picture credit:

姒儿喵喵

Personal Branding y la organización.

“¿Cuál es el impacto que tiene el Personal Branding de un individuo sobre la empresa para la que trabaja? ¿Debería la empresa limitarlo o impulsarlo?” Han sido unas de las mejores ( o más deseadas debería decir) preguntas que he escuchado sobre Personal Branding.

Para muchos, el tema de Personal Branding trata sobre una agenda en particular para promover su propia carrera profesional o comercial. Para otros, los más “corporativos”, es un tema sin importancia y pasajero a lo más.

Por fortuna, para muchos más, definir, ejercer y desarrollar nuestra marca personal es un tema de vida, así, sin más ni más.

Ejercer nuestra marca personal, como lo hemos comentado en el pasado, no se trata de auto promoverse, alimentar nuestro propio ego y salvaguardar nuestra inseguridad; sino de dejar una huella positiva en la vida de los demás, trabajando colaborando, contribuyendo, ayudando, compartiendo, enseñando o aprendiendo… y sí, dejando también en la organización para la que laboramos,  nuestra huella personal.

Ciertamente, contar con una fuerte marca personal ha impulsado el desarrollo de las carreras profesionales de incontables personas que han sabido ejecutar cuidadosamente no solo su plan de carrera sino de vida por igual; y no tendría porque ser de otra manera. Si han contribuido positivamente a la vida de otros, ¿por qué no debería irles bien a estos también?
Y de la misma forma, contar con empleados que tienen una fuerta marca personal ha sido muy positivo y productivo para aquellas organizaciones que no solo saben aprovechar esta enorme fortaleza de sus integrantes, sino que también la promueven y nutren para fortalecer su marca laboral.

Verán, todas las empresas tienen muchos más voceros de los que formalmente entrenan y autorizan para hablar en su nombre.
De hecho cada integrante de la corporación es un vocero potencial, no solo por lo que informalmente, en distintos lugares y de manera accidental pueden compartir sobre la empresa para la que trabajan, sino por la imagen que proyectan de ellos, y de la empresa ante los demás.

Es curioso ver lo mucho que las empresas invierten en desarrollar, posicionar y fortalecer su marca comercial, solo para olvidarse de hacer lo mismo con su marca laboral.
Invierten millones de dólares e incansables horas hombre en inventar y reinventar todos los días su marca como la mejor que podemos comprar; y gastan un gran tanto más en hacerse de recursos y ayuda para atraer al talento que quieren contratar; olvidándose de que en sus filas están aquellas personas que a final de cuentas puede convertirse en su mejor imán, su propio staff.

Tener integrantes que ejercen una sólida marca personal como agentes de confianza que aportan valor a una industria o a una comunidad, que comparten su conocimiento, trabajo y pasión con los demás y que buscan aprender también de estos, no puede más que hacer más atractiva y sexy a la organización para la que trabajan.

¿Quién no quisiera trabajar con  gente talentosa, que no solo es de los mejores en lo que hace, tiene una gran experiencia y pasión por su trabajo, pero que además lo hace con humildad y apertura a continuar aprendiendo? ¿Quién no quisiera rodearse de gente buena en lo profesional y en lo personal? ¿Y quién no quiere trabajar para una empresa en la que no solo contará con buenos benificios económicos y grandes prestaciones, pero en la que también podrá nutrir y desarrollar su talento para poder aportar aún más a su trabajo y a su comunidad?

Definitivamente, nuestra marca personal  sí puede influenciar directa y positivamente a la marca laboral de nuestro empleador, de la misma forma en la que la organización para la que laboramos puedes ayudarnos a nutrir y fortalecer nuestra marca personal.

Picture credit: Stefano Principato