De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

Para brillar se necesita tener foco.

En las últimas semanas la cantidad de trabajo ha prácticamente rebasado la capacidad física del equipo de trabajo en el que laboro y la mía también. No por falta de conocimiento, experiencia o destreza, pues, en definitiva, tengo la fortuna de formar parte de un gran grupo (en espíritu, no en tamaño) de gente muy talentosa.

Creo que lo que ha sucedido es que hemos tratado de abarcar mucho terreno, intentando producir excelentes resultados para diferentes personas y así brillar ante todos los que, por alguna razón, requieren de nuestra involucración.

Y brillar hemos logrado. Solo que no para todos al mismo tiempo o en la misma intensidad.
Pero ¿Por qué pasa esto, qué nos ha ocurrido?

Pienso que nos hemos convertido en una especie de serie de luces de árbol de navidad.

Prácticamente nos puedo ver, tal como si fuéramos una pequeña chispa eléctrica que tiene que correr de un pequeño foco a otro a lo largo de la serie tratando de iluminar tramo a tramo un enorme árbol navideño.
Y así como una serie de luces va parpadeando de foco en foco, nosotros vamos brincando de proyecto en proyecto, yendo y viniendo, saliendo y regresando tratando de mantener el brillo en todo lo que hacemos.

Algunos han decidido, talvez apresuradamente, absorber responsabilidades adicionales a las muchas que ya tenían, lo que en lugar de permitirles crecer su círculo de influencia y contribuir de mejor manera con la organización, crece su círculo de preocupación, pues ahora en lugar de tener que iluminar a 40 bombillas de luz, tienen que hacerlo para 80, lo que resulta en definitiva, en un alumbrado mucho más tenue que antes.

Entre más lo pienso, más me convenzo de que lo que necesitamos hacer es tener FOCO.

No quiero decir con esto que debamos encerrarnos en nuestra pequeña parcela de obligaciones y demos la espalda a otras necesidades del grupo. Por el contrario, creo firmemente que si cada uno de nosotros mantenemos un claro y firme enfoque en cumplir y desarrollar nuestro círculo de influencia vamos a contribuir mucho más al brillo total de ese gran árbol de navidad que llamamos empresa.

Necesitamos ser claros con nosotros mismos e identificar cuales son nuestras grandes fortalezas, que es eso que sabemos hacer muy bien y decidirnos a entregarnos al 100% a esa labor y así aportar a nuestro equipo, en lugar de querer abarcar más “luces” en la serie para tratar de lucir más ante los demás, pues de esa forma ponemos en riesgo iluminar tan solo a medias o peor aún fundir alguna bombilla y, recuerden que es lo que usualmente pasa cuando un solo fusible deja de funcionar…la serie completa comienza a fallar, a veces hasta dejar de brillar por completo.

Así que pongo esta idea sobre la mesa: tengamos muy claro como es la mejor forma con la que podemos contribuir, identifiquemos muy bien nuestras fortalezas y nuestras oportunidades; marquemos perfectamente cual es nuestro círculo de influencia y dejemos que los demás hagan lo mismo.

Ese es el verdadero trabajo en equipo, donde cada quien aporta con su labor enfocada y clara a un objetivo en común: que ese enorme árbol brille en su totalidad.

Si tan solo Donald fuera como un buen jardinero.


¿Alguna vez les he contado sobre mi teoría de que a todos, a unos más que a otros, nos ataca el Síndrome del Pato Donald (SPD) en algún, o posiblemente muchos, momentos de nuestras vidas?

Sucede que a todos, después de ir acumulando estrés, malas noticias, enojos, berrinches, frustraciones, pláticas y pensamientos negativos, en fin mala vibra en general, quedamos tan llenos de energía negativa que cualquier cosa es suficiente para hacernos explotar en un ataque de ira que no hace más que empeorar nuestra situación y que termina por convertirnos en un Pato Donald enojado y víctima de su propio coraje.

¿O no? ¡Vamos! Recuerden como se ponía Donald cuando trataba de abrir su silla plegable en la playa y esta no cedía, provocando que el famoso pato de traje del marinero fuera enojándose más y más, golpeando y gritando hasta terminar atrapado dentro de la misma silla.

Bueno pues ese es justo el SPD o Síndrome del Pato Donald.
Este se da precisamente cuando llegamos al punto de no regreso y perdemos el control y como dicen por ahí “Escupimos al cielo” y por supuesto, como todo lo que sube, tiene que bajar, ese escupitajo solo nos salpica de regreso a nosotros mismos.

Ahora ¿cómo es que llegamos hasta el punto adquirir el SPD? No es difícil imaginárselo…vivimos en una época donde el estrés es parte de la cotidianidad en nuestras vidas: cuentas por pagar, problemas por resolver, proyectos por entregar, familia que cuidar, hijos que educar, compromisos que cumplir, en fin todo una carga de factores que no podemos ignorar ni evitar y que sea como sea, tenemos que cumplir.
Pero a los que además, sin darnos cuenta, sumamos otros que sí podemos cambiar:

Y es que usualmente empezamos nuestros días siempre corriendo, al despertar, lo primero que hacemos es quejarnos de la hora tan temprana en que tenemos que levantarnos, si somos considerados y compartimos habitación con alguien, salimos de ella y sino encendemos la televisión o la radio para “escuchar” las noticias del día y así contaminar nuestra mañana con las últimas notas sobre la violencia que hay en el mundo, los asaltos, las guerras, etc.. Salimos camino al trabajo y vamos peleando con el conductor del auto de enfrente solo porque a él le toco estar frente a nosotros en esa larga fila de coches estacionados, que llamamos periférico…o viaducto…o cual sea la avenida que mas usen por las mañanas.

Llegamos a la oficina, recibimos la llamada de algún cliente enojado o peor aún la llamada la recibió nuestro jefe y él ahora es quien esta enojado, algún proveedor no cumple con su compromiso, en una junta de trabajo tenemos un fuerte desacuerdo con alguien más. A la hora de la comida el mesero tarda en traer la cuenta y regresamos tarde al trabajo, regresamos al final de la tarde a casa para, después de volver a lidiar con todos esos automovilistas a quienes insolentemente se les ocurrió también regresar a sus hogares a la misma hora que nosotros, encontrarnos con que la puerta del estacionamiento no funciona bien o que un vecino se estacionó mal impidiéndonos guardar nuestro auto en su lugar.

Entramos a casa, estamos bloqueados, irascibles e iracundos, solo pensando en querer ver la televisión y no hablar de nada con nadie…entonces discutimos con nuestros familiares porque ellos con la mejor de las intenciones nos reciben con los brazo abiertos, pero como nosotros venimos con una inercia negativa equivalente a una onda expansiva nuclear, los hacemos a un lado, nos postramos en nuestro sillón acostumbrado, prendemos la caja idiota y… ¿qué hacemos? Sintonizar una serie de televisión llena de violencia, muerte y vicios.
Nuestra pareja nos interrumpe, pregunta algo o nos dice algo que no nos parece y ENTONCES!!!!!!…

¡FELICIDADES! Lo has logrado, has adquirido SPD.

