De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

Brújula de vida y el reencuentro contigo mismo. #Repost2015

Perderse a si mismo puede ser mucho más fácil de lo que parece…

El estrés del trabajo, la presión social, las expectativas de los demás, las obligaciones laborales, las económicas, la influencia de quienes nos rodean y las condiciones en las que vivimos son algunas de las cosas que con facilidad pueden hacer que, más rápido de lo que creemos, perdamos la visión de quiénes somos en realidad. Que perdamos de vista lo que nos gusta, lo que nos interesa, lo que nos apasiona.
Peor aún, algunos olvidan incluso sus valores, sus principios, sus prioridades. Y descuidan, a favor de otros, sus propia vida, sus propio ser.

Pasan tanto tiempo intentando saciar las expectativas de los demás y cumplir con las agendas de otros que, por cumplir los sueños de alguien más, dejan los propios olvidados, enterrados en la aprobación de un extraño a quien en realidad poco le interesa lo que otros quieran lograr.

¿Lo has notado en ti?

Esa sensación de desconocimiento de ti mismo cuando te descubres respondiendo a otros justo como detestas que te conteste tu jefe o reaccionado exactamente como juraste que no harías jamás porque odiabas como lo hacían tus padres.
¿Te has sorprendido a ti mismo sacrificando el tiempo de tu familia, el momento de procurar tu salud o comprando eso que sabes que no necesitas pero con lo que piensas que quedarás bien con los demás?

Perderse es fácil, reencontrarse lo puede ser también.

Es cuestión de principios, valores y congruencia.

Quiero decir, todos tenemos distintos elementos en nuestra vida que valoramos mucho más que otras cosas; por lo general estas son nuestra salud, nuestra familia o nuestro trabajo, aunque pueden ser muchas otras cosas más.

También tenemos principios con lo que aspiramos a regir nuestra vida. Honestidad, gentileza o amabilidad y agradecimiento son, por ejemplo, algunos de los principios con los que intento dirigir todo lo que hago día con día.

Cada quien tiene los suyos y cada quien le asigna cierta prioridad a cada cosa.

El problema viene cuando decimos que algún valor o principio es prioritario para nosotros y sin embargo, sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo, lo relegamos a un segundo nivel, favoreciendo las prioridades de otros sobre las nuestras. Es ahí cuando cuando corremos el riesgo de perdernos.

Congruencia como brújula de vida.

Poco más de hace tres años escribí por primera vez sobre la Rueda de vida como herramienta para medir que tan alineadas están nuestras acciones con nuestras prioridades. Una herramienta que no se usa una sola vez sino tanto como sea necesario para asegurarnos de continuar en el camino que queremos recorrer para vivir la vida que queremos vivir.

Basta con trazar un círculo y dividirlo en 8 partes. Ahora, a cada octavo hay que asignarle las cosas que más valoramos en nuestra vida: vida familiar, excelente estado de salud, libertad financiera, carrera profesional, desarrollo personal, convivencia con amigos, aportación a nuestra comunidad y libertad personal, son en mi caso cosas que valoro mucho en mi vida.
Después tendrás que calificar cada octava parte, siendo 10 la máxima calificación y 1 la más baja. No necesitas pensarlo demasiado, califica con sinceridad y date cuenta de cuáles son las cosas que estás dejando atrás y que debes procurar y recuperar.

Captura de pantalla Moleskine rueda de vida 2015-02-03 a las 08.55.44Es un recurso simple de usar y que , aunque a veces la respuesta que nos da puede ser mucho más severa de lo que anticipamos, nos ayuda a formar parte de distintos grupos, colaborando por construir la visión de estos, sin perder de vista la propia.
Porque está bien formar parte de la visión de un grupo y asumir su sus objetivos como tuyos.
Pero perseguir sus metas debe también acercarte a las tuyas. Aportar al éxito de tu equipo debe también ayudarte a hacer, siempre, una mejor versión de ti.

 

11 señales de que tienes un gran cliente.

Es normal, aunque no siempre correcto, escuchar a decenas de profesionales, de cualquier profesión y oficio, quejarse de sus clientes. Resulta más común oír a gente criticando el trato que reciben de sus clientes que reconociendo el buen trabajo de estos, pero la realidad es que buenos clientes, no importa en qué industria, sí los hay.

