De lo cotidiano... y lo no tanto #DLC

Tolerancia y respeto en la red.

¿Cuándo fue la última vez que criticaste o descalificaste a alguien más?

Si estás en Twitter, FaceBook, Linkedin o una que otra red social más; y trabajas en el medio de marketing, comunicación y publicidad, te aseguro que no habrá sido hace mucho…

Cada vez es más frecuente ver como unos a otros se descalifican con lo que y por lo que publican en su time line, en sus blogs, en sus muros.

Profesionales de distintas carreras, historias diferentes y diversos niveles de conocimiento y experiencia, tratando de hacer menos a otros para tratar de hacerse parecer, así mismos, mejores que los demás.
No solo mostrando su desacuerdo con lo que otros comparten, pero descalificándolos y menospreciándolos, en la red, como nunca se atreverían a hacerlo de frente.

Para ser franco, no se si esto se vea en otros campos y profesiones o si, por la natural cercanía con estos medios y el egocentrismo que la misma labor de comunicación trae consigo, sea este un padecimiento casi exclusivo de quienes trabajamos en marketing y comunicación (en la disciplina y medio que sea); pero basta hacer una simple búsqueda en Twitter de palabras como Gurús o expertos, y en distintos idiomas (es decir no es privativo de México o América Latina, sino que sucede en todo el mundo), para encontrar, de entre los resultados, decenas, sino es que cientos de tweets haciendo burla o críticas al respecto.

¿Quién nos dijo que estábamos preparados para ser juez y parte?

El truco está en la tolerancia y la tolerancia está en saber escuchar sin juzgar.

Y eso es precisamente lo que todos deberíamos intentar hacer, para después poder compartir con la misma seguridad, de que no seremos descalificados solo porque sí, nuestro punto de vista.

Hace tiempo lancé en el time line una pregunta que últimamente me hago a mi mismo casi todos los días: ¿Qué somos hoy capaces de hacer que hace un año no sabíamos?

Me parece que en mi caso, y habiendo, en su momento, lanzado mi buena parte de críticas a otros, una de las cosas que he aprendido es que todos tenemos derecho a compartir lo que pensamos y lo que sabemos o, por lo menos lo que creemos saber.
Todos tenemos derecho a intentar ganarnos un lugar en una industria y crear un nombre para nosotros en el medio en el que nos desempeñamos.

Ya estará en cada uno de nosotros hacerlo con honestidad, humildad y trabajo duro y real. Pero en esto es en lo que nos deberíamos fijar y no en lo que están haciendo los demás. Porque una vez que logramos no perder de vista el enorme trabajo que nos está costando ganarnos nuestro lugar, podremos ver el mérito en el trabajo de los demás y no solo excusas para criticarlos nada más.

Pienso que tal vez ha sido el último par de años que he pasado lejos de la vida corporativa, lanzando, construyendo con mucho trabajo y manejando mi propia organización, lo que he me ha ayudado a darme cuenta de esto. Pero lo que sea que haya sido estoy agradecido porque, al ver o escuchar del trabajo de otros, hoy me doy (no a ellos, a mi) la oportunidad de preguntar e investigar que han hecho para así poder dejar de lado a fanfarrones y embusteros y reconocer y respetar el trabajo que, de acuerdo o no con el, estos profesionales han hecho.

“Ese hombre no me simpatiza. Debo darme a la tarea de conocerle mejor” dijo alguna vez Abraham Lincoln.

Y eso traté de hacer hace algunos años cuando, como muchos, yo criticaba lo que mi hoy amigo Guillermo PérezBolde publicaba. Hoy algunos me critican a mi porque yo ya no lo critico a el. Pero ¿Con qué cara podría criticarlo a el o a cualquier otra persona, si antes no me di a la tarea de, cara a cara, preguntarle exactamente qué hacía o por qué lo hacía; conocer un poco sobre su historia y su experiencia y decirle de frente lo que pensaba?

Hoy sigo sin estar de acuerdo con algunos de sus puntos de vista y él con los míos también; pero los hemos discutido de frente, con un café en la mano o compartiendo el mismo foro en distintos eventos. Y eso no nos hace ni mejores ni peores que el otro, nos hace solo diferentes. Y esa diversidad permite que haya tantas maneras de hacer nuestro trabajo.

Por supuesto esa buena fe que uno otorga a otros puede traer otras consecuencias no deseadas, como las que hoy pago al haber confiando en quien tantas personas me decían a gritos que no lo hiciera… pero a final de cuentas es una lección y experiencia (nada agradable o fácil) más para crecer… y material para otro post.

El respeto no se impone, se gana.

No busques ser respetado imponiendo tu punto de vista y descalificando el de los demás. Gánate el respeto de otros regalándoles tu respeto a ellos primero.

