De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

Nadie te debe nada.

Dejemos algo claro desde el principio, más allá de respeto, nadie te debe nada.

No importa cuánto hayas trabajado en el pasado ni todo lo que dejaste de lado para hacerlo, nadie te debe nada.

No importa que hayas dedicado años de entrega a un trabajo, la pasión vertida y la energía invertida, si te pagaron por tu labor, nadie te debe nada.

No importa cuán talentoso seas ni que tan alto sea tu IQ, no importa a cuántas personas hayas apoyado en el proceso, nadie te debe nada.

No importa cuantos logros hayas obtenido ni cuantas lecciones hayas aprendido. No importa si empezaste de cero un negocio y lo llevaste a la cumbre, nadie te debe nada.

¡Claro que mereces más, mucho más, de lo que has conseguido! Por supuesto que te has ganado tu lugar con trabajo, con esfuerzo y sacrificio.

Desde luego que te has ganado la oportunidad de seguir creciendo y haciendo más de lo que quieres hacer.

Definitivamente tu experiencia, la que sea, tu conocimiento, tu talento, tu entrenamiento y preparación, tu energía, tus ganas de seguir avanzando, tu deseo de continuar creciendo, tu claridad sobre hacia dónde quieres ir y tu entrega y pasión son una plataforma casi perfecta para iniciar o continuar tu viaje y lograr aquello que quieres conseguir.  

Seguro, como hasta ahora, encontrarás a decenas de personas que quieran ayudarte, impulsarte, orientarte y hasta hospedarte como parte de sus vidas.

Seguro, como hasta ahora, a veces conseguirás y otras crearás, grandes oportunidades que aprovechar para continuar avanzando.

Sin duda, como hasta ahora seguirás avanzando y creciendo. Y tendrás la oportunidad y la responsabilidad de apoyar y ayudar a otros; hacerlos parte de tu vida y compartir con ellos parte del camino.

Pero recuerda que de entre todas esas personas, nadie te debe nada.

Sí, te lo has ganado todo y mereces todo lo que quieres, pero nada nadie te debe nada.

Ahora que has entendido eso, ve por lo que quieres.

De sí y de no.

Decir sí es fácil, decir sí es lo popular. A todos nos encanta ser la persona positiva, el héroe incondicional que lo resuelve todo con un sí.

Decir no es complicado, decir no nos presenta huraños y negativos. A nadie le gusta ser quien dice que no.

Decir sí nos gana sonrisas, decir no nos gana miradas de desaprobación.

Pero decir sí a todo es decirnos no a nosotros mismos.

Decir sí a todo favor pedido, decir sí a todo nuevo proyecto no contemplado, decir sí a toda petición en el trabajo, en casa, a nuestros amigos; es empeñar nuestra palabra y crear la esperanza de que cumpliremos todo a lo que hemos dicho que sí, aún cuando sabemos que las probabilidades de lograr cada compromiso prometido con un fácil sí, no son tantas en realidad.

Decir sí puede ser engañoso para nosotros mismos.

Decir sí de forma espontánea a cada petición nos hace sentir bien, nos sentimos generosos y no solo conectamos con la otra persona mientras que nuestro cerebro libera oxitocina y serotonina, pero también logramos la validación de alguien más lo que nos genera una sensación de placer en tanto nuestro cerebro libera dopamina, y así nos volvemos adictos a decir que sí.

Pero decir que sí a la agenda de todos los demás, es decir que no a lo que nosotros mismos queremos hacer, a nuestros sueños, a nuestros planes, a nuestro trabajo, a nuestro propósito de ser.

Decir que sí al camino de otros es alejarnos del nuestro y abandonar nuestros planes, aún si es tan solo por un momento.

Alejarnos de nuestros proyectos, posponer nuestras prioridades y planes para favorecer las de otros solo porque no pudimos vencer la tentación de decir sí, invita a nuestros días al estrés que crece cada día más, de la mano de la angustia que nuestro  cerebro secreta en forma de cortisol. Entonces viene el agotamiento, el desgaste, la falta de energía para hacer todo aquello que dijimos que íbamos a hacer.

Y la única opción que nos queda es decir no. No a más síes.

Sí a nosotros, a nuestro tiempo y a nuestro paso.

Y sí a decir que no.

