De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

Un año más con saldo a favor.

Hace un año escribí una serie de 4 entradas en este blog donde contaba lo afortunado que era pues estaba iniciando el 2007 con un saldo a favor. Durante cuatro capítulos enlisté las razones por las que, tan agradecido, afirmaba este hecho, pues tenía motivos de sobra para así hacerlo.
Y este año, una vez más, lo puedo a agradecer así. Recuerdo incluso, hace poco, decirle a alguien: “Es que cada año es mejor” y así ha sido en verdad. No solo porque la suerte me ha sonreído, como muchos podrían pensar, sino porque yo también le sonrío a ella.

¿A qué me refiero con esto?
A que he aprendido a ser profundamente agradecido con la vida y dar gracias día a día por todas las bendiciones que he recibido. Y sí, dentro de ellas cuento también a los retos grandes y pequeños que he tenido que enfrentar, pues cada uno de ellos, por difíciles que hayan sido han resultado, siempre y sin falta, ser una lección de vida que me ayuda a prepararme mejor.
Aquellos que me conocen en lo personal saben que efectivamente soy muy afortunado, pero los que me conocen aún mejor, saben también que, al igual que todos, he tenido que enfrentar momentos realmente difíciles en el pasado. Pero gracias a Dios, a la vida, al universo y esas mismas personas que están y han estado conmigo, logré superar los días de niebla para descubrir que no había más que luz tras aprender la lección.

Se que retos habrán muchos aún, pues es parte de la evolución normal de la vida, pero se también se que siempre habrán más razones para decir, siempre de corazón: “Gracias vida por dejarme vivirte así de feliz”.

Así pues hoy llega el último día del año y una vez más puedo afirmar que comienzo ya el 2008 con un gran saldo a favor.

Un saldo a favor porque:

  • Mi familia y yo estamos sanos y fuertes; llenos de energía, salud y bienestar.
  • Estamos por recibir la llegada de la más bella (después de su mamá claro) niña que jamás haya llegado nuestras vidas. (papá cuervo ¿qué esperaban?).
  • Tenemos un hogar lleno de luz y de amor, repleto de abundancia y de prosperidad.
  • Tanto mi esposa como yo, aún contamos con la luz de nuestros padres con quienes podemos todavía compartir nuestros días. Y por si fuera poco también tenemos hermanos, hermanas, tíos y tías, sobrinos y sobrinas y amigos y amigas con quienes compartir también.
  • Ambos, tenemos unos empleos increíbles, donde podemos trabajar haciendo lo que mejor sabemos y más disfrutamos hacer. Y además, tenemos la oportunidad de colaborar con otros proyectos, escribiendo, entrenando, asesorando y ayudando a otros también.

Así que díganme sino tengo razón en que tengo un gran saldo a favor.

Ahora bien, a pesar de que dicen por ahí que solo cuando enfrentamos grandes dificultades y momentos difíciles es cuando aprendemos y crecemos, yo creo que también de los buenos tiempos podemos aprender.
Estoy convencido de que no es necesario esperar a caer en la enfermedad para apreciar tu salud, ni perder a un ser querido para darte cuenta de cuanto lo quieres o peor aún de todo lo que te falto decirle mientras lo tenías contigo, o quedarte sin empleo para valorar el trabajo que tenías.
Hoy se que todos los días son el mejor día para dar gracias y apreciar todo y a todos a tu alrededor y se también que no basta con decir gracias (eso lo puede decir cualquiera de dientes para afuera, aunque también es un buen inicio: comiencen todos los días dando gracias, aun si lo sienten falso, y verán que al cabo de unos días lo dirán ya con sinceridad), sino que hay que actuar agradecido también, y hoy comprendo que puedo hacer un mejor trabajo para demostrar mi agradecimiento, así que este año pienso hacer un mejor uso de mi saldo a favor:

  • Cuidando más a mi cuerpo y mi salud, y la de mi familia.
  • Siendo más cariñoso y comprensivo con mi esposa (¡sí más aún!).
  • Siendo el mejor padre (aunque primerizo) que pueda ser: amoroso, dedicado, paciente, consentidor en todo momento, más estricto cuando se requiera.
  • Trabajando con mayor empeño y pasión.
  • Compartiendo más tiempo con mis padres, mis hermanos, mis amigos y mi familia en general.
  • Procurando siempre que en mi hogar haya luz y amor y abriéndole las puertas a la abundancia y la prosperidad.
  • Compartiendo esa abundancia con los demás.
  • Deseándoles a todos la mejor de la suerte.
  • Y siempre, día con día y en todo momento, agradecer a la vida todas las bendiciones que nos da y decirle de nuevo: “Gracias vida por dejarme vivirte así de feliz”.

Navidad y la diversidad.

Pues sí, ha llegado ese momento del año esperado por muchos y rechazado por otros.
La época del año que calificamos como la temporada de dar amor y afecto, de regalos y reuniones familiares, de depresiones y nostalgia, de amigos y colaboradores, de fiestas y posadas, de vacaciones y descanso.