Seguramente seguiremos encontrándonos con muchas personas con quienes no estaremos del todo de acuerdo y, sin duda, también nos cruzaremos con alguno que otro embustero total. Pero no perdamos el tiempo queriendo “desenmascarar” a quienes ni el tiempo merecen y mucho menos demeritando el trabajo de quienes están haciendo su mejor (recuerda tu no eres quien para decir si sí o no) esfuerzo, porque todos ellos, por alguna razón se han ganado su lugar.

… y un último favor… si en algún momento en mi time line ves que cometo el error de criticar o demeritar a alguien más, por favor siéntete libre de restregarme en la cara este post.

Dramática adicción

Pareciera que todos somos adictos al drama. ¿o no?

Estás viendo las consecuencias de tus acciones o de la falta de estas y en lugar de hacer algo al respecto, te congelas a esperar el drámatico desenlace en el que todo termina mal.
Es como estar viendo una vieja película de terror en la televisión, que viste ya hace tiempo y que por semanas no te dejo dormir, y no cambiarle de canal a pesar de saber que sufrirás ver lo que viene a continuación.

Todos somos adictos al drama. ¿o no?

¿Entonces por qué seguimos adelante con esas relaciones altamente tóxicas que sabemos que no llevarán a un buen fin?

¿Entonces por qué nos gusta hacer un escándalo de cualquier cosa por pequeña que sea?

¿Entonces por qué tantos nos quedamos sentados y cruzados de brazos ante esa situación que tanto queremos evadir?

¿Entonces por qué nos quejamos tanto de lo que no tenemos en lugar de agradecer con sinceridad todo con lo que sí contamos?

Todos somos adictos al drama.

Así que he aquí una propuesta para esta semana: ¿Que tal si en los siguientes 7 días no hacemos drama de nada? Solo tomamos las cosas por lo que son, ni buenas ni malas, mucho menos dramáticas. Y si no nos gustan como son, o hacemos algo por cambiarlas o aprendemos a aceptarlas por lo que son. Pero así, sin drama.

Y rompemos así, de una vez por todas, con esa dramática adicción.

 

 

 

 

6 difíciles lecciones como emprendedor

Si siguen este blog con frecuencia, sabrán que desde hace un tiempo decidí aventurarme a la vida empresarial, dedicándome por completo a esta, por lo menos en los dos últimos años.

Debo admitir que el tiempo ha sido poco y que, para nada puedo ya sentirme, ni siquiera cómodo con el título de empresario. Definitivamente aún tengo mucho que aprender para, al menos, sentir algo de equilibrio en este camino.

Pero como parte de mi mantra es seguir aprendiendo y seguir compartiendo (Keep sharing, keep learning & stay happy), no puedo dejar de… pues eso, compartir algunas de las lecciones más difíciles que, hasta ahora, he aprendido:

1. Las mejores ideas no valen nada si no eres capaz de hacerlas realidad. No importa que tan brillante, ingenioso y astuto creas que eres, si no estás preparado para trabajar y convertirlas en realidad, no eras tan brillante como en un principio pensabas que eras.

2. Tu equipo no es clave, es indispensable. Contar con gente que se identifique plenamente con tu visión y con el sentido de propósito de tu empresa es crucial si quieres hacer que tu sueño se vuelva realidad.
No basta con contratar gente talentosa o experimentada; si se unen a tu equipo solo por el dinero, las prestaciones y la forma de trabajo que les ofreces, pronto se identificarán con la compañía en la que les ofrezcan un poco más de paga o requieran  de menos esfuerzo.
Se valiente y atrévete a integrar personas que más que la aptitud tengan la actitud que buscas, la experiencia, de todas formas la irán acumulando juntos.

3. Cada día que te tomas libre es un día que dejas de producir; y un día sin producir es un día sin generar recursos. Es tan tentador pensar que “como eres tu propio jefe y nadie podrá decirte más que tienes que hacer”, puedes tomarte las cosas con más calma, pero la realidad es que no hay mayor responsabilidad laboral que la de ser responsable por el trabajo de uno mismo y del de toda la empresa.

4. “El primer paso es el mas difícil” es una gran mentira. El primer paso es en realidad el mas sencillo de todos. Seguir construyendo es lo complicado. Continuar construyendo peldaños y manteniendo el balance entre estos para seguir creciendo, ese es el verdadero reto.
Luchar con la tentación de ya no crecer más para no arriesgar a caer de más alto, eso es también complicado porque no hay vuelta atrás, una vez que das ese primer paso, no puedes dejar de avanzar. Porque, mantener tu empresa andando, es como andar en bicicleta, tienes moverte y avanzar todo el tiempo para mantener el balance.