Un mentor, un coach, un porrista y un amigo entran a…

No, no se trata del inicio de un chiste, sino de la gente que necesitamos que entre en nuestras vidas, las personas de las que deberíamos rodearnos  y de los roles que debemos asumir.

Hablar de estos cuatro roles no es descubrir el hilo negro, ni inventar la rueda.
Probablemente muchos hayan escuchado a personalidades como Tim Ferris o Chris Hogan compartir la importancia de estos roles en distintos foros.
Pero debo preguntar: ¿Qué tanto estamos poniendo atención a esta recomendación? Tener y ser para otros, un mentor, tener y ser para otros un un coach, tener y ser para otros su porrista, tener y ser para otros su amigo incondicional.

Tener un mentor se trata de encontrar a alguien que haya avanzado ya sobre el camino que pretendemos recorrer, alguien que con tiempo, trabajo, estudio y dedicación a un propósito similar al nuestro, va delante de nosotros y que con generosidad está dispuesta a compartirnos su experiencia; dejarnos ver sus retos, sus errores y sus aciertos. A prestarnos sus lecciones, como nuestras, para hacernos un poco más visible el camino que queremos andar.

Tener un coach, no es tener un mentor, ni un psicólogo, ni un doctor.
Tener un coach significa tener a nuestro a lado a una persona que con su preparación y experiencia, nos ayude a entender dónde estamos, a definir a dónde queremos llegar y a esbozar un plan para lograrlo.
Un coach, nos mantiene fieles a ese plan. Un coach no consiente, no complace. Un coach no nos da las respuestas, pero sin duda nos ayudan a encontrarlas. Mejor aún, un coach nos mantiene honestos y claros y nos lleva a plantearnos aquellas cosas que no nos hemos atrevido a preguntar. Un coach nos da el empuje que necesitamos para continuar y avanzar.

Tener un coach no siempre es suficiente.  Necesitamos también saber que hay alguien más allá afuera que cree en nosotros, un porrista.

Un porrista que celebre nuestros logros incluso antes de tenerlos. Un porrista que al inicio del día, con su mirada nos dejan ver que creen en nosotros y que por la noche nos abraza y nos dice mañana será otro día para continuar.

Y un amigo. Un amigo con quien conversar y compartir nuestros secretos, nuestros sentimientos, miedos y anhelos. Un amigo que conozca nuestra historia y nuestro por qué.  Un amigo que a veces solo escuche y en otras nos ponga en nuestro lugar.

Y así como necesitamos de un mentor, un coach, un porrista y un amigo, necesitamos serlo para otros también, pues compartir es aprender y aprender es crecer.

Compartir como mentor de alguien más aquellas lecciones que tanto nos dolió aprender. Prestar la luz obtenida en nuestro camino para alumbrar un poco el de quien viene atrás y ayudarle a sortear los retos que ha de enfrentar.

Ayudar como coach a quién está intentando encontrar y ganarse su lugar. Ayudarle a trazar un plan, fijar objetivos y acompañarlo en el camino que ha de comenzar.

Celebrar, como porrista, hasta los más pequeños logros de alguien más. Y prestarle cada nuevo día nuestro ánimo y confianza interminable en que ellos lo pueden lograr.

Y ser de alguien especial un amigo leal, honesto, sin intereses. Un amigo incondicional.

 

 

Re-ordenando la indisciplinada búsqueda de más…

La temible, eterna, terrible e indisciplinada búsqueda de más… más negocio, más clientes, más dinero, más productos, más servicios, más audiencias, más objetivos, más resultados, más premios, más críticos, más tomadores de decisión, más gente a quien dar gusto y más maneras de hacerlo. Más que hacer y más que ser para más… ¿pero para más qué?

Dicen que no está clara la fórmula del el éxito pero la del fracaso es, sin duda, querer ser todo para todos y todo a la vez; abriendo frentes a diestra y siniestra, diluyendo la capacidad de nuestros recursos en tantas áreas como se alcancen a ver, dejándonos frágiles y reducidos a la apariencia de ser lo que no se es.

Con tal de parecer ser los mejores, los más grandes, los más capaces… sin importar lo que implique, buscamos “aprovechar” (sí, así, entre comillas) la primera y cualquier otra “oportunidad” que vemos frente a nosotros; sacrificando el enfoque de hacer aquello que mejor sabemos hacer.