¿Pero y que hay del significado religioso de la Navidad? ¿Qué acaso se han olvidado de la celebración del nacimiento de Jesús?
Bueno pues de ese significado, justo de ese no voy a hablar hoy. Seguramente ya hay muchos que están escribiendo sobre lo importante que es recordar que Jesús vino a este mundo a morir por nosotros y nuestra salvación. Tantos que no tiene caso escribir más de eso.

Aunque antes de continuar sí quiero aclarar que soy Católico y que, aunque no practico activa y tradicionalmente mi religión, si creo firmemente en Dios y en Jesús y en la Virgen María, pero sobre todo, creo en tener una vida espiritual rica y diversa que te ayude a crecer como ser.

Y es precisamente por eso que decidí tocar este tema en esta ocasión: Diversidad.

¿Por qué es que si uno de los valores que tanto predica el catolicismo es el del respeto de otras religiones y creencias, el nacimiento de Jesucristo es celebrado en tantos lugares, incluso con vacaciones oficiales, mientras que las fechas claves de otras religiones son totalmente ignoradas?

Debo confesar que yo tampoco le habría dedicado ni dos minutos de pensamiento a este cuestionamiento de no haberme topado con una de las entradas del Blog de Penélope Trunk hace unos días. En el, Penélope habla sobre por que se impone la celebración de la Navidad a las personas que ejercen una religión diferente.

Lo que me llevó a pensar sobre la situación: Supongamos que fuera yo Hindú o practicara el Hinduísmo. ¿Por qué habría de tomarme 2 o 3 días de vacaciones oficiales en Diciembre, si para mi lo importante es celebrar en Noviembre el Festival de las Luces de DEEPAVALI (o DIWALI dependiendo de la región)? Y sin embargo los Hindis que viven en México no tienen derecho a tomarse el día, más que a cuenta de sus vacaciones para celebrar lo que para ellos es un festejo tan importante o más que el de la Navidad.

Lo mismo sucede con los Buddistas. El nacimiento de Budda se celebra en Abril 8 de acuerdo al calendario Lunar o en Mayo siguiendo el calendario Solar, y hasta donde yo se ninguno de esos dos días son oficiales para que quienes ejercen esta religión puedan realizar sus festejos con la misma tranquilidad y tiempo que tenemos los Católicos y los Cristianos.
O con los judíos en YomKipur, quienes a pesar de sí tomarse el tiempo para celebrar y hacer honor a sus tradiciones religiosas, igual lo tienen que hacer a cuentas de sus vacaciones personales.

No pretendo crear ninguna polémica alrededor del festejo de la Navidad, al contrario, estoy ansioso por sentarme a la mesa en la Cena de esta celebración y disfrutar de la plática, de los amigos y de la familia. Yo soy, al fin y al cabo, un gran fanático de la Navidad y todo su sentido religioso y por que no, también del comercial, me encantan los villancicos, los árboles navideños y Frosty the snowma es una canción que traigo pegada casi todo el año.

Mi intención es solo honrar el nacimiento de Jesús, notando que existen otras celebraciones tan importantes como esta en otras religiones y honrar a aquellos amigos míos que las practican. Tan solo espero algún día poder compartir su celebración sentado a la mesa a su lado.

Pero mientras tanto: Felíz Navidad.

Mi mudanza y el halcón de Gengis Jan

Este fin de semana nos mudamos de casa.

Para aquellos que lo han hecho en el pasado, no les sonará nada extraño que les diga lo pesado que fue. Extenuante diría yo.
Y no solo el día preciso del cambio de casa, el cual por cierto fue una locura pues los amigos del servicio de mudanzas, a pesar de todo los profesional que dijeron ser, se les ocurrió llegar con una pequeña camioneta y solo 3 cargadores, lo que resultó en tener que realizar 3 viajes para poder transportar todos nuestros muebles hasta nuestro nuevo hogar.
Pero bueno esa no es la historia que hoy quise compartirles, sino otra muy diferente.
Resulta que una noche antes del gran día de cambios, aún faltaba por lo menos una tercera parte de las cosas por empacar. Mi cansancio era evidente y mi fastidio mucho más. Y como en toda situación difícil en la que adoptas una actitud tan equivocada como lo estaba siendo la mía, las cosas tienden a empeorar: se acabaron las cajas que habíamos comprado para empacar, eran las 6:45 de la tarde en un viernes de quincena (para los que no son de aquí, un viernes de quincena es un día muy esperado y a la vez muy temido por todos los que vivimos en la Ciudad de México, pues es día de paga y si cae en viernes, quiere decir que el ya habitual e imposible tráfico de la ciudad, será mucho peor) y yo tenía que salir a comprar más cajas, llegué a la tienda y la dueña (una señora hosca, de edad avanzada y para nada agraciada por el rostro dulce de una tierna abuelita) prácticamente me cerró la puerta en la cara diciendo que los viernes cerraban a las 7.
Aquellos que me conocen bien estarán riéndose a carcajadas de mi, pues se estarán imaginando el coraje y berrinche que estaba haciendo… y sí mis queridos amigos, caí una vez más víctima del síndrome del Pato Donald.

