¿Y tú qué ganas?

Todos trabajamos a cambio de algo.

El trueque, el intercambio de bienes y servicios y de la realización de una labor a cambio de un salario, sigue siendo la base de la economía, sin embargo no todos trabajamos tan solo para ganar dinero, sino que buscamos recibir algo más.

El problema está en que con frecuencia no sabemos exactamente qué más queremos ganar como producto de nuestro trabajo.

Hay quienes quieren ganar más dinero del que puedan gasta en su vida.
Hay quienes quieren ganar poder sobre los demás.
Hay quienes quieren ganar el pase para construir una vida distinta más adelante.
Hay quienes quieren ganar lo suficiente para comprar su paz y tranquilidad personal.
Hay quienes quieren ganarse el reconocimiento como un líder de opinión.
Hay quienes quieren ganar la admiración de otros y ser famosos.
Hay quienes quieren ganar la posibilidad de dejar atrás un legado.
Hay quienes quieren ganar la posibilidad de trascender e impactar la vida de los demás.

Sea lo que sea que quieres ganar con tu trabajo, piénsalo bien. Porque si lo único que quieres ganar es mucho dinero y ya, aunque se vale, probablemente sea exactamente eso lo único que vayas a ganar.

Piénsalo.

Algunas lecciones parte 1: De colaboradores, valores, principios y prioridades.

Lecciones. Puedo decir con confianza que, de los últimos tres años, tengo todo un almanaque de estas.

Dicen por ahí que la única manera de terminar de aprender algo es compartiendo tu experiencia con los demás. Que una vez que seas capaz de explicar con algo de claridad lo que has aprendido, podrás terminar de grabar esa lección en tu mente; y que conocimiento que no se comparte pierde por completo, su valor.

Así que ahora, intentaré hacer algo de sentido de algunos de estos aprendizajes, compartiéndolos aquí. Empezando por la enorme importancia que tiene saber rodearse de las personas correctas y tener mucho cuidado en entender a quiénes dejamos entrar a nuestras vidas.

“Si quieres llegar rápido, viaja solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”, dice con mucha razón el dicho. Lo que no dices es que si no somos cuidadosos, la compañía que elegimos, no solo no nos ayudará a llegar lejos, pero también nos detendrá, o al menos entorpecerá nuestro avance.

Si las personas de quienes nos rodeamos no tienen valores semejantes a lo que nosotros más valoramos, si no se rigen por principios similares a los nuestros y si no comparten la misma misión, difícilmente caminarán en la misma dirección.

Puede ser que en un inicio la emoción de comenzar una nueva aventura empuje a unos a ceder un poco y a otros también, para alinearse con las prioridades y objetivos que han trazado. Pero poco tiempo se requiere para que cada quien vaya mostrando (o monstruando) sus “verdaderos colores”.

El primer reto es que todos compartan la misma misión, con la misma pasión. Si alguien no está cien por ciento alineado con la meta y el plan de acción que han definido, pronto de distraerá con otro camino.

El segundo obstáculo que hay que sortear es que todos compartan los mismos valores. Puede ser que todos estén convencidos de que la dirección que han trazado para el grupo, es la correcta, pero si alguien en el grupo, en realidad no valora el “por qué” están haciendo lo que hacen, y solo está ahí porque le parece una buena manera de ganar algo de dinero, mientras “ayuda” a una buena causa, la causa más importante para este será tener más dinero y en tanto esta oportunidad se le presente se irá sin dejar huella alguna, abandonado al grupo tal vez incluso cuando más se le necesita.

Y el tercero y más importante tropiezo que podemos llegar a enfrentar es que, en efecto todos compartan apasionadamente la misma misión y que todos sostengan los mismos valores; pero si tan solo un miembro del equipo no se rige por los mismos principios, más temprano que tarde, la burbuja reventará. Puede que todos quieran llegar al mismo destino y todos valoremos mucho la perseverancia y el éxito, pero si en los principios de otro no está la honestidad y la honradez, puede anular por completo ese éxito. Puede que todos valoren muchísimo el desarrollo del talento, pero si en principio alguien lo hace por el reconocimiento y prestigio que esto le puede traer versus el impacto que puede dar ¿a qué le pondrá mayor atención?

Al inicio, en medio de la confusa emoción de emprender un nuevo camino, puede parecer que todo funcionará muy bien, pues nos hemos asegurado de tener las herramientas y sobre todo a las personas correctas con el conocimiento preciso y las experiencia exacta para nuestro recorrido, pero si en el fondo la misión no es la misma para todos, si en verdad no compartimos los mismos valores y no son los mismos principios los que rigen esa caravana, muy pronto esta se desmantelará en los intereses escondidos que algunos ocultaban.