Nos llenamos de tareas y pendientes que nos hacen ver como personas o empresas ocupadas, con mucho que hacer, pero dejándonos poco espacio para avanzar, pues con tantos objetivos hemos saturado el camino, llenándolo de obstáculos producto de nuestra propia y, con frecuencia, trivial y artificial complejidad.

Como si la locura de ocuparnos hasta exhaustarnos, nos otorgara un especial nivel de estatus en la sociedad.

Pero no es así; como dice Brené Brown, lo único que esto hace es adormecernos y darnos una salida para escapar de lo que realmente es importante que hagamos, de lo que nos da tanto miedo hacer, de lo que nos enfrenta a la real vulnerabilidad de crear y avanzar.

Reordenando con enfoque y simplicidad.

Pero sí podemos más, sí podemos ser los mejores en lo que hacemos, sí podemos ser los más capaces también.

Recordando con claridad cuál es nuestra más básica y primera razón de ser.
Ese motivo que despertó en nosotros o nuestra empresa, por primera vez, la intención de hacer lo que hacemos.

“Start with the why”, diría Simon Sinek.
“Put first things first”, decía el Dr. Stephen Covey.
Y “Keep the main thing the main thing”, explica David Cottrell.

Para recordarnos que la clave esté en enfocarnos con simpleza absoluta en esa única y gran cosa que se ha convertido en nuestra misión. Organizando nuestros esfuerzos y ordenando nuestras acciones bajo esa real, inspiradora y crucial razón de ser que nos ayuda a dar prioridad a cada acción.

Preguntándonos, esto que estoy por hacer, este nuevo objetivo que quiero perseguir, esta responsabilidad adicional que quiero asumir ¿Construye hacia mi objetivo principal? ¿Está alineado con los intereses y prioridades de la organización? ¿Responde a la visión estratégica del negocio?

Y trabajando así con enfoque y simplicidad.

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Brújula de vida y el reencuentro contigo mismo. #Repost2015

Perderse a si mismo puede ser mucho más fácil de lo que parece…

El estrés del trabajo, la presión social, las expectativas de los demás, las obligaciones laborales, las económicas, la influencia de quienes nos rodean y las condiciones en las que vivimos son algunas de las cosas que con facilidad pueden hacer que, más rápido de lo que creemos, perdamos la visión de quiénes somos en realidad. Que perdamos de vista lo que nos gusta, lo que nos interesa, lo que nos apasiona.
Peor aún, algunos olvidan incluso sus valores, sus principios, sus prioridades. Y descuidan, a favor de otros, sus propia vida, sus propio ser.

Pasan tanto tiempo intentando saciar las expectativas de los demás y cumplir con las agendas de otros que, por cumplir los sueños de alguien más, dejan los propios olvidados, enterrados en la aprobación de un extraño a quien en realidad poco le interesa lo que otros quieran lograr.

¿Lo has notado en ti?

Esa sensación de desconocimiento de ti mismo cuando te descubres respondiendo a otros justo como detestas que te conteste tu jefe o reaccionado exactamente como juraste que no harías jamás porque odiabas como lo hacían tus padres.
¿Te has sorprendido a ti mismo sacrificando el tiempo de tu familia, el momento de procurar tu salud o comprando eso que sabes que no necesitas pero con lo que piensas que quedarás bien con los demás?

Perderse es fácil, reencontrarse lo puede ser también.

Es cuestión de principios, valores y congruencia.

Quiero decir, todos tenemos distintos elementos en nuestra vida que valoramos mucho más que otras cosas; por lo general estas son nuestra salud, nuestra familia o nuestro trabajo, aunque pueden ser muchas otras cosas más.

También tenemos principios con lo que aspiramos a regir nuestra vida. Honestidad, gentileza o amabilidad y agradecimiento son, por ejemplo, algunos de los principios con los que intento dirigir todo lo que hago día con día.

Cada quien tiene los suyos y cada quien le asigna cierta prioridad a cada cosa.

El problema viene cuando decimos que algún valor o principio es prioritario para nosotros y sin embargo, sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo, lo relegamos a un segundo nivel, favoreciendo las prioridades de otros sobre las nuestras. Es ahí cuando cuando corremos el riesgo de perdernos.

Congruencia como brújula de vida.