Más tarde esa noche, después de haber ido a cenar fuera con mi esposa y de haber entendido que lo que faltaba de empacar de todas maneras se iría con nosotros, me senté a leer un pasaje del nuevo libro de memorias de Paulo Coelho, titulado: Ser como el río que fluye, que me hizo reflexionar mucho a cerca de los graves errores que podemos hacer al actuar con enojo.
En este, Coelho narraba la historia que un grupo de cazadores en Kazajstán compartieron con el. He aquí mi versión resumida de la misma (espero hacerle justicia):

En alguna ocasión el famoso guerrero Mongol Gengis Jan, salió de cacería junto con su grupo de seguidores, todos portaban arcos, flechas y lanzas, excepto el, que traía consigo a su halcón favorito, pues consideraba que con la vista e instinto que el ave tenía, sería mucho más efectivo que el mejor de los arqueros del grupo. Pero al final de día regresó frustrado y con las manos vacías. Decepcionado se alejó un poco del grupo para sacudir su enojo mientras caminaba. Entonces llegó a un pequeño riachuelo por el que corría un pequeño hilo de agua; sediento tomo la copa de plata con la que siempre cargaba y comenzó a llenarla, solo que cuando estaba a punto de completarla su halcón le atacó provocándole tirar la copa. Enojado levantó la copa, la sacudió y la volvió a llenar, pero el ave, antes de que el fundador del imperio Mongol pudiera beber, le volvió a tirar de la mano la plateada copa. Así que ya muy enojado, mientras se disponía a llenar su copa por tercera ocasión, con el agua que parecía ir acabándose, colocó su espada al lado y mientras la llenaba con las últimas gotas que por ahí caían, mantuvo un ojo vigilante en el halcón, de modo que cuando este de acercó de nuevo tirándole la copa por una vez más, él, con su sable, lo atravesó justo por el centro del pecho.
Realmente enojado porque ya no caían más gotas de agua, pero decidido a beber aunque fuese tan solo un trago, escalo las rocas por las que había descendido el riachuelo, en busca de la fuente de este, y al llegar ahí encontró flotando muerta dentro del estanque una de las víboras más venenosas de la región y tan solo un trago de esa agua hubiera bastado para que no estuviéramos leyendo este relato ahora.
Entonces Jan regreso a su campamento con su inerte halcón en los brazos. Mando a hacer una reproducción del ave en oro y en una de las alas grabó: “Aún cuando un amigo hace algo que no te gusta, este sigue siendo tu amigo”. Y en la otra: “Cualquier acción motivada por la furia es una acción condenada al fracaso”.

Por supuesto mi actitud al día siguiente para la mudanza fue muy diferente y en lugar de sentirme afectado y malhumorado por esta, decidí divertirme, pasármela bien y disfrutar del día, después de todo no todos los días tienes la oportunidad de cambiar de casa y volver a empezar.

1 metro

¿Qué es un metro para ti? ¿100 centímetros, un paso, una cita puntual a ciertas horas del día, una medida, un espacio, 39.37 pulgadas, un nada?
¿Cuántos minutos al día le dedicas a pensar en un metro? Sin duda deben ser muchísimos, tantos que en tu mente no debe caber mucho más contenido que metros y metros de pensamiento. ¿Cuántos metros posees como tesoro, cuántos has conquistado y cuantos te han arrebatado?

Seguramente un metro debe de ser algo muy preciado. Algo hasta místico quizás, capaz de convertir a cualquiera en el rey o la reina del universo (porque, por lo que he visto, un metro no distingue géneros). O si no seguramente provocará una sensación orgásmica y placentera o talvez incluso provea a su poseedor del secreto mágico para obtener felicidad y vida eterna.

¿Que no? ¿Entonces por qué todos los días cientos de miles de personas tan solo llegadas las 6 de la tarde se lanzan ferozmente a la calle transformando sus coches en verdaderos tanques de guerra con los que competirán a sangre por el metro de enfrente?
¿Qué es lo que pasa con la gente cuando conduce en el tráfico y comienza a aventar su auto contra otros para no dejarlos pasar ni un metro, aún cuando ellos mismos saben que tampoco ellos van a poder avanzar?

Es como si perdieran por completo el uso de la razón y cedieran su habilidad de manejar al señor Hyde que al parecer todos llevan dentro, arriesgando no solo la integridad de sus autos, sino sus vidas y las de los demás.

Tan solo el otros día venía yo manejando a las 7:30 pm, entrando al entronque de Viaducto y Periférico, justo en el punto en que tres carriles (uno inexistente pero inventado forzadamente a la mala por los GRANDISIMOS GANDALLAS que pasan por ahí), se convierten en los dos que sí están muy bien marcados; cuando me toco ver como uno de estos GRANDISIMOS GANDALLAS en un destartalado y en muy mal estado Nissan Tsuru trataba de ganarle el metro sagrado a una camioneta X-terra que bien venía alineada en el carril correcto. Entonces, la bestia (por falta de un mejor adjetivo) que “manejaba” el Tsuru en su ridícula insistencia de avanzar y colarse en un espacio que simplemente no existía, golpeó el lado derecho la camioneta aquella, dejando colgado su propio espejo lateral izquierdo.
“Entonces desistió” pensaría cualquiera. ¡Pero no! El loco visiblemente enfurecido trato de cerrarle el paso al vehículo utilitario, terminando de arrancar por completo lo que le quedaba de espejo.
“Ahora sí, ahí le paro” estarán pensando. Pues no. En ese momento el engorilado conductor sacó medio cuerpo por la ventana de su pequeño y “Des-pejado” automóvil para comenzar a golpear, al mejor estilo de “manitas calientes” la puerta y el cristal de la X-terra, mientras que el chofer de esta continuaba avanzando lentamente por su carril, al son de la cantaleta de insultos que el soberano idiota del Tsuru dejó de gritar una vez que satisfecho con su salvajez se colgó del espejo de la camioneta hasta arrancarlo también.

