De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

Re-ordenando la indisciplinada búsqueda de más…

La temible, eterna, terrible e indisciplinada búsqueda de más… más negocio, más clientes, más dinero, más productos, más servicios, más audiencias, más objetivos, más resultados, más premios, más críticos, más tomadores de decisión, más gente a quien dar gusto y más maneras de hacerlo. Más que hacer y más que ser para más… ¿pero para más qué?

Dicen que no está clara la fórmula del el éxito pero la del fracaso es, sin duda, querer ser todo para todos y todo a la vez; abriendo frentes a diestra y siniestra, diluyendo la capacidad de nuestros recursos en tantas áreas como se alcancen a ver, dejándonos frágiles y reducidos a la apariencia de ser lo que no se es.

Con tal de parecer ser los mejores, los más grandes, los más capaces… sin importar lo que implique, buscamos “aprovechar” (sí, así, entre comillas) la primera y cualquier otra “oportunidad” que vemos frente a nosotros; sacrificando el enfoque de hacer aquello que mejor sabemos hacer.

Nos llenamos de tareas y pendientes que nos hacen ver como personas o empresas ocupadas, con mucho que hacer, pero dejándonos poco espacio para avanzar, pues con tantos objetivos hemos saturado el camino, llenándolo de obstáculos producto de nuestra propia y, con frecuencia, trivial y artificial complejidad.

Como si la locura de ocuparnos hasta exhaustarnos, nos otorgara un especial nivel de estatus en la sociedad.

Pero no es así; como dice Brené Brown, lo único que esto hace es adormecernos y darnos una salida para escapar de lo que realmente es importante que hagamos, de lo que nos da tanto miedo hacer, de lo que nos enfrenta a la real vulnerabilidad de crear y avanzar.

Reordenando con enfoque y simplicidad.

Pero sí podemos más, sí podemos ser los mejores en lo que hacemos, sí podemos ser los más capaces también.

Recordando con claridad cuál es nuestra más básica y primera razón de ser.
Ese motivo que despertó en nosotros o nuestra empresa, por primera vez, la intención de hacer lo que hacemos.

“Start with the why”, diría Simon Sinek.
“Put first things first”, decía el Dr. Stephen Covey.
Y “Keep the main thing the main thing”, explica David Cottrell.

Para recordarnos que la clave esté en enfocarnos con simpleza absoluta en esa única y gran cosa que se ha convertido en nuestra misión. Organizando nuestros esfuerzos y ordenando nuestras acciones bajo esa real, inspiradora y crucial razón de ser que nos ayuda a dar prioridad a cada acción.

Preguntándonos, esto que estoy por hacer, este nuevo objetivo que quiero perseguir, esta responsabilidad adicional que quiero asumir ¿Construye hacia mi objetivo principal? ¿Está alineado con los intereses y prioridades de la organización? ¿Responde a la visión estratégica del negocio?

Y trabajando así con enfoque y simplicidad.

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11 señales de que tienes un gran cliente.

Es normal, aunque no siempre correcto, escuchar a decenas de profesionales, de cualquier profesión y oficio, quejarse de sus clientes. Resulta más común oír a gente criticando el trato que reciben de sus clientes que reconociendo el buen trabajo de estos, pero la realidad es que buenos clientes, no importa en qué industria, sí los hay.

Es más, podría apostar a que si ponemos un poco de atención en el trabajo que hacemos todos los días, no para, sino en equipo con nuestros clientes, podríamos encontrar en esa relación, una o varias de 11 señales que nos dejan saber que tenemos grandes clientes:

  1. Involucran a sus proveedores o socios de negocio clave, como consultores, agencias de publicidad y comunicación, asesores financieros , etc. en las decisiones estratégicas que tienen que ver con los objetivos y resultados de su negocio.
  1. Comparten abiertamente con sus partners , información importante sobre el negocio que ayuda a comprender el porqué de las decisiones que se toman.
  1. No piden trabajo sin sentido a sus agencias y proveedores sólo para cumplir el capricho de algún director en la organización. Defienden el valor del trabajo de ellos como lo que es: el suyo.
  1. Se hacen responsables de sus pendientes olvidados y del trabajo que no quieren o sienten que no tienen tiempo de hacer, sin pasarlo irresponsablemente  al ejecutivo de la cuenta que los atiende.
  1. No tratan a sus socios de negocio clave como un proveedor desconocido y desconectado al que le piden trabajo como si se tratase de un kilo de tortillas. Por el contrario, los lideran como lo que son, un integrante importantísimo de su equipo de trabajo.
  1. Evitan el re-trabajo de sus colaboradores proveyendo dirección clara desde el inicio. Son claros en la definición de las expectativas del trabajo requerido y lo son aún más al dar retroalimentación sobre el recibido.
  1. Respetan el tiempo de las personas involucradas en su cuenta. Evitan el “juntismo” y son cuidadosos al convocar sólo las reuniones que son imprescindibles para avanzar en los proyectos en curso y a la vez, sólo invitan a estás a las personas indispensables para conducir la reunión y tomar decisiones que resulten en acciones.
  1. También respetan el tiempo libre de las personas involucradas con su cuenta. Tratan de organizar el trabajo de modo que sean puntuales en sus solicitudes y retroalimentación; y reconocen que la gente en su equipo necesita tiempo de descanso y recreación para ser creativos, innovadores, eficientes y eficaces en su trabajo. Jamás usan frases como “no me importa que no duerman, mañana me lo entregan.”
  1. Reconocen la importancia del trabajo que sus socios de negocio hacen para su organización. Piden las cosas por favor, explicando porqué es importante lo que se está solicitando  y si se equivocan desde adentro, en su trabajo, tienen la confianza para, con transparencia, pedirle a sus socios ayuda para resolver el problema en el que se metieron.
  1. Aprecian el  talento y la experiencia de las personas involucradas en su negocio y escuchan las recomendaciones que estos profesionales les hacen, tanto para lograr los objetivos de negocio, como para mejorar los procesos de trabajo.
  1. Celebran el buen trabajo de sus proveedores, dándoles el crédito de los logros y éxitos obtenidos y aceptando la co-responsabilidad que tienen con ellos cuando las cosas no salen como se planearon.