De ahí la tremenda importancia de aprender a asociarse y rodearse de las personas correctas.

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Vueltas de la vida.

Han pasado casi tres meses desde el último post aquí en DLC. Los retos enfrentados en ese tiempo consumieron de alguna manera mis ganas de escribir. Mi atención era requerida en otros asuntos críticos que requerían inmediata solución.

Por fortuna las aguas se han calmado y, aunque todavía quedan algunos temas por resolver, como al final de cada tormenta, el río toma su cauce y todo comienza poco a poco a caer en su lugar.

¿Qué debo escribir para regresar a DLC?, ha sido una pregunta que me ha dado vueltas a la cabeza en las últimas semanas y, sobre vueltas precisamente es que un tweet de mi amigo Dani Granatta (aunque él no lo sabe, que somos amigos sí, que inspiró mi post no) me recordó sobre lo que quería compartir: “A veces la vida te lleva por senderos que ya caminaste, para que puedas comprobar cuánto has cambiado…”

Y es que a veces, nuestro ego nos ciega tanto que cuando se nos presenta la oportunidad de hacer algo que ya hemos hecho, pensamos que sería un retroceso volver a hacerlo porque creemos que hemos crecido más allá de eso, cuando en realidad el volverlo a hacer es justo lo que nos permitirá, no solo saber cuánto hemos crecido, evolucionado y madurado en realidad, sino poner todo ese aprendizaje, experiencia y madurez, en servicio de otros.

Con frecuencia lo que pensamos que puede ser un paso atrás es en realidad la maravillosa oportunidad de regresar a hacer lo que mejor sabes y más disfrutas hacer y poner tu experiencia, fortalezas, habilidades y competencias al servicio de los demás.

De recordar tu propósito en la vida y tener un norte que te sirva de guía y te ayude a entender que ninguna definición de ti mismo es definitiva y que puedes cambiar cuantas veces sea necesario, volver atrás y volver a avanzar, detenerte brevemente para analizar, pensar, aprender y de nuevo comenzar una nueva vuelta para llegar al final a formar y a vivir la vida que quieres para tí.

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Dive in…

Imagínate subiendo por la escalera de una plataforma de clavados por primera vez. Pasas el trampolín de los tres metros y continuas subiendo hasta la plataforma de los 10 metros, mientras te preguntas qué estabas pensando cuando decidiste hacer esto, y evitas a toda costa voltear hacía atrás.

Al fin llegas hasta la cima, pones un pié en la plataforma y luego el otro.  Los tres metros de ancho te resultan demasiado angostos para poderte mover (si tu cuerpo te lo permite) y eternos te parecen los 6 metros de largo que ahora tienes que recorrer.

Poco a poco recuperas el aliento y algo de movilidad. Te acostumbras al espacio pero sabes que no puedes quedarte ahí, tienes que continuar. Un pié frente al otro y el primero otra vez, comienzas a avanzar. Sabes que tienes que saltar, por eso haz subido hasta allá.

Cada paso representa unos segundos más para hacerte de valor. Tres pasos más y estarás a punto de saltar. Solo medio paso más y nada te detendrá.  Es el momento de la verdad, en el que te demostrarás lo mucho o no tanto que crees en ti.

Voltear atrás y regresar por donde llegaste resulta ahora mucho más peligroso que saltar, y quedarte donde estás lo es aún más. Tienes que saltar.

Lo piensas dos veces y una vez más. Calculas los escenarios e imaginas más de una situación. Recuerdas a todas las personas que has visto saltar. ¿Cómo lo hicieron?

Decenas de emociones sientes a la vez. La duda te invade. El valor crece pero el miedo también. Quieres reír, quieres llorar. Abajo la gente grita porras y lanza frases de ánimo, prometiéndote que todo saldrá bien; ¿pero qué saben ellos si están cómodos y seguros donde están? Atrás de ti viene alguien más que quiere saltar. Sientes la presión. Te llenas de ánimo y la adrenalina recorre tu cuerpo. Ha llegado el momento y entonces das un paso para atrás y recuerdas que regresar no es ya una opción.
Quedarte ahí colgado, mucho menos lo es.

Solo hay dos opciones al frente, saltar con intención y dirección, confiando en que la caída será segura o solo dando un paso adelante y dejándote caer, dudoso de dónde y cómo caerás.

