De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

¿Suficiente…?

Últimamente he inundado mi cabeza de muchas dudas, preocupaciones y angustia.

Hace muchos años, desde el 2005 aproximadamente, comencé a buscar un cambio, empecé a estudiar, investigar y adoptar nuevas prácticas en mi vida, más espirituales para unos, o intelectuales para otros.
De esta manera fue que hace poco más de tres años, tomé la decisión de dar un importante giro a mi vida para “dedicarme a hacer lo que más me gusta hacer” y así, “ser más feliz”.
Entonces comencé a prepararme, ahorré dinero, me asocie y formé una empresa que, junto con mi socio y algunos colaboradores, empezamos a operar de manera virtual y a distancia.

Pasó el tiempo y fui entendiendo, casi como despertando a una realidad distinta, que darle este giro a mi vida no solo se trataba de hacer lo que más me gusta y mejor se hacer, sino de también hacerlo con un auténtico propósito de servicio a otros a quienes puedes beneficiar haciendo eso que sabes hacer muy bien y tanto disfrutas hacer; y de no solo hacerlo, sino de crear y construir el estilo, el nivel y la calidad de vida que queremos vivir.  Es decir, crear una forma de vivir.

Al cabo de un año de haber lanzado formalmente la empresa que co-fundé, llegó el momento en el que creía estar bien preparado y listo para dejar mi “trabajo regular” y dedicarme totalmente a esta organización con la que haría realidad esa forma de vida que tanto anhelaba vivir.
Y en un inicio así fue: tiempo de calidad y en gran cantidad no solo para mi familia sino para mi también. Rendición de cuentas reducida a un par de personas que juntos vamos tomando decisiones sobre el negocio. Y además trabajando haciendo justo lo que tanto me gusta hacer.

Estaba “viviendo mis sueños” dirían por ahí.

¿Y entonces por qué digo hoy que últimamente me encontraba lleno de angustia y dudas? preguntarán algunos.

Es que en efecto me encontraba viviendo un sueño, pero en algún momento de este permití que de nuevo las expectativas, deseos y sueños de otros comenzarán a colarse en mi visión.

Verán, para mi, mis métricas críticas de éxito desde un principio serían:
– La capacidad de dedicar mucho tiempo en cantidad y calidad a mi familia, a nuestra salud y bienestar y a mi desarrollo personal, espiritual y profesional.
– La capacidad de contar con los recursos necesarios para cubrir las necesidades de mi familia, cubrir nuestros gastos, también nuestros gustos y ¿por qué no? hasta ahorrar un poco también.
– Trabajar como coach, conferenciante, autor y facilitador, ayudando e impulsando el desarrollo personal y profesional de otras personas que, como yo, buscan hoy vivir mejor.

Sin embargo, al paso de los meses, otras subjetivas métricas de éxito de otros, comenzaron a nublar mi visión, inundando mi mente de incesantes cuestionamientos sobre lo que he estado haciendo:

– ¿Será suficiente? Soy un empresario. Necesito una gran oficina, un equipo robusto, un salario de varios ceros y muchos lujos y premios también.
– ¿Serán justos? He trabajado mucho por “x” empresa o agrupación ¿pero valorarán lo que he hecho o solo valoraban cual era mi anterior posición en la organización para la que trabajaba?
– ¿Serán parejos los esfuerzos y recursos que inyecta mi socio al proyecto?
– ¿Serán suficientes los recursos que genero hoy para pagar todo lo que tengo que pagar y comprar todos los lujos que creo merecer?
– ¿Será suficiente el éxito que proyecto a los demás, serán suficientes los halagos y los aplausos, será suficiente el respeto y la admiración que obtengo de los demás?

“¿Será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, será suficiente, será suficiente?..” preguntas que por los últimos meses han rondado como ave de rapiña a mi mente, esperando el momento en que caiga vencido para llevarme a la desesperación.

Pero fue justo en ese momento previo a la rendición, sientiéndome a punto de perder que, de nuevo casi como si despertara de un sueño, un familiar pensamiento que como hace mucho no lo hacía, cruzó por mi mente otra vez:

¿Y qué si no lo es? ¿Importa más que otros te vean exitoso bajo sus métricas, que te rodees de lujos y halagos, mientras otros compensan con su trabajo el valor que crees que con el tuyo has generado?
¿O importa más el hecho de que hoy vives precisamente como durante tanto tiempo has querido vivir? Haciendo eso que por tanto tiempo soñaste hacer, dedicando tu tiempo a las personas a las que siempre se lo has querido dedicar, ayudando a otros con el trabajo que mejor sabes y más disfruta hacer?

¿Y qué si no tienes los lujos que con otro trabajo, antes pudiste o ahora podrías tener? ¿Pesan más las cuentas de gastos, los viajes en primera, títulos nobiliarios y bonos adicionales ó  pesa más saber que has sido capaz de crear y vivir la visión de vida que por años habías querido vivir?

¿Necesitas en verdad un coche último modelo, un traje de marca y una tarjeta dorada en tu cartera?

¿O prefieres una vida próspera, sana y abundante porque tienes lo que necesitas, haces lo que te gusta y pasas tu vida con quien más quieres estar?

¿Qué métrica de éxito prefieres usar?…

… ¿Que si ya lo logre sacar todas mis dudas de mi cabeza?… Nahh… no aún, pero al menos estoy aprendiendo a hacerlo cada día mejor…

Equipos hidropónicos.

La semana pasada tomé un taller para una nueva cartificación como coach, ahora enfocado a “The science of Happinees at work”, una metodología que tuvo su origen en el London Business School hace más de 6 años.