Es más, podría apostar a que si ponemos un poco de atención en el trabajo que hacemos todos los días, no para, sino en equipo con nuestros clientes, podríamos encontrar en esa relación, una o varias de 11 señales que nos dejan saber que tenemos grandes clientes:

  1. Involucran a sus proveedores o socios de negocio clave, como consultores, agencias de publicidad y comunicación, asesores financieros , etc. en las decisiones estratégicas que tienen que ver con los objetivos y resultados de su negocio.
  1. Comparten abiertamente con sus partners , información importante sobre el negocio que ayuda a comprender el porqué de las decisiones que se toman.
  1. No piden trabajo sin sentido a sus agencias y proveedores sólo para cumplir el capricho de algún director en la organización. Defienden el valor del trabajo de ellos como lo que es: el suyo.
  1. Se hacen responsables de sus pendientes olvidados y del trabajo que no quieren o sienten que no tienen tiempo de hacer, sin pasarlo irresponsablemente  al ejecutivo de la cuenta que los atiende.
  1. No tratan a sus socios de negocio clave como un proveedor desconocido y desconectado al que le piden trabajo como si se tratase de un kilo de tortillas. Por el contrario, los lideran como lo que son, un integrante importantísimo de su equipo de trabajo.
  1. Evitan el re-trabajo de sus colaboradores proveyendo dirección clara desde el inicio. Son claros en la definición de las expectativas del trabajo requerido y lo son aún más al dar retroalimentación sobre el recibido.
  1. Respetan el tiempo de las personas involucradas en su cuenta. Evitan el “juntismo” y son cuidadosos al convocar sólo las reuniones que son imprescindibles para avanzar en los proyectos en curso y a la vez, sólo invitan a estás a las personas indispensables para conducir la reunión y tomar decisiones que resulten en acciones.
  1. También respetan el tiempo libre de las personas involucradas con su cuenta. Tratan de organizar el trabajo de modo que sean puntuales en sus solicitudes y retroalimentación; y reconocen que la gente en su equipo necesita tiempo de descanso y recreación para ser creativos, innovadores, eficientes y eficaces en su trabajo. Jamás usan frases como “no me importa que no duerman, mañana me lo entregan.”
  1. Reconocen la importancia del trabajo que sus socios de negocio hacen para su organización. Piden las cosas por favor, explicando porqué es importante lo que se está solicitando  y si se equivocan desde adentro, en su trabajo, tienen la confianza para, con transparencia, pedirle a sus socios ayuda para resolver el problema en el que se metieron.
  1. Aprecian el  talento y la experiencia de las personas involucradas en su negocio y escuchan las recomendaciones que estos profesionales les hacen, tanto para lograr los objetivos de negocio, como para mejorar los procesos de trabajo.
  1. Celebran el buen trabajo de sus proveedores, dándoles el crédito de los logros y éxitos obtenidos y aceptando la co-responsabilidad que tienen con ellos cuando las cosas no salen como se planearon.

Screen Shot 2015-02-15 at 9.48.29 PM

7 maneras en que es distinto el rol de líder al de un director.

Hay una crisis de liderazgo en la industria de la comunicación y la publicidad. Una crisis provocada, me parece, por la confusión entre lo que hace un director (creativo, de cuenta, de planeación, de producción, de lo que sea…) y lo que el rol de un líder deber ser.

Supongo que en otras industrias sucederá algo similar, pero en esta, la de publicidad, en la que la acostumbrada inercia del trabajo de décadas nos ha llevado a ser muy rápidos en juzgar y calificar el trabajo de los demás, esta crisis se puede notar mucho más.

Puede ser que la propia naturaleza del trabajo para el que se nos contrata como publicistas, nos haya llevado a caer en esta crisis en la que, a pesar de tratarse de un trabajo “creativo” e “innovador”, la mayoría deja de pensar y arriesgar para ejecutar lo que una o dos personas terminan por instruir de manera casi uni-direccional, imponiendo sobre los demás su visión de lo que debe ser y cómo se debe hacer.

Y no es su culpa en realidad. Por años hemos sido contratados para eso, para estudiar una situación, entender el problema y tener un punto de vista o respuesta específica para solucionar dicho problema.

Sin embargo, en algún lugar del camino perdimos de vista que hay cientos de posibles soluciones a un mismo problema y no siempre la que proponga un solo director, será la correcta. Y aún así la gente, su gente, espera recibir de éste una solución acompañada de una clara instrucción.

Y si bien, de manera general, el trabajo de un líder como el de un director es fijar un horizonte claro y  asegurarse de que el grupo se mantenga enfocado en la ejecución de ese plan de acción, el rol del líder no es el mismo que el de un director.