Tanto que ya solo te falta la cola de pato y sombrero de marino porque estás tan enojado que el pico naranja lo tienes ya!

Las consecuencias… esas creo que no las tengo que contar.

Así que mejor me dedicaré a platicar sobre como podemos evitar contagiarnos de SPD.

Y para eso debo hacer referencia una vez más a una de las lecciones de ese gran mentor, autor de “El monje que vendió su Ferrari”, Robin S. Sharma quien, precisamente en dicho libro compara a la mente humana con un jardín, explicando que: “Si tu procuras tu mente, la nutres y la cultivas, esta, tal como un rico y fértil jardín florecerá más allá de lo que puedas imaginarte” .

Él continua con su analogía detallando que justo como un jardinero cuida cual soldado, que en su parterre no entre ni el más mínimo rastro de contaminación, de la misma manera deberíamos nosotros procurar esto con nuestra mente.
Sin embargo es penoso ver la cantidad de basura que la mayoría de nosotros dejamos entrar a nuestra cabeza día con día. Las preocupaciones, la ansiedad, el lamentarse por el pasado o angustiarse por el futuro y todos aquellos miedos creados por uno mismo, las pláticas y medios a los que nos exponemos, provocan una catástrofe dentro de nosotros mismos.
“La preocupación drena a nuestra mente de todo su poder y tarde o temprano, lastima incluso hasta nuestro espíritu”.

Para vivir la vida en todo su esplendor, debes de montar una estricta guardia a la entrada de tu jardín y solo dejar entrar a la mejor información y al mensaje de mayor calidad. No podemos darnos el lujo de tener ni un solo pensamiento negativo.

Explica Sharma que la gente más alegre, dinámica y satisfecha en el mundo es aquella que hace algo más que solo existir. Son esas personas que creen en su potencial humano y realmente saborean la vida, pero que sobre todo, adoptan un paradigma positivo sobre su mundo y todo lo que en el existe.

¿Sabían que en un día normal la persona promedio crea alrededor de seis mil pensamientos, y que el 90% de esos pensamientos son los mismo que los del día anterior?

Por lo tanto, sugiero que nos aseguremos de que esos pensamientos sean siempre positivos, pues como explica Stephen Covey: “Todo lo que hacemos y tenemos en la vida existe dos veces, primero cuando la piensas y después cuando lo hacemos realidad”
Razón suficiente para querer que lo que creemos sea siempre positivo ¿no lo creen?

Volvemos entonces al tema de la oportunidad de escoger:

No importa lo que esté pasando en nuestra vida, tenemos el derecho a siempre escoger como queremos responder. Y tenemos el derecho de elegir a que estímulos queremos exponer a nuestra mente y sobre todo a pensar siempre positivamente para sentirnos siempre bien.
Tenemos derecho a ser el jardinero de nuestra mente y a con nuestra actitud positiva, crear pensamientos positivos que solo podrán crear situaciones positivas a nuestro alrededor.

Hhmm, pensándolo bien, no estaría mal que en Disney hicieran una caricatura de Donald como jardinero. ¿no creen?

Cuatro supuestos para llevar una vida más balanceada

Durante las últimas semanas he estado leyendo, repasando y estudiando el libro “El Octavo Hábito” del Dr. Stephen Covey, a quien seguramente me han visto mencionar en muchos de los temas que he tocado anteriormente.
En este libro, Covey toca un tema de suma importancia: El desarrollo de las 4 inteligencias que como seres humanos tenemos.

Por un lado, está la inteligencia física, la de nuestro cuerpo, la inteligencia que está ahí en todo momento sin que nosotros estemos conscientes de ella, coordinando a todo nuestro organismo.
También está la inteligencia mental, que es la más comunmente conocidad de todas, se trata básicamente de nuestra capacidad para analizar, razonar, manejar nuestros pensamientos abstractos, usar el lenguaje, comprender, etc.
Ahora, y desde hace algunos años, se habla mucho de la inteligencia emocional que es la que nos permite conocernos y estar conscientes de nosotros mismos, nos brinda diferentes capacidades como la sensibilidad, la empatía, la comunicación y el relacionarnos con los demás.

Hasta ahora, la mayoría de nosotros habíamos escuchado solo sobre estas 3, pero Covey habla de una cuarta inteligencia: La espiritual.

La inteligencia espiritual, que por cierto ya es sujeto de diferentes investigaciones científicas y filosóficas, es, a decir de Covey, la más fundamental de todas ya que se convierte en la fuente de dirección para las otras tres, esta representa nuestra búsqueda de dar significado a lo que hacemos y la que nos permite, a través de nuestra conciencia, estar seguros de lo que hacemos es lo correcto.

Después de haber leído tanto sobre estas, he llegado a la conclusión de que desarrollar las 4 inteligencias es una obligación que como seres humanos tenemos todos, y no es tarea fácil, hay muchos pasos que seguir, muchas prácticas que adoptar y conceptos que comprender.

Probablemente en las siguientes semanas hable mucho más de cada una de estas 4 dimensiones, pero en tanto eso sucede, hay 4 sencillas suposiciones que Covey recomienda hacer para ayudarnos desde ya a desarrollarlas y comenzar a llevar una vida más balanceada:
  1. Para el cuerpo (Inteligencia Física): asume que has tenido un infarto, ahora comienza a vivir de acuerdo a esto.
  2. Para la mente (Inteligencia Mental): asume que estás a dos años de llegar a la mitad de tu vida profesional, prepárate de acuerdo a esto.
  3. Para el corazón (Inteligencia Emocional): Asume que todo lo que dices de otra persona, él o ella lo puede escuchar, ahora habla de acuerdo a eso.
  4. Para el espíritu (Inteligencia Espiritual): Asume que tienes una revisión de resultados uno a uno con Dios cada 3 meses, ahora vive de acuerdo a eso.
Desde mi punto de vista, estos 4 puntos y los resumiría en:

  • Vive sanamente, cuida, nutre y ejercita tu cuerpo.
  • Se previsor y prepárate para el futuro, pero no dejes de disfrutar el presente, goza el momento que estás viviendo.
  • No hables más de los demás, como dicen por ahí: “Si no tienes nada bueno que decir de alguien, mejor mantente callado”.
  • Se responsable de tu vida y tus acciones. Define tus valores y principios y vive de acuerdo a ellos y se agradecido por todo lo que tienes.