¿Y qué hacía toda la gente que pasaba por ahí? Lamentablemente nada. Bueno sí algo, ver el show de medio tiempo del viaducto, cortesía de un implacable campeón de la lucha por un metro más.

Me pregunto que hubiese pasado si el conductor de la X-Terra hubiera traído consigo una pistola o un arma con que defenderse o peor aún, que habría pasado si el de la pistola hubiese sido el gorila del Tsuru.
¿De verdad las personas que vivimos en esta ciudad estamos tan enfermos por ganar un metro más? ¿Estamos realmente concientes de lo que ponemos en juego en nuestro ridículo afán de pasar primero que los demás?

¿En verdad te interesa tanto ganar un metro más? Demuéstralo. No con actos de vandalismo e incivilidad, sino con acciones a favor de los demás.
¿Por qué no en lugar de empujar tu auto contra el de los demás, usas esa energía para saltar un metro más y abrirle la puerta a las personas que vienen saliendo del restaurante al que tu vas a entrar, o por qué no detenerte un metro atrás del cruce peatonal en lugar de sobre de el, como todos los hacen habitualmente y así dejar cruzar la calle a los transeúntes con mayor libertad, o por qué no parar y ceder el paso a al conductor de al lado que solo quiere cruzar?

¿No sería más fácil si así todos nos dejáramos pasar?

33 razones para dar gracias.

  1. Porque empiezo cada día a tu lado.
  2. Porque puedo abrazarte cuanto quiero.
  3. Porque hemos formado un hogar lleno de luz y de amor.
  4. Porque estas sana y llena de energía.
  5. Por tu sonrisa que me ilumina todos los días.
  6. Porque tengo la fortuna, como pocos, de conocerte prácticamente toda mi vida.
  7. Por tus lecciones.
  8. Porque me haces querer ser una mejor persona.
  9. Por la beba hermosa, sana y adorada que estamos esperando.
  10. Por la familia que hemos formado.
  11. Porque todas las noches, antes de dormir, puedo besarte.
  12. Porque comparto mi vida con mi mejor amiga.
  13. Porque mi mejor amiga es mi pareja, mi novia, mi amante, mi esposa, mi compañera.
  14. Porque me has enseñado a comer mejor y ser más sano.
  15. Porque a veces en las madrugadas me despiertas y me haces sonreír.
  16. Porque siempre ayudas a la gente.
  17. Porque tratas a todos con amor y consideración.
  18. Porque juntos hemos construido una vida llena de abundancia y prosperidad.
  19. Porque disfruto cada segundo de tu compañía.
  20. Porque llevamos casi 10 años juntos, caminando de la mano.
  21. Por como me inspiras.
  22. Por tus ojos profundos, sinceros y llenos de amor.
  23. Porque me haces sentir como un niño otra vez.
  24. Porque a tu lado puedo ser yo sin pretensiones ni apariencias.
  25. Por todas las llamadas por teléfono que nos hacemos al día, como si aún fuéramos novios de tan solo un mes.
  26. Porque me has enseñado a disfrutar de cada momento.
  27. Por tus caricias por la mañana.
  28. Por todo el amor que me das.
  29. Por todas las experiencias y lecciones que hemos compartido.
  30. Porque me he casado con mi amiga de la infancia.
  31. Por la huella que imprimes en todo lo que haces.
  32. Por como bailas cuando estás contenta, llenando de luz todo el lugar.
  33. Porque hoy cumples 33 años y una vez más estoy a tu lado para celebrarlo.

    Gracias, mi amor.

Aprende a desaprender.

“… al ver la jarra de té que había dejado en la mesa, la tomó y comenzó a servir té en mi taza. Vertió hasta que esta se encontraba llena ¡pero entonces, siguió vertiendo! El té comenzó a chorrear por los lados de la taza, primero en la mesa y después sobre la preciada alfombra persa de mi esposa. Al principio observé silencioso, pero no pude soportarlo más. “¿Qué haces Julian? Mi taza se está derramando. ¡No importa cuanto lo intentes no le cabe nada más adentro!” Grité impacientemente.
El me miró por un largo momento y dijo: “Por favor no me lo tomes a mal John. Realmente te respeto, siempre lo he hecho. Pero tal cual esta taza, tú pareces estar lleno de tus propias ideas. ¿Y cómo entonces pueden entrar nuevas…sino hasta que primero vacíes tu taza?”