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El primero en el cambio.

Una de las más frecuentes discusiones que se escuchan en toda organización es la imperante necesidad de cambiar, innovar, adaptarse, evolucionar, adoptar nuevas prácticas o cualquier otra frase pegajosa que seguido escuchamos de casi todas las cabezas de casi todas las empresas, para convencer a sus equipos de trabajo de encontrar nuevas maneras de construir, hacer y mejorar su negocio.

La innovación supone un cambio, el cambio es evolución, la evolución es desarrollo, el desarrollo es crecimiento y crecer es lo que todo negocio quiere lograr.

Pero con todo lo positivo que esto suena en las voces de quienes dirigen estas organizaciones, el problema es que con mayor frecuencia de la que quisiéramos admitir, todas sus palabras se quedan guardadas en el discurso con el que pretendían motivar e incitar a su equipo innovar, a cambiar y a siempre retar al “status quo”; pues acto seguido regresan a sus acostumbradas prácticas, esperando que su retórica sirva para delegar a alguien, quién sabe a quién, a cualquiera que así lo asuma en realidad, la responsabilidad de empujar el cambio que saben se requiere; y quien al presentarlo como opción real, se enfrenta al muro de lo cotidiano, de las viejas prácticas con las que el negocio se ha desarrollado por los últimos 20, 30 o 50 años, de la antigua fórmula que amordaza la voz del cambio a la voz del mismo líder que originalmente “buscaba” este.

La innovación permanente, el cambio y la adopción de nuevas formas de hacer las cosas, es una responsabilidad que todo aquel que encabeza una empresa debe celebrar y compartir con su equipo en todo momento, pero que no debe delegar por completo a otros.

La innovación permanente, el cambio y la adopción de nuevas formas de trabajar y construir un negocio, debe ser una de las principales prioridades de quienes lideran la organización; deben ser ellos y no solo una o dos personas o cuántas sean a quienes se lo deleguen quienes deben de empujar por este trabajo. De otro modo, innovar, cambiar, evolucionar, desarrollarse y crecer nunca será una verdadera prioridad.

Algunas lecciones parte 1: De colaboradores, valores, principios y prioridades.

Lecciones. Puedo decir con confianza que, de los últimos tres años, tengo todo un almanaque de estas.

Dicen por ahí que la única manera de terminar de aprender algo es compartiendo tu experiencia con los demás. Que una vez que seas capaz de explicar con algo de claridad lo que has aprendido, podrás terminar de grabar esa lección en tu mente; y que conocimiento que no se comparte pierde por completo, su valor.

Así que ahora, intentaré hacer algo de sentido de algunos de estos aprendizajes, compartiéndolos aquí. Empezando por la enorme importancia que tiene saber rodearse de las personas correctas y tener mucho cuidado en entender a quiénes dejamos entrar a nuestras vidas.

“Si quieres llegar rápido, viaja solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”, dice con mucha razón el dicho. Lo que no dices es que si no somos cuidadosos, la compañía que elegimos, no solo no nos ayudará a llegar lejos, pero también nos detendrá, o al menos entorpecerá nuestro avance.

Si las personas de quienes nos rodeamos no tienen valores semejantes a lo que nosotros más valoramos, si no se rigen por principios similares a los nuestros y si no comparten la misma misión, difícilmente caminarán en la misma dirección.

Puede ser que en un inicio la emoción de comenzar una nueva aventura empuje a unos a ceder un poco y a otros también, para alinearse con las prioridades y objetivos que han trazado. Pero poco tiempo se requiere para que cada quien vaya mostrando (o monstruando) sus “verdaderos colores”.

El primer reto es que todos compartan la misma misión, con la misma pasión. Si alguien no está cien por ciento alineado con la meta y el plan de acción que han definido, pronto de distraerá con otro camino.

El segundo obstáculo que hay que sortear es que todos compartan los mismos valores. Puede ser que todos estén convencidos de que la dirección que han trazado para el grupo, es la correcta, pero si alguien en el grupo, en realidad no valora el “por qué” están haciendo lo que hacen, y solo está ahí porque le parece una buena manera de ganar algo de dinero, mientras “ayuda” a una buena causa, la causa más importante para este será tener más dinero y en tanto esta oportunidad se le presente se irá sin dejar huella alguna, abandonado al grupo tal vez incluso cuando más se le necesita.

Y el tercero y más importante tropiezo que podemos llegar a enfrentar es que, en efecto todos compartan apasionadamente la misma misión y que todos sostengan los mismos valores; pero si tan solo un miembro del equipo no se rige por los mismos principios, más temprano que tarde, la burbuja reventará. Puede que todos quieran llegar al mismo destino y todos valoremos mucho la perseverancia y el éxito, pero si en los principios de otro no está la honestidad y la honradez, puede anular por completo ese éxito. Puede que todos valoren muchísimo el desarrollo del talento, pero si en principio alguien lo hace por el reconocimiento y prestigio que esto le puede traer versus el impacto que puede dar ¿a qué le pondrá mayor atención?