Estás a punto de hacerlo… y en eso despiertas y recuerdas que no es una alberca la que hay ahí abajo, sino el siguiente paso en tu carrera, mejor dicho en tu vida, el que vas a dar.

Así que tu, sonríes y…

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Sueños

¿Hasta dónde avanza un sueño?

¿Hasta dónde avanza un sueño? ¿Hasta qué punto somos capaces de llegar por alcanzar un ideal y en qué momento ese sueño se convierte en nuestra propia pesadilla?

Vivimos en una sociedad de definitivos, en la que desde pequeños nos enseñan que tenemos que escoger qué seremos y haremos por el resto de nuestras vidas, pre-definiendo como habremos de vivir a partir de que tomemos esa elección.

¿Pero en realidad tenemos que seguir un solo camino por siempre? ¿En verdad son tan definitivas las decisiones que tomamos?

Si decidimos seguir un camino, entonces ¿ya no podemos tomar otro más adelante?

¿No puede ser que nuestros sueños cambien con el paso del tiempo, de acuerdo a la situación que estamos viviendo o que retomemos viejos sueños que teníamos guardados en algún lugar?

No quiero decir con esto que abandonemos nuestros sueño cada vez que enfrentemos alguna dificultad, pero ¿en verdad toda nuestra pasión se tiene que enfocar a un solo sueño, aún cuando se convierta en obsesión? ¿Que no podemos seguir dos, tres o más sueños a la vez durante nuestra vida?

Porque creo que la única definición definitiva en nuestra vida, debería ser que sí somos soñadores capaces de vivir todos nuestros sueños.

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Menos estrellas y más artesanos.

Desde siempre, la mayoría de las personas hemos aspirado, en distintos momentos de nuestras vidas a ser estrellas en algo; en la escuela, en el trabajo o hasta en los restaurantes que frecuentábamos deseábamos ser reconocidos y famosos.
Pareciera que ser famoso, incluso si era por un mal nombre, era un símbolo de éxito.

Hasta hace poco, muy poco realmente, eran solo algunos cuantos quienes tenían la oportunidad de, en efecto, hacerse famosos: actores, jet setters, empresarios prolíficos o políticos eran quienes típicamente ocupaban las listas de popularidad.

Por supuesto cada gremio tenía sus propios grupos de famosos. Pero, más frecuente que no, a estas personas se les reconocía por su trayectoria profesional, por su aportación a la industria y sus historias, bien ganadas de éxito. Y si había quien se hiciera famosos de la noche a la mañana, usualmente era por un mal nombre o un “one hit wonder” que se perdía de vista al poco tiempo.

No, ser una estrella, no era para cualquiera.

Entonces las redes sociales llegaron, con la maravillosa promesa de que, con el mínimo esfuerzo y poco, muy poco trabajo, cualquiera podría acceder y escalar en las listas de popularidad. Y no solo eso, sino que muchos podrían simular e inventar una personalidad, que digo personalidad, una vida completa alterna a su realidad.
De repente, nombres de personas que jamás se habían escuchado en una u otra industria comenzaron a escucharse y nuevos famosos se engendraron, no por su trabajo o contribución, sino por la simpatía de sus perfiles.

Y hoy, prácticamente cualquiera puede ser, o sentirse, una estrella. Pero más estrellas es justo lo que menos queremos. Personas que su único motor es sentirse reconocidas, que lo único que quieren es auto-satisfacer su ego y llenar sus arcas, son lo último que necesitamos.

No, ya no queremos estrellas. Hoy queremos artistas.

Artistas, o al menos así es como pensadores como Seth Godin o Robin Sharma les llaman es lo que sí necesitamos. O artesanos, como prefiero llamarles yo.
Personas que, más que estar obsesionados por ser populares, hacen de su trabajo, el que sea, un arte; casi una pieza de colección con la que conectan con quienes trabajan y viven a su alrededor.

Artesanos del alma que con su trabajo y esfuerzo buscan tocar la vida de los demás y dejar a la persona, la empresa, la industria, la comunidad, la sociedad y el mundo con el que conviven todos los días, mejor de lo que lo encontraron.

Artesanos de corazón que saben que no importa cual es su título en una organización, ni su lugar en el organigrama para tocar la vida de otros y hacerlos sentir y estar mejor.

Artesanos que sin importar si son el CEO de una empresa, un maestro en una escuela, un policía en la calle, un ejecutivo de ventas, etc. no buscan el aplauso de la masa, sino la sonrisa de quienes con una mirada les dicen, gracias porque con su esfuerzo y trabajo buscan todos los días, desde su trinchera, hacer un lugar mejor para todos.