El Monje que vendió su Ferrari, Robin Sharma

En los últimos dos días estuve sacando del armario ropa y artículos personales que ya desde hace tiempo no he usado y que estaban ocupando demasiado espacio, lo que resultaba en que cada vez que quería guardar alguna prenda nueva, esta se maltratara al forzar su entrada en un espacio que ya había rebasado su capacidad.
Así que después de varios días de hacerme creer que ya lo haría, por fin me armé de energía y puse manos a la obra. “Afuera lo viejo y adentro lo nuevo” me recordaba cada vez que sentía ganas de dejar todo igual e irme a descansar, y como la tentación de hacerlo era demasiado fuerte, me lo repetí un sin fin de veces.

Tanto me dije esta frase, que me recordó una anécdota que recientemente viví:
Hace unas semanas asistí a un entrenamiento para prepararme para mi nuevo trabajo, a este curso asistieron otras personas también, gente de muy diversos antecedentes, originaria de distintos países, Australia, Corea, Singapur, India y México (¡SI SEÑOR!).
Y así como variados eran nuestros antecedentes, también lo eran nuestras carreras profesionales. Todos con una gran experiencia y amplios conocimientos en nuestras áreas de especialización.
Entonces comenzó el entrenamiento, horas y horas llenas de información, datos estadísticos, teorías, casos prácticos y por supuesto instrucción en el uso correcto de los sistemas de la empresa.
Debo confesar que en mi caso, todos los días llegadas las 5:30 de la tarde sentía que en mi cabeza ya no iba a entrar nada más, la vista cansada me exigía que volteara a ver fuera de la venta hacia los jardines del campus donde me encontraba. Mi imaginación (que como verán, a ratos es muy prolífica) comenzaba a volar llevándome de los jardines, a las distintas cafeterías del lugar “¿qué me podría comer ahora mismo?”, a los centros comerciales cercanos “¿Qué podría estar comprando en este momento para mi esposa y mi bebé?”, a las oficinas donde estaba pasando toda la acción “¿Cómo podría estar colaborando allá arriba?”… a la vez que en el mejor estilo del Angelito del hombro derecho y el diablito en el izquierdo mi conciencia me decía: “pon atención que este tema es muy importante” mientras que se auto respondía “tranquilo hombre, al fin eso ya medio lo sabías y lo otro ni lo vas a usar tu”

Entonces, este cerrado debate entre la diestra y la siniestra, se vio interrumpido cuando escuché a uno de mis compañeros del curso, quien por cierto tenía ya más de 5 años haciendo un trabajo muy similar al para cual nos estaban entrenando, decirle a nuestro instructor: “lo siento, es que llevo tantos años haciendo esto de esta manera que me cuesta mucho trabajo seguir las instrucciones que nos estás dando. No puedo entender porque no puedo seguir haciéndolo a mi modo…”

Fue justo en ese momento que la frase del inicio de esta entrada vino a mi mente, recordándome que para poder seguir aprendiendo, a veces uno tiene primero que desaprender lo que ya sabe. No porque tus conocimientos actuales o anteriores estén equivocados, tal vez solo reafirmes lo que ya sabías. Sino para abrirte a todo el conocimiento que está allá afuera listo para ser digerido, comprendido y compartido por nosotros.

Después de todo es el nuevo conocimiento lo que nos ayuda a seguir creciendo. Sin el no podríamos entender el lugar en el que estamos parados hoy, ni mucho menos que existen otras opciones para continuar mejorando. Nos quedaríamos estancados, detenidos por nuestra propia ignorancia de sabios, creyendo pues que ya hemos llegado a la cumbre, cuando en realidad, talvez estemos tan solo en el primer escalón.

Así que hoy, mientras vaciaba mi closet para dejar entrar nuevas cosas en el, quise venir con ustedes a preguntar ¿cuándo fue la última vez que accedieron a vaciar su mente ya olvidar lo que sabían ya para dejar entrar en ustedes un nuevo conocimiento que enriquezca su vida?

Rodéate de fortalecedores.

No, no estoy hablando de vitaminas para fortalecer el cuerpo, sino de influenciadores o agentes de sucesos positivos en nuestras vidas.

“¿pero de qué esta hablando este loco en esta ocasión?, Ahora sí no le entendí nada.” Estarán diciendo justo ahora.

Pero les digo que no estoy, por lo menos, tan loco.

Es que ya van muchas las conversaciones que he tenido cerca de porque a algunas personas les va tan bien en la vida y a otras no tanto. Y después de un enorme número de discusiones, análisis e intentos de desarmar y rearmar el mundo, creo que he llegado a una teoría sobre porque algunas personas tienden a quejarse mucho sobre su entorno y dedican tanta energía a enfocarse en todo lo que no funciona en su vida y a lamentarse porque no tiene lo que otros sí. (Y sin embargo no hacen nada por mejorar).

Y porque, por el contrario, existe un grupo de gente que siempre está contenta, agradecida y emocionada por como le va en su vida.

¿Cuál es esa teoría?

Antes que nada y para descartarlo de una vez, no es por su situación socio económica, pues conozco a mucha gente que a pesar de ser privilegiados en ese aspecto, siempre tienen algún mal del cual quejarse, y a la vez también conozco a otras que no tienen las ventajas económicas o sociales que los otros, pero que sin embargo tienen una vida feliz y plena.

