De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

5 prácticas diarias para promover el desarrollo del talento de tu organización.

“El trabajo de un líder es desarrollar el talento de su equipo y generar nuevos líderes”, dicen atinadamente por ahí.

Y sin embargo, desarrollar y promover el talento de quienes forman parte de una organización no es un reto fácil de vencer.

La rutina del trabajo diario, el miedo al rechazo o al ridículo, la apatía, el estrés y una larga lista de factores que influyen en la cotidianeidad de la gente fácilmente obstaculizan esta crucial labor, al grado que incluso, en algunos casos, ni la persona misma conoce o mejor dicho reconoce cuáles son esas grandes fortalezas o dones que puede desarrollar para convertirse en un artista de su trabajo.

Y aún así sigue siendo labor de un verdadero líder, y que quede claro que por líder no solo me refiero a quienes formalmente en la empresa dirigen la operación de la misma sino a todo aquel que puede ser un influenciador positivo dispuesto a sacar lo mejor de los demás,  escavar y escavar en las personas con quienes colaboran día a día para descubrir y dejar salir a la luz esos talentos que convierten a cada integrante del equipo en un eslabón muy especial.

  1. Marca claramente el destino al que quieres llegar, pero también explica con la misma claridad por qué quieres llegar ahí.
  2. Se exigente y por ningún motivo aceptes como entrega del día el conformismo o la mediocridad.
  3. Todos los días observa su trabajo, ten claras las cosas por las que les debes de agradecer y verdaderamente festeja lo que han hecho bien.
  4. Celebra los errores y promueve un espacio y una cultura de riesgos, dándoles el espacio y, en la medida de lo posible, los recursos para decidir y actuar.
  5. Promueve una cultura de mentores y abre el espacio para que entre ellos mismos puedan ser mentores de unos y aprendices de otros; y juntos desarrollen y potencialicen el talento que en conjunto traen a tu organización.

¿Eres realmente responsable de ti mismo?

Y no me refiero a si eres responsable despertando temprano, presentándote a trabajar puntualmente todos los días y pagando la renta y la colegiatura a tiempo; sino a si eres verdaderamente responsable sobre tu vida.

Es relativamente sencillo, aunque para algunos no lo parezca, cumplir con las responsabilidades cotidianas que la vida en sociedad nos dicta: estudiar, no faltar al respeto a otros, conseguir un buen trabajo, cumplir con el horario, sonreír y aceptar como bueno lo que “los jefes” que pueden impulsar nuestra carrera dicen, hacerte de bienes materiales, aunque sean más de los que puedes libremente pagar, medio pagar las cuentas, casarte, criar una familia y asegurarte de que el ciclo vuelva a comenzar, ahora, para tu descendencia.
Tan sencillo que generaciones tras generaciones hemos vivido así.

Pero hay una gran diferencia entre “cumplir con nuestras responsabilidades” y ser realmente responsable de nuestra vida.

Y pensando en esta pregunta es que me hago hoy las siguientes preguntas, que aquí comparto para ayudarme a ubicar qué tan responsable de mi vida realmente soy:

1) ¿Sigues las reglas de otros, no porque estés convencido de que sean las correctas, sino porque crees que así es como tiene que ser o has creado tus propias reglas e inventado un nuevo campo de juego para ti?

2) ¿Sueles culpar a otras personas, a situaciones ajenas a ti, al tiempo pasado y futuro, a la falta recursos, etc. por aquellos desencantos que has enfrentado o tomas la decisión de levantarte de nuevo, a la vez que intentas entender que falló y que sí funcionó para volverlo a intentar?

3) ¿Te despiertas todas las mañanas quejándote porque de nuevo te tienes que presentar a trabajar ahí en donde no quieres estar, haciendo eso que no quieres hacer, o abres los ojos pensando y dando gracias porque por un día más podrás hacer eso que tanto te gusta hacer?

4) ¿Descartas la retroalimentación que otros te dan, calificándola de injusta, poco razonable e inválida o aceptas con aprecio que se tomen el tiempo de ayudarte a mejorar?

5) ¿Te detienes a esperar para saber de qué forma podrás obtener mayor ventaja del trabajo de otros o dedicas tu tiempo, trabajo y esfuerzo a generar un gran valor para los demás?

6) ¿Eliges tus relaciones laborales, comerciales y personales en base a quién podrá ofrecerte más o estableces verdaderas relaciones personales con quienes puedes colaborar a la creación de oportunidades para todos?

7) ¿Pierdes tiempo buscando excusas y pretextos para explicar por qué no cumpliste con el compromiso que hiciste con anterioridad o te enfocas en cumplir cabalmente con lo que prometiste?

8) ¿Prefieres ganar una discusión para darte el gusto de decir “tenía razón”, o mejor eliges la prudencia que te permitirá continuar construyendo tu sueño?

9) ¿Aceptas el estatus quo de quienes dictan el camino de muchos o tomas el riesgo de continuar dibujando un nuevo mapa todos los días?

10) ¿Vives con la mirada baja llena de resignación o mantienes ese destello en los ojos que acompañan al nudo en el estómago por el temor a tomar riesgos y la sonrisa en la cara por haberlo hecho?

Actuar con responsabilidad es fácil… ser verdaderamente responsable por tu vida, esa es otra historia.

¿Suficiente…?

Últimamente he inundado mi cabeza de muchas dudas, preocupaciones y angustia.