Artesanos que hagan de su empresa un taller y de su trabajo una pieza única, distinta y especial con la que tocan la vida de los demás.

No, no necesitamos más estrellas. Necesitamos muchos más artesanos.

Recetas de vida… no las hay.

Ayer, durante la comida, una querida amiga me contó una breve fábula:

Un día una mujer le prometió a su esposo que prepararía su platillo favorito: Pierna de cerdo al horno, con la receta secreta de su mamá. Siempre que él prometiera acompañarla al mercado a comprar todo lo necesario.Entusiasmado el hombre aceptó. Al día siguiente, de acuerdo a lo planeado, fueron al mercado donde puesto por puesto compraron todos los ingredientes que la famosa receta indicaba. Cuando llegaron a la carnicería la señora le dijo al carnicero: “Me da por favor una pierna de cerdo y le corta 5 centímetros de la parte más ancha por favor.” Extrañado, el marido le preguntó: “¿estás segura de lo que pediste? ¿Quieres que le quiten 5 centímetros de la parte más ancha de la pierna? ¿Por qué?”. A lo que ella simplemente respondió: “claro, así lo dice claramente la receta de mi mamá”, a la vez que le mostraba, con toda la confianza y confort que tener un contrato por escrito da, el papel que, en puño y letra de su mamá, contenía la tan famosa receta.
El esposo no pudo con la duda así que en la primera oportunidad que tuvo, preguntó a la mamá de su esposa por qué la receta decía que había que quitarle 5 centímetros de carne a la parte más ancha de la pierna de cerdo. A lo que ella contesto con similar certeza: “porque así lo indica la receta que me pasó mi propia madre.”. El señor, ahora aún más integrado por esta receta trans-generacional, visitó a la abuela de su esposa con el propósito único de saber por qué su receta secreta indicaba, con tan absoluta claridad, que para preparar su famosa pierna de cerdo había que quitarle 5 centímetros de la parte más ancha de la pierna. La abuela, incrédula ante semejante pregunta, con ternura respondío: “fácil hijo, porque sino se los quito, la pierna de cerdo no cabe en el horno de mi cocina”.

Y tengo que preguntar: ¿Cuántas veces no hemos hecho o dejado de hacer algo porque la receta que nos pasaron considera un ajuste que era, en realidad, específico y único para las condiciones de vida de otra persona?

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Siempre hay una receta de vida que queremos seguir.

Con mayor frecuencia que no, seguimos la receta que otros han preparado para nosotros y recorremos el camino que nuestro círculo social ha dado por bueno para nuestra vida. Con buenas intenciones, por costumbre, porque así lo hicieron otras generaciones en tu familia, etc, nos apegamos al instructivo de “cómo tú vida debe ser”, aún sin entender por qué o quién dijo que así tenía que ser.

En otras ocasiones, buscamos la fórmula secreta para “tener una vida exitosa” viendo la vida y obra de otros y pensando que si seguimos su camino podremos, entonces, vivir igual que ellos; olvidando que esa es la vida de otros y que no existe razón alguna por la cual las cosas tengan que funcionar exactamente igual para nosotros.

Algunas veces también, pretendemos dejar la responsabilidad del mapa que habremos seguir, en manos de alguna corporación que nos dicte cuándo, dónde y cómo habremos de seguir dicho mapa.

Y en otras también, de forma aún más trágica, bebemos demasiado de nuestro propio jarabe y formamos una imagen idealista e inflexible de lo que pensamos que nuestra vida debe ser para sentirnos felices.
En un inicio, tener una visión clara del estilo, forma, tipo y nivel de vida que queremos tener es muy bueno pues nos hace responsables de crear, construir y vivir nuestra propia vida. Pero entonces, si no somos cuidadosos y tomamos en cuenta que hay subidas y bajadas, cambios repentinos en nuestro entorno, responsabilidades y compromisos que cumplir, nuestra visión de vida se convierte, peligrosamente, en una obsesión que más pronto que tarde, obstaculiza la realización misma de la visión de vida que hemos definido. Opacando nuestra propia visión y limitando nuestro espacio de acción para movernos y hacer los ajustes necesarios a nuestro recorrido, trazar los nuevos caminos en nuestro mapa, asumir nuevos riesgos y recorrer el camino necesario para construir y vivir la vida que queremos vivir.

Porque no basta con solo soñar y pre-escribir una receta para vivir la vida que queremos tener; necesitamos vivirla con sus bajas y altas, con sus retos y cambios y con los grandes momentos y logros que hacen que todo, al final, valga la pena lo recorrido.