Sonríe y hazle el momento agradable a todos

¿Alguna vez han visto que en un avión le aplaudan a un sobre cargo?

Yo sí, y no fue precisamente porque al mejor estilo Hollywoodense salvara a todos los pasajeros de un desastre aéreo; sino porque convirtió un momento rutinario y engorroso en uno divertido y agradable.
Les cuento: Como es acostumbrado, una vez que habíamos abordado el avión y que todos estábamos ya bien ubicados en nuestros asientos, el jefe de la tripulación, un sujeto de origen cubano comenzó a dar las típicas y aburridas instrucciones de seguridad para el vuelo, solo que en esta ocasión fueron todo menos aburridas.
Él comenzó dictando la clásica letanía y los pasajeros tomamos la conocida posición de revista del avión en mano y vista perdida en sus páginas, entonces sorprendentemente este miembro de la tripulación de American Airlines (GOL!!!) dijo: “ y se que no les importa lo que estoy diciendo bla bla bla bla, y podría decirles cualquier cosa bla bla bla bla en lugar de decirles donde están las salidas de emergencia bla bla bla bla…”
Y así continuó dando la información de seguridad entre broma y broma hasta que terminó, seguido de una gran sesión de aplausos de todos los pasajeros y el resto de la tripulación.
Y claro, como deben suponerse, el resto del vuelo lo pasó platicando y bromeando con todos, y cuando llegamos a Dallas, todos bajamos del avión asegurándonos de despedirnos y sonreír una vez más con nuestro anfitrión.
Me imagino que este señor debe abrirse siempre las puertas a donde vaya. Casí puedo verlo entrar a cualquier lugar regalándoles una sonrisa a todos.
Seguramente si hacen memoria verán que tienen un amigo, familiar o conocido que es así. Gente que hace sentir a cualquiera cómodo y bienvenido en su presencia.

Yo tuve la fortuna de casarme con alguien así y también he tenido muchos amigos así.

Recuerdo a dos amigos en particular (Chava y Fillo), cada uno de etapas diferentes de mi vida, y que siempre que saludaban a alguien, no importaba de quien se tratara, sin falta tenían una sonrisa y unas palabras de bienvenida preparados para ti. Podían estar en medio de algún problema o visiblemente inquietos, pero jamás te harían una mala cara.

También recuerdo a otros amigos que eran conocidos por sus ánimos siempre bajos, a los que siempre que los saludabas tenían algo de que quejarse y a los que ya no les preguntabas como estás sino como sigues.

Creo que no tengo que platicarles quienes eran los más populares y queridos.

Hoy tengo la gran fortuna de compartir la vida con alguien así y aprender de ella día con día lo increíble que es sonreírle y ser amable con los demás.

Inténtenlo y verán cuantas puertas se abren frente a ustedes. Pero tengan cuidado y no confundan ser amable con ser políticamente correctos y no pretendan instalar una falsa sonrisa en su cara. La gente no es tonta y la hipocresía se huele a metros de distancia.

Sonreír y ser amable es una actitud, una forma de vida que viene desde adentro, son el reflejo del bienestar de nuestro espíritu y nuestra mente; y como dicen “solo cuando estamos bien con nosotros mismos, podemos estarlo con los demás”.

Así que ¿qué tan bien están hoy? ¿a cuantas personas le harán el día mejor con solo regalarles una sonrisa?

CUMPLE TUS COMPROMISOS

¿Cuántos compromisos incumplidos habremos hecho en nuestras vidas?
Es más ¿Cuántos tan solo en el último año? Creo que sería más fácil contar cuantos sí hemos cumplido.

Debería ser realmente alarmante la cantidad de compromisos y promesas que sin pensarlo hacemos todos los días; y sin embargo estamos tan acostumbrados a romperlos y a que no nos los cumplan, que ya es algo tan cotidiano que simplemente no nos damos cuenta.

Cotidiano quiere decir “Que ocurre con frecuencia, que es habitual”.
Es decir ¡no cumplir nuestros compromisos se ha convertido en un hábito!

Y uno de los peores. Porque cada vez que nos comprometemos a algo y no lo hacemos, perdemos credibilidad. Siempre que no entregamos aquello que prometimos, como, cuando y donde lo acordamos, traicionamos la confianza de con quienes nos relacionamos.

Y lo que es mucho peor, cada ocasión en que no cumplimos con nuestros compromisos, alimentamos ese tan negativo hábito y fortalecemos el sentido de desconfianza en nosotros mismos.
Así cada día nos hacemos creer que no seremos capaces de hacer lo que decimos, pero tampoco nos sentimos seguros de decir No puedo comprometerme a lo que me piden”.

La buena noticia es que como todo mal hábito, este se puede romper para comenzar a construir uno nuevo: CUMPLIR TODOS TUS COMPROMISOS.

Por supuesto esto no es tan fácil como suena, pero como todo lo que cuesta trabajo en la vida, vale mucho la pena.

Dado que no soy ningún Guru y que por el contrario, a penas estoy trabajando en asegurarme de siempre cumplir todos mis comprimos, hoy solo puedo compartirles algunas acciones que aprendí de ese mentor que a larga distancia y sin que él lo sepa, he adoptado: Robin Sharma.
1- Conoce cuales son los valores más importantes para ti.

2- Descubre y define tu voz, tu vocación.

3- Así ahora podrás hacer compromisos que sí son congruentes contigo mismo.

4- Escoge cuidadosamente los compromisos que haces No a todo tienes que decir que sí. Como dice Stephen Covey: “Cuando alguien te pida un favor, recuerda que tienes el derecho de obtener más información y de tomarte el tiempo para pensarlo. Tendemos con frecuencia a decir que sí y luego vivimos para arrepentirnos.”

5- Comienza haciendo pequeños compromisos contigo mismo.
Promesas que sean fáciles de cumplir en tiempo y en forma. Por ejemplo, si lo que quieres es cuidar tu alimentación piensa: “ solo hoy dejaré de comer postre en la comida.” o si lo que estás buscando es fortalecer tus relaciones y amistades, piensa: “Hoy le hablaré sin falta a ese viejo amigo con quien hace tiempo que no me veo.”

6- Escribe un diario.
No me refiero al trillado concepto de la libreta donde la dulce quinceañera relata sus sueños de adolescente, aunque esa también es una gran práctica, sino a una bitácora. Un espacio en el que documentes todas tus experiencias del día y al que puedas consultar sobre tus avances en el realización de tus objetivos.
Esto te ayudará a identificar que sí y que no estás haciendo; y a entender el porque, de modo que puedas replicar o evitar situaciones y condiciones para asegurarte de cumplir, pues cada pequeño compromiso que cumplas, por simple que sea, te dará una gran sensación de logro que irá alimentando las ganas de seguir cumpliendo.