Y uno de los conceptos que más clavado se quedó en mi cabeza fue el de el gravísimo error que algunos padres cometemos al criar “hijos hidropónicos”. Es decir, al tener excesivos cuidados con nuestros hijos, similares con la manera en la que se cultivan algunos vegetales aislándolo de los riesgos del cultivo tradicional y brindándoles directamente y sin ningún riesgo, los nutrientes que estos necesitan para desarrollarse.
En tanto escuché el concepto, pensé inmediatamente en la cantidad de ocasiones en las que, como papá, he tratado de hacer precisamente eso: aislar a mi familia de cualquier riesgo o inconveniente y proporcionarles directamente y sin mayor esfuerzo de su parte lo que han querido.

Y es que así por encimita y de rapidito, hacer esto nos pasa por inadvertido o incluso como algo digno de reconocerse como “padre del año”, cuando en realidad, a largo plazo, estamos haciendo todo lo contrario.

Entonces, mientras pensaba en esto, mi mente regreso al tema sujeto del taller y me saltó de inmediato una pregunta más: ¿No estaremos, muchos de nosotros, haciendo justo esto con nuestros equipos de trabajo?

Piénselo. En esta época en la que tanto hablamos de las características básicas necesarias para ser un gran líder, no es difícil confundir el ser amable y atento a los sentimientos y necesidades de los integrantes de un equipo, con hacer lo que es más popular entre ellos. Y resulta también muy fácil mezclar el ser un facilitador de recursos y catalizador de acciones en el equipo, con terminar haciendo el trabajo del equipo o absorber toda la responsabilidad del mismo sin que sus integrantes conozcan y sean impactados directamente por las consecuencias de no llegar a las metas de la organización.

Por supuesto que un buen líder debe tener siempre en mente los intereses, valores y hasta sentimientos de su equipo de colaboradores, por supuesto que buen líder también debe estar preparado para aceptar la responsabildad del equipo y “recibir una que otra bala” por este, y por supuesto que un buen líder debe ser siempre un catalizador para los demás.

Pero a la vez, un buen líder jamás debería de sobre proteger a su equipo al grado de que este sea incapáz de avanzar por si solo para cumplir sus objetivos. Y si ese líder ha llegado al extremo de convertir a su equipo en uno hidropónico, entonces tal vez, solo tal vez, quien no debería de estar en este es justo quien lo encabeza.

¿Ustedes qué piensan?

Liderazgo: razón y emoción.

Liderazgo, palabra de moda y un concepto trillado y desgastado por tantos y tantos discursos que pretenden dictar una pretenciosa lista de pasos que si sigues, te transformarán de ser tan solo un director a un gran líder.

El problema es que no importa cuántas veces estos directores léan o sean capaces de recitar de adelante para atrás y vice versa las mejores prácticas de un lider, después de un tiempo todos se dan cuenta de que siguen teniendo muchos empleados pero ni un seguidor y que a pesar de sus esfuerzos para “dar una puntual retroalimentación”, “comunicar el estatus de la empresa a todos los empleados” y “tener una política de puertas abiertas” no son realidad el lider de la organización.

Y  estudiosos del tema como A.K. Pradeep o Simon Sinek coincidirían en explicar que esto se debe a que dichos directores solo se han dedicado a -Racionalmente- decir lo qué hacen o el cómo lo hacen pero carecen de la explicación más importante: Por qué lo hacen. Es decir, hablarle a la emoción. Y con esto no me refiero a la parte cursi-emotiva que muchos directivos tienden a confundir y descalificar, sino al origen científicamente comprobado que tiene que ver con cómo funciona el cerebro humano.

Verán, prácticamente todas las organizaciones y sus directivos saben explicar con precisión qué es lo que hacen (a qué se dedican, por ejemplo a construir hoteles) y algunos más saben explicar también cómo lo hacen (por ejemplo, construyendo grandes franquicias en distintos destinos). Y cuando somos capaces de con perfecta claridad explicar qué y cómo lo hacemos, estamos hablándole a la parte más moderna del cerebro humano: el Neo-Cortex, el lado racional del cerebro, que tiene la capacidad analítica y manejo de lenguaje que nos hace capaces de entender el qué y el cómo. Pero comprender el qué y el como no es suficiente para generar un acción e inspirar cierto comportamiento.
Y es que la parte de nuestro cerebro responsable de nuestra conducta es el cerebro límbico (o cerebro primitivo o reptílico, como muchos le llaman) que precisamente es el lado emocional del mismo, es decir, el que no maneja la capacidad del lenguaje ni de análisis, pero sí la de generar los sentimientos como el miedo y la lealtad. En otras palabras la parte del cerebro que nos dice y ayuda a entender el por qué hacemos las cosas.

Y es justo el por qué hacen las cosas que, más frecuente que no, estos directores no logran definir y mucho menos comunicar.

Más seguido de lo que quisiéramos admitir, escuchamos o leemos en distintos foros a las cabezas de grandes y no tan grandes empresas, hablar de como su objetivo es triplicar sus ingresos anuales y ser totalmente rentables para sus accionistas. Pero los ingresos y la rentabilidad son solo un resultado del qué y el cómo; y poco tienen que ver con el propósito y la razón de existir de la organización.

Generar cientos de millones de dólares en el año en ingresos es solo el resultado de negocio que una empresa como Google puede querer obtener, pero cambiar la vida de todos organizando la información del mundo y haciéndola accesible y útil para todos nosotros, ese es un propósito que hasta ahora ninguno de sus competidores, ha logrado hacer como lo han hecho ellos.  Y esa es la diferencia que convirtió a esta genial organización en el enorme líder de mercado y cuna de talento que hasta hoy ha sido.