5.  Los planes de escases solo traen carencias. En los momentos difíciles, recortar gastos es en lo primero que se piensa, pero al hacerlo, invariablemente afectas el ánimo de cada integrante del grupo. Claro que hay que administrar mejor los recursos financieros de la organización y ser mesurados con los egresos, pero una cosa es ser cuidadoso con la forma de usar el dinero de la empresa y otra muy distinta es actuar como si nada se tuviera. Si en tu mente hay escases, en tu vida solo habrá carencia; y para operar una empresa necesitas saber que siembre hay suficiente, que se vive en abundancia, que el dinero no es para acumularse sino para circular. Y que nunca se ha tratado de acumular riqueza sino generar abundancia para ti y para todos a tu alrededor.

6. Nunca, nunca, nunca olvides tu “por qué”. En el éxito total o en los momentos más difíciles; en la cima gritando victoria o con un nudo en la garganta luchando contigo mismo para no tirar la toalla, jamás olvides por qué, en un principio, comenzaste esa aventura. Mantener un firme sentido de propósito en lo que hacemos, es el viento del norte que nos permitirá seguir moviéndonos.

¿Qué lecciones me puedes compartir también?

Visión y misión

Visión, todos (casi) la tienen. Todos (casi) quieren ser los mejores en lo que hacen: la mejor empresa, la número uno, el líder del mercado, el mejor vendedor, la cabeza de la organización, la compañía más moderna, el mejor lugar para trabajar.

Misión, muy pocos la comprenden. Escasas son las empresas y personas que tienen claramente definida cuál es su misión, su propósito en la vida, el rol que jugarán en su comunidad, más allá de hacer dinero, su razón de ser.

La mayoría entonces, pretende ganar seguidores por lo maravillosa que es su visión del futuro, por lo que aspiran a hacer y a tener, pero ni siquiera saben lo que quieren ser.

Y el punto importante aquí está en que, a pesar de los brillos y luces, las personas nos identificamos con causas y propósitos. La gente, buscamos lazos emocionales y conexiones personales. Porque seguimos a un líder, persona o empresa, no solo por lo que hace, sino por el por qué lo hace, por la causa que persigue y que podemos compartir.

Y cuando un líder, persona o empresa, tiene claramente definido su propósito, es mucho más sencillo encontrar gente que se identifique y comparta esta misión. Creyentes en la misión, quienes se convierten en los seguidores y amplificadores de la misma y que, consigo, traen a más creyentes que, con el tiempo, hacen más grande a ese líder.

Así que la próxima vez que compartas tu visión de lo maravilloso que será tu futuro como el mejor, el más, el líder; respóndete antes exactamente cuál es tu misión.

Momentos de magia, “bump the lamp”… una historia verdadera.

“Bump the lamp” (golpea la lámpara) decía Micheal Eisner en 1988 a Robert Zemeckis cuando revisaban los avances en la edición de la película de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”,que este último dirigía, al discutir como podían hacer aún más especial una secuencia en la que el personaje (live character) Eddie Valiant (Bob Hoskins) discute con el cartón de Roger Rabbit, mientras trata de cortar las esposas que los mantiene atados.

Desde ese entonces, esta frase forma parte de la jerga corporativa entre los cast members (empleados) de The Walt Disney Co. cuando quieren hacer referencia a cómo pueden hacer más especial una experiencia para sus huéspedes (clientes), creando un momento mágico para ellos.

Y si hubo algo realmente importante que aprendí durante los años que trabajé para Walt Disney Parks and Resorts, es que todos, sin importar el puesto, título, presupuesto o incluso organización, podemos crear nuestra propia magia y hacer algo especial no solo para nuestros clientes, sino para cualquier persona… en mi caso, mi momento mágico me lo regaló un huésped en Walt Disney World:

Hace 11 años, después de aterrizar en el aeropuerto de Orlando, Florida, mientras abría la gaveta superior de mi asiento en el avión, un niño de aproximadamente 10 años y que entendiblemente tenía más prisa por llegar a Walt Disney World a jugar que yo a trabajar, me ganó a abrir la puerta, con la que, de no ser por mis ágiles reflejos, o mejor dicho porque se me atoró el cinturón de seguridad, estuvo a punto de ponerme un singular descontón.
Su papá apenado se disculpó y le llamó la atención. Minutos más tarde el mismo pequeño, accidentalmente cruzó su maleta con la mía, provocando que casi cayéramos los dos, justo llegando al área de migración. Su papá, una vez más, a nombre de su hijo, se disculpó.
Saliendo de la larga fila da migración cada quién tomó su camino, pero grande fue mi sorpresa al encontrarme al niño, junto con su hermana menor, su mamá y su papá, registrándose en el hotel Animal Kingdom Lodge, igual que yo.
Recordé inmediatamente la facultad que, como cast member, tenía de “bump the lamp” para la gente, así que decidí, enviar con el conserje del hotel algunos muñecos de peluche para el niño y su hermana, con una pequeña nota escrita atrás de mi tarjeta de presentación en la que les deseaba unas mágicas vacaciones y en la que firmaba tan solo diciendo “esquivando gavetas”.