Hay al menos 7 formas en las que estos son muy distintos entre sí:

  1. En tanto quien dirige tiene un claro miedo a parecer que no sabe las respuestas, un líder tiene el coraje, y a veces hasta la ingenuidad, para hacer las más difíciles  e incómodas preguntas que ayudarán a dar dirección al trabajo de todo el equipo.
  2. Así como un director busca imponer lo que el cree que es la única solución,  un líder sabe que su rol no es solucionar el trabajo de todos, sino facilitar el proceso de análisis y pensamiento de su grupo para que este sea quien encuentre la mejor solución.
  3. Mientras un director hace hasta lo imposible por cuidar su posición, quien lidera de verdad, entiende que el rol del líder no es inflar su ego imponiendo su visión mientras desinfla la seguridad de su equipo, sino construir la confianza de cada integrante del grupo para pensar, para proponer y para liderar a su vez.
  4. Contrario a lo que hace quien solo dirige y busca limitar la forma de trabajo de todos a la propia; el líder crea una cultura de libertad de pensamiento y espacio para actuar, integrando a su equipo personas que con su talento y actitud, contribuyan al éxito de todo el grupo.
  5. En tanto un director se mantiene alejado de su grupo, un líder comprende lo importante que es mantenerse cercano a cada persona, conocer sus fortalezas y debilidades, comprender sus intereses, sus motivadores y sus miedos; simpatizar y empatizar con estos para, en la medida de lo posible, poder colocar a cada integrante del equipo en la posición en la que podrán ser más exitosos.
  6. Si un director busca que su equipo trabaje pare él, un líder por el contrario, busca constantemente la forma de servir mejor a su equipo, procurando un ambiente seguro de trabajo, facilitando los recursos que requiere el grupo o desbloqueando algunos retos que pudieran estorbar en el desempeño del equipo.
  7. Mientras un director trata de mantener control total de la información que llega a el, el rol del líder es proveer a su equipo contenidos y datos con los que este pueda mantenerse actualizado y bien informado. Entiende que parte de su responsabilidad es promover en el grupo el hambre de aprender más y continuar creciendo como profesionales.

No, definitivamente el rol de un líder no es el mismo que el de un director.

Screen Shot 2015-02-09 at 1.41.29 PM

¿Cuándo fue la última ocasión en que hiciste algo por primera vez?

 

¿Cuándo fue la última vez que comenzaste una nueva aventura? ¿Hace cuánto tiempo que no intentas algo nuevo en tu vida? Un nuevo deporte, una nueva ruta, un hobbie que no habías probado, un trabajo que nunca antes habías explorado o una clase de ese idioma que no hablas.
¿O qué tal una competencia que siempre habías ignorado? Tejer, programar código, cultivar tu propia comida o cualquier otra cosa que en algún momento u otro has pensado que te gustaría aprender.

Con frecuencia pensamos en todas aquellas cosas que quisiéramos intentar, los lugares que nos gustaría conocer y las nuevas competencias que nos interesaría aprender… hasta que tenemos enfrente la impertinente oportunidad de actuar en consecuencia con lo que predicamos y tenemos que elegir entre, en efecto, hacer lo que tanto decíamos que queríamos hacer o poner decenas de nuevas excusas para evitar el momento de entrar en acción.

Todos decimos que queremos hacer algo nuevo, diferente, un cambio, pero muy pocos en realidad tienen las agallas de hacerlo porque solo esos cuantos están dispuestos a pasar por el incómodo momento de no saber.
Y en realidad ¿Cuánta gente se siente verdaderamente cómoda mostrando su ignorancia? ¿Cuántos están dispuestos a dejar ver su incapacidad para hacer algo nuevo, algo que aún tienen que aprender, comprender, asimilar, integrar y practicar día con día para llevar a un punto mínimo de suficiencia?

Cuando intentamos algo por primera vez estamos iniciando un nuevo proceso de aprendizaje y el no saber, el no dominar una actividad desde el primer momento que lo intentamos provoca en muchos una enorme frustración aderezada con la sensación de sentirse estúpido, inadecuado, torpe o incapaz de adoptar una nueva habilidad.

Muchos, la mayoría, se regalan la salida fácil comparándose con los más grandes maestros en la actividad a la que aspiraban, argumentando que ellos son especiales y tuvieron una situación particularmente privilegiada que les permitió llegar a donde están. Y puede ser que sí, que algunos de estos personajes, casi legendarios, hayan vivido circunstancias especiales que les ofrecieron una plataforma desde la cual pudieron desarrollarse, pero ninguno de ellos en realidad hubiera hecho nada, sino hubiesen tomado la decisión de hacer algo por primera vez.

La realidad es que no tenemos que ser el siguiente Richard Branson o el próximo Elon Musk. Ya hay un Larry Page y nadie será el nuevo Sergei Bryn.

Pero eso no significa que no podamos encontrar en algo nuevo para nosotros a nuestro nuevo yo.
O que no podamos descubrir en nosotros una capacidad asombrosa de hacer todo eso que jamás pensamos que podríamos hacer, tan solo porque nos decidimos a aceptar ,como natural, la sensación de la torpeza de comenzar a aprender de nuevo para hacer nuestra la emoción de intentar algo por primera vez.

Y entonces habría que preguntarse: Esta semana ¿Qué cosas nuevas harás por primera vez?

Si quieres llegar lejos…

“Si quieres llegar rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”.