Duplicar o triplicar la cantidad de seguidores de una organización religiosa como Vida Abundante puede ser el resultado que quieran obtener, pero proveer un espacio en el que la gente puede encontrar y desarrollar su espiritualidad y fe, es un propósito que otras organizaciones religiosas no han sabido ejercer.

(NOTA: Sí soy ex-Googler. No soy cristiano y no pertenezco pero respeto mucho a esta organización).

No es lo que haces sino por qué lo haces.

“El neo-cortex, el lado racional del cerebro, entiende lo que haces, pero la gente no compra ni sigue lo que haces. La gente compra y sigue el por qué lo haces, porque el cerebro límbico, responsable del comportamiento que tenemos, es el lado emocional que empuja nuestras acciones. Por lo tanto el objetivo de un líder no debe ser encontrar nuevos seguidores que compren sus ideas, sino personas que compartan sus creencias”, diría Simon Sinek.

Y vaya que hoy, como nunca antes, la tecnología nos permite encontrar gente que, sin importar su geografía e historia, comparte nuestra visión, se identifica con nuestro propósito y está dispuesta a apoyar nuestra misión.

Y sin embargo muchos de los grandes directores continuan haciendo caso omiso de lo que siempre nuestro instinto nos ha dicho, y con un manual que se asemeja más a un menú pre-cocinado de acciones “de liderazgo”, pretenden comportarse como “líderes” con seguidores incondicionales que, más temprano que tarde, dejan de seguirlos o tal vez nunca lo hicieron. Porque las personas no compramos y no seguimos lo que haces sino el por qué lo haces.
Nos identificamos o no con el propósito que has definido para tu organización y para tu equipo. Y cuando encuentras a gente que comparte tu visión y tu propósito y está dispuesta a actuar y caminar en el mismo sentido que tú, no importa si son cientos de miles o solo dos personas quienes, entendiendo tu propósito y han decidido seguirte, entonces sí te has convertido en el lider de esa organización.

Mañana se construye aquí y ahora.

La semana pasada parecía no cerrarla bien del todo. Un cliente que ya me había confirmado una fecha en Mayo para la contratación de una conferencia, simplemente me canceló, mientras que otro cambiaba de fechas el contrato de Mayo para Junio y el de Junio para Septiembre.

Lo primero que pasaba por mi mente: “ahí va el presupuesto de Mayo”, “¿qué pasa con este cliente que sin mayor reparo así me afectó”, “¿Ahora qué voy a hacer?”, “Ahora sí la cosa se jodió”…

Entonces, por fortuna, volteé la mirada a mi libreta de proyectos que silenciosa y paciente esperaba  en mi escritorio para recordarme las muchas cosas por las que hay que trabajar y hacer que sucedan para este y ese mes y muchísimos más.

Y es que la reacción que típiciamente adoptamos cuando algo no sale como planeábamos, incluso cuando asumimos que lo tenemos ya todo bajo control, es lamentarnos, quejarnos y preguntar qué hemos hecho para merecer semejante trato, para luego caer en el engaño de la desesperanza que, por momentos nos ahogoa, haciéndonos creer que ya no hay más solución que la resignación.

Pero lo cierto es que nada podría estás más lejos de la verdad.

Si algo no ha salido como esperábamos, si alguien ha inclumplido su parte del trato, si las circunstancias, por las razones que sean, han cambiado, lo único que NO podemos hacer es perdernos en nuestro lamento por lo que pasó y congelarnos ante el miedo de lo que podría suceder. Porque cuando lo hacemos, lejos de arreglar aquello que creemos que está muy mal, con nuestra distracción y falta de acción dañamos las demás cosas que hoy demandan nuestra atención.

Perdemos demasiado tiempo frustrándonos con lo ocurrido y temiéndole a lo que pueda pasar. Pero con lo que ya pasó, nada podemos hacer y tampoco podemos adivinar lo que probablemente, o no, ocurrirá.

Lo único que podemos hacer es aceptar (que no es lo mismo que resignarse) lo que sucedió, intentar entender por qué pasó y cuál es la lección que de ahí podemos aprender. Alejar de nuestra mente cualquier temerosa suposición de lo que esto podría, o no, implicar.

E inmediatamente poner toda nuestra atención, inteligencia, pasión y acción en lo que tenemos que lograr hoy.

Porque el pasado atrás se quedó y el mañana… el mañana se construye aquí, hoy, tomando acción.

Dime con quién andas y te diré…

“Dime con quién andas y te diré quién eres” reza el dicho.
Pero qué hay de: dime con quién andas y te diré que tan feliz eres o qué tan bien estás o qué tan significativo trabajo estás realizando?

Como seres sociales que somos, no podemos pasar nuestra vida solos, ni construir un proyecto por nuestra cuenta nada más. Por lo tanto necesitamos involucrarnos y asociar nuestros esfuerzos con los de otros. Es entonces cuando más cuidado debemos tener poniendo atención en a quiénes y a qué cosas estamos abriendo la puerta de nuestra vida; en qué lugares y con qué personas y organizaciones pasamos más tiempo y qué tan positiva o negativa es su influencia; en otras palabras que tan buenas o no tan buenas personas nos ayudan a ser.

Quizas nuestra inseguridad nos haga creer que decir “soy hij@ de, amig@ de, compañer@ de, vecin@ de, etc” nos da un estatus especial ante los demás, en vez del verdadero lugar que nuestro trabajo y el valor que generamos para otros nos da.

Tal vez el ego nos engañe con la idea de que tener una tarjeta de presentación que diga fundador, presidente, VP, director, CEO, CMO, CFO, COO y la C y las Os que quieran y que nos da acceso a “la suite ejecutiva”, nos hace superiores a los demás, impregnándonos de un falso sentido de orgullo que tan solo disfraza el enorme vacío e insatisfacción que la inseguridad, el miedo, la codicia, la soberbia y la ambición excesiva nos genera.