Por supuesto Disney, por su cultura organizacional tiende a hacer más fácil la creación de esos momentos especiale pues, prácticamente, todos sus integrantes están autorizados para tomar decisiones para que, dentro de sus posibilidades, alcances y con sensatez,  puedan crear momentos especiales para sus huéspedes.

De modo que, para mi, la historia había terminado ahí, pero enorme fue mi sorpresa al ver que un par días después el papá de los niños había enviado a mi habitación una nota de agradecimiento que once años después conservo aún:

 “Gracias por la magia, gracias por el detalle, gracias, muchas gracias por hacernos disfrutar de la vida… como la sonrisa de mis hijos al ver tu regalo…” escribió.

Y así este total desconocido me regaló una de las más importantes lecciones que he tenido y que ni siquiera el más completo de los entrenamientos corporativos me dio: realmente todos tenemos la posibilidad de hacer mejor el día de alguien más, en verdad cualquiera de nosotros tenemos la capacidad de “hacer magia” por los demás. No necesitamos ser el CEO de una gran corporación, ni un prominente político o un filántropo adinerado, para mejorar la vida de alguien más.

En mi caso fueron dos completos extraños, un niño de 10 años y su papá, quienes me enseñaron lo increíble de hacer algo simple pero especial por alguien más.

El sencillo pero maravilloso significado de “Bump the lamp”.

¿Qué hay de tu sueños?

Todos tenemos sueños, unos más grandes que otros y, sin duda, unos mucho más osados también.

Soñar no es solo lo que hacemos mientras dormimos, soñar es una parte cotidiana pero crucial de nuestra vida y es la manera en la que vamos imaginando nuestro posible futuro, la forma en la que podemos marcar nuevas metas y trazar posibles caminos.

Nuestros sueños dicen mucho de nosotros. Dejan ver quiénes somos, de dónde venimos y a dónde aspiramos a llegar. Hacen evidentes nuestros temores y deseos; hablan de nuestros valores y principios y nos obligan a demostrar cuánto creemos en estos.

Además los sueños sacan de nosotros lo mejor o lo peor, pues hacen constar también que tan solidarios, o por lo menos respetuosos, somos de los sueños de los demás. Y a la vez, lo que otros opinan de nuestros sueños nos dejan saber que tan grandes son estos. Como dicen por ahí: “Si la gente no se está burlando de tus sueños, probablemente estos no sean tan grandes”.

Algunos sueños, los menos, están ahí para aliviar nuestra realidad. Pero los más importantes sueños que tenemos son los que están aquí para empujarnos a crear la realidad que queremos vivir.

Todo lo que creamos y hacemos, sin duda alguna lo pensamos o, mejor aún, lo soñamos primero. Pero no basta con soñar.
Los sueños, nuestros sueños, los que más valen la pena, son por los que tenemos que luchar, por los que tenemos que mantenernos enfocados y tomar acción todos los días para así hacerlos realidad.

Porque un sueño, una visión, sin acción no es más que una alucinación.

Keep dreaming, take action & make it happen.

No se trata de hacer lo que te gusta.

En los últimos años he escuchado de muchos vendedores de sueños la premisa  de vida que dice que: “Para ser feliz tienes que hacer lo que más te gusta y disfrutas hacer”.

A primera vista, inspirador y muy alentador, ¿No es así? Una manera perfecta de encontrar el balance perfecto que siempre habías buscado para de una vez y para siempre ser y vivir feliz.

Pues no, no es así.

Durante años nos han vendido la idea de que “si hacemos y trabajamos en lo que nos gusta, jamás lo veremos como un trabajo”. Pero no es así.

Si algo he aprendido, incluso con algo de dolor, es que esa lección en algún momento se mal interpretó.

No se trata de “hacer lo que te apasiona” sino de que te apasione lo que haces, que es muy distinto. El truco para no volver a un trabajo que no quieres, no está en trabajar haciendo lo que más te gusta hacer, sino en que en verdad te guste lo que haces y lo hagas con pasión.

Quiero decir, si nos enfocáramos solamente a hacer lo que más nos gusta hacer (además de que las probabilidades de que eso nos generará los recursos económicos mínimos necesarios para mantenernos son bajas y que las de que las playas estuvieran llenas todos los días son muy altas), caeríamos en una descontrolada espiral en la que solo estaríamos buscando nuestra propia satisfacción, y aunque en un principio, saciar todo nuestro gusto suena muy tentador, pronto nos daríamos cuenta del vacío que una vida de búsqueda de autosatisfacción podría dejar.
El capricho y la cólera se convertirían en nuestra única respuesta cuando por alguna circunstancia, la que sea, no pudiéramos hacer únicamente nuestra voluntad. Y al final de cuentas, después de hacerlo por un tiempo, eso que tanto nos gusta hacer se convertiría en el propio castigo de solo haber hecho eso.