Poco más de hace tres años escribí por primera vez sobre la Rueda de vida como herramienta para medir que tan alineadas están nuestras acciones con nuestras prioridades. Una herramienta que no se usa una sola vez sino tanto como sea necesario para asegurarnos de continuar en el camino que queremos recorrer para vivir la vida que queremos vivir.

Basta con trazar un círculo y dividirlo en 8 partes. Ahora, a cada octavo hay que asignarle las cosas que más valoramos en nuestra vida: vida familiar, excelente estado de salud, libertad financiera, carrera profesional, desarrollo personal, convivencia con amigos, aportación a nuestra comunidad y libertad personal, son en mi caso cosas que valoro mucho en mi vida.
Después tendrás que calificar cada octava parte, siendo 10 la máxima calificación y 1 la más baja. No necesitas pensarlo demasiado, califica con sinceridad y date cuenta de cuáles son las cosas que estás dejando atrás y que debes procurar y recuperar.

Captura de pantalla Moleskine rueda de vida 2015-02-03 a las 08.55.44Es un recurso simple de usar y que , aunque a veces la respuesta que nos da puede ser mucho más severa de lo que anticipamos, nos ayuda a formar parte de distintos grupos, colaborando por construir la visión de estos, sin perder de vista la propia.
Porque está bien formar parte de la visión de un grupo y asumir su sus objetivos como tuyos.
Pero perseguir sus metas debe también acercarte a las tuyas. Aportar al éxito de tu equipo debe también ayudarte a hacer, siempre, una mejor versión de ti.

 

Hábitos, rutinas y otras ideas para terminar con el multi tasking.

 

El multi tasking debe ser uno de los más grandes mitos de las últimas décadas.
Pocas cosas son tan falsas como la equivocada noción de poder hacer eficiente y eficazmente más de una cosa a la vez.
Y pocas palabras han perdido tanto su verdadero significado como la palabra prioridad que, en su origen en Latín, quería decir “prioritas” o “antes de”, es decir, lo que había que hacer en primerísimo lugar antes de cualquier otra cosa. Desde este punto de vista, prioridad, sólo puede haber una y no muchas a la vez.

Entender este concepto en sí mismo debería de ser suficiente para dejar atrás el engaño de que todo es igual de importante y todo debe hacerse a la vez, pero lamentablemente no lo es.
Las exigencias de la vida laboral y social, las siempre crecientes expectativas de los demás y la continua reducción de recursos, hacen que cada vez sea más difícil decidir qué se tiene que hacer primero y en lugar de esto optemos por tratar de hacer de todo al mismo tiempo.

Pero como decía la semana pasada, al hacerlo solo abrimos frentes a diestra y sinietra, diluyendo la capacidad de nuestros recursos en tantas áreas que nos dejamos frágiles y reducidos a la mínima capacidad, por supuesto insuficiente, para completar correctamente tan solo una de tantas “prioridades”.

Hace tan solo unos días me comentaba un compañero de trabajo lo asombrado que estaba de la “capacidad” que hemos desarrollado en la(s) agencia(s) para cambiar el “track” de pensamiento de una marca a otra, casi sin pensarlo. A lo que yo respondí que más que sorprenderle, debería preocuparle; pues es una señal clara de lo distraída y diluida que está ya nuestra atención al tener que resolver tantos retos para tantas personas a la vez. Eso sin mencionar el efecto tan negativo que puede tener en nosotros mismos, a nivel cognitivo, el hecho de querer cambiar de una tarea a otra a otra como si estuviéramos cambiando de canal a la televisión; lo que termina impactando precisamente nuestro proceso de toma de decisiones y la forma en la que nos conducimos día con día.

Pero entonces ¿cómo decidir qué hacer primero y qué cosas poner en segundo, tercero y cuarto lugar? ¿Cómo asignamos esa tan sonada prioridad? ¡Esa, es la pregunta del millón!