Y probablemente la sociedad y el estatus quo nos haya vendido la idea de que para avanzar en nuestra carrera tenemos que involucrarnos en algún grupo, cámara, asociación o sociedad tan solo para brillar y ser reconocido como “alguien”, en lugar de para crear oportunidades y construir posibilidades para la industria que ese grupo supone servir.

Pero en realidad, ese camino ¿hasta dónde nos puede llevar, sino es a una espiral sin fin?

Rodearse de la gente correcta, participar con la organización correcta y envolverse de los influenciadores correctos, no es una ciencia de relaciones públicas para destacar como el mejor, el más poderoso o el de mayor fama, sino un sútil arte de encontrar a aquellas personas, grupos y sitios que nos inspiran y que arrancándonos una sonrisa nos hacen sentir que en verdad podemos ser hoy mejores que ayer, elevando nuestro trabajo al siguiente nivel, al de hacerlo no solo para tener una establiidad económica y un estatus social, sino para servir a un propósito más grande que nosotros mismos, para el que no precisamente tenemos que ser alguien de gran poder político, económico o social; pero para el que, desde nuestra trinchera podemos colaborar.

Gente así existe y por fortuna son muchos más de los que pensamos que son. Pero más frecuente que no, no los vemos pues en tanto nosotros estamos pensando quiénes son, ell@s están trabajando haciendo lo que saben hacer mejor

 

(De izquierda a derecha) Ella lidera, junto con otros una organización de jóvenes que busca la seguridad en Ciudad Juárez, el organizó otro grupo de jóvenes que trabajan en pro de la legalidad y un estado de derecho en esa misma ciudad, el, hace más de 15 años, sin ser legislador creo la primera propuesta de ley de espacios libres de humo en protección al no fumador en nuestro país (ley que hoy ha sido adoptada a nivel federal) y ella creo en México uno de los movimiento más exitosos para apoyar a mujeres con cancer. Hoy todos ellos y muchos más trabajan en conjunto, celebrándose, sacando lo mejor de sí y apoyándose entre organizaciones para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir.

Y tengo que preguntar: ¿Qué has hecho tu hoy y con quién piensas colaborar?

¿Quién eres y cuál es tu historia?

Leyendo nuevamente a Robin Sharma, un líder de pensamiento que ha influido mucho en mi en los últimos años diéz años, recordé hacerme una pregunta que hace tiempo no me hacía: ¿Cuál es mi historia?

Es común responder, cuando la gente nos pregunta quiénes somos, cosas como qué hacemos, en qué trabajamos, dónde vivimos, si tenemos familia o incluso, de acuerdo a lo que muchos coaches destacados aconsejan, enlistar los roles que creemos desempeñar en nuestra vida: padre, madre, hijo, hermano, jéfe o subordinado, empresario o empleado, amigo o detractor, estudiante o hasta qué licenciatura, ingeniería o especialidad hemos estudiado, pero ¿Dice todo esto cuál es nuestra historia, en realidad?

Podrá, seguramente contar algo sobre las cosas que hemos hecho, podría incluso dejar ver algunos retos que hemos enfrentado, logros obtenidos y fracasos aprendidos.

Pero para contar nuestra verdadera historia hace falta mucho más.

Hace falta hacerse vulnerable, quitarse la máscara de lo cotidiano y la armadura del estatus para dejar de lado la simple superficie de nuestro día a día y sacar a la vista lo que a solo unos cuantos o a veces a ninguno contamos: Qué queremos de la vida en realidad. Qué nos motiva y nos llena de esa cálida sensación de flotar y simplemente ser, que llamamos, para darle un nombre entendible: realización.

Hace falta cuestionarnos con frecuencia cuál es nuestra visión de la vida, cuáles son nuestros más sólidos principios, cuáles son nuestros más anclados valores e intereses en la vida, no los que la sociedad nos dice que nos debe importar, si no las cosas que atesoramos en verdad. Qué es lo que queremos hacer de nuestra vida y cuál es nuestra misión, en otras palabras, cómo queremos que la gente recuerde haberse sentido estando con nosotros, no qué puesto teníamos ni cuánto dinero cargábamos o que auto manejábamos, sino qué, y cómo, hicímos por ellos.
Identificar con honestidad y humildad cuáles son nuestras más grandes fortalezas y más graves áreas de oportunidad, es decir, reconocer con claridad con qué herramientas contamos y de cuáles nos debemos de hacer para cumplir nuestra misión, con eso que queremos hacer por nosotros y por los demás.
Y entonces definir cuáles son las cosas a las que debemos y estamos dispuestos a darle mayor prioridad y qué estamos o no listos para sacrificar.

Y así poder con mejor atino y mayor seguridad contar quiénes somos y cuál es la historia que estamos escribiendo.

Porque si no sabemos nosotros mismos contar cuál es nuestra verdadera historia, seguramentte nuesta vida terminará relatando la historia que alguien más quería vivir.

¿Y cuál es la mía? La de un (no tan) simple hombre tratando aprender, compartir y ayudar a otros (principalmente en la industría de marketing y comunicación) a desarrollar y fortalecer nuevas y previas competencias, habilidades y conocimiento que les ayude en el desarrollo de su carrera profesional y su vida personal. En otras palabras: que les ayude a escribir su historia personal.

(Una de las fotos que más aprecio de mis viajes: aquí con Robin, después de la oportunidad de tener una buena plática, uno a uno, en el trayecto que compartimos del Aeropuerto de Guadalajara al hotel donde nos hospedamos para asistir a uno de sus seminarios).