Hace muchos años, desde el 2005 aproximadamente, comencé a buscar un cambio, empecé a estudiar, investigar y adoptar nuevas prácticas en mi vida, más espirituales para unos, o intelectuales para otros.
De esta manera fue que hace poco más de tres años, tomé la decisión de dar un importante giro a mi vida para “dedicarme a hacer lo que más me gusta hacer” y así, “ser más feliz”.
Entonces comencé a prepararme, ahorré dinero, me asocie y formé una empresa que, junto con mi socio y algunos colaboradores, empezamos a operar de manera virtual y a distancia.

Pasó el tiempo y fui entendiendo, casi como despertando a una realidad distinta, que darle este giro a mi vida no solo se trataba de hacer lo que más me gusta y mejor se hacer, sino de también hacerlo con un auténtico propósito de servicio a otros a quienes puedes beneficiar haciendo eso que sabes hacer muy bien y tanto disfrutas hacer; y de no solo hacerlo, sino de crear y construir el estilo, el nivel y la calidad de vida que queremos vivir.  Es decir, crear una forma de vivir.

Al cabo de un año de haber lanzado formalmente la empresa que co-fundé, llegó el momento en el que creía estar bien preparado y listo para dejar mi “trabajo regular” y dedicarme totalmente a esta organización con la que haría realidad esa forma de vida que tanto anhelaba vivir.
Y en un inicio así fue: tiempo de calidad y en gran cantidad no solo para mi familia sino para mi también. Rendición de cuentas reducida a un par de personas que juntos vamos tomando decisiones sobre el negocio. Y además trabajando haciendo justo lo que tanto me gusta hacer.

Estaba “viviendo mis sueños” dirían por ahí.

¿Y entonces por qué digo hoy que últimamente me encontraba lleno de angustia y dudas? preguntarán algunos.

Es que en efecto me encontraba viviendo un sueño, pero en algún momento de este permití que de nuevo las expectativas, deseos y sueños de otros comenzarán a colarse en mi visión.

Verán, para mi, mis métricas críticas de éxito desde un principio serían:
– La capacidad de dedicar mucho tiempo en cantidad y calidad a mi familia, a nuestra salud y bienestar y a mi desarrollo personal, espiritual y profesional.
– La capacidad de contar con los recursos necesarios para cubrir las necesidades de mi familia, cubrir nuestros gastos, también nuestros gustos y ¿por qué no? hasta ahorrar un poco también.
– Trabajar como coach, conferenciante, autor y facilitador, ayudando e impulsando el desarrollo personal y profesional de otras personas que, como yo, buscan hoy vivir mejor.

Sin embargo, al paso de los meses, otras subjetivas métricas de éxito de otros, comenzaron a nublar mi visión, inundando mi mente de incesantes cuestionamientos sobre lo que he estado haciendo:

– ¿Será suficiente? Soy un empresario. Necesito una gran oficina, un equipo robusto, un salario de varios ceros y muchos lujos y premios también.
– ¿Serán justos? He trabajado mucho por “x” empresa o agrupación ¿pero valorarán lo que he hecho o solo valoraban cual era mi anterior posición en la organización para la que trabajaba?
– ¿Serán parejos los esfuerzos y recursos que inyecta mi socio al proyecto?
– ¿Serán suficientes los recursos que genero hoy para pagar todo lo que tengo que pagar y comprar todos los lujos que creo merecer?
– ¿Será suficiente el éxito que proyecto a los demás, serán suficientes los halagos y los aplausos, será suficiente el respeto y la admiración que obtengo de los demás?

“¿Será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, será suficiente, será suficiente?..” preguntas que por los últimos meses han rondado como ave de rapiña a mi mente, esperando el momento en que caiga vencido para llevarme a la desesperación.

Pero fue justo en ese momento previo a la rendición, sientiéndome a punto de perder que, de nuevo casi como si despertara de un sueño, un familiar pensamiento que como hace mucho no lo hacía, cruzó por mi mente otra vez:

¿Y qué si no lo es? ¿Importa más que otros te vean exitoso bajo sus métricas, que te rodees de lujos y halagos, mientras otros compensan con su trabajo el valor que crees que con el tuyo has generado?
¿O importa más el hecho de que hoy vives precisamente como durante tanto tiempo has querido vivir? Haciendo eso que por tanto tiempo soñaste hacer, dedicando tu tiempo a las personas a las que siempre se lo has querido dedicar, ayudando a otros con el trabajo que mejor sabes y más disfruta hacer?

¿Y qué si no tienes los lujos que con otro trabajo, antes pudiste o ahora podrías tener? ¿Pesan más las cuentas de gastos, los viajes en primera, títulos nobiliarios y bonos adicionales ó  pesa más saber que has sido capaz de crear y vivir la visión de vida que por años habías querido vivir?

¿Necesitas en verdad un coche último modelo, un traje de marca y una tarjeta dorada en tu cartera?

¿O prefieres una vida próspera, sana y abundante porque tienes lo que necesitas, haces lo que te gusta y pasas tu vida con quien más quieres estar?

¿Qué métrica de éxito prefieres usar?…

… ¿Que si ya lo logre sacar todas mis dudas de mi cabeza?… Nahh… no aún, pero al menos estoy aprendiendo a hacerlo cada día mejor…

¿Y si todo es un ensayo?

Es muy fácil perderse en el hoy: los problemas que tenemos hoy, los miedos que tenemos hoy, las carencias que tenemos hoy, el mucho trabajo que tenemos hoy o en lo afortunados que también somos hoy (aunque tristemente, son muchos menos quienes piensan esto).