Al inicio, en medio de la confusa emoción de emprender un nuevo camino, puede parecer que todo funcionará muy bien, pues nos hemos asegurado de tener las herramientas y sobre todo a las personas correctas con el conocimiento preciso y las experiencia exacta para nuestro recorrido, pero si en el fondo la misión no es la misma para todos, si en verdad no compartimos los mismos valores y no son los mismos principios los que rigen esa caravana, muy pronto esta se desmantelará en los intereses escondidos que algunos ocultaban.

De ahí la tremenda importancia de aprender a asociarse y rodearse de las personas correctas.

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Tolerancia y respeto en la red.

¿Cuándo fue la última vez que criticaste o descalificaste a alguien más?

Si estás en Twitter, FaceBook, Linkedin o una que otra red social más; y trabajas en el medio de marketing, comunicación y publicidad, te aseguro que no habrá sido hace mucho…

Cada vez es más frecuente ver como unos a otros se descalifican con lo que y por lo que publican en su time line, en sus blogs, en sus muros.

Profesionales de distintas carreras, historias diferentes y diversos niveles de conocimiento y experiencia, tratando de hacer menos a otros para tratar de hacerse parecer, así mismos, mejores que los demás.
No solo mostrando su desacuerdo con lo que otros comparten, pero descalificándolos y menospreciándolos, en la red, como nunca se atreverían a hacerlo de frente.

Para ser franco, no se si esto se vea en otros campos y profesiones o si, por la natural cercanía con estos medios y el egocentrismo que la misma labor de comunicación trae consigo, sea este un padecimiento casi exclusivo de quienes trabajamos en marketing y comunicación (en la disciplina y medio que sea); pero basta hacer una simple búsqueda en Twitter de palabras como Gurús o expertos, y en distintos idiomas (es decir no es privativo de México o América Latina, sino que sucede en todo el mundo), para encontrar, de entre los resultados, decenas, sino es que cientos de tweets haciendo burla o críticas al respecto.

¿Quién nos dijo que estábamos preparados para ser juez y parte?

El truco está en la tolerancia y la tolerancia está en saber escuchar sin juzgar.

Y eso es precisamente lo que todos deberíamos intentar hacer, para después poder compartir con la misma seguridad, de que no seremos descalificados solo porque sí, nuestro punto de vista.

Hace tiempo lancé en el time line una pregunta que últimamente me hago a mi mismo casi todos los días: ¿Qué somos hoy capaces de hacer que hace un año no sabíamos?

Me parece que en mi caso, y habiendo, en su momento, lanzado mi buena parte de críticas a otros, una de las cosas que he aprendido es que todos tenemos derecho a compartir lo que pensamos y lo que sabemos o, por lo menos lo que creemos saber.
Todos tenemos derecho a intentar ganarnos un lugar en una industria y crear un nombre para nosotros en el medio en el que nos desempeñamos.

Ya estará en cada uno de nosotros hacerlo con honestidad, humildad y trabajo duro y real. Pero en esto es en lo que nos deberíamos fijar y no en lo que están haciendo los demás. Porque una vez que logramos no perder de vista el enorme trabajo que nos está costando ganarnos nuestro lugar, podremos ver el mérito en el trabajo de los demás y no solo excusas para criticarlos nada más.

Pienso que tal vez ha sido el último par de años que he pasado lejos de la vida corporativa, lanzando, construyendo con mucho trabajo y manejando mi propia organización, lo que he me ha ayudado a darme cuenta de esto. Pero lo que sea que haya sido estoy agradecido porque, al ver o escuchar del trabajo de otros, hoy me doy (no a ellos, a mi) la oportunidad de preguntar e investigar que han hecho para así poder dejar de lado a fanfarrones y embusteros y reconocer y respetar el trabajo que, de acuerdo o no con el, estos profesionales han hecho.

“Ese hombre no me simpatiza. Debo darme a la tarea de conocerle mejor” dijo alguna vez Abraham Lincoln.

Y eso traté de hacer hace algunos años cuando, como muchos, yo criticaba lo que mi hoy amigo Guillermo PérezBolde publicaba. Hoy algunos me critican a mi porque yo ya no lo critico a el. Pero ¿Con qué cara podría criticarlo a el o a cualquier otra persona, si antes no me di a la tarea de, cara a cara, preguntarle exactamente qué hacía o por qué lo hacía; conocer un poco sobre su historia y su experiencia y decirle de frente lo que pensaba?

Hoy sigo sin estar de acuerdo con algunos de sus puntos de vista y él con los míos también; pero los hemos discutido de frente, con un café en la mano o compartiendo el mismo foro en distintos eventos. Y eso no nos hace ni mejores ni peores que el otro, nos hace solo diferentes. Y esa diversidad permite que haya tantas maneras de hacer nuestro trabajo.

Por supuesto esa buena fe que uno otorga a otros puede traer otras consecuencias no deseadas, como las que hoy pago al haber confiando en quien tantas personas me decían a gritos que no lo hiciera… pero a final de cuentas es una lección y experiencia (nada agradable o fácil) más para crecer… y material para otro post.

El respeto no se impone, se gana.

No busques ser respetado imponiendo tu punto de vista y descalificando el de los demás. Gánate el respeto de otros regalándoles tu respeto a ellos primero.

Seguramente seguiremos encontrándonos con muchas personas con quienes no estaremos del todo de acuerdo y, sin duda, también nos cruzaremos con alguno que otro embustero total. Pero no perdamos el tiempo queriendo “desenmascarar” a quienes ni el tiempo merecen y mucho menos demeritando el trabajo de quienes están haciendo su mejor (recuerda tu no eres quien para decir si sí o no) esfuerzo, porque todos ellos, por alguna razón se han ganado su lugar.