La co-responsabilidad: enseñanza-aprendizaje.

Antes de empezar, quiero aclarar que soy Comunicólogo y Publicista de profesión y coach, conferenciante y facilitador por pasión y vocación. De mis 17 años de carrera profesional (14 en Marketing digital) solo los últimos 5 los he dedicado formal y profesionalmente a la labor de entrenamiento y desarrollo de talento, por lo que para nada me considero un experto en el tema.

Por el contrario, a penas estoy aprendiendo las bases y se que me falta muchísimo camino que recorrer.

Sin embargo una cosa que en estos últimos 5 años sí he podido apreciar es que algo que falta con gravedad en el proceso de entrenamiento y desarrollo, es la co-responsabilidad, o mejor dicho la complicidad que el estudiante (o educando como le llaman en el medio) tiene que tener con el facilitador (maestro o instructor o como prefieran llamarle).
Y es que pareciera que todo lo que muchos “estudiantes” quisieran al asistir a un curso, conferencia, taller o cualquier otro formato, es que el conocimiento les fuera transferido como descarga de software tipo The Matrix para que, en automático y al instante se conviertan en expertos en una materia; depositando así toda la responsabilidad por su aprendizaje en la persona que al frente está compartiendo su conocimiento, experiencia y puntos de vista.

Y si bien es muy cierto que quienes nos dedicamos a compartir conocimiento y apoyar el desarrollo de capacidades y habilidades profesionales de distintas personas, tenemos la crucial responsabilidad de mantenernos totalmente actualizados, con un conocimiento no solo teórico sino práctico y de desarrollar lo más que se pueda nuestras competencias y habilidades como comunicadores y docentes para poder hacer un trabajo que en verdad aporte un grano de arena al desarrollo de otros; Lo que también es igual de cierto es que todo esto cuenta tan solo como la mitad del proceso de aprendizaje de los estudiantes, pues existe una inevitable co-dependencia entre ambos procesos: enseñanza con la transmisión del conocimiento y aprendizaje con la apropiación de dicho conocimiento para provocar un cambio en el estudiante.

En otras palabras, si tú como estudiante no estás dispuesto a responsabilizarte totalmente por tú proceso de aprendizaje, no importa que tan bueno y capaz sea tu instructor, muy poco será lo que logres asimilar.

Y aunque hay mucho que comentar sobre lo que cada uno de nosotros podemos hacer para mejorar como facilitadores, como parece que cada vez somos menos quienes queremos compartir y más quienes aparentan exigir aprender, prefiero en este post enfocarme en 4 simples acciones que como estudiante (así es, quienes nos dedicamos a compartir, somos los primeros también en dedicarnos a estudiar) me gusta aplicar para mejorar mi proceso de aprendizaje:

1-    Ser auto-didacta.
Jamás esto había sido tan sencillo. Con el acceso a tanta información que los medios digitales hoy nos dan, es inexcusable no tomarse el tiempo de buscar distintas fuentes de información y compararlas, descargar libros (gratis y comprados), leer blogs, escuchar podcasts, ver tutoriales en video, discutir con expertos en distintos foros y rodéarte de personas que te impulsarán a aprender y a esforzarte más.
Ser autodidacta porque hoy no aprender es una elección.

2-    Definir claramente nuestro nivel real de conocimiento y comprometernos con este para continuar elevándolo.
La semana pasada entré en una acalorada discusión con otro columnista de la revista Vuelo Digital (por cierto, debo acepar que me enganché demás en esta, aunque ya retomamos por mail una plática más amigable. Cuando terminen de leer este post, si tienen tiempo e interés, pueden leer el oso completo en: http://www.vuelodigital.com/2012/03/08/de-conferencias-tacticas-y-estrategias/) , revista para la que también escribo, pues en el artículo que esa semana publicó, sostenía la propuesta de que, por lo menos en lo que se refiere a Marketing Digital, ya no hay más conferencias o seminarios en los que se comparta nueva información, ni facilitadores profesionales capaces de subir el nivel de enseñanza de la industria en nuestro país, cosa con la que estoy en total desacuerdo.
En efecto debo admitir que, tal como menciona Alejandro en su columna, existen ya decenas o cientos de eventos que comparten los mismos mensajes, la misma agenda y los mismos conferenciantes. Pero eso para nada está mal. En un país y una industria donde (de acuerdo a un reporte de MCGraw-Hill) existen más de 193mil estudiantes de mercadotecnia que aún no están involucrados con la industria de medios digitales, no podemos darnos el lujo de no compartir una y otro y otra vez (y cuantas veces sea necesario) las bases de la industria. Por fortuna los espacios existen y hay quienes estamos dispuestos a continuar compartiendo y abriendo puertas para otros. Y por fortuna también existen otros eventos y foros de mayor calibre donde, aunque algunos de los facilitadores seamos los mismos, los temas son sin duda más avanzados y complejos.
Por lo que resulta indispensable tener muy claro cuál es nuestro verdadero nivel de conocimiento y cuáles son los siguientes pasos que tenemos que dar para continuar avanzado. ¿Estás escuchando los mismos temas una y otra vez? Tal vez llego el momento de avanzar.