Es aún más fácil perderse en el ayer, lo bien que nos iba en nuestro anterior trabajo, lo divertido que la pasábamos con menos responsabilidades, lo sanos que estábamos cuando eramos mas jóvenes o las tragedias que arruinaron los planes de grandeza que algún día tuvimos.

Y cuando nos perdemos entre el ayer y el presente, continuar avanzando hacia donde queremos se torna tan difícil como “correr en el lodo”. Intentas seguir adelante pero cada paso que das es lento, torpe y pesado, porque la carga que te has impuesto es más de la que deberías tener.

Construir un futuro no es tarea fácil. Definir una meta, trazar un camino hacia esta y avanzar por el mismo, resulta por si solo un enorme reto, pero como si esto no fuera suficiente, decidimos (con frecuencia inconscientemente) llevar con nosotros todo el bagaje de nuestro pasado y los caprichos y temores de nuestro presente.
El ego, el miedo y la arrogancia nos anclan y las ganas de “tener la razón” pese a  lo que sea construyen muros a nuestro alrededor que nos encarcelan en una prisión de nuestra propia necedad, pretendiendo lograr algo nuevo, haciendo aquello que bien sabemos que simplemente, si algún día lo hizo, hoy no funciona más.

Continuamos amarrándonos a quienes sabemos que no nos están aportando nada, por temor a perder lo mucho o poco que hasta ahora hemos construido, cuando precisamente desprendernos de eso tal vez sería lo mejor que podemos hacer.

La vida es muy corta para pasarla amarrado a quienes no te ayudan a ser una persona mejor ”, dicen por ahí.
Y sin embargo, seguimos con ellos porque creemos no tener mejor opción, porque la alternativa parece demasiado difícil o simplemente porque la venda del miedo que el tiempo nos ha colocado no nos la deja ver.

Pero… ¿y si todo fuera tan solo un ensayo?

¿Si cada paso que damos, cada vez que avanzamos o retrocedemos, cada logro obtenido y lección aprendida, la viéramos tan solo como lo que es en realidad: Un ensayo que nos permite avanzar al siguiente nivel?

Connect the dots” decía en el más famoso de sus discursos Steve Jobs, haciendo referencia a las diferentes experiencias que vivió en su desarrollo profesional y como después de un tiempo y visto desde otra perspectiva pudo voltear a echar un vistazo a su pasado y conectar cada vivencia que, sumadas entre sí, lo habían llevado hasta donde llegó.

Y conectar estas experiencias es lo que deberíamos hacer.

Quizas hoy no veámos como cada cosa que vivimos y aprendemos conecta con las demás, probablemente incluso pensemos que no somos merecedores de lo que nos ha sucedido o no entendamos como terminamos en la posición que nos encontramos hoy.
Pero, y si en lugar de cuestionarnos por qué nos pasó lo que nos pasó, hacemos un inventario de lo que hemos aprendido y las herramientas, habilidades, competencias y recursos de los que nos hemos hecho a través de este proceso y nos mostramos a nosotros mismos de qué somos capaces hoy que antes no podíamos hacer. Es decir, si nos demostramos lo mucho que este “ensayo” hizo en realidad por nosotros, a pesar de no haber llegado hasta donde queríamos llegar, ¿No estaríamos mucho mejor preparados para continuar?

Así que esta semana ¿en qué vas a ensayar?

 

Equipos hidropónicos.

La semana pasada tomé un taller para una nueva cartificación como coach, ahora enfocado a “The science of Happinees at work”, una metodología que tuvo su origen en el London Business School hace más de 6 años.

Y uno de los conceptos que más clavado se quedó en mi cabeza fue el de el gravísimo error que algunos padres cometemos al criar “hijos hidropónicos”. Es decir, al tener excesivos cuidados con nuestros hijos, similares con la manera en la que se cultivan algunos vegetales aislándolo de los riesgos del cultivo tradicional y brindándoles directamente y sin ningún riesgo, los nutrientes que estos necesitan para desarrollarse.
En tanto escuché el concepto, pensé inmediatamente en la cantidad de ocasiones en las que, como papá, he tratado de hacer precisamente eso: aislar a mi familia de cualquier riesgo o inconveniente y proporcionarles directamente y sin mayor esfuerzo de su parte lo que han querido.

Y es que así por encimita y de rapidito, hacer esto nos pasa por inadvertido o incluso como algo digno de reconocerse como “padre del año”, cuando en realidad, a largo plazo, estamos haciendo todo lo contrario.

Entonces, mientras pensaba en esto, mi mente regreso al tema sujeto del taller y me saltó de inmediato una pregunta más: ¿No estaremos, muchos de nosotros, haciendo justo esto con nuestros equipos de trabajo?

Piénselo. En esta época en la que tanto hablamos de las características básicas necesarias para ser un gran líder, no es difícil confundir el ser amable y atento a los sentimientos y necesidades de los integrantes de un equipo, con hacer lo que es más popular entre ellos. Y resulta también muy fácil mezclar el ser un facilitador de recursos y catalizador de acciones en el equipo, con terminar haciendo el trabajo del equipo o absorber toda la responsabilidad del mismo sin que sus integrantes conozcan y sean impactados directamente por las consecuencias de no llegar a las metas de la organización.

Por supuesto que un buen líder debe tener siempre en mente los intereses, valores y hasta sentimientos de su equipo de colaboradores, por supuesto que buen líder también debe estar preparado para aceptar la responsabildad del equipo y “recibir una que otra bala” por este, y por supuesto que un buen líder debe ser siempre un catalizador para los demás.