De modo que no, no se trata de hacer lo que más te gusta hacer y nada más; sino de que te encante y te apasione lo que haces. Que no nada más obtengas un gran placer haciendo lo que haces, sino de que eso te brinde un real y profundo sentido de propósito porque lo estás haciendo, no por ti, sino por dedicar tus fortalezas, conocimiento, esfuerzo y experiencia al servicio y en beneficio de alguien más. Y porque has encontrado en alguna organización (propia o de otro) la oportunidad de también, a cambio de todo esto, obtener una remuneración, un combustible económico que te permita mantener el motor andando para continuar disfrutando profundamente  de lo que haces.

Así que, por favor, hoy no hagas lo que más te gusta, mejor disfruta enormemente lo que hagas.

5 prácticas diarias para promover el desarrollo del talento de tu organización.

“El trabajo de un líder es desarrollar el talento de su equipo y generar nuevos líderes”, dicen atinadamente por ahí.

Y sin embargo, desarrollar y promover el talento de quienes forman parte de una organización no es un reto fácil de vencer.

La rutina del trabajo diario, el miedo al rechazo o al ridículo, la apatía, el estrés y una larga lista de factores que influyen en la cotidianeidad de la gente fácilmente obstaculizan esta crucial labor, al grado que incluso, en algunos casos, ni la persona misma conoce o mejor dicho reconoce cuáles son esas grandes fortalezas o dones que puede desarrollar para convertirse en un artista de su trabajo.

Y aún así sigue siendo labor de un verdadero líder, y que quede claro que por líder no solo me refiero a quienes formalmente en la empresa dirigen la operación de la misma sino a todo aquel que puede ser un influenciador positivo dispuesto a sacar lo mejor de los demás,  escavar y escavar en las personas con quienes colaboran día a día para descubrir y dejar salir a la luz esos talentos que convierten a cada integrante del equipo en un eslabón muy especial.

  1. Marca claramente el destino al que quieres llegar, pero también explica con la misma claridad por qué quieres llegar ahí.
  2. Se exigente y por ningún motivo aceptes como entrega del día el conformismo o la mediocridad.
  3. Todos los días observa su trabajo, ten claras las cosas por las que les debes de agradecer y verdaderamente festeja lo que han hecho bien.
  4. Celebra los errores y promueve un espacio y una cultura de riesgos, dándoles el espacio y, en la medida de lo posible, los recursos para decidir y actuar.
  5. Promueve una cultura de mentores y abre el espacio para que entre ellos mismos puedan ser mentores de unos y aprendices de otros; y juntos desarrollen y potencialicen el talento que en conjunto traen a tu organización.

¿Eres realmente responsable de ti mismo?

Y no me refiero a si eres responsable despertando temprano, presentándote a trabajar puntualmente todos los días y pagando la renta y la colegiatura a tiempo; sino a si eres verdaderamente responsable sobre tu vida.

Es relativamente sencillo, aunque para algunos no lo parezca, cumplir con las responsabilidades cotidianas que la vida en sociedad nos dicta: estudiar, no faltar al respeto a otros, conseguir un buen trabajo, cumplir con el horario, sonreír y aceptar como bueno lo que “los jefes” que pueden impulsar nuestra carrera dicen, hacerte de bienes materiales, aunque sean más de los que puedes libremente pagar, medio pagar las cuentas, casarte, criar una familia y asegurarte de que el ciclo vuelva a comenzar, ahora, para tu descendencia.
Tan sencillo que generaciones tras generaciones hemos vivido así.

Pero hay una gran diferencia entre “cumplir con nuestras responsabilidades” y ser realmente responsable de nuestra vida.

Y pensando en esta pregunta es que me hago hoy las siguientes preguntas, que aquí comparto para ayudarme a ubicar qué tan responsable de mi vida realmente soy:

1) ¿Sigues las reglas de otros, no porque estés convencido de que sean las correctas, sino porque crees que así es como tiene que ser o has creado tus propias reglas e inventado un nuevo campo de juego para ti?

2) ¿Sueles culpar a otras personas, a situaciones ajenas a ti, al tiempo pasado y futuro, a la falta recursos, etc. por aquellos desencantos que has enfrentado o tomas la decisión de levantarte de nuevo, a la vez que intentas entender que falló y que sí funcionó para volverlo a intentar?

3) ¿Te despiertas todas las mañanas quejándote porque de nuevo te tienes que presentar a trabajar ahí en donde no quieres estar, haciendo eso que no quieres hacer, o abres los ojos pensando y dando gracias porque por un día más podrás hacer eso que tanto te gusta hacer?

4) ¿Descartas la retroalimentación que otros te dan, calificándola de injusta, poco razonable e inválida o aceptas con aprecio que se tomen el tiempo de ayudarte a mejorar?