… y un último favor… si en algún momento en mi time line ves que cometo el error de criticar o demeritar a alguien más, por favor siéntete libre de restregarme en la cara este post.

¿Y si todo es un ensayo?

Es muy fácil perderse en el hoy: los problemas que tenemos hoy, los miedos que tenemos hoy, las carencias que tenemos hoy, el mucho trabajo que tenemos hoy o en lo afortunados que también somos hoy (aunque tristemente, son muchos menos quienes piensan esto).

Es aún más fácil perderse en el ayer, lo bien que nos iba en nuestro anterior trabajo, lo divertido que la pasábamos con menos responsabilidades, lo sanos que estábamos cuando eramos mas jóvenes o las tragedias que arruinaron los planes de grandeza que algún día tuvimos.

Y cuando nos perdemos entre el ayer y el presente, continuar avanzando hacia donde queremos se torna tan difícil como “correr en el lodo”. Intentas seguir adelante pero cada paso que das es lento, torpe y pesado, porque la carga que te has impuesto es más de la que deberías tener.

Construir un futuro no es tarea fácil. Definir una meta, trazar un camino hacia esta y avanzar por el mismo, resulta por si solo un enorme reto, pero como si esto no fuera suficiente, decidimos (con frecuencia inconscientemente) llevar con nosotros todo el bagaje de nuestro pasado y los caprichos y temores de nuestro presente.
El ego, el miedo y la arrogancia nos anclan y las ganas de “tener la razón” pese a  lo que sea construyen muros a nuestro alrededor que nos encarcelan en una prisión de nuestra propia necedad, pretendiendo lograr algo nuevo, haciendo aquello que bien sabemos que simplemente, si algún día lo hizo, hoy no funciona más.

Continuamos amarrándonos a quienes sabemos que no nos están aportando nada, por temor a perder lo mucho o poco que hasta ahora hemos construido, cuando precisamente desprendernos de eso tal vez sería lo mejor que podemos hacer.

La vida es muy corta para pasarla amarrado a quienes no te ayudan a ser una persona mejor ”, dicen por ahí.
Y sin embargo, seguimos con ellos porque creemos no tener mejor opción, porque la alternativa parece demasiado difícil o simplemente porque la venda del miedo que el tiempo nos ha colocado no nos la deja ver.

Pero… ¿y si todo fuera tan solo un ensayo?

¿Si cada paso que damos, cada vez que avanzamos o retrocedemos, cada logro obtenido y lección aprendida, la viéramos tan solo como lo que es en realidad: Un ensayo que nos permite avanzar al siguiente nivel?

Connect the dots” decía en el más famoso de sus discursos Steve Jobs, haciendo referencia a las diferentes experiencias que vivió en su desarrollo profesional y como después de un tiempo y visto desde otra perspectiva pudo voltear a echar un vistazo a su pasado y conectar cada vivencia que, sumadas entre sí, lo habían llevado hasta donde llegó.

Y conectar estas experiencias es lo que deberíamos hacer.

Quizas hoy no veámos como cada cosa que vivimos y aprendemos conecta con las demás, probablemente incluso pensemos que no somos merecedores de lo que nos ha sucedido o no entendamos como terminamos en la posición que nos encontramos hoy.
Pero, y si en lugar de cuestionarnos por qué nos pasó lo que nos pasó, hacemos un inventario de lo que hemos aprendido y las herramientas, habilidades, competencias y recursos de los que nos hemos hecho a través de este proceso y nos mostramos a nosotros mismos de qué somos capaces hoy que antes no podíamos hacer. Es decir, si nos demostramos lo mucho que este “ensayo” hizo en realidad por nosotros, a pesar de no haber llegado hasta donde queríamos llegar, ¿No estaríamos mucho mejor preparados para continuar?

Así que esta semana ¿en qué vas a ensayar?

 

Liderazgo: razón y emoción.

Liderazgo, palabra de moda y un concepto trillado y desgastado por tantos y tantos discursos que pretenden dictar una pretenciosa lista de pasos que si sigues, te transformarán de ser tan solo un director a un gran líder.

El problema es que no importa cuántas veces estos directores léan o sean capaces de recitar de adelante para atrás y vice versa las mejores prácticas de un lider, después de un tiempo todos se dan cuenta de que siguen teniendo muchos empleados pero ni un seguidor y que a pesar de sus esfuerzos para “dar una puntual retroalimentación”, “comunicar el estatus de la empresa a todos los empleados” y “tener una política de puertas abiertas” no son realidad el lider de la organización.

Y  estudiosos del tema como A.K. Pradeep o Simon Sinek coincidirían en explicar que esto se debe a que dichos directores solo se han dedicado a -Racionalmente- decir lo qué hacen o el cómo lo hacen pero carecen de la explicación más importante: Por qué lo hacen. Es decir, hablarle a la emoción. Y con esto no me refiero a la parte cursi-emotiva que muchos directivos tienden a confundir y descalificar, sino al origen científicamente comprobado que tiene que ver con cómo funciona el cerebro humano.