Pero a la vez, un buen líder jamás debería de sobre proteger a su equipo al grado de que este sea incapáz de avanzar por si solo para cumplir sus objetivos. Y si ese líder ha llegado al extremo de convertir a su equipo en uno hidropónico, entonces tal vez, solo tal vez, quien no debería de estar en este es justo quien lo encabeza.

¿Ustedes qué piensan?

Mañana se construye aquí y ahora.

La semana pasada parecía no cerrarla bien del todo. Un cliente que ya me había confirmado una fecha en Mayo para la contratación de una conferencia, simplemente me canceló, mientras que otro cambiaba de fechas el contrato de Mayo para Junio y el de Junio para Septiembre.

Lo primero que pasaba por mi mente: “ahí va el presupuesto de Mayo”, “¿qué pasa con este cliente que sin mayor reparo así me afectó”, “¿Ahora qué voy a hacer?”, “Ahora sí la cosa se jodió”…

Entonces, por fortuna, volteé la mirada a mi libreta de proyectos que silenciosa y paciente esperaba  en mi escritorio para recordarme las muchas cosas por las que hay que trabajar y hacer que sucedan para este y ese mes y muchísimos más.

Y es que la reacción que típiciamente adoptamos cuando algo no sale como planeábamos, incluso cuando asumimos que lo tenemos ya todo bajo control, es lamentarnos, quejarnos y preguntar qué hemos hecho para merecer semejante trato, para luego caer en el engaño de la desesperanza que, por momentos nos ahogoa, haciéndonos creer que ya no hay más solución que la resignación.

Pero lo cierto es que nada podría estás más lejos de la verdad.

Si algo no ha salido como esperábamos, si alguien ha inclumplido su parte del trato, si las circunstancias, por las razones que sean, han cambiado, lo único que NO podemos hacer es perdernos en nuestro lamento por lo que pasó y congelarnos ante el miedo de lo que podría suceder. Porque cuando lo hacemos, lejos de arreglar aquello que creemos que está muy mal, con nuestra distracción y falta de acción dañamos las demás cosas que hoy demandan nuestra atención.

Perdemos demasiado tiempo frustrándonos con lo ocurrido y temiéndole a lo que pueda pasar. Pero con lo que ya pasó, nada podemos hacer y tampoco podemos adivinar lo que probablemente, o no, ocurrirá.

Lo único que podemos hacer es aceptar (que no es lo mismo que resignarse) lo que sucedió, intentar entender por qué pasó y cuál es la lección que de ahí podemos aprender. Alejar de nuestra mente cualquier temerosa suposición de lo que esto podría, o no, implicar.

E inmediatamente poner toda nuestra atención, inteligencia, pasión y acción en lo que tenemos que lograr hoy.

Porque el pasado atrás se quedó y el mañana… el mañana se construye aquí, hoy, tomando acción.

4 lecciones de miedo…

El miedo debe ser la más natural y más sentida de las emociones humanas. De hecho, cualquier experto en desarrollo humano nos dirá que, junto con el amor, lo es.

Prácticamente ni un día pasa sin que escuchemos hablar a alguien (nosotros mismos incluidos) sobre algún temor a algo o a alguien. Y sin embargo, poco hacemos por aprender a entender nuestros miedos, superarlos y vivir con, o mejor aún, a pesar de estos.

Algunos hablan de saber vivir sin miedo, pero con franqueza, hasta ahora no he conocido a alguien que pueda comprobar que Juan sin miedo sí existe.
No, desde mi punto de vista, no se trata de vivir sin miedo (pues esto sería equivalente a dejar de sentir), sino de aprender a reconocerlo, vencerlo y seguir adelante aún cuando aquella “amenaza” a la que tememos siga latente.

Y si bien no conozco a ningún experto domador de miedos, sí he sido lo suficientemente afortundado para conocer algunas brillantes personas que ya sea personalmente, a través de sus libros, publicaciones o conferencias, me han dejado por lo menos 4 lecciones respecto al miedo:

  1. Jamás dejes de hacer algo por temor a hacerlo.
    Siempre que no atente contra tu integridad personal, aquellas cosas que más miedo tienes de hacer, son típicamente una clara indicación de hacía donde tienes que encaminarte. Correr hacía nuestros miedos (no de ellos) se vuelve crítico para avanzar en nuestra vida. Suena a cliché, pero la realidad es que en verdad más allá del velo del miedo está el potencial de todo lo que podemos lograr.
  1. Vivir todos los días temerosos y preocupados es un desperdicio de vida.
    Mark Twain dijo “Pasé la mitad de mi vida preocupándome por cosas que nunca ocurrieron”.
    Y de qué sirve pasar todo nuestro tiempo preocupados, temiendo a aquello que no ha pasado y que tal vez nunca ocurra, y que si ocurre, probablemente poca opción tendremos de evitar que suceda. ¿Para que sufrir las cosas dos veces (una cuando te preocupas por lo que pueda pasar y otra solo si sucede) cuando los más probable es que nunca las tengas que sufrir?
  1. El miedo es un mal consejero si reaccionamos solo a este. El miedo, sino somos capaces de controlarlo, altera nuestros nervios, nos enoja, nos hace intempestivos y cualquier decisión que tomamos bajo la influencia directa del miedo tiene grandes probabilidades de ser justo la que no queríamos o debíamos tomar.
    Una cosa es tener que reaccionar rápidamente ante una situación de emergencia y “pensar sobre nuestros pies” y otro totalmente distinta es no saber reconocer el momento en el que debemos de detenernos, hacer una pausa, aclarar nuestras emociones y tomar una decisión fría y bien pensada.
  1. Una de las mejores formas de combatir el miedo es la preparación y la anticipación.
    Dedicamos tanto tiempo y energía a escuchar a nuestros miedos que nos olvidamos de pensar en qué podemos hacer para evitarlos.
    Quiero decir, pasamos años con miedo a sufrir un infarto porque “tenemos mucho estrés, comemos mal y no hacemos ejercicio” en lugar de usar todo es tiempo para procurar nuestra salud, ejercitarnos todos los días y tener una mejor nutrición.
    Tememos quedarnos sin trabajo y no tener un colchón en dónde caer, pero desperdiciamos el tiempo en trivialidades en lugar de hacer un fondo de ahorro o, mejor aún, comenzar  a construir nuestra propia empresa.
    Tenemos miedo de lo que no conocemos y aún así pocas veces nos damos la oportunidad de explorar eso y aprender de ello.
    O, de igual forma, tenemos miedo del nuev@ jef@, pero en lugar de acercarnos a ella para conocerle y entenderle, preferimos bañarnos en el miedo del resto de nuestros compañeros perdiendo el tiempo alimentando los mismos rumores que desde un inicio nos hicieron temerle.
    O peor aún tenemos terminar viviendo la vida de los demás pero muy pocos son los que se atreven construir y vivir desde la ya la vida que en realidad quieren vivir.