5) ¿Te detienes a esperar para saber de qué forma podrás obtener mayor ventaja del trabajo de otros o dedicas tu tiempo, trabajo y esfuerzo a generar un gran valor para los demás?

6) ¿Eliges tus relaciones laborales, comerciales y personales en base a quién podrá ofrecerte más o estableces verdaderas relaciones personales con quienes puedes colaborar a la creación de oportunidades para todos?

7) ¿Pierdes tiempo buscando excusas y pretextos para explicar por qué no cumpliste con el compromiso que hiciste con anterioridad o te enfocas en cumplir cabalmente con lo que prometiste?

8) ¿Prefieres ganar una discusión para darte el gusto de decir “tenía razón”, o mejor eliges la prudencia que te permitirá continuar construyendo tu sueño?

9) ¿Aceptas el estatus quo de quienes dictan el camino de muchos o tomas el riesgo de continuar dibujando un nuevo mapa todos los días?

10) ¿Vives con la mirada baja llena de resignación o mantienes ese destello en los ojos que acompañan al nudo en el estómago por el temor a tomar riesgos y la sonrisa en la cara por haberlo hecho?

Actuar con responsabilidad es fácil… ser verdaderamente responsable por tu vida, esa es otra historia.

¿Suficiente…?

Últimamente he inundado mi cabeza de muchas dudas, preocupaciones y angustia.

Hace muchos años, desde el 2005 aproximadamente, comencé a buscar un cambio, empecé a estudiar, investigar y adoptar nuevas prácticas en mi vida, más espirituales para unos, o intelectuales para otros.
De esta manera fue que hace poco más de tres años, tomé la decisión de dar un importante giro a mi vida para “dedicarme a hacer lo que más me gusta hacer” y así, “ser más feliz”.
Entonces comencé a prepararme, ahorré dinero, me asocie y formé una empresa que, junto con mi socio y algunos colaboradores, empezamos a operar de manera virtual y a distancia.

Pasó el tiempo y fui entendiendo, casi como despertando a una realidad distinta, que darle este giro a mi vida no solo se trataba de hacer lo que más me gusta y mejor se hacer, sino de también hacerlo con un auténtico propósito de servicio a otros a quienes puedes beneficiar haciendo eso que sabes hacer muy bien y tanto disfrutas hacer; y de no solo hacerlo, sino de crear y construir el estilo, el nivel y la calidad de vida que queremos vivir.  Es decir, crear una forma de vivir.

Al cabo de un año de haber lanzado formalmente la empresa que co-fundé, llegó el momento en el que creía estar bien preparado y listo para dejar mi “trabajo regular” y dedicarme totalmente a esta organización con la que haría realidad esa forma de vida que tanto anhelaba vivir.
Y en un inicio así fue: tiempo de calidad y en gran cantidad no solo para mi familia sino para mi también. Rendición de cuentas reducida a un par de personas que juntos vamos tomando decisiones sobre el negocio. Y además trabajando haciendo justo lo que tanto me gusta hacer.

Estaba “viviendo mis sueños” dirían por ahí.

¿Y entonces por qué digo hoy que últimamente me encontraba lleno de angustia y dudas? preguntarán algunos.

Es que en efecto me encontraba viviendo un sueño, pero en algún momento de este permití que de nuevo las expectativas, deseos y sueños de otros comenzarán a colarse en mi visión.

Verán, para mi, mis métricas críticas de éxito desde un principio serían:
– La capacidad de dedicar mucho tiempo en cantidad y calidad a mi familia, a nuestra salud y bienestar y a mi desarrollo personal, espiritual y profesional.
– La capacidad de contar con los recursos necesarios para cubrir las necesidades de mi familia, cubrir nuestros gastos, también nuestros gustos y ¿por qué no? hasta ahorrar un poco también.
– Trabajar como coach, conferenciante, autor y facilitador, ayudando e impulsando el desarrollo personal y profesional de otras personas que, como yo, buscan hoy vivir mejor.

Sin embargo, al paso de los meses, otras subjetivas métricas de éxito de otros, comenzaron a nublar mi visión, inundando mi mente de incesantes cuestionamientos sobre lo que he estado haciendo:

– ¿Será suficiente? Soy un empresario. Necesito una gran oficina, un equipo robusto, un salario de varios ceros y muchos lujos y premios también.
– ¿Serán justos? He trabajado mucho por “x” empresa o agrupación ¿pero valorarán lo que he hecho o solo valoraban cual era mi anterior posición en la organización para la que trabajaba?
– ¿Serán parejos los esfuerzos y recursos que inyecta mi socio al proyecto?
– ¿Serán suficientes los recursos que genero hoy para pagar todo lo que tengo que pagar y comprar todos los lujos que creo merecer?
– ¿Será suficiente el éxito que proyecto a los demás, serán suficientes los halagos y los aplausos, será suficiente el respeto y la admiración que obtengo de los demás?