Pero ¿Qué tan lejos podemos llegar con una mala compañía?

Estamos arrancando el año y con este nuevos proyectos o nuevas etapas en nuestros trabajos; y no es raro que en esta época del año muchas empresas comiencen a formar, reestructurar o fortalecer sus equipos de trabajo.

Curriculums recomendados, perfiles referidos y cartas de presentación van y vienen.

Mientras unos mantienen la esperanza de por fin encontrar el empleo que solucionará su vida, otros buscan con prisa cubrir la plaza vacante antes de que sea ocupada para algo más. El hambre se junta con las ganas de comer y la angustia del desempleo se combina con la presión de cubrir una posición.

En un principio todo parece funcionar. Los “peros” son enmudecidos ante la prisa de un oportuno nuevo ingreso; y la falta de aptitud, o pero aún de actitud, se cambian por la conveniencia de un sueldo más accesible y el falso consuelo de un “ya aprenderá”… Hasta que todo comienza a fallar.

La pronta contratación se convierte en una mala contratación y la persona que integraste a tu equipo, de un momento a otro deja de ser promesa para convertirse en amenaza.
No siempre porque la persona contratada sea un mal elemento sino porque tal vez se le colocó en el lugar equivocado.

Según John C. Maxwell el 80% de las probabilidades de éxito en el desarrollo de un empleado está en su contratación, así que en un proceso tan importante como este, no deberíamos tomar una decisión sin antes plantearnos, al menos 5 preguntas básicas para integrar a alguien a nuestro equipo (preguntas, por cierto que también uno como candidato puede hacerse para aceptar una posición):

1) ¿Sabe(s) hacer el trabajo que se requiere? ¿Tiene(s) el conocimiento, la experiencia y las horas de vuelo realmente necesarias para considerarse(te) un profesional, especialista o experto, con la madurez e inteligencia emocional básica requerida para el trabajo? ¿Es(eres) la mejor persona para hacerse cargo de esa labor o sabes que hay alguien más con quien aún no has(han) conversado?

2) ¿Comparte(s) los mismos valores y principios de la organización? ¿Son estos igual de importantes para el/ella(ti)? ¿Será(s) capaz de mantener los más altos estándares de ética profesional al desempeñarse(te) en el trabajo?

3) ¿Está(s) buscando la plaza por llenar (obtener) rápido una posición y salir del problema o realmente está(s) apasionado por el trabajo que va(s) a realizar? ¿Realmente esta(s) interesado(a) en crecer desempeñando ese rol o al primer obstáculo o primer externo que le(te) ofrezca mil pesos más pensará(s) en irse?

4) ¿Se trata de (eres tu) una persona capaz de liderar a todo el equipo de trabajo, incluso a la cabeza de este?

5) ¿Abonará(s) positivamente a la dinámica del equipo, fortaleciendo los lazos entre sus integrantes, o podría(s) ser un agente de conflicto? ¿Sumará(s) al equipo de trabajo y complementará(s) las capacidades de este para elevar la calidad y cantidad del trabajo entregado? ¿Mejorará(s) el equipo y dejará(s) a quienes forman parte de este mejor de como estaban antes de trabajar con el/ella (contigo)?

Plantearse preguntas como estas puede resultar a veces difícil e incómodo, pero más seguro que no, no hacerlas a tiempo, sería mucho peor.

Abrazando la incomodidad

A nadie nos gusta sentirnos incómodos.

La mayoría de la gente pasa prácticamente toda su vida buscando tener una vida cómoda. Es naturaleza humana.
El problema, sin embargo, es que con enorme frecuencia muchos confunden resignación con satisfacción y comodidad con realización; engañándose con pretextos como: “tengo una casa pequeña, pero no necesito más”, “un trabajo que no me paga lo que necesito pero el horario es cómodo”, “un puesto mediocre pero seguro”, “podría hacer más pero eso no está en la descripción de mi trabajo”, etc.
Pensando equivocadamente que si logramos rodearnos de las comodidades más básicas, con el más mínimo esfuerzo posible, entonces lograremos vivir como queremos.

Pero comodidad no es igual a realización.

Una cosa es ser agradecidos y apreciar profundamente lo que hemos logrado y hasta donde hemos llegado; y otra totalmente, querernos engañar con una falsa satisfacción que resulta ser el disfraz de la resignación de no creernos capaces de lograr aún más.

Sucede en el trabajo y también en nuestra vida personal. Lo mismo con la salud que con nuestra educación. Incluso hasta con a dónde queremos ir de vacaciones.
A las empresas bloquea su crecimiento, cegando al equipo con la creencia de que, porque han logrado ya ser especialistas o hasta expertos en sus entregables, no tienen a dónde más crecer.

Pero mientras que para nuestros ancestros, la comodidad era sinónimo de seguridad, en un mundo tan cambiante y una época tan acelerada como la actual, sentirse cómodo es el primer riesgo.