La realidad es que pocas veces nos damos el tiempo de tratar de entender a qué y especialmente por qué le tenemos miedo, pero si lo hacemos, tal vez, solo tal vez descubramos que… no era para tanto.

¿Y ustedes a qué le tienen miedo y cómo están aprendiendo a vencerle?

Dime con quién andas y te diré…

“Dime con quién andas y te diré quién eres” reza el dicho.
Pero qué hay de: dime con quién andas y te diré que tan feliz eres o qué tan bien estás o qué tan significativo trabajo estás realizando?

Como seres sociales que somos, no podemos pasar nuestra vida solos, ni construir un proyecto por nuestra cuenta nada más. Por lo tanto necesitamos involucrarnos y asociar nuestros esfuerzos con los de otros. Es entonces cuando más cuidado debemos tener poniendo atención en a quiénes y a qué cosas estamos abriendo la puerta de nuestra vida; en qué lugares y con qué personas y organizaciones pasamos más tiempo y qué tan positiva o negativa es su influencia; en otras palabras que tan buenas o no tan buenas personas nos ayudan a ser.

Quizas nuestra inseguridad nos haga creer que decir “soy hij@ de, amig@ de, compañer@ de, vecin@ de, etc” nos da un estatus especial ante los demás, en vez del verdadero lugar que nuestro trabajo y el valor que generamos para otros nos da.

Tal vez el ego nos engañe con la idea de que tener una tarjeta de presentación que diga fundador, presidente, VP, director, CEO, CMO, CFO, COO y la C y las Os que quieran y que nos da acceso a “la suite ejecutiva”, nos hace superiores a los demás, impregnándonos de un falso sentido de orgullo que tan solo disfraza el enorme vacío e insatisfacción que la inseguridad, el miedo, la codicia, la soberbia y la ambición excesiva nos genera.

Y probablemente la sociedad y el estatus quo nos haya vendido la idea de que para avanzar en nuestra carrera tenemos que involucrarnos en algún grupo, cámara, asociación o sociedad tan solo para brillar y ser reconocido como “alguien”, en lugar de para crear oportunidades y construir posibilidades para la industria que ese grupo supone servir.

Pero en realidad, ese camino ¿hasta dónde nos puede llevar, sino es a una espiral sin fin?

Rodearse de la gente correcta, participar con la organización correcta y envolverse de los influenciadores correctos, no es una ciencia de relaciones públicas para destacar como el mejor, el más poderoso o el de mayor fama, sino un sútil arte de encontrar a aquellas personas, grupos y sitios que nos inspiran y que arrancándonos una sonrisa nos hacen sentir que en verdad podemos ser hoy mejores que ayer, elevando nuestro trabajo al siguiente nivel, al de hacerlo no solo para tener una establiidad económica y un estatus social, sino para servir a un propósito más grande que nosotros mismos, para el que no precisamente tenemos que ser alguien de gran poder político, económico o social; pero para el que, desde nuestra trinchera podemos colaborar.

Gente así existe y por fortuna son muchos más de los que pensamos que son. Pero más frecuente que no, no los vemos pues en tanto nosotros estamos pensando quiénes son, ell@s están trabajando haciendo lo que saben hacer mejor

 

(De izquierda a derecha) Ella lidera, junto con otros una organización de jóvenes que busca la seguridad en Ciudad Juárez, el organizó otro grupo de jóvenes que trabajan en pro de la legalidad y un estado de derecho en esa misma ciudad, el, hace más de 15 años, sin ser legislador creo la primera propuesta de ley de espacios libres de humo en protección al no fumador en nuestro país (ley que hoy ha sido adoptada a nivel federal) y ella creo en México uno de los movimiento más exitosos para apoyar a mujeres con cancer. Hoy todos ellos y muchos más trabajan en conjunto, celebrándose, sacando lo mejor de sí y apoyándose entre organizaciones para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir.

Y tengo que preguntar: ¿Qué has hecho tu hoy y con quién piensas colaborar?

¿Quién eres y cuál es tu historia?

Leyendo nuevamente a Robin Sharma, un líder de pensamiento que ha influido mucho en mi en los últimos años diéz años, recordé hacerme una pregunta que hace tiempo no me hacía: ¿Cuál es mi historia?