3-    Proveer retroalimentación puntual, relevante, positiva y frontal.
Ningún facilitador o entrenador es perfecto ni es poseedor de la verdad universal y más frecuente que no, cometemos muchos más errores de los que quisiéramos admitir. Y la retroalimentación que podamos recibir es mucho más bienvenida de lo que creemos.
Al mismo tiempo, todo estudiante tenemos alguna opinión (buena, mala, ligera o dura) sobre nuestro instructor.
Y sin embargo, pocos somos los estudiantes que regalamos una auténtica, oportuna y bien orientada retroalimentación.
Justo en la discusión que mencionaba arriba, un “espontáneo participante” intervino para, de forma anónima, cubierto por el sobre nombre de “Chepo”, despotricar sobre los conferenciantes e instructores, incluso recitando a memoria algunos pasajes de la más básica de las conferencias que imparto. (Cosa que por un lado me da gusto porque me demuestra que compartir anécdotas, sí hace memorable el mensaje que se comparte), sin embargo, a pesar de lo interesante que pudieran haber sido sus comentarios, al hacerlo de manera anónima, burlona y tan a destiempo, su intervención pierde absolutamente toda credibilidad.

La retroalimentación, la de verdad, la positiva, la de una persona verdaderamente comprometida con su propio proceso de aprendizaje, se da de manera puntal, a tiempo y de frente.

4-    Aprender enseñando.
“Todo conocimiento no compartido pierde valor” recitan muchos por ahí. Y aunque suena a cliché es verdad. Pero tal vez algunas personas que predican este dicho, no han entendido que quiere decir en realidad o en su totalidad. Quizás piensan que el dicho se refiere solo a que si no se comparte el conocimiento de generación en generación este se pierde, pero esto es tan solo una cara da la moneda. La otra se refiere a que ninguna persona termina de aprender lo que ha estudiado hasta que no es capaz de compartir con otros ese conocimiento, enseñándolo.
De modo que si sientes que ya has aprendido lo suficiente y en verdad estás comprometido con tu proceso de aprendizaje, entonces atrévete a dar el paso y comienza tú también a enseñar lo que sabes.
Quién sabe, tal vez, como me pasó a mi, descubras tu verdadera pasión.

¿Qué otra práctica les viene a ustedes a la mente?

 

¿Qué te mueve en la vida?

Si te hiciera esta pregunta justo ahora y de frente, ¿Qué responderías?

Si estás casado, muy probablemente tu respuesta sería algo así como “mi familia y su seguridad”, si eres soltero y laboras en una gran corporación probablemente responderías “hacer una exitosa carrera” o si has tenido algunas limitaciones económicas anteriormente y hoy cuentas con mejores ingresos, tal vez responderías “darle a los tuyos lo que tu no tuviste”

Es curioso, pero en cada proceso de coaching sobre desarrollo de carrera que facilito, cuando hago la pregunta “¿Qué te mueve en la vida?” siempre recibo respuestas similares, pues son precisamente estas respuestas las que con el tiempo, nuestra sociedad nos ha enseñado a dar.

Por supuesto que todos queremos que nuestra familia esté bien, estable y segura. Claro que todos queremos tener una prolífica y exitosa carrera y contar con más recursos económicos de los que necesitamos.

Pero mucho más allá de lo obvio… ¿Qué te mueve por dentro? Es decir, ¿qué aprieta tus botones? Porque definitivamente todos tenemos distintos botones que presionados en el orden correcto pueden motivarnos, alegrarnos, enojarnos, ofendernos,  contentarnos e inspirarnos…

Y si somos capaces de entender con claridad cuáles son, para nosotros, las cosas que efectivamente activan cada uno de estos “botones”, podríamos entonces asegurarnos de presionar, al menos con mayor frecuencia, aquellos que nos ayudan a estar mejor.

No solo sabiendo que nuestra familia está segura, estable y bien cubierta.
No solo teniendo una carrera brillante.
No solo contando con dinero y bienes.
Sino estando contentos y alegres haciendo aquellas cosas que más nos gustan hacer y mejor sabemos hacer.
Y no solo estando contentos haciéndolo, sino realmente realizados porque lo hacemos en servicio y beneficio de algunos más.

El problema, sin embargo, sigue siendo que muy pocos conocen o mejor dicho admiten cuáles son las cosas que realmente aprietan sus botones. Cuáles son las situaciones en las que se sienten tensos y amenazados y que activan sus defensas; y cuáles son los momentos en que más alegres y relajados se sienten. Qué cosas despiertan su creatividad y ganas de innovar. En qué sitios se sienten más inspirados y con qué personas se sienten más seguros y contentos.

En estos procesos de coaching de desarrollo de carrera en los que tengo la fortuna de apoyar a otros, una práctica diaria que recomiendo es la de llevar una bitácora de lo sucedido cada día. Es decir, un diario en el que enlistemos los sucesos del día e indiquemos cómo estos nos hicieron sentir, para así poder identificar los momentos, las circunstancias, las personas, etc, con quienes y durante las cuales nos sentimos mejor y logramos, por lo tanto, un mejor desempeño en lo personal y en lo profesional, a la vez que identifiquemos cuándo, como y dónde nos bloqueamos más.
Para poder después usar nuestra “brújula de vida” para estimar cómo está el balance entre estas distintas situaciones en nuestra vida, para que con un poco de tiempo, podamos ir, en la medida de lo posible, alejándonos de las situaciones que no nos favorecen y vayamos rodeándonos de las personas que mejor nos hacen estar y buscando, y hasta provocando, esos momentos en los que más podemos brillar y ayudar a los demás.

Así que ahora que te vuelvo a preguntar ¿Qué te mueve en la vida? ¿Qué me responderás?

Oportunidad… es.

Cierto es que siempre tenemos que estar alertas y abiertos a las nuevas oportunidades que, en cualquier momento, se nos pueden presentar. Mucho más cierto es que más importante que saber aprovechar una buena oportunidad, es saber crear nuevas y mejores oportunidades para los demás.

Esto es, en lo personal, parte de cómo yo veo la vida.

Pero esta forma de ver las cosas tiene un pequeño pero potencialmente grave error de diseño que te puede llevar, sin darte cuenta, de querer generar o aprovechar nuevas oportunidades, a quedar perfectamente mal con todos.