“¿Será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, serán justos, será parejo, será suficiente, será suficiente, será suficiente?..” preguntas que por los últimos meses han rondado como ave de rapiña a mi mente, esperando el momento en que caiga vencido para llevarme a la desesperación.

Pero fue justo en ese momento previo a la rendición, sientiéndome a punto de perder que, de nuevo casi como si despertara de un sueño, un familiar pensamiento que como hace mucho no lo hacía, cruzó por mi mente otra vez:

¿Y qué si no lo es? ¿Importa más que otros te vean exitoso bajo sus métricas, que te rodees de lujos y halagos, mientras otros compensan con su trabajo el valor que crees que con el tuyo has generado?
¿O importa más el hecho de que hoy vives precisamente como durante tanto tiempo has querido vivir? Haciendo eso que por tanto tiempo soñaste hacer, dedicando tu tiempo a las personas a las que siempre se lo has querido dedicar, ayudando a otros con el trabajo que mejor sabes y más disfruta hacer?

¿Y qué si no tienes los lujos que con otro trabajo, antes pudiste o ahora podrías tener? ¿Pesan más las cuentas de gastos, los viajes en primera, títulos nobiliarios y bonos adicionales ó  pesa más saber que has sido capaz de crear y vivir la visión de vida que por años habías querido vivir?

¿Necesitas en verdad un coche último modelo, un traje de marca y una tarjeta dorada en tu cartera?

¿O prefieres una vida próspera, sana y abundante porque tienes lo que necesitas, haces lo que te gusta y pasas tu vida con quien más quieres estar?

¿Qué métrica de éxito prefieres usar?…

… ¿Que si ya lo logre sacar todas mis dudas de mi cabeza?… Nahh… no aún, pero al menos estoy aprendiendo a hacerlo cada día mejor…

Equipos hidropónicos.

La semana pasada tomé un taller para una nueva cartificación como coach, ahora enfocado a “The science of Happinees at work”, una metodología que tuvo su origen en el London Business School hace más de 6 años.

Y uno de los conceptos que más clavado se quedó en mi cabeza fue el de el gravísimo error que algunos padres cometemos al criar “hijos hidropónicos”. Es decir, al tener excesivos cuidados con nuestros hijos, similares con la manera en la que se cultivan algunos vegetales aislándolo de los riesgos del cultivo tradicional y brindándoles directamente y sin ningún riesgo, los nutrientes que estos necesitan para desarrollarse.
En tanto escuché el concepto, pensé inmediatamente en la cantidad de ocasiones en las que, como papá, he tratado de hacer precisamente eso: aislar a mi familia de cualquier riesgo o inconveniente y proporcionarles directamente y sin mayor esfuerzo de su parte lo que han querido.

Y es que así por encimita y de rapidito, hacer esto nos pasa por inadvertido o incluso como algo digno de reconocerse como “padre del año”, cuando en realidad, a largo plazo, estamos haciendo todo lo contrario.

Entonces, mientras pensaba en esto, mi mente regreso al tema sujeto del taller y me saltó de inmediato una pregunta más: ¿No estaremos, muchos de nosotros, haciendo justo esto con nuestros equipos de trabajo?

Piénselo. En esta época en la que tanto hablamos de las características básicas necesarias para ser un gran líder, no es difícil confundir el ser amable y atento a los sentimientos y necesidades de los integrantes de un equipo, con hacer lo que es más popular entre ellos. Y resulta también muy fácil mezclar el ser un facilitador de recursos y catalizador de acciones en el equipo, con terminar haciendo el trabajo del equipo o absorber toda la responsabilidad del mismo sin que sus integrantes conozcan y sean impactados directamente por las consecuencias de no llegar a las metas de la organización.

Por supuesto que un buen líder debe tener siempre en mente los intereses, valores y hasta sentimientos de su equipo de colaboradores, por supuesto que buen líder también debe estar preparado para aceptar la responsabildad del equipo y “recibir una que otra bala” por este, y por supuesto que un buen líder debe ser siempre un catalizador para los demás.

Pero a la vez, un buen líder jamás debería de sobre proteger a su equipo al grado de que este sea incapáz de avanzar por si solo para cumplir sus objetivos. Y si ese líder ha llegado al extremo de convertir a su equipo en uno hidropónico, entonces tal vez, solo tal vez, quien no debería de estar en este es justo quien lo encabeza.

¿Ustedes qué piensan?

Liderazgo: razón y emoción.

Liderazgo, palabra de moda y un concepto trillado y desgastado por tantos y tantos discursos que pretenden dictar una pretenciosa lista de pasos que si sigues, te transformarán de ser tan solo un director a un gran líder.