Cuando uno se enajena en su comodidad, cesa su búsqueda por crecer y, como dicen por ahí: “cuando uno deja de crecer, comienza a morir”.

Por una clara razón en Inglés usan la frase de: “Growing pains”, porque crecer duele, es incómodo. Crecer, cambiar, evolucionar, avanzar, resulta siempre muy incómodo. Para muchos hasta angustiante quizás.
Cuando apostamos por crecer, visualizamos y esperamos lo mejor, pero nos sometemos a la incómoda realidad de no saber con certeza que sigue, qué nos espera a la vuelta y cómo todo será.

Pero es esa incomodidad la que nos lleva a continuar. Porque no habría tragedia más grande que engañarse con la noción de que ya no necesitamos más para volver a una falsa comodidad.

canstockphoto8143659

Up your game

Uno de los momentos más incómodos cuando éramos niños era cuando se armaban los equipos para jugar una cascarita (fútbol callejero), tochito (fútbol americano callejero) o cualquier otro deporte o juego que se practicara en equipo.

¿Lo recuerdan?

Los dos mejores jugadores del grupo eran “los capitanes” de cada equipo y, a la voz de un chin cham pun (piedra, papel o tijeras) o de una moneda al aire, ganaban el derecho de ser el primero en elegir a “la mejor” persona para su equipo.
Uno a uno se iban eligiendo, en principio, a los mejores y después a los menos peores; dejando al final a la persona menos hábil y menos preparada para el juego.

Ser el primero era un honor, ser el último… nadie quería ser el último. Mucho menos el comodín, el sujeto al que “intercambiaban” entre equipos cuando uno de estos parecía tener mucha mayor ventaja sobre el otro: “está bien, quédate con fulanito, aunque sean 12 contra 10, para que sea más justo…” Vaya humillación.

De alguna manera lo mismo sucede en el trabajo. Todos queremos tener al mejor talento en nuestro equipo y todos queremos ser parte del mejor equipo. Y justo como hacíamos de niños, tratamos hoy de ser elegidos por el mejor o elegir al mejor. ¿Y ser el último? De nuevo… Nadie quiere ser el último.

La pregunta que queda al aire entonces es: “¿Por qué es tan frecuente ver a las mismas personas destacadas ser elegidas siempre por encima de las mismas, que no lo son tanto?
Es decir ¿Qué los hace tan distintos entre sí?

Decir que unos son más hábiles que otros y nada más o que “unos nacen con estrella y otros estrellados”, me resulta insuficiente. Miope en realidad.

Es obvio que la historia de cada quien tiene mucho que ver y que no todos estamos en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades. Pero señalar solo al contexto como el único factor decisivo no le hace justicia a tantas personas que, a pesar de tener recursos más limitados, han destacado por encima incluso de quienes asumimos tendrían mucho mejores posibilidades de hacerlo.

Me parece que la clave en realidad, está en la actitud, coraje, voluntad, y deseo de ser mejor y la capacidad de acción de estas personas que, con firme decisión, se dan a la tarea de crecer en su juego. “Up your game” diría un coach o entrenador.

En lo personal, entre las personas que que conozco y admiro porque constantemente
“Crecen en su juego”, he podido observar que hay al menos tres cosas que hacen distinto a los demás:

1) Mantienen viva su hambre de aprender. Son eternos estudiantes de distintos temas, no sólo de su especialidad. Siempre acompañados de un libro, siempre curiosos por saber más de cada lugar que visitan, siempre abiertos a conversar con amigos y extraños, atentos siempre de lo que pueden absorber.

2) No les basta con ser un erudito teórico que pasa sus días estudiando. Toman acción y se apresuran a poner en práctica las lecciones que han obtenido. Se equivocan y aciertan también, encontrando distintas formas de lograr su objetivo. Enfrentan retos y descubren nuevas maneras de sortearlos. Son generosos y, en agradecimiento a lo que han aprendido y a quienes les han enseñado, comparten con gusto lo que saben también.

3) Y continuamente buscan rodearse de personas que conocen más, tienen más experiencia, mejor práctica y los retan a ser mejor. Tienen el coraje de ser vulnerables frente a quienes, claramente los superan en experiencia y conocimiento y con humildad buscan aprender de ellos, pues saben que la única manera de realmente subir al siguiente nivel es practicando con los mejores jugadores que ya están ahí.

Así qué ¿qué estás haciendo hoy para crecer en tú juego?

20131007-223212.jpg

6 preguntas, una pirámide y tu marca personal

Se dice por ahí que nunca hay que responder una pregunta con otra pregunta.