7- Date tiempo y se constante. De acuerdo a los estudiosos un hábito se construye en 21 días de práctica diaria. Así que fíjate como meta practicar el cumplimiento de tus compromisos y objetivos diariamente durante todo un mes. Al inicio puede que hacerlo sea engorroso y la tentación de rendirte sea grande, pero recuerda que cada día de logro es un paso más y que, como en el ejercicio físico, con el esfuerzo de cada día haces que el de mañana sea más fácil de lograr.

Un mes de esfuerzo para crear uno de los mejores hábitos que podemos tener.
Con este, no solo ganaremos la confianza de quienes nos rodean, sino que obtendremos credibilidad absoluta ante alguien aún más importante: nosotros mismos.

Náufragos

Hace poco fui a ver una película que no esperaba que me impactara tanto.

Esta cinta, titulada “En busca de la felicidad”, relata la historia de un padre que ante todo obstáculo lucha por realizar su sueño a la vez que tiene que mantener y cuidar del bienestar físico y emocional de su pequeño hijo.
Cada escena es impresionante, talvez no solo por las grandes actuaciones que presentan (con razón estuvo Will Smith nominado para el Oscar a mejor actor) sino porque se trata de una historia de la vida real, lo que indudablemente lleva a uno a pensar en el sin fin de casos como este que existen hoy en el mundo…pero este es tema para otra ocasión…

Les decía, todas las escenas son intensas, desde ver como es abandonado por su esposa, perseguido por un taxista o arrestado por falta de pagos, hasta el más crítico momento cuando él y su pequeño son lanzados a la calle y forzados a pasar la noche ocultos en un baño público del metro de San Francisco.

Pero aún cuando durante toda la película tuve un nudo en la garganta, no fue ninguna de estas secuencias lo que más me impactó. En realidad, el momento que me hace recordar la cinta hoy es cuando el niño (quien por cierto en la vida real es el hijo de Will Smith) sin saberlo y haciéndolo a modo de “chiste”, le dan una gran lección a su papá. Y el “chiste” va así:

Un náufrago se encontraba flotando a la deriva en medio del océano y sin la más mínima señal de tierra a la vista.

”Dios mío, sálvame, por favor ven a rescatarme” rezaba fervientemente
Después de unos momentos, un bote pesquero pasó y se detuvo para ofrecerle ayuda, pero cuando el capitán del barco le arrojó un salvavidas, el náufrago en lugar de sujetarlo lo rechaza y explica que no se irá con ellos pues está esperando a que Dios venga a rescatarlo.
Pasan las horas y vuelve a pedir a Dios que venga a salvarlo, entonces de la nada aparece un gran crucero que se detiene y envía una lancha salvavidas a recoger al sujeto, pero este lo rechaza nuevamente, explicándole a la tripulación que está esperando a que Dios venga a rescatarlo.
Y así continuó pasando el tiempo hasta que sus fuerzas se acabaron y comenzó a sumergirse irremediablemente mientras pensaba “Díos vendrá a rescatarme”.
Cuando el náufrago volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que no se encontraba en tierra firme, sino en el Cielo. Indignado corrió en busca de Dios a quien le pregunta: “¿Por qué nunca fuiste a rescatarme? Todo el tiempo te estuve rezando y nunca acudiste a mi salvación.” A lo que Dios, simplemente responde: “¿Nunca? ¡Pero si te he enviado dos barcos!”

Cada vez que pienso en este relato, no puedo evitar recordar las palabras de Pamela Miles, Maestra Reiki y Directora y fundadora del Instituto para el avance de terapias complementarias en Nueva York, NY. Y consultora y desarrolladora de terapias complementarias en varios de los principales hospitales de esa ciudad, cuando dice: “La espiritualidad tiene dientes”.

En una época tan agitada como en la que estamos viviendo, cada vez es más fácil distinguir dos grupos de personas:

Por un lado están aquellos que se tiran al sufrimiento, dejando a un lado toda fe o esperanza y que siguen haciendo lo mismo de siempre, dejándose llevar por los momentos buenos y malos en sus vidas, dejando en sus días espacio solo para quejarse y culpar a todos y a todo por sus problemas.
Y por el otro, está un grupo de personas llenas de fe y esperanza que ante todo problema se detienen a rezar y poner todo en manos de Dios.

Yo a estos últimos les llamo ahora “NÁUFRAGOS” Y para ser sinceros no les encuentro ninguna ventaja sobre el primero.

Afortunadamente también hay un tercer grupo, el de aquellas personas que no solo son positivas y están llenas de fe y esperanza, pero que también están llenos de acción.
Aquellos que no solo piden ayuda, sin que en verdad se dejan ayudar y sí “se suben al barco”.
Este grupo de gente es quien mueve al mundo. Es el grupo que no se deja vencer por los retos y que continúa luchando.

Todos conocemos a alguien así, y no me refiero a grandes líderes como Gandhi o Mandela, sino a personas tan comunes como nosotros mismos. Talvez vean este ejemplo en algún familiar, un amigo o un viejo maestro.
¿No los ubican? Son fáciles de identificar, son justo esas personas que siempre están explorando una nueva oportunidad, esa gente de la que siempre pensamos “Que suerte tiene este, siempre le va bien”. No son súper hombres ni súper mujeres, mucho menos los elegidos. Simplemente son aquellos sujetos que sí piden ayuda, pero que no solo se sientan a esperarla, sino que salen a buscarla y toman acción.

Son esos aparentes “náufragos” que cuando piden ayuda no esperan a que aparezca el capitán del crucero del amor (wow, flashback!), sino que abordan la balsa que les ofrece la posibilidad de seguir adelante y hacen con ella su mejor esfuerzo.
Demostrándonos a todos que en realidad la espiritualidad, SÍ tiene dientes.

Entonces, hoy habría que preguntarnos: ¿A qué grupo queremos pertenecer?

Un fin de semana con Mitch y Morrie – Dos grandes lecciones más.

Recordarán la cita que hice de Stephen Covey en el artículo pasado sobre aprender enseñando y practicando.

Bueno pues aquí está la otra parte de la cita, además de compartir lo aprendido y ponerlo en práctica, también hay que reportar los resultados que vas obteniendo al aplicar ese nuevo conocimiento en tu vida diaria.

Así que muchísimas gracias a todos los que respondieron la semana pasada. Sus respuestas no solo me alegraron la semana, pero me dejaron inspirado y cargado de energía para continuar escribiendo.

Se que muchos de ustedes habrán sentido curiosidad por saber algo más sobre la historia de Morrie, así que si aún no han comprado el libro, pero siguen con la intención de averiguar un poco más sobre el, pueden visitar www.tuesdayswithmorrie.com

Mientras tanto hoy les quiero compartir dos lecciones más que recibí de este gran profesor:

Lección aprendida número 2:
Una vez que aprendes a morir, aprendes a vivir.