Y en tanto algún genio descubre el secreto de cómo hacerlo, yo me enfocaré en:

  • Mantener siempre primero lo primero: Recordar mi misión personal, el legado que quiero dejar y el motivo de por qué trabajo en lo que trabajo.
  • Tener presente en todo momento el propósito del negocio del que soy responsable.
  • Preguntarme siempre, si esta nueva tarea o exigencia que llega a mi construye sobre la misión de mi trabajo o si es solo una distracción más. Y recordar la enorme importancia de saber decir que NO. Después de todo, si una persona no sabe decir que no, su sí pierde todo significado.
  • Entender que tomar decisiones no es cosa fácil. Cansa, angustia y desgasta hasta el punto en que uno no quiere decidir más. Establecer una rutina alrededor de estas, que ayude a hacer espacios y momentos especiales para tomar las decisiones más difíciles. Creando hábitos que a través de automatizar ciertas conductas permitan eliminar la necesidad de decidir sobre las cosas más mundanas, para dar espacio en nuestra mente a aquellas cosas que requieren más pensamiento y análisis.
  • No olvidando que pensar es un trabajo difícil y requiere preparación. Entrenando todos los días, ejercitándome, leyendo, estudiando, escribiendo y compartiendo.
  • Y haciendo lo posible por recordar siempre estar presente en el momento, tomando solo una cosa a la vez.

Y no se del todo si esto funcionará o no, pero no se me ocurre nada más o mejor que hacer, así que iré reportando si esto resultó tan bien como creo que lo hará.

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11 señales de que tienes un gran cliente.

Es normal, aunque no siempre correcto, escuchar a decenas de profesionales, de cualquier profesión y oficio, quejarse de sus clientes. Resulta más común oír a gente criticando el trato que reciben de sus clientes que reconociendo el buen trabajo de estos, pero la realidad es que buenos clientes, no importa en qué industria, sí los hay.

Es más, podría apostar a que si ponemos un poco de atención en el trabajo que hacemos todos los días, no para, sino en equipo con nuestros clientes, podríamos encontrar en esa relación, una o varias de 11 señales que nos dejan saber que tenemos grandes clientes:

  1. Involucran a sus proveedores o socios de negocio clave, como consultores, agencias de publicidad y comunicación, asesores financieros , etc. en las decisiones estratégicas que tienen que ver con los objetivos y resultados de su negocio.
  1. Comparten abiertamente con sus partners , información importante sobre el negocio que ayuda a comprender el porqué de las decisiones que se toman.
  1. No piden trabajo sin sentido a sus agencias y proveedores sólo para cumplir el capricho de algún director en la organización. Defienden el valor del trabajo de ellos como lo que es: el suyo.
  1. Se hacen responsables de sus pendientes olvidados y del trabajo que no quieren o sienten que no tienen tiempo de hacer, sin pasarlo irresponsablemente  al ejecutivo de la cuenta que los atiende.
  1. No tratan a sus socios de negocio clave como un proveedor desconocido y desconectado al que le piden trabajo como si se tratase de un kilo de tortillas. Por el contrario, los lideran como lo que son, un integrante importantísimo de su equipo de trabajo.
  1. Evitan el re-trabajo de sus colaboradores proveyendo dirección clara desde el inicio. Son claros en la definición de las expectativas del trabajo requerido y lo son aún más al dar retroalimentación sobre el recibido.
  1. Respetan el tiempo de las personas involucradas en su cuenta. Evitan el “juntismo” y son cuidadosos al convocar sólo las reuniones que son imprescindibles para avanzar en los proyectos en curso y a la vez, sólo invitan a estás a las personas indispensables para conducir la reunión y tomar decisiones que resulten en acciones.
  1. También respetan el tiempo libre de las personas involucradas con su cuenta. Tratan de organizar el trabajo de modo que sean puntuales en sus solicitudes y retroalimentación; y reconocen que la gente en su equipo necesita tiempo de descanso y recreación para ser creativos, innovadores, eficientes y eficaces en su trabajo. Jamás usan frases como “no me importa que no duerman, mañana me lo entregan.”
  1. Reconocen la importancia del trabajo que sus socios de negocio hacen para su organización. Piden las cosas por favor, explicando porqué es importante lo que se está solicitando  y si se equivocan desde adentro, en su trabajo, tienen la confianza para, con transparencia, pedirle a sus socios ayuda para resolver el problema en el que se metieron.
  1. Aprecian el  talento y la experiencia de las personas involucradas en su negocio y escuchan las recomendaciones que estos profesionales les hacen, tanto para lograr los objetivos de negocio, como para mejorar los procesos de trabajo.
  1. Celebran el buen trabajo de sus proveedores, dándoles el crédito de los logros y éxitos obtenidos y aceptando la co-responsabilidad que tienen con ellos cuando las cosas no salen como se planearon.

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La reconfortante incomodidad de la incertidumbre.