Es común responder, cuando la gente nos pregunta quiénes somos, cosas como qué hacemos, en qué trabajamos, dónde vivimos, si tenemos familia o incluso, de acuerdo a lo que muchos coaches destacados aconsejan, enlistar los roles que creemos desempeñar en nuestra vida: padre, madre, hijo, hermano, jéfe o subordinado, empresario o empleado, amigo o detractor, estudiante o hasta qué licenciatura, ingeniería o especialidad hemos estudiado, pero ¿Dice todo esto cuál es nuestra historia, en realidad?

Podrá, seguramente contar algo sobre las cosas que hemos hecho, podría incluso dejar ver algunos retos que hemos enfrentado, logros obtenidos y fracasos aprendidos.

Pero para contar nuestra verdadera historia hace falta mucho más.

Hace falta hacerse vulnerable, quitarse la máscara de lo cotidiano y la armadura del estatus para dejar de lado la simple superficie de nuestro día a día y sacar a la vista lo que a solo unos cuantos o a veces a ninguno contamos: Qué queremos de la vida en realidad. Qué nos motiva y nos llena de esa cálida sensación de flotar y simplemente ser, que llamamos, para darle un nombre entendible: realización.

Hace falta cuestionarnos con frecuencia cuál es nuestra visión de la vida, cuáles son nuestros más sólidos principios, cuáles son nuestros más anclados valores e intereses en la vida, no los que la sociedad nos dice que nos debe importar, si no las cosas que atesoramos en verdad. Qué es lo que queremos hacer de nuestra vida y cuál es nuestra misión, en otras palabras, cómo queremos que la gente recuerde haberse sentido estando con nosotros, no qué puesto teníamos ni cuánto dinero cargábamos o que auto manejábamos, sino qué, y cómo, hicímos por ellos.
Identificar con honestidad y humildad cuáles son nuestras más grandes fortalezas y más graves áreas de oportunidad, es decir, reconocer con claridad con qué herramientas contamos y de cuáles nos debemos de hacer para cumplir nuestra misión, con eso que queremos hacer por nosotros y por los demás.
Y entonces definir cuáles son las cosas a las que debemos y estamos dispuestos a darle mayor prioridad y qué estamos o no listos para sacrificar.

Y así poder con mejor atino y mayor seguridad contar quiénes somos y cuál es la historia que estamos escribiendo.

Porque si no sabemos nosotros mismos contar cuál es nuestra verdadera historia, seguramentte nuesta vida terminará relatando la historia que alguien más quería vivir.

¿Y cuál es la mía? La de un (no tan) simple hombre tratando aprender, compartir y ayudar a otros (principalmente en la industría de marketing y comunicación) a desarrollar y fortalecer nuevas y previas competencias, habilidades y conocimiento que les ayude en el desarrollo de su carrera profesional y su vida personal. En otras palabras: que les ayude a escribir su historia personal.

(Una de las fotos que más aprecio de mis viajes: aquí con Robin, después de la oportunidad de tener una buena plática, uno a uno, en el trayecto que compartimos del Aeropuerto de Guadalajara al hotel donde nos hospedamos para asistir a uno de sus seminarios).

La co-responsabilidad: enseñanza-aprendizaje.

Antes de empezar, quiero aclarar que soy Comunicólogo y Publicista de profesión y coach, conferenciante y facilitador por pasión y vocación. De mis 17 años de carrera profesional (14 en Marketing digital) solo los últimos 5 los he dedicado formal y profesionalmente a la labor de entrenamiento y desarrollo de talento, por lo que para nada me considero un experto en el tema.

Por el contrario, a penas estoy aprendiendo las bases y se que me falta muchísimo camino que recorrer.

Sin embargo una cosa que en estos últimos 5 años sí he podido apreciar es que algo que falta con gravedad en el proceso de entrenamiento y desarrollo, es la co-responsabilidad, o mejor dicho la complicidad que el estudiante (o educando como le llaman en el medio) tiene que tener con el facilitador (maestro o instructor o como prefieran llamarle).
Y es que pareciera que todo lo que muchos “estudiantes” quisieran al asistir a un curso, conferencia, taller o cualquier otro formato, es que el conocimiento les fuera transferido como descarga de software tipo The Matrix para que, en automático y al instante se conviertan en expertos en una materia; depositando así toda la responsabilidad por su aprendizaje en la persona que al frente está compartiendo su conocimiento, experiencia y puntos de vista.

Y si bien es muy cierto que quienes nos dedicamos a compartir conocimiento y apoyar el desarrollo de capacidades y habilidades profesionales de distintas personas, tenemos la crucial responsabilidad de mantenernos totalmente actualizados, con un conocimiento no solo teórico sino práctico y de desarrollar lo más que se pueda nuestras competencias y habilidades como comunicadores y docentes para poder hacer un trabajo que en verdad aporte un grano de arena al desarrollo de otros; Lo que también es igual de cierto es que todo esto cuenta tan solo como la mitad del proceso de aprendizaje de los estudiantes, pues existe una inevitable co-dependencia entre ambos procesos: enseñanza con la transmisión del conocimiento y aprendizaje con la apropiación de dicho conocimiento para provocar un cambio en el estudiante.

En otras palabras, si tú como estudiante no estás dispuesto a responsabilizarte totalmente por tú proceso de aprendizaje, no importa que tan bueno y capaz sea tu instructor, muy poco será lo que logres asimilar.