Tristemente pasamos gran parte de nuestras vidas como robots, haciendo automáticamente lo que la sociedad nos ha enseñado: trabajo, ambición, acumulación de bienes materiales, etc.

Y vamos por el camino como zombis andando al paso de la órdenes de ganar más dinero, vende más y compra más, trabaja más, produce más, vende más y compra más, compra más y más.

Y no le damos ni la más mínima consideración a lo que realmente es importante y nos hace feliz.
Hasta que un día nos topamos frente a frente con la posibilidad de morir, con la posibilidad de dejar de existir de un momento a otro y sin aviso alguno y si somos afortunados (y sensatos), aprovechamos la oportunidad para poner en la balanza todo lo material y lo espiritual que hemos acumulado y la triste realidad es que el resultado no es lo que esperábamos.

Y como dice Robien Sharma “Aún no he visto a un camión de mudanzas atrás de una carroza fúnebre”.

Si entendemos esto entonces nos podemos sacudir de todo lo superficial y enfocarnos en lo esencial. Podemos abrir los ojos cada mañana agradeciendo contar con un día más de vida y decidir aprovecharlo para impactar la vida de alguien más, para contribuir con tu comunidad, para darle valor a tu vida y a la de los demás.

Lección aprendida número 3:
El estatus no te lleva a ningún lugar.

Esto lo cito textual de las lecciones de Morrie.
“Existe una gran confusión entre lo que queremos y lo que necesitamos.
No se necesitan un auto último modelo ni tener la casa más grande del vecindario para sobresalir.”
“La verdad es que no se obtiene una real satisfacción de estas cosas; lo que realmente te da satisfacción es ofrecer a los otros lo que tú puedes dar.
Dedica tu vida a amar a los demás.
Dedícate a ayudar en tu comunidad.
Dedícate a crear algo que le de un verdadero propósito y significado a tu vida.”

“No te pierdas entregándote a la acumulación descontrolada de objetos materiales.

Si lo haces para demostrarle a los que tienen más que tu lo que ya has acumulado, de nada servirá, pues ellos te seguirán viendo con desdén; y si lo haces para presumirles a los que tienen menos que tu, tampoco servirá pues solo crearás envidias.
Así que solo haz las cosas que salgan de tu corazón, al hacerlo no te sentirás insatisfecho, ni envidioso, mucho menos deseando lo que otros tienen; por el contrario, te sorprenderás con todo lo que recibirás.”

A está lección quisiera ponerle un toque adicional de una enseñanza de Sharma:
No es que esté mal poseer bienes materiales o comprarse aquel juguete que querías desde hace tiempo. Lo que esta mal es que estos bienes te posean a ti.
Es decir uno puede adquirir aquellos bienes que le puedan hacer la vida más cómoda, pues no se trata de hacer un voto de austeridad, sino de hacer un voto de ser desprendido de lo material, lo que significa que tener o dejar de tener no debe cambiar en ningún caso quien eres ni la actitud de cómo habrás de vivir tu vida.

Aún hay muchas lecciones de Morrie que Mitch compartió con todo el mundo. Seguramente seguiré escribiendo sobre ellas, pero definitivamente les recomiendo leerlas personalmente y sacar sus propias conclusiones.

Mientras tanto …Gracias Robin por recomendarme este libro, una vez más tus sugerencias me han hecho pensar profundamente en mi vida. Gracias Mitch por compartir a Morrie con nosotros. Y sobre todo, gracias Morrie por todas tus lecciones y convertirte en nuestro maestro aun cuando no tuvimos el honor de estar en tu salón de clases.

Un fin de semana con Mitch y Morrie

Existe un autor, consultor, gurú, conferencista, maestro, guía o como quieran llamarlo que con su obra ha ayudado a muchos, (me incluyo en la larga lista) a darle un gran giro a sus vidas.
Seguramente lo reconocerán pues lo he citado ya varias veces hablando de otros temas en el pasado. Se trata de Robin Sharma, el famoso autor de “El Monje que vendió su Ferrari” y toda su saga de más de 5 libros y otros más, y conocido conferencista y consultor de las más importantes empresas a nivel mundial en Liderazgo y en un tema muy complejo pero muy común: la vida.
Ya habrá tiempo de hablar más de el, pero por ahora quiero comentar sobre una obra que a él le inspiró a seguir este camino.

En varios de sus libros menciona esto, pero a decir verdad me tomó tiempo darme cuenta de ello, hasta que en uno de sus textos titulado “¿Quién llorará cuando tu mueras? Lecciones de vida del Monje que vendió su Ferrari”, una obra directa y clara, escrita para retomar todas y cada una de las lecciones que a modo de novela había impartido en sus obras anteriores lo indica como una lección muy especial: ”Lección 36 – Lee Tuesdays with Morrie de Mitch Albom.”

Hace unas semanas por fin tuve oportunidad de sentarme a leerlo durante todo un fin de semana. Qué gran obra, que forma tan sencilla de transmitir las más complejas lecciones de la vida. En este recuento de un hecho de la vida real, el autor (Mitch) relata los días tan especiales que compartió con su antiguo maestro de la universidad (Morrie) mientras esperaban el desenlace de una fatal enfermedad que consumía paso a paso la vida del profesor.
No me sorprende que Sharma haya escogido esta obra como una de las lecciones para sus lectores, pues está tan repleto de sabiduría y pasión por vivir que en verdad uno prácticamente puede escuchar al mismo Morrie dar sus cátedras de vida a su amigo y alumno.
El libro, aunque por su redacción es muy sencillo de leer, hay que leerlo más de una vez, pues bien merece ser leído, analizado, digerido y estudiado una y otra y otra vez, para realmente aprender sobre un poco de su sabiduría.

Y siguiendo la recomendación de Stephen Covey en la que dice: “Para aprender no solo basta con estudiar, hay que compartir lo aprendido y ponerlo en práctica” es que quiero compartir con ustedes algunas lecciones que me ha dejado Morrie:

Lección aprendida número 1:
Lo más importante en la vida es aprender no solo a dar amor sino a recibirlo también.

Culturalmente siempre nos centramos en la parte de DAR AMOR, entendemos que nuestra labor es darlo aun cuando en la mayoría de las ocasiones no sepamos ni como, así que cuando es momento de recibirlo nos aterrorizamos.
Pensamos que no lo merecemos o que quedaremos frágiles ante aquella persona que nos está dando su amor. ¿Entonces que pasa? Nuestra inseguridad nos torna tímidos, fríos y hasta indiferentes, mostramos una extraña incomodidad ante una caricia o un beso, apenas nos abrazan y queremos soltarnos, dar la media vuelta y salir corriendo.