Pienso que la gran diferencia entre ambos grupos, talvez se deba a que en el primero, los quejumbrosos, por ponerles un nombre, a pesar de que no se sienten bien con la manera de llevar sus vidas, en verdad creen que así debe ser, pues es lo que ven todos los días, en casa, en el trabajo, con sus familiares y con sus amigos.

Mientras que el segundo, no se conforma con eso y entiende que a pesar de las cartas con las que les haya tocado jugar, ellos tienen la posibilidad de decidir tomar la iniciativa o dejarse llevar por su entorno. Comienzan a actuar en su vida antes de que esta actúe sobre ellos y toman decisiones a veces muy difíciles como alejarse de la gente que, aunque sea un ser querido y cercano, estén afectando sus vidas llenándolas de negatividad; familiares, jefes o amigos que en lugar de proveerles de energía positiva, les generan estrés, les llenan de críticas y descalificaciones o los inundan con sus vicios o simplemente los contagian con su visión oscura de la vida.

Piénselo, no estoy exagerando. Creo que es justo lo que querían decir cuando crearon el refrán: “Dime con quien andas y te diré quien eres”.

Definitivamente las costumbres, los hábitos y la visión de vida de aquellos con quienes convivimos termina pegándose de una forma u otra a nosotros, afectando también como vivimos nuestras vidas.

¿Quieres una vida productiva, llena de bienestar, salud y energía positiva? Comienza a actuar como si ya tuvieras una vida llena de bienestar, salud y energía positiva.

Rodéate de personas que sí tendrán un efecto positivo en tu vida y aléjate de las negativas. Frecuenta lugares que reflejen el tipo y estilo de vida que quieres tener.

Rompe con los estereotipos y date la oportunidad de conocer de verdad a la gente. Deja de clasificar a la gente en el pandroso, el nerd, el yuppie, el fresa, el hippie, etc. Y conócelos, date cuenta que muchas de las actitudes y comportamientos que en ocasiones les criticas, son exactamente aquellos que tú quisieras tener o hacer.

Adopta un modelo a seguir, aprende de ella o de el, aquellas cosas que más le admires e imítala, imprimiéndole tu propio estilo a dicha cualidad.

Comienza a practicar concientemente los hábitos y conductas que quieras tener, aun cuando en un principio no los sientas naturales, pues con el tiempo serán parte de ti.

Recuerda, la persona que serás en 5 años será un reflejo directo de con quienes hoy te relaciones, las cosas que aprendes y los hábitos que hoy practicas.

Ya lo decía Eurípides: “Aquel que anda junto a los sabios será un sabio”.

GPS.

¿Han usado un GPS en alguna ocasion?

Yo sí. Hace unos días, en un viaje de trabajo, me ví en la necesidad de rentar un coche para poder transportarme fácilmente de un lugar a otro, y contrario a lo que normalmente acostumbro hacer cuando rento un carro (compulsivamente veo mapas en Internet, me conecto a Google Earth, pido mapas en el local de la renta de autos y trazo caminos y rutas por adelantado), en esta ocasión pedí el automóvil con un GPS.

Un GPS o Global Positioning System es, para aquellos que no están tan familiarizados con los últimos avances tecnológicos, un sistema de ubicación geográfica, que envía una señal a un satélite, o a 27, para ser más exacto, que a su vez ubican perfectamente el lugar desde donde dicha señal es emitida, reflejándola así sobre un mapa. De modo que, el usuario del GPS puede ubicarse en el mapa, escribir la dirección del destino al que quiere llegar y ¡voila! Como por arte de magia el pequeño aparatito comienza a trazar el camino a seguir en una pequeña pantalla, a la vez que también una voz va girando instrucciones de en cuantas millas habrá que dar vuelta, hacia donde, dándote inclusive hasta el nombre de la calle en donde habrás de entrar.

Como se podrán imaginar, al inicio estaba yo realmente impresionado y emocionado, tal como un pequeño niño con un juguete nuevo. “Que cosa tan más simple, que increible, no más preocupaciones de como llegar”, pensaba yo maravillado.
“¿No sería genial si así funcionaran nuestras vidas también? Tan solo decir a donde quiero ir, hasta donde quiero llegar y que un pequeño guía nos vaya diciendo con exactitud cada movimiento que hacer para llegar hasta ese lugar” me preguntaba equivocadamente y en silencio.

¿Y por qué equivocadamente? Probablemente se estén preguntado.

Es muy sencillo en realidad. Verán, a los pocos días de conducir guiado por este aparatito, me dí cuenta de una cosa: simplemente no conocía la ciudad.
Me había vuelto flojo, no me había tomado la molestia de ni siquiera fijarme en los nombres de las calles ni en mis alrededores. Estaba totalmente a la merced de un descerebrado aparatejo que se había apoderado de mi destino, cuando lo único que podía hacer en realidad, era recomendar caminos previamente trazados por otras personas que sí se habían dado a la tarea de escoger lo que para ellos parecía la mejor ruta. ¿pero que tal si en el camino yo quería tomar una desviación o un detenerme a tomar un descanso? ¿que pasaría si yo decidiera tomar otro rumbo? Comencé entonces a desviarme de la ruta que aparecía en el monitor, pero cada vez que lo hacía se escuchaba la robotizada vocesita aquella que fríamente decía: “RE-CAL-CU-LAN-DO-RE-CAL-CU-LAN-DO” y que necía, me volvía a decir por donde ir.