 

Nadie quiere meterse en problemas. Todos quieren mantenerse a salvo, cómodos, con nada de qué preocuparse, con todo resuelto y nada que perder.
La mayoría de las personas buscan un falso sentido de seguridad en la certeza que da no tomar decisiones sino acatar instrucciones. Prefieren seguir los pasos de otros, que arriesgarse liderar. Así no tienen que pensar sino solo ejecutar, con el mínimo de los esfuerzos, las indicaciones que les dan.
Piensan que están mejor atrás, ocultos en la falsa trinchera del anonimato del grupo que solo se atreve a opinar sobre las decisiones de quien habrá de asumir la responsabilidad y las consecuencias si algo sale mal.

Y aun así quieren éxito, pero al instante, sin esforzarse ni arriesgar. Y buscan reconocimiento inmediato y público, claro hasta el momento en que tiene dar un paso adelante y actuar.
Creen que al hacerlo serán vulnerables a la crítica de los demás y ven a la vulnerabilidad como una debilidad y a la incertidumbre como un riesgo que a toda costa hay que evitar. Prefieren entonces la falsa certeza que seguir lo que todo el grupo hace, da.

Por fortuna hay algunos pocos que encuentran su fuerza en la vulnerabilidad, junto con las ganas de crear y de liderar. Unos pocos que encuentran en la incertidumbre la reconfortante incomodidad de, por sí mismos, poder pensar, poder decidir y poder actuar.

La pregunta que queda entonces es ¿Qué tan incómodo estás preparado a estar?

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Si quieres llegar lejos…

“Si quieres llegar rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”.

Pero ¿Qué tan lejos podemos llegar con una mala compañía?

Estamos arrancando el año y con este nuevos proyectos o nuevas etapas en nuestros trabajos; y no es raro que en esta época del año muchas empresas comiencen a formar, reestructurar o fortalecer sus equipos de trabajo.

Curriculums recomendados, perfiles referidos y cartas de presentación van y vienen.

Mientras unos mantienen la esperanza de por fin encontrar el empleo que solucionará su vida, otros buscan con prisa cubrir la plaza vacante antes de que sea ocupada para algo más. El hambre se junta con las ganas de comer y la angustia del desempleo se combina con la presión de cubrir una posición.

En un principio todo parece funcionar. Los “peros” son enmudecidos ante la prisa de un oportuno nuevo ingreso; y la falta de aptitud, o pero aún de actitud, se cambian por la conveniencia de un sueldo más accesible y el falso consuelo de un “ya aprenderá”… Hasta que todo comienza a fallar.

La pronta contratación se convierte en una mala contratación y la persona que integraste a tu equipo, de un momento a otro deja de ser promesa para convertirse en amenaza.
No siempre porque la persona contratada sea un mal elemento sino porque tal vez se le colocó en el lugar equivocado.

Según John C. Maxwell el 80% de las probabilidades de éxito en el desarrollo de un empleado está en su contratación, así que en un proceso tan importante como este, no deberíamos tomar una decisión sin antes plantearnos, al menos 5 preguntas básicas para integrar a alguien a nuestro equipo (preguntas, por cierto que también uno como candidato puede hacerse para aceptar una posición):

1) ¿Sabe(s) hacer el trabajo que se requiere? ¿Tiene(s) el conocimiento, la experiencia y las horas de vuelo realmente necesarias para considerarse(te) un profesional, especialista o experto, con la madurez e inteligencia emocional básica requerida para el trabajo? ¿Es(eres) la mejor persona para hacerse cargo de esa labor o sabes que hay alguien más con quien aún no has(han) conversado?

2) ¿Comparte(s) los mismos valores y principios de la organización? ¿Son estos igual de importantes para el/ella(ti)? ¿Será(s) capaz de mantener los más altos estándares de ética profesional al desempeñarse(te) en el trabajo?

3) ¿Está(s) buscando la plaza por llenar (obtener) rápido una posición y salir del problema o realmente está(s) apasionado por el trabajo que va(s) a realizar? ¿Realmente esta(s) interesado(a) en crecer desempeñando ese rol o al primer obstáculo o primer externo que le(te) ofrezca mil pesos más pensará(s) en irse?

4) ¿Se trata de (eres tu) una persona capaz de liderar a todo el equipo de trabajo, incluso a la cabeza de este?