Y esto le pasa a muchos, no quieran aparentar que no. A ver ¿Cuántas veces como adolescentes (o algunos incluso ahora en su vida adulta) rechazaron el abrazo o beso su papá o mamá porque “ya estaban muy grandes para eso”? ¿Cuántos de ustedes no han “preferido” continuar viendo la caja idiota (Televisión) en lugar de corresponder al abrazo de su pareja? ¿En cuantas ocasiones se han negado a escuchar una palabra de aliento de un ser querido que les dice lo mucho que valen?

El amor no solo hay que aprender a darlo, hay que saber disfrutarlo. Hay que aprender a quedarse quieto, cerrar los ojos y dejarse llevar por esa extraordinaria sensación de sentirse querido, gozar cada caricia, cada abrazo y cada beso.
Después de todo ¿Cómo vamos a saber como dar amor sino sabemos qué se siente recibirlo?

Así que siguiendo con esta recomendación, que ahora hago mía también, no se queden con leer esta lección aquí, digiéranla, practíquenla y compártanla, y por favor déjenme saber el impacto que esto tiene en sus vidas.

Aún hay varias lecciones de Morrie que quiero compartir, pero hay que darse el tiempo de saborear, practicar y compartir lo aprendido así que practiquemos esta lección durante los siguientes días…pronto les compartiré las demás.

Rompiendo el grillete

Imagínense esto:

7:00 am. Es una mañana soleada y fresca, el cielo despejado, nada de contaminación en el aire, los pájaros se pueden escuchar cantar desde la habitación del señor Alegre, quien está despertando después de disfrutar de 8 horas placentero e ininterrumpido sueño.
Mientras abre los ojos, entra su hermosa esposa con un vaso de su jugo favorito recién hecho. Ella le da los buenos días con una cálida sonrisa que sin hablar le dice cuanto lo quiere y lo abraza.
8:30 am. Sube a su auto último modelo y se dirige a su oficina por un camino arbolado, libre de tráfico, que lo lleva hasta su destino en tan solo 15 minutos. Entra a su oficina y toda la gente lo saluda sonriéndole amablemente y deseándole un buen día.
5:00 pm. El día ha sido muy productivo, el señor Alegre cerró 2 tratos multimillonarios con los que asegurará el éxito de su empresa para los siguientes 20 años, además durante la comida recibió un reconocimiento por su trayectoria como el CEO más joven de la industria.
Sube a su auto, lo enciende, el aire acondicionado automáticamente detecta la temperatura y la regula mientras que n la radio suena su canción favorita, el toma su teléfono celular para hablar a casa y decir que está en camino, aprieta la memoria automática y…el teléfono no marca la llamada, lo vuelve a intentar y el teléfono se apaga. “CARAJO TELEFONO DE &$%#$#( NADA FUNCIONA EN MI VIDA!!!” Exclama frustrado.

¿Por qué será que insistimos en buscar sobre qué quejarnos? ¿Por qué nos empeñamos en ver solo lo negativo en lugar de enfocarnos en todo lo bueno que tiene la vida? ¿Por qué queremos tener amarrados a nuestros tobillos ese grillete llamado autolastima?

Talvez la situación que relato suene un tanto exagerada, pero la verdad es que conozco muchos casos así, y la mayoría lamentablemente de gente muy cercana a mi.
Incluso, para serles muy sincero, yo mismo he estado en ese lugar, haciéndome de esa carga tan negativa e innecesaria. Pero como me encontraba tan envenenado de “Victimismo”, quiero decir de ese engañoso sentimiento de ser solo una víctima más de las circunstancias y tu entorno, no podía abrir los ojos y darme cuenta de que todo lo que tenía que hacer era tomar la responsabilidad de cambiar la forma en que veía las cosas para romper con el grillete y liberarme de ese bulto.

Vamos, estoy seguro de que ni yo, ni los casos cercanos que mencione, somos los únicos que hemos estado ahí. Y lo peor es que no se necesita estar viviendo una gran crisis personal como una enfermedad o la muerte de un ser muy querido para sentirse víctima; es más en la mayoría de las ocasiones nos sentimos, o mejor dicho queremos sentirnos así, por asuntos totalmente triviales.

¿O no? Hagan consciencia, sean honestos. ¿Cuántas veces, probablemente justo ahora, se han quejado por cosas tan banales como que su teléfono celular es viejo y malo porque no tiene MP3, o que su auto modelo 2005 ya es viejo pues ya no es “del año”, o que no pueden ir a comprarse la ropa de temporada al extranjero como lo hacen sus amigas o amigos?

¿Lo ven? Sin darnos cuenta caemos en un confuso abismo de emociones negativas que van colocando una enorme venda sobre nuestros ojos y colgándonos un flamante y brilloso letrero de “Víctima de mi mismo” al cuello.

Pero esto no tiene porque ser así. En realidad vencer al “victimismo” es más fácil de lo que imaginamos. No es que exista una formula mágica para hacerlo, pero aquí enlisto tres simples acciones que he aprendido y que me han ayudad a romper el grillete:

1- Ser RESPONSABLE de mi, de mis acciones y mis reacciones: Si bien no siempre uno tiene el control de su entorno y podemos enfrentarnos a situaciones más desfavorecedoras de lo que quisiéramos, sí podemos tener el control sobre nosotros mismos y decidir como queremos responder ante dicha situación. Pase lo que pase siempre tendremos el derecho de decidir como deseamos responder.

2- Ser AGRADECIDO de corazón: No importa lo mucho o poco que tengamos, siempre debemos estar conscientes de aquello que sí tenemos y dejar a un lado lo que no.
Agradecer enaltece nuestro espíritu e ilumina nuestros días, pues nos recordamos a nosotros mismos de todas aquellas cosas que forman nuestra verdadera fortuna: nuestra vida, nuestra salud, nuestra pareja y nuestra familia, los amigos, la armonía, el trabajo, la seguridad, paz y prosperidad.
Y al agradecer día a día que tenemos toda esta fortuna, reconocemos una vez más que la tenemos y al hacerlo seguimos llamándola y trayéndola todos los días a nuestra vida.
(Leer dos veces esta última frase, o más hasta entenderla).


3- DEJAR de COMPARARSE con los demás: Entender que no es necesario buscar ser mejor que el de al lado pues de ser así te mantendrías girando en 360° sin parar. Lo que sí es indispensable es buscar en todo momento seguir creciendo y mejorándonos a nosotros mismos.

Tres sencillos pasos que puestos en marcha les aseguro que les ayudarán.

Para mi … funcionan todos los días.

Abriendo los ojos a las oportunidades de la vida.

¿Cuántas veces no hemos pensado qué haríamos o cómo seríamos si tan solo pudiéramos cambiar nuestra realidad?