Entonces me armé de coraje y, a pesar de haber pagado por adelantado la renta de aquel enajenante dispositivo, lo quité del tablero del auto, lo desconecté del encendedor del coche y lo enterré en el rincón más profundo y recóndito de … la guantera del automóvil.
Así, tomé mi austero mapa y volví a confiar en mi sentido de orientación, que no es por nada, pero siempre ha sido muy bueno, y retomé el control de a donde y sobre todo por donde quiero ir.

Claro que sería muy cómodo que alguien nos guiara en nuestras vidas y nos dijera como, donde y cuando. Seguramente no tendríamos nada de estrés ni de preocupaciones, pero tampoco nada de iniciativa, experiencia y conocimiento.
Y pensar que muchos en efecto le otorgan a otros el poder de dirigir sus vidas. Con tal de no cargar con las culpas de sus errores, son capaces de ceder su iniciativa a religiones, creencias, compañías, sociedades y sí, a familiares también.
Le confieren a otros el poder de decidir por donde avanzar, o mejor dicho, quedarse estancados en sus vidas, creyendo que una fría y calculadora vocesita les seguirá diciendo de por vida: “CAL-CU-LAN-DO-CAL-CU-LAN-DO-DA-VU-EL-TA-Y-A-VAN-ZA-DE-TEN-TE”.

No, definitivamente eso no es para mi. En lo que a mi respecta seguiré trazando yo mismo el rumbo por el que quiero llevar mi vida, continuaré visualizando claramente a donde quiero llegar y cada vez que me tope con una desviación (porque si algo es seguro es que las habrá), me tomaré un respiro, fijaré fírmemente mi mirada en mi destino y volvere a tomar mí camino, aprendiendo, experimentando, creciendo, disfrutando y compartiendo.

Y por supuesto, la próxima vez que rente un coche, ¡nada de GPS!

El miedo no es más que una lección por aprender.

¿Alguna vez se han puesto a pensar por qué tienen miedo de las cosas? O me voy un paso atrás, exactamente ¿a qué le tienen miedo?

No, no pretendo jugar a Juan sin miedo. Estoy seguro de que hay muchos miedos bien fundados como el miedo que se debe sentir cuando se está frente a una guerra, a una catástrofe natural o algún tipo de ataque físico o psicológico en contra nuestra o de algún ser querido.

Pero peor que estos, también existen los miedos infundados, es decir el temor a lo desconocido. Todos, en repetidas ocasiones, los hemos tenido.
Desde que éramos pequeños y entrábamos a estudiar a un nuevo colegio, cuando por primera vez nuestros papás apagaron la luz de nuestra habitación para que nos fuéramos a dormir; más delante de adolescentes cuando no sabíamos qué queríamos estudiar o que iba a ser de nosotros al salir de la universidad.

Cada vez que nos enfrentamos a algo nuevo que no conocemos, las probabilidades de que sintamos mucho miedo son muy altas, especialmente cuando sentimos o pensamos que no estamos preparados para ese paso.

Se que no es la primera vez que escribo sobre este tema, pero en verdad creo que es uno que merece meditar al respecto una y otra vez, porque solo cuando uno logra entender sus miedos es cuando uno los puede por fin vencer.

Como decía Marie Curie: “Nada en la vida esta para ser temido. Está solo para ser comprendido.”

Después de meses de pensar al respecto sigo creyendo que el miedo es una oscura venda que se planta frente a nuestros ojos, impidiéndonos ver lo glorioso de las cosa que hay pasando ese velo, y que este muta, se altera, se transforma y crece más en la medid en que tratamos de darle la vuelta. Es como una cortina infinita a la que nunca le encontramos el final.
Y estoy convencido de que la única manera de romper con esa venda es atravesándola, tirándola de un solo jalón y empujando nuestro paso a través de esta.


No es fácil y a veces encontraremos que, como un velo, tenía doble o triple fondo, pero no podemos parar, no debemos sucumbir ante el temor. Tenemos que empujar y aprender, debemos seguir adelante porque una vez que atravesemos el velo nos daremos cuenta de todas las grandes cosas que había atrás de el. La luz de una vida increíble ya no se verá filtrada por la negra tela del velo del miedo y comprendemos que lo que tanto temíamos estaba infundado, entendemos que ese miedo era tan solo una lección por aprender.

¿Y ustedes, esta semana, qué lecciones tienen que aprender y qué miedos deben de vencer?

La frase de hoy

“Small daily improvements over time lead to stunning results.” Robin Sharma.

Las grandes metas no se logran en un solo gran paso, es imposible y puede resultar altamente frustrante no tratar de escalar el Everest de un solo brinco.
Fijémonos pequeños pasos que uno a uno nos lleven, con firmeza a alcanzar esa gran meta.
Así no solo aseguramos que llegaremos hasta ahí, pero también tendremos la oportunidad de celebrar todos los días que hemos avanzado.