Y aunque hay mucho que comentar sobre lo que cada uno de nosotros podemos hacer para mejorar como facilitadores, como parece que cada vez somos menos quienes queremos compartir y más quienes aparentan exigir aprender, prefiero en este post enfocarme en 4 simples acciones que como estudiante (así es, quienes nos dedicamos a compartir, somos los primeros también en dedicarnos a estudiar) me gusta aplicar para mejorar mi proceso de aprendizaje:

1-    Ser auto-didacta.
Jamás esto había sido tan sencillo. Con el acceso a tanta información que los medios digitales hoy nos dan, es inexcusable no tomarse el tiempo de buscar distintas fuentes de información y compararlas, descargar libros (gratis y comprados), leer blogs, escuchar podcasts, ver tutoriales en video, discutir con expertos en distintos foros y rodéarte de personas que te impulsarán a aprender y a esforzarte más.
Ser autodidacta porque hoy no aprender es una elección.

2-    Definir claramente nuestro nivel real de conocimiento y comprometernos con este para continuar elevándolo.
La semana pasada entré en una acalorada discusión con otro columnista de la revista Vuelo Digital (por cierto, debo acepar que me enganché demás en esta, aunque ya retomamos por mail una plática más amigable. Cuando terminen de leer este post, si tienen tiempo e interés, pueden leer el oso completo en: http://www.vuelodigital.com/2012/03/08/de-conferencias-tacticas-y-estrategias/) , revista para la que también escribo, pues en el artículo que esa semana publicó, sostenía la propuesta de que, por lo menos en lo que se refiere a Marketing Digital, ya no hay más conferencias o seminarios en los que se comparta nueva información, ni facilitadores profesionales capaces de subir el nivel de enseñanza de la industria en nuestro país, cosa con la que estoy en total desacuerdo.
En efecto debo admitir que, tal como menciona Alejandro en su columna, existen ya decenas o cientos de eventos que comparten los mismos mensajes, la misma agenda y los mismos conferenciantes. Pero eso para nada está mal. En un país y una industria donde (de acuerdo a un reporte de MCGraw-Hill) existen más de 193mil estudiantes de mercadotecnia que aún no están involucrados con la industria de medios digitales, no podemos darnos el lujo de no compartir una y otro y otra vez (y cuantas veces sea necesario) las bases de la industria. Por fortuna los espacios existen y hay quienes estamos dispuestos a continuar compartiendo y abriendo puertas para otros. Y por fortuna también existen otros eventos y foros de mayor calibre donde, aunque algunos de los facilitadores seamos los mismos, los temas son sin duda más avanzados y complejos.
Por lo que resulta indispensable tener muy claro cuál es nuestro verdadero nivel de conocimiento y cuáles son los siguientes pasos que tenemos que dar para continuar avanzado. ¿Estás escuchando los mismos temas una y otra vez? Tal vez llego el momento de avanzar.

3-    Proveer retroalimentación puntual, relevante, positiva y frontal.
Ningún facilitador o entrenador es perfecto ni es poseedor de la verdad universal y más frecuente que no, cometemos muchos más errores de los que quisiéramos admitir. Y la retroalimentación que podamos recibir es mucho más bienvenida de lo que creemos.
Al mismo tiempo, todo estudiante tenemos alguna opinión (buena, mala, ligera o dura) sobre nuestro instructor.
Y sin embargo, pocos somos los estudiantes que regalamos una auténtica, oportuna y bien orientada retroalimentación.
Justo en la discusión que mencionaba arriba, un “espontáneo participante” intervino para, de forma anónima, cubierto por el sobre nombre de “Chepo”, despotricar sobre los conferenciantes e instructores, incluso recitando a memoria algunos pasajes de la más básica de las conferencias que imparto. (Cosa que por un lado me da gusto porque me demuestra que compartir anécdotas, sí hace memorable el mensaje que se comparte), sin embargo, a pesar de lo interesante que pudieran haber sido sus comentarios, al hacerlo de manera anónima, burlona y tan a destiempo, su intervención pierde absolutamente toda credibilidad.

La retroalimentación, la de verdad, la positiva, la de una persona verdaderamente comprometida con su propio proceso de aprendizaje, se da de manera puntal, a tiempo y de frente.

4-    Aprender enseñando.
“Todo conocimiento no compartido pierde valor” recitan muchos por ahí. Y aunque suena a cliché es verdad. Pero tal vez algunas personas que predican este dicho, no han entendido que quiere decir en realidad o en su totalidad. Quizás piensan que el dicho se refiere solo a que si no se comparte el conocimiento de generación en generación este se pierde, pero esto es tan solo una cara da la moneda. La otra se refiere a que ninguna persona termina de aprender lo que ha estudiado hasta que no es capaz de compartir con otros ese conocimiento, enseñándolo.
De modo que si sientes que ya has aprendido lo suficiente y en verdad estás comprometido con tu proceso de aprendizaje, entonces atrévete a dar el paso y comienza tú también a enseñar lo que sabes.
Quién sabe, tal vez, como me pasó a mi, descubras tu verdadera pasión.

¿Qué otra práctica les viene a ustedes a la mente?

 

¿Qué te mueve en la vida?

Si te hiciera esta pregunta justo ahora y de frente, ¿Qué responderías?

Si estás casado, muy probablemente tu respuesta sería algo así como “mi familia y su seguridad”, si eres soltero y laboras en una gran corporación probablemente responderías “hacer una exitosa carrera” o si has tenido algunas limitaciones económicas anteriormente y hoy cuentas con mejores ingresos, tal vez responderías “darle a los tuyos lo que tu no tuviste”

Es curioso, pero en cada proceso de coaching sobre desarrollo de carrera que facilito, cuando hago la pregunta “¿Qué te mueve en la vida?” siempre recibo respuestas similares, pues son precisamente estas respuestas las que con el tiempo, nuestra sociedad nos ha enseñado a dar.