Y es que con frecuencia, la urgencia por aprovechar y “sacarle jugo” a todo lo que se cruza en nuestro camino, el hambre de emprender, la adicción a aventurarse en nuevos proyectos, la incesante búsqueda de popularidad o el simple miedo al rechazo o el no saber decir no, nos pueden hacer caer en una espiral de francamente desaprovechadas y mal definidas “oportunidades”, que nos llevan a todo menos a sacar lo mejor estas.
Quedamos mal otros pues nos comprometemos a cosas que cabalmente no podremos cumplir. Fallamos en las entregas, descuidamos los proyectos en los que ya estábamos trabajando, provocamos roces innecesarios con otras personas y afectamos directamente nuestra salud física, mental y espiritual porque, prácticamente acabamos con nosotros.

En lo personal, creo que he caído en esta espiral más veces de las que quisiera contar.

Y precisamente buscando no caer más en errores como este es que desde hace tiempo, procuro hacerme (aunque a veces aún olvido hacerlo), cinco simples preguntas que me ayudan a definir si, la que se presenta, es o no la oportunidad que debo crear o aprovechar:

1)   ¿Soy la mejor persona (o la mejor organización) para realizar las tareas que se requieren? ¿Realmente contamos con la experiencia, herramientas y capacidad para sobre pasar las expectativas?

2)   ¿Este nuevo proyecto, responde y está alineado con mis (o de la organización) intereses, principios y valores, o solo quiero hacerlo por popularidad?

3)   ¿Podré cumplir cabalmente con este compromiso sin descuidar los que ya vengo trabajando?

4)   ¿Será divertido y disfrutaré haciendo este proyecto? ¿Me rodearé de gente talentosa, honesta y sencilla de quienes podré aprender y con quién podré compartir?

5)   ¿Este proyecto nutre e inyecta recursos al motor  económico de mi empresa, ayudándonos a continuar operando y creciendo con éxito?

Solo cinco preguntas muy fáciles y rápidas de responder, pero que al hacerlo pueden cambiar totalmente los resultados de nuestros entregables y nuestro desempeño.

Porque al algunas “oportunidades” sí se vale decirles NO.

En trance

Seguramente todos, por lo menos en una ocasión, han notado el paso que se da cuando la inercia de un enorme esfuerzo que estamos haciendo, de repente se convierte en una especie de trance del que no queremos salir. Entramos en un estado de disfrute de lo que estamos haciendo y solo queremos continuar.

Cuando hacemos ejercicio esto sucede con frecuencia: llegamos en la mañana a la pista casi obligándonos a nosotros mismos a estar ahí. Comenzamos a calentar y estirarnos a regañadientes y las primeras vueltas que le damos a la pista son cansadas y dolorosas. Por nuestra mente pasan muchas quejas y pretextos que quisiéramos usar en ese momento para regresar a descansar: “esto no me funciona, ¿por que estoy aquí?” ó  “tengo mucho trabajo no tengo tiempo de estar aquí”, entre otros. Entonces, en medio de tantas excusas, sin darnos cuenta, entramos en un estado de satisfacción, las endorfinas que con ese ejercicio estamos liberando empiezan a hacer su trabajo y comenzamos a sentirnos cada vez mejor.
Más fuertes, más ágiles y de mejor humor. Nuestro ánimo sube y ahora por nuestra mente solo pasan ideas de cosas nuevas que podemos crear o formas distintas con las que mejorar aquello que hacemos ya. Nos marcamos nuevos retos, rearmamos nuestra agenda e imaginamos lo bien que nos sentiremos dentro de unos meses cuando hagamos el doble de ejercicio que ahora hacemos (más tiempo, mayor distancia o mayor intensidad).

Ese mismo estado de trance, desde mi punto de vista, es el que con frecuencia podemos alcanzar cuando seguimos nuestra voz y trabajamos en aquello que nos apasiona, que nos llena de orgullo y que hemos descubierto como nuestra vocación.

Al principio (incluso al inicio de cada nuevo día) buscamos desesperadamente el pretexto perfecto que nos servirá para no trabajar más en “hacer nuestro propio arte” (como diría Seth Godin) y regresar al frustrante pero cómodo arreglo en el que algunos (defensores de su propio estatus quo) nos dicen qué hacer y cómo hacerlo a cambio de la falsa promesa de seguridad y estabilidad.
Pero conforme vamos empujando, siguiendo un paso con otro y con otro después y, literalmente vamos quitándonos de los ojos las vendas del miedo y la duda, vamos generando una energía tal que al poco tiempo nos ayuda a entrar en ese estado de trance el que nos damos cuenta que no solo sí podíamos hacerlo pero que además somo realmente buenos haciéndolo y lo disfrutamos muchísimo.
Entonces, precisamente, nos sentimos más fuertes, más ágiles, de mejor humor y con la certeza de que somos capaces de hacer lo que querramos. Comenzamos a planear nuestros siguiente pasos, marcamos nuevos retos y disfrutamos el momentum que hemos construido, deseando que nunca termine, pero sabiendo que mañana de nuevo tendremos que reunir el coraje para continuar generando esa inercia que nos lleva a este estado de trance en el que somos capaces de lograr lo que nos propongamos.

Make it happeners.

¿Haz tenido una idea tan brillante que la masajeas y masajeas en tu cabeza por días y días perfeccionándola, solo para ver que otra persona le echó a andar?

¿Haz pasado meses coqueteando con la idea de realizar esas increíbles vacaciones de ensueño, solo para ver las fotos de alguien más que las ha tomado ya?

¿Haz planeado por años estudiar esa gran especialidad que cambiará el curso de tu vida, solo para ver que otros de graduaron ya?