Verán, prácticamente todas las organizaciones y sus directivos saben explicar con precisión qué es lo que hacen (a qué se dedican, por ejemplo a construir hoteles) y algunos más saben explicar también cómo lo hacen (por ejemplo, construyendo grandes franquicias en distintos destinos). Y cuando somos capaces de con perfecta claridad explicar qué y cómo lo hacemos, estamos hablándole a la parte más moderna del cerebro humano: el Neo-Cortex, el lado racional del cerebro, que tiene la capacidad analítica y manejo de lenguaje que nos hace capaces de entender el qué y el cómo. Pero comprender el qué y el como no es suficiente para generar un acción e inspirar cierto comportamiento.
Y es que la parte de nuestro cerebro responsable de nuestra conducta es el cerebro límbico (o cerebro primitivo o reptílico, como muchos le llaman) que precisamente es el lado emocional del mismo, es decir, el que no maneja la capacidad del lenguaje ni de análisis, pero sí la de generar los sentimientos como el miedo y la lealtad. En otras palabras la parte del cerebro que nos dice y ayuda a entender el por qué hacemos las cosas.

Y es justo el por qué hacen las cosas que, más frecuente que no, estos directores no logran definir y mucho menos comunicar.

Más seguido de lo que quisiéramos admitir, escuchamos o leemos en distintos foros a las cabezas de grandes y no tan grandes empresas, hablar de como su objetivo es triplicar sus ingresos anuales y ser totalmente rentables para sus accionistas. Pero los ingresos y la rentabilidad son solo un resultado del qué y el cómo; y poco tienen que ver con el propósito y la razón de existir de la organización.

Generar cientos de millones de dólares en el año en ingresos es solo el resultado de negocio que una empresa como Google puede querer obtener, pero cambiar la vida de todos organizando la información del mundo y haciéndola accesible y útil para todos nosotros, ese es un propósito que hasta ahora ninguno de sus competidores, ha logrado hacer como lo han hecho ellos.  Y esa es la diferencia que convirtió a esta genial organización en el enorme líder de mercado y cuna de talento que hasta hoy ha sido.

Duplicar o triplicar la cantidad de seguidores de una organización religiosa como Vida Abundante puede ser el resultado que quieran obtener, pero proveer un espacio en el que la gente puede encontrar y desarrollar su espiritualidad y fe, es un propósito que otras organizaciones religiosas no han sabido ejercer.

(NOTA: Sí soy ex-Googler. No soy cristiano y no pertenezco pero respeto mucho a esta organización).

No es lo que haces sino por qué lo haces.

“El neo-cortex, el lado racional del cerebro, entiende lo que haces, pero la gente no compra ni sigue lo que haces. La gente compra y sigue el por qué lo haces, porque el cerebro límbico, responsable del comportamiento que tenemos, es el lado emocional que empuja nuestras acciones. Por lo tanto el objetivo de un líder no debe ser encontrar nuevos seguidores que compren sus ideas, sino personas que compartan sus creencias”, diría Simon Sinek.

Y vaya que hoy, como nunca antes, la tecnología nos permite encontrar gente que, sin importar su geografía e historia, comparte nuestra visión, se identifica con nuestro propósito y está dispuesta a apoyar nuestra misión.

Y sin embargo muchos de los grandes directores continuan haciendo caso omiso de lo que siempre nuestro instinto nos ha dicho, y con un manual que se asemeja más a un menú pre-cocinado de acciones “de liderazgo”, pretenden comportarse como “líderes” con seguidores incondicionales que, más temprano que tarde, dejan de seguirlos o tal vez nunca lo hicieron. Porque las personas no compramos y no seguimos lo que haces sino el por qué lo haces.
Nos identificamos o no con el propósito que has definido para tu organización y para tu equipo. Y cuando encuentras a gente que comparte tu visión y tu propósito y está dispuesta a actuar y caminar en el mismo sentido que tú, no importa si son cientos de miles o solo dos personas quienes, entendiendo tu propósito y han decidido seguirte, entonces sí te has convertido en el lider de esa organización.

Mañana se construye aquí y ahora.

La semana pasada parecía no cerrarla bien del todo. Un cliente que ya me había confirmado una fecha en Mayo para la contratación de una conferencia, simplemente me canceló, mientras que otro cambiaba de fechas el contrato de Mayo para Junio y el de Junio para Septiembre.

Lo primero que pasaba por mi mente: “ahí va el presupuesto de Mayo”, “¿qué pasa con este cliente que sin mayor reparo así me afectó”, “¿Ahora qué voy a hacer?”, “Ahora sí la cosa se jodió”…

Entonces, por fortuna, volteé la mirada a mi libreta de proyectos que silenciosa y paciente esperaba  en mi escritorio para recordarme las muchas cosas por las que hay que trabajar y hacer que sucedan para este y ese mes y muchísimos más.

Y es que la reacción que típiciamente adoptamos cuando algo no sale como planeábamos, incluso cuando asumimos que lo tenemos ya todo bajo control, es lamentarnos, quejarnos y preguntar qué hemos hecho para merecer semejante trato, para luego caer en el engaño de la desesperanza que, por momentos nos ahogoa, haciéndonos creer que ya no hay más solución que la resignación.

Pero lo cierto es que nada podría estás más lejos de la verdad.

Si algo no ha salido como esperábamos, si alguien ha inclumplido su parte del trato, si las circunstancias, por las razones que sean, han cambiado, lo único que NO podemos hacer es perdernos en nuestro lamento por lo que pasó y congelarnos ante el miedo de lo que podría suceder. Porque cuando lo hacemos, lejos de arreglar aquello que creemos que está muy mal, con nuestra distracción y falta de acción dañamos las demás cosas que hoy demandan nuestra atención.

Perdemos demasiado tiempo frustrándonos con lo ocurrido y temiéndole a lo que pueda pasar. Pero con lo que ya pasó, nada podemos hacer y tampoco podemos adivinar lo que probablemente, o no, ocurrirá.