Cambio de formato

“Las nuevas cosas no llegan a donde no hay lugar“, dicen por ahí, así que un pequeño cambio de formato para esta semana…
Una frase en que pensar para cada día.
La de hoy: “las nuevas cosas no llegan a donde no hay lugar”- Marlo Morgan.

¿Alguien quiere participar?

“Don’t Hope, Friend…Decide!

Hace un par de días leí una historia publicada por Michael Hargrove, socio fundador de Bottom line underwitters Inc, una firma de consultoría en desarrollo profesional y ventas, ubicada en Oregon, E.U.A.

Me gustó tanto la lección que ahí presenta Michael, que no pude dejar de compartir esta historia con ustedes. La dejo en inglés, idioma en el que la historia fue escrita originalmente, pues no quiero alterar ningún significado al traducirla.

Para mi este relato definitivamente fue un recordatorio de que no basta con desear algo y sentarse a esperarlo, hay que decidirse a obtenerlo, hay que elegir la forma como queremos vivir nuestra vida y comenzar desde ya a actuar de acuerdo a la elección que hayamos hecho.

Me recuerda un poco a lo que el papá de mi amigo Chema, le decía cuando estábamos estudiando la universidad: “No digas…hazlo”.

Y precisamente porque no dijeron sino que hicieron algo al respecto de sus procesos de planeación y desarrollo creativo es que quiero aprovechar el espacio para agradecerles nuevamente a mis amigos del equipo de Marketing de The Walt Disney Company México por habernos permitido compartir nuestros pensamientos, puntos de vista, experiencia y conocimiento sobre el desarrollo de campañas de comunicación y mercadotecnia. Fue un placer impartirles el curso la semana pasada y cuentan totalmente con nosotros para continuar desarrollando nuevos talleres de trabajo.

Y de regreso al tema de esta semana, los dejo con la narración de Michael Hargrove, Que la disfruten:

“While waiting to pick up a friend at the airport in Portland, Oregon, I had one of those life changing experiences that you hear other people talk about. You know, the kind that sneaks up on you unexpectedly? Well, this one occurred a mere two feet away from me!

Straining to locate my friend among the passengers deplaning through the jetway, I noticed a man coming toward me carrying two light bags. He stopped right next to me to greet his family.

First, he motioned to his youngest son (maybe six years old) as he laid down his bags. They gave each other a long, and movingly loving hug. As they separated enough to look in each other’s face, I heard the father say, “It’s so good to see you, son. I missed you so much!” His son smiled somewhat shyly, diverted his eyes, and replied softly, “Me too, Dad!”
Then the man stood up, gazed in the eyes of his oldest son (maybe 9 or 10) and while cupping his son’s face in his hands he said, “You’re already quite the young man. I love
you very much Zach!” They too hugged a most loving, tender hug. His son said
nothing. No reply was necessary.

While this was happening, a baby girl (perhaps one or one and a half) was squirming excitedly in her mother’s arms, never once taking her little eyes off the wonderful sight of her returning father. The man said, “Hi babygirl!” as he gently took the child from her
mother. He quickly kissed her face all over and then held her close to his chest while rocking her from side to side. The little girl instantly relaxed and simply laid her head on his shoulder and remained motionless in total pure contentment.

After several moments, he handed his daughter to his oldest son and declared, “I’ve saved the best for last!” and proceeded to give his wife the longest, most passionate kiss I ever remember seeing. He gazed into her eyes for several seconds and then silently mouthed, “I love you so much!” They stared into each other’s eyes, beaming big smiles at one another, while holding both hands. For an instant, they reminded me of newlyweds but I knew by the age of their kids that they couldn’t be. I puzzled about it for a moment, then realized how totally engrossed I was in the wonderful display of unconditional love not more than an arm’s length away from me. I suddenly felt uncomfortable, as if I were invading something sacred, but was amazed to hear my own voice nervously ask, “Wow! How long have you two been married?”
“Been together fourteen years total, married twelve of those,” he replied without breaking his gaze from his lovely wife’s face. “Well then, how long have you been away?” I asked. The man finally looked at me, still beaming his joyous smile and told me, “Two whole days!”

Two days?! I was stunned! I was certain by the intensity of the greeting I just witnessed that he’d been gone for at least several weeks, if not months, and I know my expression betrayed me. So I said almost offhandedly, hoping to end my intrusion with some semblance of grace (and to get back to searching for my friend), “I hope my marriage is still that passionate after twelve years!”

The man suddenly stopped smiling. He looked me straight in the eye, and with an
intensity that burned right into my soul, he told me something that left me a different person. He told me, “Don’t hope friend…decide.” Then he flashed me his wonderful smile again, shook my hand and said, “God bless!” With that, he and his family turned and energetically strode away together. I was still watching that exceptional man and his special family walk just out of sight when my friend came up to me and asked, “What’cha looking at?” Without hesitating, and with a curious sense of certainty, I replied, “My future!”

Michael D. Hargrove
© Copyright 1997 by Michael D. Hargrove. All rights reserved. Visit Michael’s website at: www.bluinc.com