La realidad es que ni la más brillante de las ideas que tenemos vale más que una simple acción. Y aún así, la mayoría de la gente sigue así, generando ideas y más ideas, algunos esperando que con solo pensarlas puedan convertirse en realidad y otros intentando ocultarlas por temor a fallar.

Hay un dicho de T.S. Eliot que hace poco mi amiga Brigitte Seumenicht me recordó y que dice: “Solo aquellos que se arriesgan a ir más lejos, tienen la posibilidad de saberlo lo lejos que pueden llegar”.

Y la triste realidad es que solo unos cuantos se atreven a hacer justo esto.

A ellos(as) me gusta llamarles “MakeItHappeners”.

Personas que no solo saben pero también entienden que la única manera de saber que tan lejos pueden llegar, la única forma de descubrir todo lo que pueden hacer en realidad, es dejar de planear y comenzar a ejecutar.

Gente dispuesta a equivocarse y aprender todos los días para saber, al día siguiente, que tienen que hacer mejor.

Personas que entienden que no tienen que ser grandes políticos, militares o herederos de fortunas para marcar un cambio desde su lugar y que dejan el discurso de lado y generan valor para los demás. Que dejan de estirar la mano esperando recibir de otros y que mejor dibujan su propio mapa, creando a su paso nuevas oportunidades para los demás.

Estas personas son quienes mueven nuestro mundo día con día.

Estas personas somos tu y yo.

Así que pregúntate ahora mismo: Esta semana ¿Qué harás que suceda?

Monqui-Brainland

Seguro conoces esa sensación…

Comienzas pensando algo simple como el dead line que tienes ese día para entregar un trabajo y brincas a pensar que ese día no desayunaste más que un yogurt para beber porque no tuviste tiempo de cocinar… espera! cocinar? Pagaste el gas? El recibo lo dejaste ahí junto con la receta del doctor… receta? Pero tienes que hacer los análisis … pero los cubrirá el seguro médico? Seguro médico? Lo cargas a la tarjeta de crédito? Tarjeta de crédito? Ya la pagaste? Tienes que checar el saldo el línea… Pero ya que estás en línea, por qué no dar una vuelta por FaceBook a ver qué están haciendo tus amigos?… Uf fulanito volvió a cambiar su estatus a soltero… qué habrá pasado por sutanita? Sutanita? Le tengo que entregar el trabajo! El dead line se acerca… qué va a pensar de mi? … Pero no se ni por dónde empezar, podré cumplir? Nunca he hecho esto… que estrés con este trabajo y ni siquiera me pagan seguro médico… por cierto la tarjeta! Pero que hambre, ese yogurt no me lleno, más vale que pague el gas a tiempo, lo hago de paso al doctor, pero qué hora es? Se pasó el dead line de la entrega…

Cualquier parecido con la realidad NO es coincidencia.

“Monkey brain” le llaman algunos al comportamiento que tiene nuestra mente cuando no nos podemos concentrar o enfocar en algo en específico pues nuestro agitado cerebro  brinca de un tema a otro sin reparo y sin poder concluir nada de lo que queremos hacer, tal como un chimpancé salta de un lugar a otro continuamente.

Y el problema es que en realidad no tenemos que lidiar con un solo “monkey brain” sino con muchos más. Tantos que casi podríamos crear personajes de pequeños simios, tipo Monquiquis o Cariño-Ositos (no se hagan, si tienen más de 25 años, saben quienes eran los Monquiquis) para representar a cada uno de estos “monos mentales” con los que podríamos hasta hacer una carícatura.

¿Se imaginan? Tendríamos en nuestra cabeza por lo menos a Miedito-Monqui, Ego-Monqui, Procrasti-Monqui, Monqui-Consentidor, Ambicio-Monqui. Chismo-Monqui y Envidi-Monqui, como los personajes centrales que con mayor frecuencia distraen nuestra atención y enfoque en lo que realmente es importante.

Y como en toda caricatura, siempre tendríamos al viejo y sabio chimpancé que cuente con una moraleja o lección que compartir con cada uno de estos “monquiqis mentales”

A Miedito-Monqui le diría que nunca sabrá que tan lejos puede llegar si no se atreve a dar ir tan solo un poco más lejos.

A Envidi-Monqui le enseñaría a no menospreciar sino celebrar y reconocer los logros de los demás.

A Procrasti-Monqui, le demostraría todo lo que pudiera avanzar si tan solo cerrara su sesión en Monqui-FaceBook (sí en Monqui-brainland, también tienen FB, de hecho si fuera país será el más grande de Monqui-brainland), si dejará de consultar su email cada 2 minutos y apagará el celular para tan solo concentrarse por una hora en la tarea que tiene enfrente.

A Ambicio-Monqui seguramente le daría una lección para que se diera cuenta de que nunca es suficiente hasta que descubrimos que sí lo es.

A Monqui-Consentidor le enseñaría la importancia de no sacrificar un beneficio a largo plazo a cambio de una recompensa instantánea e inmediata.

A Chismo-Monqui le diría que dejé de hablar de otros y nunca diga de ellos nada que no les diría cara a cara y mejor se enfoque en su trabajo. Porque perder el tiempo con chismes, más que hablar mal del otro, habla mal de ti.

Y a Ego-Monqui le demostraría el enorme peso que podría quitarse de encima con solo dejar de lado la imperante necesidad de demostrarse que tan valioso es, para mejor enfocarse en generar valor para si mismo y para su comunidad.

Y así el viejo y sabio chimpancé ayudaría a controlar a cada uno de los “monquiqis mentales” en nuestra cabeza…

¿Cuáles serían otros “monquiquis mentales” que habitan en su cabeza?