Por supuesto que todos queremos que nuestra familia esté bien, estable y segura. Claro que todos queremos tener una prolífica y exitosa carrera y contar con más recursos económicos de los que necesitamos.

Pero mucho más allá de lo obvio… ¿Qué te mueve por dentro? Es decir, ¿qué aprieta tus botones? Porque definitivamente todos tenemos distintos botones que presionados en el orden correcto pueden motivarnos, alegrarnos, enojarnos, ofendernos,  contentarnos e inspirarnos…

Y si somos capaces de entender con claridad cuáles son, para nosotros, las cosas que efectivamente activan cada uno de estos “botones”, podríamos entonces asegurarnos de presionar, al menos con mayor frecuencia, aquellos que nos ayudan a estar mejor.

No solo sabiendo que nuestra familia está segura, estable y bien cubierta.
No solo teniendo una carrera brillante.
No solo contando con dinero y bienes.
Sino estando contentos y alegres haciendo aquellas cosas que más nos gustan hacer y mejor sabemos hacer.
Y no solo estando contentos haciéndolo, sino realmente realizados porque lo hacemos en servicio y beneficio de algunos más.

El problema, sin embargo, sigue siendo que muy pocos conocen o mejor dicho admiten cuáles son las cosas que realmente aprietan sus botones. Cuáles son las situaciones en las que se sienten tensos y amenazados y que activan sus defensas; y cuáles son los momentos en que más alegres y relajados se sienten. Qué cosas despiertan su creatividad y ganas de innovar. En qué sitios se sienten más inspirados y con qué personas se sienten más seguros y contentos.

En estos procesos de coaching de desarrollo de carrera en los que tengo la fortuna de apoyar a otros, una práctica diaria que recomiendo es la de llevar una bitácora de lo sucedido cada día. Es decir, un diario en el que enlistemos los sucesos del día e indiquemos cómo estos nos hicieron sentir, para así poder identificar los momentos, las circunstancias, las personas, etc, con quienes y durante las cuales nos sentimos mejor y logramos, por lo tanto, un mejor desempeño en lo personal y en lo profesional, a la vez que identifiquemos cuándo, como y dónde nos bloqueamos más.
Para poder después usar nuestra “brújula de vida” para estimar cómo está el balance entre estas distintas situaciones en nuestra vida, para que con un poco de tiempo, podamos ir, en la medida de lo posible, alejándonos de las situaciones que no nos favorecen y vayamos rodeándonos de las personas que mejor nos hacen estar y buscando, y hasta provocando, esos momentos en los que más podemos brillar y ayudar a los demás.

Así que ahora que te vuelvo a preguntar ¿Qué te mueve en la vida? ¿Qué me responderás?

Oportunidad… es.

Cierto es que siempre tenemos que estar alertas y abiertos a las nuevas oportunidades que, en cualquier momento, se nos pueden presentar. Mucho más cierto es que más importante que saber aprovechar una buena oportunidad, es saber crear nuevas y mejores oportunidades para los demás.

Esto es, en lo personal, parte de cómo yo veo la vida.

Pero esta forma de ver las cosas tiene un pequeño pero potencialmente grave error de diseño que te puede llevar, sin darte cuenta, de querer generar o aprovechar nuevas oportunidades, a quedar perfectamente mal con todos.

Y es que con frecuencia, la urgencia por aprovechar y “sacarle jugo” a todo lo que se cruza en nuestro camino, el hambre de emprender, la adicción a aventurarse en nuevos proyectos, la incesante búsqueda de popularidad o el simple miedo al rechazo o el no saber decir no, nos pueden hacer caer en una espiral de francamente desaprovechadas y mal definidas “oportunidades”, que nos llevan a todo menos a sacar lo mejor estas.
Quedamos mal otros pues nos comprometemos a cosas que cabalmente no podremos cumplir. Fallamos en las entregas, descuidamos los proyectos en los que ya estábamos trabajando, provocamos roces innecesarios con otras personas y afectamos directamente nuestra salud física, mental y espiritual porque, prácticamente acabamos con nosotros.

En lo personal, creo que he caído en esta espiral más veces de las que quisiera contar.

Y precisamente buscando no caer más en errores como este es que desde hace tiempo, procuro hacerme (aunque a veces aún olvido hacerlo), cinco simples preguntas que me ayudan a definir si, la que se presenta, es o no la oportunidad que debo crear o aprovechar:

1)   ¿Soy la mejor persona (o la mejor organización) para realizar las tareas que se requieren? ¿Realmente contamos con la experiencia, herramientas y capacidad para sobre pasar las expectativas?

2)   ¿Este nuevo proyecto, responde y está alineado con mis (o de la organización) intereses, principios y valores, o solo quiero hacerlo por popularidad?

3)   ¿Podré cumplir cabalmente con este compromiso sin descuidar los que ya vengo trabajando?

4)   ¿Será divertido y disfrutaré haciendo este proyecto? ¿Me rodearé de gente talentosa, honesta y sencilla de quienes podré aprender y con quién podré compartir?

5)   ¿Este proyecto nutre e inyecta recursos al motor  económico de mi empresa, ayudándonos a continuar operando y creciendo con éxito?

Solo cinco preguntas muy fáciles y rápidas de responder, pero que al hacerlo pueden cambiar totalmente los resultados de nuestros entregables y nuestro desempeño.

Porque al algunas “oportunidades” sí se vale decirles NO.