Lo único que podemos hacer es aceptar (que no es lo mismo que resignarse) lo que sucedió, intentar entender por qué pasó y cuál es la lección que de ahí podemos aprender. Alejar de nuestra mente cualquier temerosa suposición de lo que esto podría, o no, implicar.

E inmediatamente poner toda nuestra atención, inteligencia, pasión y acción en lo que tenemos que lograr hoy.

Porque el pasado atrás se quedó y el mañana… el mañana se construye aquí, hoy, tomando acción.

La co-responsabilidad: enseñanza-aprendizaje.

Antes de empezar, quiero aclarar que soy Comunicólogo y Publicista de profesión y coach, conferenciante y facilitador por pasión y vocación. De mis 17 años de carrera profesional (14 en Marketing digital) solo los últimos 5 los he dedicado formal y profesionalmente a la labor de entrenamiento y desarrollo de talento, por lo que para nada me considero un experto en el tema.

Por el contrario, a penas estoy aprendiendo las bases y se que me falta muchísimo camino que recorrer.

Sin embargo una cosa que en estos últimos 5 años sí he podido apreciar es que algo que falta con gravedad en el proceso de entrenamiento y desarrollo, es la co-responsabilidad, o mejor dicho la complicidad que el estudiante (o educando como le llaman en el medio) tiene que tener con el facilitador (maestro o instructor o como prefieran llamarle).
Y es que pareciera que todo lo que muchos “estudiantes” quisieran al asistir a un curso, conferencia, taller o cualquier otro formato, es que el conocimiento les fuera transferido como descarga de software tipo The Matrix para que, en automático y al instante se conviertan en expertos en una materia; depositando así toda la responsabilidad por su aprendizaje en la persona que al frente está compartiendo su conocimiento, experiencia y puntos de vista.

Y si bien es muy cierto que quienes nos dedicamos a compartir conocimiento y apoyar el desarrollo de capacidades y habilidades profesionales de distintas personas, tenemos la crucial responsabilidad de mantenernos totalmente actualizados, con un conocimiento no solo teórico sino práctico y de desarrollar lo más que se pueda nuestras competencias y habilidades como comunicadores y docentes para poder hacer un trabajo que en verdad aporte un grano de arena al desarrollo de otros; Lo que también es igual de cierto es que todo esto cuenta tan solo como la mitad del proceso de aprendizaje de los estudiantes, pues existe una inevitable co-dependencia entre ambos procesos: enseñanza con la transmisión del conocimiento y aprendizaje con la apropiación de dicho conocimiento para provocar un cambio en el estudiante.

En otras palabras, si tú como estudiante no estás dispuesto a responsabilizarte totalmente por tú proceso de aprendizaje, no importa que tan bueno y capaz sea tu instructor, muy poco será lo que logres asimilar.

Y aunque hay mucho que comentar sobre lo que cada uno de nosotros podemos hacer para mejorar como facilitadores, como parece que cada vez somos menos quienes queremos compartir y más quienes aparentan exigir aprender, prefiero en este post enfocarme en 4 simples acciones que como estudiante (así es, quienes nos dedicamos a compartir, somos los primeros también en dedicarnos a estudiar) me gusta aplicar para mejorar mi proceso de aprendizaje:

1-    Ser auto-didacta.
Jamás esto había sido tan sencillo. Con el acceso a tanta información que los medios digitales hoy nos dan, es inexcusable no tomarse el tiempo de buscar distintas fuentes de información y compararlas, descargar libros (gratis y comprados), leer blogs, escuchar podcasts, ver tutoriales en video, discutir con expertos en distintos foros y rodéarte de personas que te impulsarán a aprender y a esforzarte más.
Ser autodidacta porque hoy no aprender es una elección.

2-    Definir claramente nuestro nivel real de conocimiento y comprometernos con este para continuar elevándolo.
La semana pasada entré en una acalorada discusión con otro columnista de la revista Vuelo Digital (por cierto, debo acepar que me enganché demás en esta, aunque ya retomamos por mail una plática más amigable. Cuando terminen de leer este post, si tienen tiempo e interés, pueden leer el oso completo en: http://www.vuelodigital.com/2012/03/08/de-conferencias-tacticas-y-estrategias/) , revista para la que también escribo, pues en el artículo que esa semana publicó, sostenía la propuesta de que, por lo menos en lo que se refiere a Marketing Digital, ya no hay más conferencias o seminarios en los que se comparta nueva información, ni facilitadores profesionales capaces de subir el nivel de enseñanza de la industria en nuestro país, cosa con la que estoy en total desacuerdo.
En efecto debo admitir que, tal como menciona Alejandro en su columna, existen ya decenas o cientos de eventos que comparten los mismos mensajes, la misma agenda y los mismos conferenciantes. Pero eso para nada está mal. En un país y una industria donde (de acuerdo a un reporte de MCGraw-Hill) existen más de 193mil estudiantes de mercadotecnia que aún no están involucrados con la industria de medios digitales, no podemos darnos el lujo de no compartir una y otro y otra vez (y cuantas veces sea necesario) las bases de la industria. Por fortuna los espacios existen y hay quienes estamos dispuestos a continuar compartiendo y abriendo puertas para otros. Y por fortuna también existen otros eventos y foros de mayor calibre donde, aunque algunos de los facilitadores seamos los mismos, los temas son sin duda más avanzados y complejos.
Por lo que resulta indispensable tener muy claro cuál es nuestro verdadero nivel de conocimiento y cuáles son los siguientes pasos que tenemos que dar para continuar avanzado. ¿Estás escuchando los mismos temas una y otra vez? Tal vez llego el momento de avanzar.