5) ¿Abonará(s) positivamente a la dinámica del equipo, fortaleciendo los lazos entre sus integrantes, o podría(s) ser un agente de conflicto? ¿Sumará(s) al equipo de trabajo y complementará(s) las capacidades de este para elevar la calidad y cantidad del trabajo entregado? ¿Mejorará(s) el equipo y dejará(s) a quienes forman parte de este mejor de como estaban antes de trabajar con el/ella (contigo)?

Plantearse preguntas como estas puede resultar a veces difícil e incómodo, pero más seguro que no, no hacerlas a tiempo, sería mucho peor.

Abrazando la incomodidad

A nadie nos gusta sentirnos incómodos.

La mayoría de la gente pasa prácticamente toda su vida buscando tener una vida cómoda. Es naturaleza humana.
El problema, sin embargo, es que con enorme frecuencia muchos confunden resignación con satisfacción y comodidad con realización; engañándose con pretextos como: “tengo una casa pequeña, pero no necesito más”, “un trabajo que no me paga lo que necesito pero el horario es cómodo”, “un puesto mediocre pero seguro”, “podría hacer más pero eso no está en la descripción de mi trabajo”, etc.
Pensando equivocadamente que si logramos rodearnos de las comodidades más básicas, con el más mínimo esfuerzo posible, entonces lograremos vivir como queremos.

Pero comodidad no es igual a realización.

Una cosa es ser agradecidos y apreciar profundamente lo que hemos logrado y hasta donde hemos llegado; y otra totalmente, querernos engañar con una falsa satisfacción que resulta ser el disfraz de la resignación de no creernos capaces de lograr aún más.

Sucede en el trabajo y también en nuestra vida personal. Lo mismo con la salud que con nuestra educación. Incluso hasta con a dónde queremos ir de vacaciones.
A las empresas bloquea su crecimiento, cegando al equipo con la creencia de que, porque han logrado ya ser especialistas o hasta expertos en sus entregables, no tienen a dónde más crecer.

Pero mientras que para nuestros ancestros, la comodidad era sinónimo de seguridad, en un mundo tan cambiante y una época tan acelerada como la actual, sentirse cómodo es el primer riesgo.

Cuando uno se enajena en su comodidad, cesa su búsqueda por crecer y, como dicen por ahí: “cuando uno deja de crecer, comienza a morir”.

Por una clara razón en Inglés usan la frase de: “Growing pains”, porque crecer duele, es incómodo. Crecer, cambiar, evolucionar, avanzar, resulta siempre muy incómodo. Para muchos hasta angustiante quizás.
Cuando apostamos por crecer, visualizamos y esperamos lo mejor, pero nos sometemos a la incómoda realidad de no saber con certeza que sigue, qué nos espera a la vuelta y cómo todo será.

Pero es esa incomodidad la que nos lleva a continuar. Porque no habría tragedia más grande que engañarse con la noción de que ya no necesitamos más para volver a una falsa comodidad.

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Pasión versus profesión

¿Cuántas veces han escuchado a alguien decir: “encuentra tu pasión y vívela. Sigue tus sueños, que nada importa más que eso”; para sólo darte cuenta que has mal seguido el consejo de una idea a medias, reducida a eso por algún vendedor de sueños que sólo quiere aparentar tener la vida perfecta, o porque te has obsesionado tanto por ese sueño que te has encerrado en un interminable ciclo de simple auto indulgencia y auto complacencia, sirviendo sólo a tu ego pero no a los demás?
“Tengo el talento nato para hacer x o y, y no puedo dejar de perseguir mi sueño y desarrollar mi don” te mientes a ti mismo, para justificar no trabajar como el resto, mientras te pierdes en tu soberbia.

El talento es sólo el 10% del camino o tal vez aún menos, el otro 90% está en el trabajo que realizas para compartir tu talento en servicio de otros.

Por supuesto que debemos perseguir nuestros sueños y seguir nuestra pasión, pero pasión no es lo mismo que profesión, y salvo por algunos extraordinarios casos, la mayoría tenemos que ejercer una profesión para ganarnos la vida y con ella la posibilidad de seguir nuestra pasión.