¿En cuántas ocasiones hemos culpado a nuestro entorno por sentirnos de alguna manera y nos hemos tratado de engañar diciéndonos a nosotros mismos que seríamos muy diferentes si tuviéramos un trabajo distinto o si viviéramos en otro lugar, si fuéramos más delgados o si tuviéramos más tiempo o un mejor estado de salud?

Nos hacemos creer que el año próximo será mejor, que cuando encontremos otro trabajo seremos más felices, que ahora que tengamos más tiempo haremos ejercicio y pasaremos más tiempo con nuestros seres queridos, o que cuando nos sintamos más fuertes y sanos tomaremos cartas en ese asunto pendiente que nos hace sombra.

Y así dejamos que el tiempo pase y que la situación en que estamos, en el mejor de los casos se mantenga igual y, en el peor, que continúe complicándose gravemente. Y a pesar de esto no abrimos los ojos y seguimos apáticamente esperando nuestra oportunidad de oro para cambiar.

Y una cosa sí les aseguro, mientras esta sea su posición, esa oportunidad nunca llegará.

No es que sea yo pesimista, al contrario. Lo que sucede es que tenemos que darnos cuenta de que las oportunidades siempre están presentes, aún cuando nos empeñamos en no verlas.
Nos estacionamos en la situación en la que estamos y tratamos de aplicar las mismas soluciones que ya hemos intentado en el pasado y, claro, así no sucede nada… y entonces nos volvemos a cerrar, lamentándonos y no queriendo cambiar.

Y como decía Albert Einstein: “ No puedes pretender encontrar una solución a un problema haciendo lo mismo que hacías cuando lo creaste…si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.”

¿Lo ven? Solo tenemos que abrir los ojos, ver nuestra situación desde un ángulo distinto y ahí, en ese sutil cambio de actitud, estará pacientemente esperando la oportunidad.

Citando al escritor Francés Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no está en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos con que verlos:”

¿De acuerdo? Bien. Entonces la primera parte del cambio está resuelta.

Ya cambiamos nuestra visión y encontramos nuestra oportunidad. Ahora, HAY QUE ACTUAR.

Hay que tomar esa oportunidad y transformarla en ese cambio que buscamos. Y hay que hacerlo ¡YA!
No se puede esperar o de lo contrario me temo que por nuestra inacción, se desvanecerá.

Las oportunidades están siempre ahí pero hay que tener el valor de tomarlas y actuar.

No hacerlo sería como declararle al mundo que no somos responsables de nuestra propia vida. Rendirnos a ser llevados y traídos como una hoja de palma flotando a la deriva en el mar.Sería convertirnos en casualidad, cuando debemos ser causalidad.

Tenemos la obligación de tomar la responsabilidad de nuestra vida y no ser víctimas de nuestro contexto.

La responsabilidad sobre como decidimos vivir nuestra vida es un don que se nos da al nacer.
Claro, entiendo muy bien que no siempre nuestro contexto y nuestra realidad es la más favorable, pero aún así tenemos la responsabilidad de escoger como queremos ver nuestro momento:

Igual que siempre, para seguir lamentándonos ó usando nuestros nuevos ojos y tomar acción, de otro modo, la vida continuará actuando por nosotros.

En resumen:

OPORTUNIDAD = VISIÓN + RESPONSABILIDAD
+ ACCIÓN.

Una razón importante para continuar trabajando.

Tuve una junta muy desalentadora la semana pasada. En ella mi jefe me explicaba las malas noticias sobre la situación de la empresa que impedirán que en los próximos meses se hagan ajustes salariales, promociones, entrenamientos y reclutamiento de talento.

Cabe destacar que no es la primera ni la tercera vez incluso, que tenemos esta discusión, ni muchas otras en las que nuestros desacuerdos y diferencias de visión se hacen tan evidentes.

Verán ustedes: Resulta ser que a pesar del éxito que como unidad hemos tenido en mi equipo de trabajo durante los últimos 16 meses, aún cuando con recursos tan limitados hemos logrado salir adelante por encima de otras unidades que cuentan con muchas más recursos, no habrá ningún reconocimiento, ni un gesto que haga a la gente sentir que su trabajo y esfuerzo ha valido la pena.
“En Octubre pasado, cuando nos avisaron que no habrían revisiones de sueldos en noviembre, dadas las nuevas políticas del grupo, dijeron que esto tendría lugar en el mes de Mayo y la gente está ansiosa esperando el momento. Así que si ya saben que esto no va a ser así mas vale que desde ya den un aviso formal” Le insistía yo con preocupación.

Su repuesta: “Avísales tu, por eso tienes la posición que tienes…”

Podrán imaginarse mi sentir, y si se han visto en una situación similar, también estarán sintiendo mi frustración crecer.

Dado que no soy ni más sabio, ni más fuerte, ni mas iluminado que nadie de ustedes; sino talvez más confundido que un Mickey Mouse aprendiz de hechicero luchando contra escobas y trapeadores bailarines que intentan atraparlo en un río de agua y jabón; mi ánimo como es de suponerse, se fue al suelo en ese momento.

Por mi mente cruzaban mil y un pensamientos, por mí ser aún más emociones:
“¿Dónde estamos parados? ¿Vale la pena esforzarse tanto por una empresa que ni siquiera es mía y que por lo visto jamás me reconocerá mi dedicación? Pensé que aquí serían diferentes. A partir de hoy mi horario y nada más…”

¿Cuántas veces no han pensado ustedes lo mismo? Se que muchas pues varios lo han compartido conmigo en más de una ocasión.
¿Y saben? De primera impresión parecer ser un sentir correcto, pero nada podría estar más equivocado.

En realidad tenemos que entender que si bien, efectivamente, trabajamos a cambio de un sueldo, un sustento con el que hacemos frente a los gastos en que incurrimos para cubrir nuestras necesidades; también lo debemos de hacer para colaborar con nuestra comunidad.

¿O qué no es por esto que nos afiliamos a una empresa en primer lugar?

Verán, mi teoría parte de algo muy básico y nada extraño: Una empresa o compañía no es más que un grupo de personas que se juntan para trabajar en pro de un objetivo común. ¿Correcto?

Y si ese objetivo común lo desnudamos a su forma más elemental, veremos que, más allá de de vender y generar dinero, pero mucho, muchísimo más allá; la razón de ser de ese grupo de personas es ayudar a cubrir una necesidad real de la sociedad en que vivimos.

Así que visto de esta manera, cuando trabajamos para una “empresa” no solo deberíamos enfocarnos en qué recompensas obtendremos a cambio de nuestra labor. Y no estoy diciendo que esto no sea de suma importancia pues queda muy claro que necesitamos proveer a nuestras familias de pan, techo y que vestir. Pero lo que también deberíamos hacer es poner cuidadosa atención en preguntar CÓMO PODEMOS SERVIR.
Cómo nuestro trabajo diario ayudará e impactará la vida de los demás.