3-    Proveer retroalimentación puntual, relevante, positiva y frontal.
Ningún facilitador o entrenador es perfecto ni es poseedor de la verdad universal y más frecuente que no, cometemos muchos más errores de los que quisiéramos admitir. Y la retroalimentación que podamos recibir es mucho más bienvenida de lo que creemos.
Al mismo tiempo, todo estudiante tenemos alguna opinión (buena, mala, ligera o dura) sobre nuestro instructor.
Y sin embargo, pocos somos los estudiantes que regalamos una auténtica, oportuna y bien orientada retroalimentación.
Justo en la discusión que mencionaba arriba, un “espontáneo participante” intervino para, de forma anónima, cubierto por el sobre nombre de “Chepo”, despotricar sobre los conferenciantes e instructores, incluso recitando a memoria algunos pasajes de la más básica de las conferencias que imparto. (Cosa que por un lado me da gusto porque me demuestra que compartir anécdotas, sí hace memorable el mensaje que se comparte), sin embargo, a pesar de lo interesante que pudieran haber sido sus comentarios, al hacerlo de manera anónima, burlona y tan a destiempo, su intervención pierde absolutamente toda credibilidad.

La retroalimentación, la de verdad, la positiva, la de una persona verdaderamente comprometida con su propio proceso de aprendizaje, se da de manera puntal, a tiempo y de frente.

4-    Aprender enseñando.
“Todo conocimiento no compartido pierde valor” recitan muchos por ahí. Y aunque suena a cliché es verdad. Pero tal vez algunas personas que predican este dicho, no han entendido que quiere decir en realidad o en su totalidad. Quizás piensan que el dicho se refiere solo a que si no se comparte el conocimiento de generación en generación este se pierde, pero esto es tan solo una cara da la moneda. La otra se refiere a que ninguna persona termina de aprender lo que ha estudiado hasta que no es capaz de compartir con otros ese conocimiento, enseñándolo.
De modo que si sientes que ya has aprendido lo suficiente y en verdad estás comprometido con tu proceso de aprendizaje, entonces atrévete a dar el paso y comienza tú también a enseñar lo que sabes.
Quién sabe, tal vez, como me pasó a mi, descubras tu verdadera pasión.

¿Qué otra práctica les viene a ustedes a la mente?

 

Oportunidad… es.

Cierto es que siempre tenemos que estar alertas y abiertos a las nuevas oportunidades que, en cualquier momento, se nos pueden presentar. Mucho más cierto es que más importante que saber aprovechar una buena oportunidad, es saber crear nuevas y mejores oportunidades para los demás.

Esto es, en lo personal, parte de cómo yo veo la vida.

Pero esta forma de ver las cosas tiene un pequeño pero potencialmente grave error de diseño que te puede llevar, sin darte cuenta, de querer generar o aprovechar nuevas oportunidades, a quedar perfectamente mal con todos.

Y es que con frecuencia, la urgencia por aprovechar y “sacarle jugo” a todo lo que se cruza en nuestro camino, el hambre de emprender, la adicción a aventurarse en nuevos proyectos, la incesante búsqueda de popularidad o el simple miedo al rechazo o el no saber decir no, nos pueden hacer caer en una espiral de francamente desaprovechadas y mal definidas “oportunidades”, que nos llevan a todo menos a sacar lo mejor estas.
Quedamos mal otros pues nos comprometemos a cosas que cabalmente no podremos cumplir. Fallamos en las entregas, descuidamos los proyectos en los que ya estábamos trabajando, provocamos roces innecesarios con otras personas y afectamos directamente nuestra salud física, mental y espiritual porque, prácticamente acabamos con nosotros.

En lo personal, creo que he caído en esta espiral más veces de las que quisiera contar.

Y precisamente buscando no caer más en errores como este es que desde hace tiempo, procuro hacerme (aunque a veces aún olvido hacerlo), cinco simples preguntas que me ayudan a definir si, la que se presenta, es o no la oportunidad que debo crear o aprovechar:

1)   ¿Soy la mejor persona (o la mejor organización) para realizar las tareas que se requieren? ¿Realmente contamos con la experiencia, herramientas y capacidad para sobre pasar las expectativas?

2)   ¿Este nuevo proyecto, responde y está alineado con mis (o de la organización) intereses, principios y valores, o solo quiero hacerlo por popularidad?

3)   ¿Podré cumplir cabalmente con este compromiso sin descuidar los que ya vengo trabajando?

4)   ¿Será divertido y disfrutaré haciendo este proyecto? ¿Me rodearé de gente talentosa, honesta y sencilla de quienes podré aprender y con quién podré compartir?

5)   ¿Este proyecto nutre e inyecta recursos al motor  económico de mi empresa, ayudándonos a continuar operando y creciendo con éxito?

Solo cinco preguntas muy fáciles y rápidas de responder, pero que al hacerlo pueden cambiar totalmente los resultados de nuestros entregables y nuestro desempeño.

Porque al algunas “oportunidades” sí se vale decirles NO.

Make it happeners.

¿Haz tenido una idea tan brillante que la masajeas y masajeas en tu cabeza por días y días perfeccionándola, solo para ver que otra persona le echó a andar?

¿Haz pasado meses coqueteando con la idea de realizar esas increíbles vacaciones de ensueño, solo para ver las fotos de alguien más que las ha tomado ya?

¿Haz planeado por años estudiar esa gran especialidad que cambiará el curso de tu vida, solo para ver que otros de graduaron ya?