Sin embargo, durante los últimos años, en los que como coach ejecutivo y personal, tuve el privilegio de ayudar a distintas personas (altos ejecutivos, empresarios y emprendedores y jóvenes que comienzan su carrera) a re-encontrar y definir su propósito de vida. Es decir, ese gran porqué de vida que guía cada acción y paso en su camino; fueron exactamente 6 preguntas, que luego acomodé en un modelo piramidal, las que nos ayudaron a responder ¿Qué sigue ahora?

Seis  simples preguntas que con frecuencia olvidamos hacernos para asegurarnos de estar en el camino que queremos recorrer:

Primero la base:

Captura de pantalla 2013-08-13 a la(s) 16.41.21

¿No sería genial poder trabajar siempre haciendo lo que mejor sabemos y más nos gusta hacer? Es la situación ideal en la que encontramos plena satisfacción en hacer lo que nos encanta y “hasta nos pagan por hacerlo” ¿o no?

El problema con esto es que, a pesar de sonar maravilloso, se queda corto cuando hablamos de realizarnos en lo profesional y en lo personal, pues corremos el peligro de atorarnos en una incesante búsqueda de autosatisfacción, complacencia e indulgencia.

Entonces es el momento de responderse dos preguntas más, que ayudan a reunir los dos extremos de base de lo que nos gusta y sabemos hacer:

Captura de pantalla 2013-08-13 a la(s) 16.41.30

Definir claramente a favor de quiénes podemos hacer eso que más nos gusta y mejor sabemos hacer y entender cómo podemos beneficiarles así, es la diferencia entre una solitaria satisfacción y una auténtica realización.

Pero aún respondiendo esto seguimos algo cortos; limitados a la idealización, pues falta la manera de poner todo esto en acción y darle un sólido cimiento que nos ayude a mantener el curso que estamos eligiendo:

Captura de pantalla 2013-08-13 a la(s) 16.41.39Tener siempre presente las cosas que más valoramos en nuestra vida, la familia para unos, la libertad financiera para otros, la salud física para unos más; así como los principios más sólidos que sirven de timón en todo lo que hacemos: honestidad, valor, trabajo, honradez, humildad o cualquiera que sean los principios y valores que sostengamos, resultan la mejor y única brújula para guiar las decisiones que tomamos.

Para finalmente, dejar de idealizar y comenzar a accionar. Es decir, encontrar la actividad profesional y personal que mejor nos permitirá dejar nuestra marca o legado personal en la vida de los demás.

Seis simples preguntas de hacer, aunque no tan fáciles de responder.

Algunas lecciones parte 1: De colaboradores, valores, principios y prioridades.

Lecciones. Puedo decir con confianza que, de los últimos tres años, tengo todo un almanaque de estas.

Dicen por ahí que la única manera de terminar de aprender algo es compartiendo tu experiencia con los demás. Que una vez que seas capaz de explicar con algo de claridad lo que has aprendido, podrás terminar de grabar esa lección en tu mente; y que conocimiento que no se comparte pierde por completo, su valor.

Así que ahora, intentaré hacer algo de sentido de algunos de estos aprendizajes, compartiéndolos aquí. Empezando por la enorme importancia que tiene saber rodearse de las personas correctas y tener mucho cuidado en entender a quiénes dejamos entrar a nuestras vidas.

“Si quieres llegar rápido, viaja solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”, dice con mucha razón el dicho. Lo que no dices es que si no somos cuidadosos, la compañía que elegimos, no solo no nos ayudará a llegar lejos, pero también nos detendrá, o al menos entorpecerá nuestro avance.

Si las personas de quienes nos rodeamos no tienen valores semejantes a lo que nosotros más valoramos, si no se rigen por principios similares a los nuestros y si no comparten la misma misión, difícilmente caminarán en la misma dirección.

Puede ser que en un inicio la emoción de comenzar una nueva aventura empuje a unos a ceder un poco y a otros también, para alinearse con las prioridades y objetivos que han trazado. Pero poco tiempo se requiere para que cada quien vaya mostrando (o monstruando) sus “verdaderos colores”.

El primer reto es que todos compartan la misma misión, con la misma pasión. Si alguien no está cien por ciento alineado con la meta y el plan de acción que han definido, pronto de distraerá con otro camino.

El segundo obstáculo que hay que sortear es que todos compartan los mismos valores. Puede ser que todos estén convencidos de que la dirección que han trazado para el grupo, es la correcta, pero si alguien en el grupo, en realidad no valora el “por qué” están haciendo lo que hacen, y solo está ahí porque le parece una buena manera de ganar algo de dinero, mientras “ayuda” a una buena causa, la causa más importante para este será tener más dinero y en tanto esta oportunidad se le presente se irá sin dejar huella alguna, abandonado al grupo tal vez incluso cuando más se le necesita.