Quizás sea la ilusión de la casi ilimitada accesibilidad a información y contactos con la que contamos hoy a través de las tecnologías digitales y sociales que nos hacen creer que tenemos todo al alcance de nuestras manos; o tal vez el incansable trabajo por obtener estabilidad, seguridad y hasta reconocimiento de generaciones anteriores lo que hace a muchos vivir con un absurdo sentido de merecerlo todo y pensar que, por lo tanto no tienen que trabajar en otra cosa que no sea complacerse a sí mismos.

Pero la realidad de las cosas tarda menos de lo que uno cree en enseñar su feroz cara para aleccionar a quien cree tener un vitalicio título de propiedad sobre todo sueño que cree poseer, para hacerlo trabajar, luchar, por ganarse el derecho a hacerlo realidad y entender así que una simple profesión puede hacer mucho por vivir nuestra pasión.

Up your game

Uno de los momentos más incómodos cuando éramos niños era cuando se armaban los equipos para jugar una cascarita (fútbol callejero), tochito (fútbol americano callejero) o cualquier otro deporte o juego que se practicara en equipo.

¿Lo recuerdan?

Los dos mejores jugadores del grupo eran “los capitanes” de cada equipo y, a la voz de un chin cham pun (piedra, papel o tijeras) o de una moneda al aire, ganaban el derecho de ser el primero en elegir a “la mejor” persona para su equipo.
Uno a uno se iban eligiendo, en principio, a los mejores y después a los menos peores; dejando al final a la persona menos hábil y menos preparada para el juego.

Ser el primero era un honor, ser el último… nadie quería ser el último. Mucho menos el comodín, el sujeto al que “intercambiaban” entre equipos cuando uno de estos parecía tener mucha mayor ventaja sobre el otro: “está bien, quédate con fulanito, aunque sean 12 contra 10, para que sea más justo…” Vaya humillación.

De alguna manera lo mismo sucede en el trabajo. Todos queremos tener al mejor talento en nuestro equipo y todos queremos ser parte del mejor equipo. Y justo como hacíamos de niños, tratamos hoy de ser elegidos por el mejor o elegir al mejor. ¿Y ser el último? De nuevo… Nadie quiere ser el último.

La pregunta que queda al aire entonces es: “¿Por qué es tan frecuente ver a las mismas personas destacadas ser elegidas siempre por encima de las mismas, que no lo son tanto?
Es decir ¿Qué los hace tan distintos entre sí?

Decir que unos son más hábiles que otros y nada más o que “unos nacen con estrella y otros estrellados”, me resulta insuficiente. Miope en realidad.

Es obvio que la historia de cada quien tiene mucho que ver y que no todos estamos en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades. Pero señalar solo al contexto como el único factor decisivo no le hace justicia a tantas personas que, a pesar de tener recursos más limitados, han destacado por encima incluso de quienes asumimos tendrían mucho mejores posibilidades de hacerlo.

Me parece que la clave en realidad, está en la actitud, coraje, voluntad, y deseo de ser mejor y la capacidad de acción de estas personas que, con firme decisión, se dan a la tarea de crecer en su juego. “Up your game” diría un coach o entrenador.

En lo personal, entre las personas que que conozco y admiro porque constantemente
“Crecen en su juego”, he podido observar que hay al menos tres cosas que hacen distinto a los demás:

1) Mantienen viva su hambre de aprender. Son eternos estudiantes de distintos temas, no sólo de su especialidad. Siempre acompañados de un libro, siempre curiosos por saber más de cada lugar que visitan, siempre abiertos a conversar con amigos y extraños, atentos siempre de lo que pueden absorber.

2) No les basta con ser un erudito teórico que pasa sus días estudiando. Toman acción y se apresuran a poner en práctica las lecciones que han obtenido. Se equivocan y aciertan también, encontrando distintas formas de lograr su objetivo. Enfrentan retos y descubren nuevas maneras de sortearlos. Son generosos y, en agradecimiento a lo que han aprendido y a quienes les han enseñado, comparten con gusto lo que saben también.

3) Y continuamente buscan rodearse de personas que conocen más, tienen más experiencia, mejor práctica y los retan a ser mejor. Tienen el coraje de ser vulnerables frente a quienes, claramente los superan en experiencia y conocimiento y con humildad buscan aprender de ellos, pues saben que la única manera de realmente subir al siguiente nivel es practicando con los mejores jugadores que ya están ahí.

Así qué ¿qué estás haciendo hoy para crecer en tú juego?

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