La realidad es que ni la más brillante de las ideas que tenemos vale más que una simple acción. Y aún así, la mayoría de la gente sigue así, generando ideas y más ideas, algunos esperando que con solo pensarlas puedan convertirse en realidad y otros intentando ocultarlas por temor a fallar.

Hay un dicho de T.S. Eliot que hace poco mi amiga Brigitte Seumenicht me recordó y que dice: “Solo aquellos que se arriesgan a ir más lejos, tienen la posibilidad de saberlo lo lejos que pueden llegar”.

Y la triste realidad es que solo unos cuantos se atreven a hacer justo esto.

A ellos(as) me gusta llamarles “MakeItHappeners”.

Personas que no solo saben pero también entienden que la única manera de saber que tan lejos pueden llegar, la única forma de descubrir todo lo que pueden hacer en realidad, es dejar de planear y comenzar a ejecutar.

Gente dispuesta a equivocarse y aprender todos los días para saber, al día siguiente, que tienen que hacer mejor.

Personas que entienden que no tienen que ser grandes políticos, militares o herederos de fortunas para marcar un cambio desde su lugar y que dejan el discurso de lado y generan valor para los demás. Que dejan de estirar la mano esperando recibir de otros y que mejor dibujan su propio mapa, creando a su paso nuevas oportunidades para los demás.

Estas personas son quienes mueven nuestro mundo día con día.

Estas personas somos tu y yo.

Así que pregúntate ahora mismo: Esta semana ¿Qué harás que suceda?

Monqui-Brainland

Seguro conoces esa sensación…

Comienzas pensando algo simple como el dead line que tienes ese día para entregar un trabajo y brincas a pensar que ese día no desayunaste más que un yogurt para beber porque no tuviste tiempo de cocinar… espera! cocinar? Pagaste el gas? El recibo lo dejaste ahí junto con la receta del doctor… receta? Pero tienes que hacer los análisis … pero los cubrirá el seguro médico? Seguro médico? Lo cargas a la tarjeta de crédito? Tarjeta de crédito? Ya la pagaste? Tienes que checar el saldo el línea… Pero ya que estás en línea, por qué no dar una vuelta por FaceBook a ver qué están haciendo tus amigos?… Uf fulanito volvió a cambiar su estatus a soltero… qué habrá pasado por sutanita? Sutanita? Le tengo que entregar el trabajo! El dead line se acerca… qué va a pensar de mi? … Pero no se ni por dónde empezar, podré cumplir? Nunca he hecho esto… que estrés con este trabajo y ni siquiera me pagan seguro médico… por cierto la tarjeta! Pero que hambre, ese yogurt no me lleno, más vale que pague el gas a tiempo, lo hago de paso al doctor, pero qué hora es? Se pasó el dead line de la entrega…

Cualquier parecido con la realidad NO es coincidencia.

“Monkey brain” le llaman algunos al comportamiento que tiene nuestra mente cuando no nos podemos concentrar o enfocar en algo en específico pues nuestro agitado cerebro  brinca de un tema a otro sin reparo y sin poder concluir nada de lo que queremos hacer, tal como un chimpancé salta de un lugar a otro continuamente.

Y el problema es que en realidad no tenemos que lidiar con un solo “monkey brain” sino con muchos más. Tantos que casi podríamos crear personajes de pequeños simios, tipo Monquiquis o Cariño-Ositos (no se hagan, si tienen más de 25 años, saben quienes eran los Monquiquis) para representar a cada uno de estos “monos mentales” con los que podríamos hasta hacer una carícatura.

¿Se imaginan? Tendríamos en nuestra cabeza por lo menos a Miedito-Monqui, Ego-Monqui, Procrasti-Monqui, Monqui-Consentidor, Ambicio-Monqui. Chismo-Monqui y Envidi-Monqui, como los personajes centrales que con mayor frecuencia distraen nuestra atención y enfoque en lo que realmente es importante.

Y como en toda caricatura, siempre tendríamos al viejo y sabio chimpancé que cuente con una moraleja o lección que compartir con cada uno de estos “monquiqis mentales”

A Miedito-Monqui le diría que nunca sabrá que tan lejos puede llegar si no se atreve a dar ir tan solo un poco más lejos.

A Envidi-Monqui le enseñaría a no menospreciar sino celebrar y reconocer los logros de los demás.

A Procrasti-Monqui, le demostraría todo lo que pudiera avanzar si tan solo cerrara su sesión en Monqui-FaceBook (sí en Monqui-brainland, también tienen FB, de hecho si fuera país será el más grande de Monqui-brainland), si dejará de consultar su email cada 2 minutos y apagará el celular para tan solo concentrarse por una hora en la tarea que tiene enfrente.

A Ambicio-Monqui seguramente le daría una lección para que se diera cuenta de que nunca es suficiente hasta que descubrimos que sí lo es.

A Monqui-Consentidor le enseñaría la importancia de no sacrificar un beneficio a largo plazo a cambio de una recompensa instantánea e inmediata.

A Chismo-Monqui le diría que dejé de hablar de otros y nunca diga de ellos nada que no les diría cara a cara y mejor se enfoque en su trabajo. Porque perder el tiempo con chismes, más que hablar mal del otro, habla mal de ti.

Y a Ego-Monqui le demostraría el enorme peso que podría quitarse de encima con solo dejar de lado la imperante necesidad de demostrarse que tan valioso es, para mejor enfocarse en generar valor para si mismo y para su comunidad.

Y así el viejo y sabio chimpancé ayudaría a controlar a cada uno de los “monquiqis mentales” en nuestra cabeza…

¿Cuáles serían otros “monquiquis mentales” que habitan en su cabeza?