A veces algunas compañías tiene clara esta visión y la comparten eficientemente con sus miembros, como el ejemplo que usa Robin Sharma en su libro -Las 8 claves del liderazgo…- sobre como el presidente de Southwest Airlines, una famosa aerolínea de bajo costo del sur de los Estados Unidos, demostró a su equipo de colaboradores que al establecer sus bajas tarifas aéreas permitirían “volar regularmente a gente que jamás había podido permitirse ese lujo” y comprobó a su gente que su trabajo iba realmente a ayudar a que otros cumplieran sus sueños y vivieran mejor.

Pero aunque en la mayoría de las ocasiones el beneficio de contar con una visión tan clara no está ahí, esto tampoco debería ser un problema, pues está en cada unos de nosotros la capacidad de entender como a través de nuestro trabajo podemos servir. Como bien decía Gandhi: “Tú debes ser el cambio”.

Por ejemplo, yo como publicista manejo la cuenta de una conocida marca llamada Gerber. Si veo mi trabajo desde el típico punto de vista frívolo, característico de mi capitalista ocupación, me quedaría en que mi obligación es ayudar a que la marca se venda.
Pero si no limito mi visión y me pregunto realmente como es que eso aporta a la sociedad en que vivo, me puedo dar cuenta de que al hacer mi trabajo, estoy ayudando a acercar una opción más de alimento a los padres de familia que buscan complementar la nutrición de sus bebés. ¿Y qué labor más noble que la de dar de comer a un bebé?

Viéndolo así ¿no creen que vale la pena seguir trabajando?

Pero por si esto fuera poca razón para ustedes. Por si acaso este ejemplo lo sienten muy lejano, entonces pensemos en como nuestro trabajo ayuda a hacer más fácil la labor de nuestros compañeros, no del ente llamado “empresa” sino del grupo de gente que la forma. De esas personas con quienes convivimos día a día, con quienes por suerte o por elección, compartimos logros, penas y más logros.
Es también por ellos que no debemos flaquear y por quienes también nos debemos esforzar. Simplemente se los debemos.
Como sabiamente decía Albert Einstein: “Muchas veces me doy cuenta de que una gran parte de mi vida exterior e interior se basa en el trabajo de mis semejantes y entiendo cuanto debo esforzarme para devolver tanto como he recibido.”

Así que después de haber meditado tanto al respecto, he llegado a entender que ante una situación como la que comencé relatando, tenemos dos opciones:

Cerrarnos y envolvernos de una miopía egoísta y caer en el enfado sin querer trabajar más ó preguntarnos ¿Cómo puedo servir?

Yo hoy elijo buscar cómo voy a servir. ¿Ustedes?

You give a little love and it all comes back to you

Que buen mensaje!

Como muchos de ustedes deben saber es ya una tradición que año con año los más grandes anunciantes de la televisión produzcan versiones especiales de sus comerciales o incluso campañas totalmente nuevas e impactantes para lanzar en los espacios comerciales del Super Bowl.
Así que, como el buen publicista, vicioso de su trabajo que soy, no pude dejar la ocasión y me di a la tarea de buscar todos los anuncios que este año se transmitieron.

¡Que buenas piezas publicaron! Unas más divertidas que otras, muchas siguiendo el clásico formato de un comercial de televisión, algunas con clichés y estereotipos, otras aprovechando a los personajes que ya habían creado o a celebridades que, para ser muy franco, no venían mucho al caso.

Pero de todos los comerciales que se transmitieron solo hubo uno que captó mi atención absoluta y me hizo realmente pensar en el mensaje que enviaba.
Y que buen mensaje era: “You give a little love and it all comes back to you”
El nuevo comercial de TV de Coca Cola, en el que al mejor de los estilos de esta marca, aprovecharon muy bien la integración de un fuerte concepto, con una gráfica de alto impacto (en este caso basada en el video juego Grand Theft Auto) y una canción pegajosa, de letra sencilla y gran significado.

Los autores de este comercial se basaron en el personaje del video juego: un tipo violento que se dedica al robo de autos mientras que golpea a quien sea que se le ponga en el camino; y le dieron un giro de 180°, pues en esta versión de 20 segundos el sujeto, quien parece estar a punto de golpear a un conductor, le da una botella del azucarado líquido embotellado al tiempo que al fondo, sentado en la banqueta con el estuche de su guitarra frente a el, un músico callejero canta “you give a little love and it all comes back to you”.
Y de ahí el personaje principal continúa su camino haciendo buenas obras a su paso, apagando incendios, rescatando el bolso de una anciana y contagiando a todo el que pasa a su lado de este sabia actitud.

Fuera del juego comercial que esto presenta, y de lo bien hecho que, como publicista, debo reconocer que está, creo que el valor real de este mensaje no esta en el producto sino en su significado: Dar amor siempre traerá consigo abrirse a recibir amor. Tener actos de bondad con otros siempre traerá bondad de regreso.
La vida, dios, el universo o como quieran llamarlo, es muy sabia y, como dicen por ahí: “es muy corta, te cobra y te paga”.

Y que cierto es esto. Y es que no es necesario estar en la búsqueda frenética de acumular bienes y beneficios para uno mismo. El objetivo de la vida no es este.
La razón de nuestro ser no es jalar y recoger, sino brindar ayuda y darnos a los demás.
Abrirnos de corazón y buscar hacer algo por los demás, no importa que tan pequeño o grande sea ese algo, lo importante es estar ahí para los demás.

Lo más curioso de esto es que si comienzan a hacer esto, desde el primer momento en que decidan hacer algo por los demás; y no me refiero a dejar sus vidas y dedicarse a convertirse en imitadores de la Madre Teresa de Calcuta; sino que hagan algo día a día por impactar la vida de quienes los rodean, una sonrisa incluso puede ser la mejor forma de ayudar; se darán cuenta que en efecto, todo viene de regreso.
Haces algo por alguien e inmediatamente tienes tu premio.

¿Y saben por qué? No porque se trate de una transacción entre actos de buena fe, sino porque al buscar ayudar a los demás te abres a recibir de los demás, abres tus ojos a otra realidad, en la que colaborar y aportar es la moneda en que mejor te puedes pagar.
Sino me creen ¿por qué no comienzan hoy mismo a probar? ¿por qué no sonreírle hoy a la primera persona que se cruce en su camino, o ser el primero en decir “buenos días” al subirse al ascensor, o invitarle su café al desconocido que está delante de ustedes en la fila de la cafetería, por ninguna aparente razón?

¿Raro? No lo creo. ¿Necesario? ¡DEFINITIVAMENTE!

Así que en lo que se deciden, los dejo con el spot de televisión. ¡Que lo disfruten!