Y el tercero y más importante tropiezo que podemos llegar a enfrentar es que, en efecto todos compartan apasionadamente la misma misión y que todos sostengan los mismos valores; pero si tan solo un miembro del equipo no se rige por los mismos principios, más temprano que tarde, la burbuja reventará. Puede que todos quieran llegar al mismo destino y todos valoremos mucho la perseverancia y el éxito, pero si en los principios de otro no está la honestidad y la honradez, puede anular por completo ese éxito. Puede que todos valoren muchísimo el desarrollo del talento, pero si en principio alguien lo hace por el reconocimiento y prestigio que esto le puede traer versus el impacto que puede dar ¿a qué le pondrá mayor atención?

Al inicio, en medio de la confusa emoción de emprender un nuevo camino, puede parecer que todo funcionará muy bien, pues nos hemos asegurado de tener las herramientas y sobre todo a las personas correctas con el conocimiento preciso y las experiencia exacta para nuestro recorrido, pero si en el fondo la misión no es la misma para todos, si en verdad no compartimos los mismos valores y no son los mismos principios los que rigen esa caravana, muy pronto esta se desmantelará en los intereses escondidos que algunos ocultaban.

De ahí la tremenda importancia de aprender a asociarse y rodearse de las personas correctas.

canstockphoto7187755

6 acciones para luchar contra la “Empleopía”.

Por definición una empresa es una organización que reúne el talento, experiencia y trabajo de distintas personas que comparten un fin común para, en equipo, construir los recursos necesarios para recorrer el camino que los llevará a realizar esa causa compartida por todos los integrantes de dicho organismo.
Uno pensaría que los principales retos que estos enfrentarían son la competencia, las crisis y recesiones económicas, el desabasto de materia prima o recursos, etc. Pero me parece que la peor amenaza que enfrentan no son estos sino una enfermedad altamente contagiosa pero muy curable también: La empleopía.
O al menos así he decidido llamar a la “cuasi-miopía” profesional que muchos integrantes de estas organizaciones aparentan padecer 99% del tiempo y que no les permite ver más allá de las funciones básicas-mínimas-indispensables-para-justificar-su-puesto-pero-no-para-dar-resultados-reales.

Seguro conoces muchos casos así o, tal vez, lamentablemente, hayas contraído también este padecimiento. Gente que más frecuente que no llega tarde para todo, que gasta su tiempo quejándose de su trabajo, aclamando lo que haría de ser el jef@ del lugar, constantemente buscando cómo tomar ventaja de la empresa para la que trabaja y prometiendo lo que jamás va a entregar, pero siempre alerta a la oportunidad perfecta para quedar bien con el jef@ aunque sea de forma temporal.

Definitivamente la “empleopía” puede hacer mucho daño, no solo dentro de la organización sino a todo el ecosistema alrededor de esta, impactando a accionistas, empleados, clientes y proveedores por igual.

Sin embargo hay algunas acciones que cada uno de nosotros podemos hacer, como empleados o empresarios para romper con este mal

Si eres empleado en una organización:

– Primero que nada, cumple con cada uno de tus compromisos. Entiende que tu trabajo tiene un impacto directo en el trabajo y la vida de decenas o cientos de personas más. Que cada compromiso incumplido, cada orden de compra olvidada, cada factura traspapelada, cada entrega retrasada, cada venta caída, mucho más allá de causarte un momento incómodo a tí, puede arruinar el trabajo de alguien más.

– Haz tuyo el negocio. Entiende que no eres un empleado más. Rompe con el engaño de que tu trabajo es insignificante y no aporta a los demás. Comprende que no importa el título que ostentes, tan importante es el trabajo de quien hace la limpieza en la oficina como el del director de esta, y que gracias al trabajo de estos dos y de todos los demás, pueden impactar positivamente la vida de otros.

– Persigue una causa y brilla. Entiende de una vez que no tienes que ser el siguiente Gandhi o Mandela para cambiar la vida de los demás. Pregúntate qué es lo que más te importa, en qué te gustaría más y podrías contribuir mejor. Busca una organización que persiga esa misma causa y lleva a su mesa las competencias y habilidades con las que puedes colaborar con ellos. Y no olvides que no importa si es bajo las luces o tras bambalinas, tu trabajo, cuando realmente estás identificado con esa causa, puede brillar muchísimo para los demás.

Como emprendedor:

– Jamás olvides la causa de tu organización, el por qué comenzaste a hacer lo que ahora haces. Sí conviértete en un experto en lo que haces y un maestro del cómo lo haces, pero mantén siempre viva la pasión por la misión de tu empresa; y encuentra y ábrele las puertas a aquellas personas que comparten la misma visión y pasión.

– Contrata complices, no empleados. No importa cuanta experiencia tengan ni que tan bien luzca su currículum en papel, no contrates a quienes solo quieren trabajar contigo por el dinero que les puedes pagar. Si no están 100% involucrados, apasionados por la misma causa que tú, al tercer día de comenzar a trabajar contigo comenzarán a prepararse para su siguiente trabajo.