El problema es que no importa cuántas veces estos directores léan o sean capaces de recitar de adelante para atrás y vice versa las mejores prácticas de un lider, después de un tiempo todos se dan cuenta de que siguen teniendo muchos empleados pero ni un seguidor y que a pesar de sus esfuerzos para “dar una puntual retroalimentación”, “comunicar el estatus de la empresa a todos los empleados” y “tener una política de puertas abiertas” no son realidad el lider de la organización.

Y  estudiosos del tema como A.K. Pradeep o Simon Sinek coincidirían en explicar que esto se debe a que dichos directores solo se han dedicado a -Racionalmente- decir lo qué hacen o el cómo lo hacen pero carecen de la explicación más importante: Por qué lo hacen. Es decir, hablarle a la emoción. Y con esto no me refiero a la parte cursi-emotiva que muchos directivos tienden a confundir y descalificar, sino al origen científicamente comprobado que tiene que ver con cómo funciona el cerebro humano.

Verán, prácticamente todas las organizaciones y sus directivos saben explicar con precisión qué es lo que hacen (a qué se dedican, por ejemplo a construir hoteles) y algunos más saben explicar también cómo lo hacen (por ejemplo, construyendo grandes franquicias en distintos destinos). Y cuando somos capaces de con perfecta claridad explicar qué y cómo lo hacemos, estamos hablándole a la parte más moderna del cerebro humano: el Neo-Cortex, el lado racional del cerebro, que tiene la capacidad analítica y manejo de lenguaje que nos hace capaces de entender el qué y el cómo. Pero comprender el qué y el como no es suficiente para generar un acción e inspirar cierto comportamiento.
Y es que la parte de nuestro cerebro responsable de nuestra conducta es el cerebro límbico (o cerebro primitivo o reptílico, como muchos le llaman) que precisamente es el lado emocional del mismo, es decir, el que no maneja la capacidad del lenguaje ni de análisis, pero sí la de generar los sentimientos como el miedo y la lealtad. En otras palabras la parte del cerebro que nos dice y ayuda a entender el por qué hacemos las cosas.

Y es justo el por qué hacen las cosas que, más frecuente que no, estos directores no logran definir y mucho menos comunicar.

Más seguido de lo que quisiéramos admitir, escuchamos o leemos en distintos foros a las cabezas de grandes y no tan grandes empresas, hablar de como su objetivo es triplicar sus ingresos anuales y ser totalmente rentables para sus accionistas. Pero los ingresos y la rentabilidad son solo un resultado del qué y el cómo; y poco tienen que ver con el propósito y la razón de existir de la organización.

Generar cientos de millones de dólares en el año en ingresos es solo el resultado de negocio que una empresa como Google puede querer obtener, pero cambiar la vida de todos organizando la información del mundo y haciéndola accesible y útil para todos nosotros, ese es un propósito que hasta ahora ninguno de sus competidores, ha logrado hacer como lo han hecho ellos.  Y esa es la diferencia que convirtió a esta genial organización en el enorme líder de mercado y cuna de talento que hasta hoy ha sido.

Duplicar o triplicar la cantidad de seguidores de una organización religiosa como Vida Abundante puede ser el resultado que quieran obtener, pero proveer un espacio en el que la gente puede encontrar y desarrollar su espiritualidad y fe, es un propósito que otras organizaciones religiosas no han sabido ejercer.

(NOTA: Sí soy ex-Googler. No soy cristiano y no pertenezco pero respeto mucho a esta organización).

No es lo que haces sino por qué lo haces.

“El neo-cortex, el lado racional del cerebro, entiende lo que haces, pero la gente no compra ni sigue lo que haces. La gente compra y sigue el por qué lo haces, porque el cerebro límbico, responsable del comportamiento que tenemos, es el lado emocional que empuja nuestras acciones. Por lo tanto el objetivo de un líder no debe ser encontrar nuevos seguidores que compren sus ideas, sino personas que compartan sus creencias”, diría Simon Sinek.

Y vaya que hoy, como nunca antes, la tecnología nos permite encontrar gente que, sin importar su geografía e historia, comparte nuestra visión, se identifica con nuestro propósito y está dispuesta a apoyar nuestra misión.

Y sin embargo muchos de los grandes directores continuan haciendo caso omiso de lo que siempre nuestro instinto nos ha dicho, y con un manual que se asemeja más a un menú pre-cocinado de acciones “de liderazgo”, pretenden comportarse como “líderes” con seguidores incondicionales que, más temprano que tarde, dejan de seguirlos o tal vez nunca lo hicieron. Porque las personas no compramos y no seguimos lo que haces sino el por qué lo haces.
Nos identificamos o no con el propósito que has definido para tu organización y para tu equipo. Y cuando encuentras a gente que comparte tu visión y tu propósito y está dispuesta a actuar y caminar en el mismo sentido que tú, no importa si son cientos de miles o solo dos personas quienes, entendiendo tu propósito y han decidido seguirte, entonces sí te has convertido en el lider de esa organización.