– Haz que los demás brillen. Una vez que hayas encontrado a tus primeros cómplices, procura ser un catalizador de recursos y oportunidades para que puedan brillar por sí solos. Y todos los días déjales ver lo mucho que aprecias como, con su trabajo, impactan positivamente la vida de otros. Y acaba por fin con la “empleopía” en tu empresa.

canstockphoto6594359

4 “súper poderes”

Todos quisiéramos tener súper poderes. ¿o no?

¿Te imaginas leer la mente de otras personas o poder escuchar sus pensamientos?

¿O poder absorber el conocimiento de otros?

¿Qué tal poder influir en el pensamiento de las personas con quienes convives?

¿O quizás hacer que las cosas sucedan de una forma u otra?

¿Te gustaría? ¿Por qué no los aprovechas entonces?

Porque todos tenemos estos poderes… y no estoy hablando de seres súper dotados que desafían la naturaleza humana.

¿Quieres leer las mentes de otros? Lee, estudia. Todos los días hay mucho más tiempo del que crees. Cambia la telenovela de la noche por un buen libro y lee.

¿Quieres escuchar lo que otros piensan? Cambia los videos de el fua, el canaca y otros videos sensacionalistas y mejor dedica ese tiempo a ver algunas conferencias o entrevistas de miles de líderes de pensamiento que ahí están compartiendo.

¿Absorber lo que otros saben hacer? Acércate a las personas que más admiras, pídeles que te dejen acompañarles  un tiempo y en silencio para ver lo que hacen y como lo hacen; o mejor aún pídeles que sean tu mentor.

¿Influir en la forma de pensar de otros? Gánate su respeto, crea, construye, comparte.  Se positivo. Se proactivo. Habla sobre lo que sí sabes y no trates de aparentar saber lo que no.

¿Hacer que las cosas sucedan de una forma específica? Trabaja. Dedica tiempo, invierte recursos (no solo económicos). Se paciente pero encamina. Se certero pero no agresivo. Se constante pero no obsesivo.

Todos tenemos la capacidad de escuchar, estudiar, aprender, influencias y hacer y compartir. Es cosa de que te decidas a hacerlo y ya.

Las 5 E’s del emprendedor

Con frecuencia resulta difícil definir qué y quién es un emprendedor.

Hay muchas suposiciones y percepciones, una correctas y otras no tanto, al respecto. Y, como en todo, cada quien tiene su propia opinión.

Desde mi punto de vista, para definir cómo es un emprendedor, primero tenemos que entender que todos tenemos la capacidad y hasta obligación de serlo. No importa si eres un empresario que con sus propios recursos inicia una nueva operación o si eres parte de una compañía, lo que más necesita el mundo hoy es gente con ganas de emprender acciones positivas y llevarlas a cabo. No solo personas que generen ideas o echen algo a andar para abandonarlo después, sino emprendedores capaces de crear oportunidades y planes de acción que llevan a cabo de principio a fin.

Seguramente conocemos a más emprendedores de los que pensamos y más probable que no, nosotros mismos seamos buenos emprendedores, ya sea como dueños de nuestra propia empresa o formando parte de alguna organización.

Definirlo no debería ser tan difícil en mi parecer. Y tal vez haya 5 E’s que podríamos buscar en cada persona para saber que tan buen emprendedor es:

Entendimiento: un gran emprendedor entiende claramente cuál es el propósito que quiere servir y entiende también cuáles son los objetivos que tiene que alcanzar para cumplir con su misión.

Entrenamiento: un gran emprendedor sabe que ser muy talentoso de poco sirve, si ese talento no se cultiva, educa y desarrolla, por lo que busca prepararse mejor y desarrollar las competencias y habilidades que complementan mejor sus fortalezas y áreas de oportunidad.

Experiencia: un gran emprendedor, comprende también que a pesar de la crucial importancia del estudio continuo, ese no servirá de mucho, si no pone en práctica aquello que ha aprendido. De modo que pronto deja la teoría atrás para dar paso a la práctica para poner a prueba lo que ha estudiado y acumular experiencia.

Enfoque: un gran emprendedor está siempre pendiente de no caer en la tentación de la popularidad, sabe que no se puede, ni se debe, querer ser todo para todos y mantiene su enfoque todo el tiempo en sus objetivos.

Ejecución: un gran emprendedor sabe que a las palabras se las lleva el viento. No pierde tiempo diciendo qué es lo que va a hacer. Sabe que hay un momento para la reflexión y el discurso, pero también reconoce que no importa que tan brillante sea una idea, si esta no es transformada en una acción real, carecerá siempre de valor alguno. En otras palabras, entienden que el verdadero valor de un plan no está en su teoría sino en su ejecución.